Tratado de hortografía. Una novela sobre el rock radikal vasco

Patxi Irurzun
Satiago-Ander Editorial

El protagonista de este diario es una antigua estrella del rock radikal vasco que ha perdido todo su fulgor. Fue cantante de Los Tampones, una banda cuya canción más popular se titulaba “Estamos contra las reglas”, y que fueron parte de un sonado escándalo nacional cuando aparecieron tocándola en un popular programa de televisión.

Pero eso fue antes, hace mucho tiempo, en los convulsos años ‘80. Ahora, nuestro antihéroe sobrevive trabajando en una pequeña biblioteca, escribiendo columnas en un periódico local y tratando de abrirse paso en el mundo de la literatura, después de treinta años publicando sin pena ni gloria. Sobrevive también a la complicada adolescencia de sus dos hijos mellizos —Silvio y Janis— y a la reciente pérdida de su pareja y madre de ambos.

La única manera de superar el duelo y la apatía será integrándose a un grupo de guerrilla ortográfica que se dedica a corregir los rótulos y carteles mal acentuados de su ciudad, Jamerdana, mientras Los Tampones planean su regreso a las pistas.

Una novela trepidante, llena de música y humor negro, pero también de reflexiones sobre el inexorable paso del tiempo, los sueños y la muerte; una tragicomedia triunfadora en España y México que ahora sube al escenario en Chile.

Foto del autor

Patxi Irurzun (Pamplona, 1969). Es escritor, periodista, bibliotecario y filólogo español; autor, entre otras obras, del libro de relatos La tristeza de las tiendas de pelucas; las novelas Los dueños del viento y Pan duro; el diario Dios nunca reza; el libro de viajes Atrapados en el paraíso; o el libro de crónicas De igual a igual. 8 historias del comedor solidario París 365. Ha escrito literatura infantil y juvenil, colabora habitualmente en prensa, ha participado en antologías, en revistas, fanzines, y ha ganado diferentes certámenes literarios. Además, Irurzun fue en una ocasión la respuesta a la letra I en el rosco de Pasapalabra.

Lanzamiento: miércoles 6 de octubre a las 19 hrs. Chile y 00 hrs. España, vía Instagram Live de Santiago-Ander: https://www.instagram.com/santiagoandereditorial/
Disponible en preventa: https://santiagoander.cl/producto/tratado-de-hortografia-patxi-irurzun/

ADELANTO

Acabo de ver el programa, con el inevitable video de nuestra actuación en Cajón de ritmos. Hacía mucho tiempo que no veía esas imágenes. Hoy no es difícil encontrarlas en internet. Pero no me gusta recordarlas. Tengo una sensación extraña, agridulce, cuando las miro, como si fuera otra persona la que estuviera allí, cantando; o como si lo que sucedió la noche anterior con Maider, en la pensión, solo hubiera sido un sueño. Claro que tal vez no tengo un recuerdo muy preciso de todo lo que ocurrió porque nos pasamos todo aquel viaje a Madrid bebiendo y drogándonos. Y todo lo demás, todo lo que vino después, también permanece envuelto en una especie de nube, en una niebla de resaca. Me refiero a todo lo relacionado con el escándalo que se montó tras nuestra actuación: las portadas de los periódicos, los periodistas que venían a buscarnos a la lonja, las amenazas de muerte, la querella del fiscal general… Nos parecía todo tan absurdo, tan desproporcionado, que no llegamos nunca a creérnoslo ni a ser conscientes, como si se tratara de algo que le estuviera pasando a otro grupo, en otro país, muy lejos de nosotros.

En Madrid, los de la tele nos alojaron en una pensión cerca de la Gran Vía. Era una pensión de putas. Se suponía que debíamos descansar aquella noche allí, para grabar al día siguiente temprano, pero desde la calle trepaban como enredaderas el ulular de las sirenas, los gritos de los borrachos, el estrépito de las botellas rotas contra las aceras… Era la llamada salvaje de la gran ciudad, así que salimos a quemar Madrid. Teníamos diecisiete años y éramos de pueblo.

Estuvimos en mil bares. En uno de ellos servían un licor al que llamaban leche de pantera. El garito era una gruta y los grifos de bebida estalactitas, a las que acabamos amorrándonos como cromañones, antes de que nos echaran a garrotazos. En otro vimos tocar a un grupo famoso de la movida madrileña y nos pareció una puta mierda, sin la mitad de pegada de cualquiera de los que oíamos en el País Vasco. Desde el fondo del bar alguien comenzó a insultarles, luego escupieron lapos y volaron vasos, y entonces vimos que eran los Felación, que habían grabado su actuación para Cajón de ritmos ese día. Ellos iban siempre a toda velocidad, como un ciclón, y siempre los acompañaba una peña peligrosa, toxicómanos y delincuentes del barrio de La Montaña de Jamerdana. Nos unimos a ellos y también nos echaron de aquel bar, y de algunos otros más. Acabamos el viaje al fin de la noche entre tiros de speed y chupitos de lugumba, mientras los Felación y su basca robaban radiocasetes de los coches y enfilaban la Cañada Real. Juantxo, nuestro bajista, se fue con ellos. Los demás regresamos a la pensión, a dormir un par de horas.

Fue allí donde Maider me besó por primera vez.

Pasaron a buscarnos dos horas más tarde con un coche que los de la tele enviaron a la pensión. Juantxo todavía no había vuelto y lo esperamos desayunando en un McDonald’s que había frente a la pensión. Nunca habíamos estado en un lugar como aquel. Fue allí donde Iosune, la guitarrista, untó los tampones en ketchup y los colgó de las cremalleras de su chaqueta. Juantxo apareció cuando ya estábamos a punto de irnos. Parecía un muerto viviente, macilento y con ojeras.

Subimos al coche sintiéndonos héroes. Tal vez fuera por un día nada más, como en la canción de Bowie, pero ya sabríamos para siempre en qué consistía el rocanrol: una escalera de caracol entre el cielo y el infierno. Una noche te montabas en una cunda para pillar caballo y a la mañana siguiente te venía a buscar un coche con chofer. Eso sí, en la tele nos hicieron esperar tres o cuatro horas. Había alguna huelga, de cámaras o técnicos de sonido, no recuerdo bien, y debíamos grabar durante los servicios mínimos. El presentador, un tipo mayor, delgado, con barbita y flequillo, que hablaba diciéndonos colegas y chachi, y otras palabras que en su boca resultaban ridículas, nos trajo una botella de vodka y se fumó algún porro con nosotros. Parecía encantado, viendo la borrachera que llevábamos. Mientras esperábamos, ensayamos la canción “Estamos Contra Las Reglas” de Los Tampones.

La verdad era que a nosotros, con la borrachera que llevábamos, nos daba igual, y que el tipo parecía saber lo que hacía, o lo que se le venía encima. Era como si lo estuviera deseando o propiciando, y cuando, por fin, grabamos la canción, no quiso que la repitiéramos, aunque en mitad de esta Juantxo se apartara durante unos segundos para vomitar tras un bafle, o el Txino se cayera de espaldas de la banqueta de la batería. Yo, quizás, era el más sereno de todos, o quizás no, quizás solo lo pareciera. Hoy, de hecho, mientras volvía a ver las imágenes, me he dado cuenta de que tal vez eso se debía a que me encontraba como hipnotizado, embobado mirando a Maider. Aunque lo cierto es que tampoco aparezco mucho en el video, ni tampoco Juantxo, ni el Txino, pues las cámaras se fijaban una y otra vez en Iosune, con su pasamontaña y sus tampones, y en los movimientos de Maider, restregándose una y otra vez la entrepierna y el culo con el micrófono.

Echaron el video dos o tres semanas más tarde, en horario infantil, que era cuando se emitía Cajón de ritmos. Nosotros ni siquiera nos enteramos, lo supimos por los telediarios y las llamadas de teléfono a nuestras casas y por los periodistas que nos esperaban en la puerta y por la gente que nos paraba o nos señalaba por la calle o en el instituto…

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