Ordenar una lengua, presentar un territorio:
Granta 23: los mejores narradores jóvenes en español 2, VV. AA.

Diego Leiva Quilabrán

Cualquier antología se cimenta sobre la base de criterios conscientes o inconscientes de quienes realizan el ejercicio de selección. Por ende, cualquier antología correspondería a lo mejor de cierta forma de concebir la producción textual de regiones más o menos amplias y/o de aprehender ciertos registro temáticos o formales. Y eso, a priori,no tiene nada de malo. Granta 23 reúne narraciones de veinticinco autores de doce países hispanohablantes, cuya selección estuvo a cargo de un jurado conformado por la escritora mexicoamericana Chloe Aridjis, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya, el novelista y cuentista Rodrigo Fresán, la periodista y crítica literaria inglesa Gaby Wood, además de los fundadores de Granta en español Valerie Miles y Aurelio Major.

Autores Granta 2021

Genealogías truncadas, no deseadas o abandonadas, paisajes posapocalípticos o hipertecnificados, subjetividades fuera de lugar –o fuera de foco–, deportes de combate, encierros, barrios y cambios de domicilio son algunos de los temas abordados. Desde Chile nos encontramos a dos voces familiares, Paulina Flores y Diego Zúñiga, y también con reconocidos narradores los argentinos Martín Felipe Castagnet y Camila Fabbri. No obstante, una consecuencia importante de leer y conocer antologías es la de ampliar el mapa hacia fronteras de lectura a las que no estamos tan habituados, por existir menor diálogo o llegada.

Es posible descubrir en este volumen, por ejemplo, muy buenas muestras de la literatura cubana que, salvo excepciones, no alcanzarían de otro modo el registro contemporáneo de autorías en este perdido rincón del mapa editorial. Carlos Manuel Álvarez, Dainerys Machado Vento y, a título totalmente personal, sobre todo Eudris Planche Savón, son narrativas frescas, imbuidas en coordenadas culturales distintas, con otra manera de plantear un deseo de mundo, más compleja y tironeada –uno diría, medianamente desde el prejuicio–. Álvarez juega con el potencial singular de la experiencia cotidiana, a contrapelo del procesamiento maquínico de información; Machado Vento se posiciona como una voz cubana letrada entre republicanos estadounidenses en un gender reveal; Planche Savón, por último, da cátedra de una apropiación de un canon metropolitano de mujeres, con dos narradoras que dan vida a una relación intertextual con la obra de Katherine Mansfield. Los tres textos están unidos por una sensibilidad formal alejada de la autoficción y la narrativa más temática a la que estamos acostumbrados –o quizá, sin saberlo, podemos advertir menos los temas y su posicionamiento al tener algunos grados de separación con ellos–.

Quizá lo más sorpresivo, no por su falta de méritos, sino por lo poco que sabemos acá de su circuito, sea la inclusión del ecuatoguineano Estanislao Medina Huesca, cuyo cuento, “Wanjala” es una oda a la desazón. Su protagonista, Eriberto Ebula, con dos licenciaturas en España, tras el exilio de su padre, ha retornado a Malabo –la capital de Guinea Ecuatorial– y está trabajando como taxista. Que lo descubran cometiendo adulterio en la vía pública, en su auto, y deba acceder al chantaje de los policías refleja su precario estado social, ético y emocional.

“Heriberto echaba la culpa a España. Lo hacía siempre. No había manera de moverle del sitio. […] Más de veinte años en España le habían educado para odiar tanto a los españoles como gente de la etnia fang a pesar de tener amigos fang a quienes decía que no eran igual que los otros fang por no hacer cosas de fang”, indica el narrador de “Wanjala”

Ese odio a España y la introyección de presupuestos coloniales nos sirve aquí para hablar del elefante en esta habitación. Seis son los escritores españoles que contiene el volumen, seis de veinticinco. Y, como dije en un comienzo, a priori no es un defecto, y mucho menos lo sería de los autores antologados. Sin embargo, queda abierta una pregunta válida: ¿es esta lengua española en la cual están escritos los textos –que, repito, van desde España a la Guinea Ecuatorial– un reflejo de experiencias asimilables? Quizá haya un pequeño cortocircuito o vicio al momento de presentar el volumen: la mistificación excesiva de una lengua ajena. Valerie Miles, en la “Introducción”, comenta que

“[l]a palabra más larga del idioma de ‘hipopotomonstrosesquipedaliofobia’, que significa, justamente, fobia a las palabras largas. ¿Cómo no adorar una lengua capaz de algo semejante? Un idioma que esconde en su léxico nefelibata, del griego nephélé, ‘nube’ y bates ‘caminante’. Una palabra que algunos considerar la más bella del idioma, acuñada por el nicaragüense Rubén Darío y de la que se apropió el español Antonio Machado al escribir: ‘Sube y sube, pero ten / cuidado nefelibata, / que entre las nubes, también / se puede meter la pata’”.

Simplificaciones como la anterior o del tenor de “el idioma de Cervantes” despercuden la lengua de todo potencial insultante y la subliman, aun tomando ejemplos locales, la plantean desde un estado de sopor que es todo lo contrario a lo que plantean los textos. Desde la periferia europea a la periferia de la periferia pueden haber varios trancos de distancia, aun cuando compartan una lengua. Quizá la fantasía de la lengua única sea la que sostiene un escenario de cartón piedra frente al cual se desarrolla una vívida guerra de posiciones. Repito: esto no tiene nada que ver con la calidad de la selección.

Una narración como el “Buda Flaite” de Paulina Flores es una muestra de que en nuestra lengua habita también la cacofonía –estéticamente para bien o para mal, lo juzgará el lector– porque se presenta un estilo distinto a lo que Flores ha venido trabajando. Es más osado en la forma, en el protagonista de la historia, y habrá que esperar con expectativa cómo finaliza “Buda Flaite”, ya que la autora ha dicho en entrevistas que se trataría de su nueva novela. Por otro lado, un cuento como “Inti Raymi” de Mónica Ojeda nos ubica en los límites de nuestros códigos y la experiencia soportable por nuestra lengua y su convivencia conflictiva con otras –si me apuran, diría que con algunos ecos de la película La nación clandestina de Jorge Sanjinés (1989), con su potencial destructivo–. “Días de ruina” de Aniela Rodríguez –uno de los mejores elementos de esta antología, a mi parecer–, nos advierte de esa capacidad del lenguaje para velar un cross a la mandíbula con una prosa de apariencia dócil. Por último, “Niño dengue” de Michel Nieva verbaliza toda la violencia de la deformidad moral y física para recordarnos una calamidad humana y geográfica que comparte un aire de familia con The Fly de David Cronenberg (1986).

Miles, en la “introducción”, indica que

“[e]ste grupo de jóvenes narradores se expresan (sic) en una lengua común, donde convergen veintitantas nacionalidades e infinidad de permutaciones locales: regiones, ciudades, pueblos; una sola lengua de intrincadas ramificaciones en la tradición, la historia, las amalgamas raciales y las religiones, una sola lengua que se usa en territorios de cuatro continentes […] Se trata de un rico palimpsesto lingüístico cuyos ecos se podrán escuchar vivamente en este número de la revista”.

            De ese modo, aunque no con mala fe, el palimpsesto mismo aparece como una imagen desjerarquizante por excelencia. Tratar de construir un campo de flujos literarios, de intercambios, de importaciones y exportaciones, es también enfrentarse al propio juicio, reconociendo incluso las expoliaciones y depredaciones que se puedan producir –porque vaya que lo harán– en el camino.

La selección de Granta en su número 23, con todo, vale menos por aquello que está encontremos asentado entre sus páginas que por los debates abiertos que manifiesta. Soluciones imaginarias a problemáticas reales, pero también, soluciones suspendidas e indecisiones circunstancias que podemos imaginar, cuando se nos permita, como comunes. Por ello, evadir la tentación de la pax romana que encarnaría una lengua única como punto de partida de cualquier lectura se hace necesario.

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