Traducir sonido; Reseña de El Libro de Joshua de Zachary Schomburg

Manuel Boher

«Mi padre dejó su caballo en mi casa, quería que lo arreglara. Pero murió enseguida» (…) «Nunca le hablé a mi padre sobre su caballo, y él nunca preguntó. Nunca surgió el tema. Si la muerte tiene un comienzo, tiene un final». Estos son algunos versos de Zachary Schomburg, poeta, narrador y artista visual de Portland, citados de su libro Fjords vol. 2 (2021), y que, leídos y musicalizados en un pequeño film (Afraid Cloud, 2020), pueden dar algunas direcciones en el desorientador The Book of Joshua (2014), traducido por Sebastián Gómez Matus en 2020 como El Libro de Joshua, para Komorebi Ediciones. Un libro escrito principalmente en fragmentos “que generan su propia energía por medio de la confusión, no en un sentido cognitivo o narrativo, sino de forma emocional”, según la descripción del autor. Lo que prepara una especie de camino falso que se abre desde las voces del libro, una artificialidad constituida por frases taxativas o ingenuas, sacadas de manuales de lenguaje o libros infantiles. Dejando cada vez más en el fondo los mecanismos de su sentido, sobre los que, como decía, quizás estos versos iniciales de Fjords vol. 2 pudieran arrojar cierta luz, dar cierto suelo.

El autor desarrolla esta idea en la presentación que organizó Komorebi en enero de este año; el lenguaje de El Libro de Joshua tiene ascendencias en la retórica convencional de los textos infantiles, así se disfraza este registro como una pedagogía que excede, por ejemplo, la saga del crecimiento, o el relato de un duelo, hasta lo ominoso, hasta lo artificial y lo falso. Y queda solo la información de algo, diluida y atorada en los hilos y los dientes de trampas y fondos falsos, pero eso queda: discurso, relato, información. Y ahí se confunde la energía emocional que describe Schomburg, una fibra sanguínea y triste, enterrada en estas frases cortas y subliminales, no proporcionales a los huesos y la belleza que disimulan.

Y ahora, sobre esta información, también hay borrones y fuertes irregularidades, porque es, quizás, traducción o trasvase de intervenciones orales -las de un niño, Joshua- hacia la discursividad o los códigos lógicos, cuando estas intervenciones son, todavía, previas a las pautas de la razón. Es, por ejemplo, transformar una tos, un estornudo o un hipo en paquetes de discurso, de forma antojadiza y también, por algún motivo, muy triste. Concretamente, se siente como una traducción del llanto, los gritos y el sonido del nacimiento o del balbuceo de un niño, en la inteligencia lacónica y esquemática de las emociones y los relatos adultos. Y entiendo que los tránsitos de la voz en El Libro de Joshua son desoladores, llenos de muerte e impotencia, pero sobre todo es terrible y pudoroso leer traducida la mente de un niño en este código estoico y decepcionado, donde ha sido arrasada la fantasía de la infancia.

En estos términos se ordena el libro de Schomburg, con un lenguaje deforme y sin discursividad, que rebana la realidad y las relaciones de significado, donde nada se reúne con su otra mitad, como un emboque roto o un teléfono desconectado. Reproducción de la reproducción de la reproducción… Una línea de imágenes ordenadas por años, como si eso también fuera una obsesión, igual que un niño que aprende a escribir su nombre y no deja de escribirlo en cada papel que encuentra. Esto tiene efectos, las cosas no tienen contorno en una realidad sin discurso. El padre se vierte en el hijo, en dios, en una mujer que habla por teléfono, en el paisaje, en los caballos, en las gallinas, en un muro de pájaros; todo está tirante y adherido, y esta masa tensa de cosas sin contorno es, al final, Joshua: un niño canino que es un grito convertido en palabra.El libro de Joshua es onírico según los estándares de la vigilia, pero no importa, creo, categorizar las porciones reales y las porciones imaginarias, porque el mundo de Joshua es un mundo hostil de información sin emisor, donde nada es comparable con nada y donde nada puede jamás recordar o hacer aparecer otra cosa. Por eso, quizás, el corto vistazo de un caballo o la breve mención de esa palabra puede extender esa idea por un tiempo desproporcionado. Provocando en el interés de un espíritu desplazado, una vida que tenga como eje, como emblema, ese animal que, como en los versos de Fjords vol. 2 que citaba al comienzo, pudo haber sido el único objeto de intercambio en una relación paternal donde nunca se resolvió el misterio del otro, donde nunca esta emoción oscura y remota fue traducida o contornada con palabras que fueran continuas, sencillas o íntimas. 

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