«Mi marido», de Dacia Maraini

traducción de viviana saavedra arévalo

Traducción de Viviana Saavedra Arévalo al cuento de Dacia Maraini «Mio marito» publicado por primera vez en 1968.

“Women have served all these centuries as looking glasses possessing the magic and delicious power of reflecting the figure of man at twice its natural size.”

Virginia Woolf, 1929.

Mi marido es rubio, tiene la frente con entradas, dentadura fresca, la piel clara manchada de pecas grandes y marrones. Mi marido es un hombre elegante, se viste con esmero, y tiene la cabeza siempre perfumada de jabón con colonia. Mi marido trabaja en un banco, de cajero, y gana ciento noventa mil liras al mes.

Cuando mi marido habla, yo lo escucho atentamente. Su voz es sutil, opaca, ligeramente de cabeza. Todo lo que dice es preciso y adecuado. Jamás lo he escuchado decir algo anormal o erróneo. 

Mi marido es amado por sus amigos, estimado por sus superiores. Cuando quiere, también puede ser un hombre de mundo. Se sienta en medio de un círculo de gente y conversa, discute. Defiende la verdad, controla el fervor de sus amigos, siempre inspirándose de un perfecto sentido común. 

Mi marido es un hombre de espíritu, le encanta hacer bromas. A veces esconde una rana dentro de la cama o le pone mermelada a mis pantuflas. Una vez incluso me sirvió un postre hecho por él, con una rata muerta dentro. 

Mi marido colecciona estampillas. A veces se roba el correo de los vecinos para recortar las estampillas para su colección. Tiene dos álbumes tan grandes como guías telefónicas, rellenos de estampillas preciosas. Dice que algún día venderá sus estampillas y con el dinero nos haremos una casa en el campo. 

Aparte de las estampillas, mi marido tiene en sus álbumes algunos billetes nuevos, recién impresos por la casa de moneda. Dice que el primer billete de una serie nueva trae buena suerte. Por eso las saca a escondidas de la caja, las mete dentro de unas bolsas de papel transparente azuladas y luego las pega con una lengüeta de goma en las páginas del álbum.

Sus colegas lo consideran un hombre muy sabio e inteligente; vienen a él en busca de consejos, a confesarse. Vienen sobre todo los domingos. Yo soy la que va a abrirles. Cuando me encuentro ante un rostro arrogante y torpe que mueve los ojos nerviosamente, sé que se trata de un colega de Mario y lo hago pasar de inmediato hacia el living.  

El hombre me sigue, se detiene en la puerta, mirando su entorno incierto. Si ya ha venido antes, se dirige con seguridad hacia el sillón del fondo, alejado de la ventana; si es la primera vez, espera de pie con las manos en los bolsillos hasta que yo le diga dónde debe sentarse.

Nuestro living es muy oscuro, las cortinas están siempre cerradas porque Mario dice que la luz destiñe los muebles. Por eso los invitados parecen un poco intimidados y asustados cuando abro la puerta que divide el living del corredor. 

Hasta hace poco, había uno que venía cada domingo. Era bajo y pelirrojo, con rizos escarlata que se le escapaban desde los puños de la camisa. Venía a hablar de su mujer, quien se acostaba con el director del banco. Al principio, cuando el hombre pelirrojo comenzaba a hablar de su mujer, se sulfuraba, golpeaba los muebles, gritaba. Su problema era grave: si quería conservar su puesto en el banco, tenía que fingir que no sabía nada de lo que sucedía entre su mujer y el director. La cosa lo turbaba mucho y le impedía dormir y a veces también comer. 

Pero Mario encontró la forma de consolarlo. Le habló por mucho tiempo, con la voz suave y persuasiva, renunciando a salir para quedarse conversando con él, tres veces seguidas lo retuvo hasta la hora de cenar. Este amigo, de pálido y rabioso, agarró color y se volvió más sereno.

“Todavía tiene una mirada triste. Pero se la despejaré. Tú preparanos un buen café, Marcella. Quiero que cuando salga de aquí se sienta como nuevo de verdad”.   

Mario lo convenció (sus argumentos eran tan bellos que yo misma estaba encantada) de que el director es un hombre superior, un ángel.

“¿Puede un ángel ser acusado de involucrarse en las cosas humanas?”

“No. Pero ¿y si no fuera verdaderamente un ángel?”

“Cómo, después de tantos días de tratamiento, y después de haber hablado tanto sobre él y de sus cualidades que son de todo menos humanas… creía que ya estabas convencido”.

“Yo sí. Pero a veces me viene la duda…”

“La duda es para los débiles. Un hombre fuerte no tiene dudas. Un hombre fuerte actúa en armonía consigo mismo; su corazón, su cabeza, sus agallas, incluso los intestinos deben estar en armonía con su actuar. ¿Estás convencido de esto?”

“Creo que sí”

“Bien. Ahora te pregunto, ¿puede un ángel ser considerado perturbador de las cosas humanas?”

“No, claro”.

“Efectivamente, un ángel es un ángel. No puede hacer nada más que el bien. Dondequiera que sus alas descansen, nacerá felicidad y candor”.

“Él quizá sea un ángel. Pero mi mujer no lo es en lo absoluto”.

“Tu mujer no es un ángel. Pero ir hacia uno solo la puede hacer mejor, más pura y armoniosa”.

“Mi mujer no es armoniosa”.

“Tu mujer no es armoniosa, pero podría serlo. Al lado de un hombre armonioso, su naturaleza perderá aquellas características de torpeza moral e intelectual que le son propias. Poco a poco se liberará de sus debilidades y a ti mismo te será difícil reconocerla. Será otra”.

“Pero yo me casé con ella. En el fondo me basta con que sea ella, así tal cual es”.

“Que me frustras, Carlos. No amas el bien lo suficiente, como yo creía, y te atrae el mal, el desorden y la oscuridad”.

“Te juro que no”.

“Entonces escúchame. Desde mañana vas a observar al director. Intenta quedarte lo más cerca posible de él, intenta recopilar el sonido de su voz, intenta observar cómo camina, cómo se mueve, como se inclina sobre las mesas cubiertas de papeles. Si logras arrancar de tus ojos aquel velo de indiferencia y de pasividad, sabrás observar con el corazón, descubrirás su naturaleza de ángel”. 

“Lo he visto tantas veces, pero jamás he descubierto nada especial en él”.

“Porque estás intoxicado con malicia como los demás colegas. Tú los conoces, sabes que son vulgares y estúpidos. Para ellos un director es un director, un cajero, un cajero, y un cartero, un cartero. Para ellos la apariencia es lo único que vale. No hay nada más aparte de las apariencias.”

“Es cierto que son estúpidos. Se lo pasan contando chistes sucios y comentando sobre los clientes que entran”.

“Ya ves, tú también lo reconoces. Quiere decir que eres distinto a ellos, superior. Ya te estás deshaciendo de la normalidad. Y pronto te quedará claro que nuestros colegas son unas bestias y él, el director, un espíritu noble y puro. Entonces te parecerá perfectamente correcto que tu mujer y él se busquen y se amen, como se buscan y se aman las cosas bellas y correctas”.

“Todo eso está bien. Lo único que no está bien es que si yo me quejo, él me echa”.

“Ese es tu pensamiento malvado. El director no echa a nadie por razones tan básicas. Y aparte, ¿por qué tendrías que quejarte si sabes que esta unión no es más que por el bien? ¿Puede un ángel hacer el mal? No. Entonces acéptalo, sé mejor, sé distinto a aquellas bestias de tus colegas que no ven más allá de sus narices. Tú mismo deberías dirigir a tu mujer hacia él, para que así regrese más pura y armoniosa”. 

Mi marido habla con facilidad y todos lo escuchan fascinados. No solo logró convencer a aquel colega de ceder voluntariamente su mujer al director, también ha convencido a muchos otros de hacer cosas aún más increíbles. Un amigo que tenía un hijo malcriado y que venía a llorar a nuestro living, terminó convencido que el hijo no era suyo, así que no se desesperó más, pero lo echó de la casa. Dos días después, ese chico se mató. El padre vino retorciéndose las manos. Mario lo convenció de que lo que había sucedido probaba efectivamente que el hijo era de otro y que el mal no puede más que traer el mal: la muerte. 

Otro venía temprano por la mañana, se sentaba en el living y se quedaba allí hasta la cena, fumando un cigarro tras otro. Mario a veces se olvidaba de él, salía, volvía a entrar. En el salón oscuro sofocante de humo, el hombre esperaba en silencio, encendiendo cigarro tras cigarro. No tenía nada. No estaba enfermo, ni era pobre, tampoco estaba angustiado por su familia como los otros. Solamente estaba cansado de vivir. Y quería morir. Pero no sabía cómo. Cada tanto descubría un nuevo veneno y se obsesionaba con la preparación de aquel veneno; consultaba libros, hacía pruebas con ratas y otros conejillos de indias, se lo decía a Mario trazando dibujos sobre un pedazo de papel. Ilustraba con unos monitos la acción del veneno en el cuerpo, en todas sus fases, desde la intoxicación hasta la muerte. Abajo, con pequeñas cifras, indicaba los minutos que transcurrían hasta que el veneno hiciera efecto. Pero cuando parecía que todo estaba claro y listo, dejaba de ocuparse de ello y no lo mencionaba más hasta el descubrimiento de otro veneno más potente.

Mario decía que era un caso difícil. Las palabras no servían con él. No sabía escuchar. Siempre estaba inerte y pasivo. Prestaba atención solo cuando se hablaba de venenos. 

Y así Mario lo dejaba fumar, hundido en el sillón de nuestro living y raramente iba a hablar con él. 

“Prepárale un buen café, Marcella, le hace falta”.

Yo le preparaba el café, se lo llevaba. El hombre agradecía. Pero cuando regresaba para buscar la tacita, me daba cuenta que seguía llena y el hombre se había movido solo para encender otro cigarro.

“¿Crees que se quedará con nosotros para siempre?”

Lo que me molestaba era más que nada aquel olor a humo que invadía la casa e impregnaba los muebles, las cortinas. En cuanto a lo demás, era como si no estuviera. 

“Es un hombre extraño. Parece más muerto que vivo. Entiendo que se quiera matar. La muerte sería su condición natural. Hay que ayudarlo. ¿Pero cómo?”

“Hoy me habló de un veneno que se obtiene de la sangre de un parásito”.

“Hay algo torcido en él; algo que lo mantiene con vida, obstinadamente, a pesar de su voluntad de morir. Me gustaría saber qué es”.

“Quizá solo quiere hablar de eso, pero no efectivamente morir”.

“Es un hombre que ya murió, te lo dije antes. Eso que continúa viviendo en él es una excrecencia, una anomalía, algo turbio e inutil que debe ser destruido”.

“¿Por qué no lo convences con tus bellas palabras?”

“Porque no escucha. Sus oídos están muertos”.

Mi marido comenzaba a sufrir por el caso de su amigo que no lograba suicidarse. Se volvió nervioso. Quizá porque dudaba de su poder. Durante la noche se daba vueltas en la cama sin lograr dormirse. 

Un día salieron juntos, su amigo y él. Los esperé para cenar a ambos. Pero a las diez aún no habían llegado. La cena se enfriaba. Empecé a comer pan, para calmar el hambre. También bebí una copa de vino. Y después creo que me quedé dormida. A eso de la media noche el ruido de la llave en la cerradura me provocó un sobresalto. 

“¿Eres tú Mario?”

No me respondió. Un momento después lo vi entrar, despeinado y sonrojado por el frío, los ojos brillantes de alegría. 

“¿Y tu amigo?”

“Está muerto”.

“¿Se suicidó?”

“Sí. Ahora verdaderamente es aquello que debía ser. Ya no finge”.

“¿Cómo sucedió?”

“Fuimos a pasear por la ciudad. Me seguía hablando de sus venenos. Después subimos al techo de una casa en construcción. Al último piso. La casa estaba sobre una colina, de pie sobre un barranco que da al río. Nos sentamos sobre un muro fresco de cemento y empezamos a fumar. Fumamos por dos, tres horas. Yo tenía los dedos entumecidos y un frío en la espalda que no podía soportar. Él no sentía ni el frío ni la incomodidad. Miraba fascinado el barranco a nuestros pies. ¿No te querrás tirar? Le pregunté. Quisiera, pero no puedo. ¿Por qué? Le digo. Porque yo no puedo hacerme el mal a mi mismo. Es innatural. ¿Y entonces qué quieres? ¿Me das un empujón? Dice”. 

“¿Así dijo?”

“Si, así. Si eres un amigo de verdad, dame un empujón y yo finalmente seré feliz. No hay necesidad de que me insistas, le respondí. Yo vine específicamente para esto, para traerte al borde y darte un empujón. Tú de verdad me quieres, dijo, porque me entiendes mejor que yo mismo. Mi tarea es entender a los otros y guiarlos a ser coherentes consigo mismos, sin traicionarse jamás. Gracias, me dijo. Déjame prender un último cigarro. Hazlo tranquilamente. Tenemos tanto tiempo. Prendió el cigarro, le dio un par de caladas, luego, aun con el cigarro entre los labios, se puso de pie sobre el muro. Lo empujé con dos dedos. Un ligero empujón fue suficiente. Cayó solo. Tuvo una caída muy bella y muy elegante. Rodó ligeramente por el barranco y después terminó en el río. No podía morir mejor”.

Mi marido está tan absorto en su misión que a veces se le olvida tomarse vacaciones. Este año por ejemplo no nos movimos de Roma. A mi me habría gustado dejar esta casa oscura y silenciosa, como lo hacemos cada año, para pasar un par de semanas en Riccione, en casa de los suegros; pero no quise molestarlo. Sé que tiene casos difíciles que no puede abandonar. 

Estos días por ejemplo hay un chico que viene a nuestro living, un tipo delgado y negro, con la cara tiesa y dos arrugas profundas alrededor de la boca. Dice que tiene el instinto de robar. Por eso tiene el rostro así de contraído, por el esfuerzo de dominar esa pasión. El muchacho dice que su deseo de robar es más fuerte que todo y que cuando tiene la tentación, estaría dispuesto a morir antes de renunciar a satisfacerla. 

Mario es un hombre que ama el orden, las reglas, las cosas bien hechas. Tiene una idea muy severa y muy precisa sobre los deberes de un ciudadano. Por eso se ha dedicado con una atención especial a sanar al chico. Pero hasta ahora no lo ha logrado. Después de tantos días de tratamiento, el chico volvió a robar. 

“Esta noche tuve una excelente idea”.

“¿Qué cosa?”

“¿Sabes qué hacían en la antigüedad cuando un hombre robaba?”

“No”.

“Le cortaban las manos”

“¿Por qué?”

“Para castigarlo. Si tu mano no sabe obedecer a tu cerebro, córtala. Así dice la biblia. Creo que es la única manera”.

Cada día me convenzo más de que Mario tiene las habilidades espirituales de un mago. Como el sacerdote de una terrible religión arcaica, no demuestra ni piedad ni incerteza. Y su seguridad es contagiosa, a tal punto que todos terminan haciendo su voluntad. 

Mario convenció al chico que para sanarse de manera definitiva de su pasión, tiene que cortarse la mano. 

Esta mañana salieron los dos tempranísimo para ir a la serrería de un amigo. Allí, en presencia de Mario, el chico moreno se cortará una mano con un golpe de sierra. Y después vendrán aquí a tomar café. 

Así me dijeron. Pero creo que el chico va a necesitar vendas y somníferos en lugar de café. Le preparé una cama sobre el sillón del living, donde se sienta normalmente. Además, sobre la mesa de vidrio, preparé calmantes, unas vendas y una copa de coñac.

Lo más hermoso será ver la cara de Mario, despejada y feliz; el rostro de un hombre que ha cumplido con su deber.   

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