Sobre Safari, de Pablo Toro

Matthias Molina Osorio

La novela Safari (Montacerdos, 2021), escrita por el guionista Pablo Toro, está dividida en 3 partes que se entrecruzan en la imaginación de un adolecente y el lector. La fascinación que causa esta novela está anclada en no saber qué es lo real. Es una combinación de estilos que Pablo Toro presenta en un comienzo como imágenes de una película al más puro estilo de Apocalipsis Now, pero adaptada a dos personajes chilenos que trabajan de mercenarios, Gutiérrez y Villanueva, quienes participan como agentes contratados de Blackstone en la guerra de Bagdad. Gutiérrez actúa como un precursor de la violencia desmedida, mientras que Villanueva, tampoco siendo lejano a todo este juego de la guerra, tiene algunos límites y valores que lo hacen despreciar la naturaleza salvaje de su contraparte. Esta polaridad permite a la novela la transmutación de aquellos personajes a una realidad más próxima: a la generación de adolescentes posdictadura, donde la narrativa fantasmagórica de Pinochet y el asco generalizado en la sociedad polarizada marca la construcción de la intimidad de estos personajes. Los traumas personales que tienen no les permiten empatizar el uno con el otro, creando una dialéctica competitiva que marca al Chile de los jóvenes que crecieron en los años noventa. 

En la tercera parte y final, el libro toma un giro inesperado. La trama se diluye en un mundo post-apocalíptico donde la violencia que reina en este mundo, ficticio pero realista, toma el poder social y mental de las personas. Es como si el planeta se hubiese sumergido en estos mercenarios del Blackstone donde Villanueva y Gutiérrez comenzaron su viaje espiritual en una espiral interminable de violencia. La construcción estilística en este punto toma el universo cibernético y futurista al más puro estilo de Blade Runner, sólo que en esta ocasión el imaginario opera en un mundo que es o fue Santiago, pero donde no quedan ruinas ya físicas, sino morales y humanas por el daño que causó un pasado tan oscuro y caótico. 

Es increíble la facilidad con la que el autor describe y crea estas imágenes tan claras de un mundo tan turbio, ya que la novela podría ser perfectamente leída como un guión anacrónico de la experiencia y la vida chilena a partir de las secuelas de la dictadura, donde la narrativa no sólo recae en un recuento del pasado sino que hace un ensayo futuro del mundo a partir de una distopía que nace desde la violencia del mundo capitalizado, que vence por sobre la tolerancia y la empatía. Cada una de las tres partes contiene un motor que se potencia por sí solo, donde se podría leer desde cualquiera de sus comienzos, pero que en su conjunto crea un engranaje perfecto donde la piedra angular recae en el dolor que produce el olvido, la pérdida de la humanidad; lo que sería el resultado de continuar en un mundo tan alejado del sentimiento, del verbo, donde cada nombre está compuesto por una marca tecnológica, y donde el sentir es aplacado con pastillas y el vivir se estimula con drogas de diseño. Es que Safari puede ser visto como una visión bajada a las letras de un viaje de ayahuasca o un mal viaje de ácido, donde los personajes se ven envueltos en un loop interdimensional que se conecta solamente por sus propias contradicciones. Ambos son opuestos el uno al otro, pero la oposición los mantiene unidos en todos los planos en los que habitan, como si su mundo fuese una espiral en la cual su historia siempre será sincrónica, luchando el uno contra el otro para poder despertar de ese mal sueño. pero sin tener las facultades de entender que están juntos en su camino. Y es que sus contradicciones son eclipsadas por las similitudes que los hacen llegar donde están posicionados; la propia pérdida. Esta se basa en distintos planos, como el abandono de un familiar, de un amigo, de la inocencia, de una clase social, y hasta de una patria a la cual aferrarse. Y esos juegos son los que hacen de Safari una gran novela, porque no tiene miedo de arriesgarse y presentar un mundo que aunque se mantenga acallado, puede nacer, crearse y mantenerse desde cualquier punto de vista en la idiosincrasia chilena. Es entonces que estos dos personajes, funcionando como polos opuestos que se atraen, tienen una representación en la que Gutiérrez ejemplifica el mundo post-apocalíptico donde la violencia domina todo y Villanueva el mundo en el que vivimos, que posee una violencia interna pero tolerable mientras se maneje bien adentro. Siendo casi imperceptible.

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