Lautaro Palma: La condición melancólica

Diamela Eltit

¿Cómo escribir lo leído?  O más bien ¿que parte de lo leído puede transformarse en una escritura capaz de operar de manera caleidoscópica para ingresar a la siempre pluralidad de sentidos que aborda una novela? ¿Cómo invadir el escenario material y la vez simbólico de la letra sin interrumpir su flujo ni detener su multiplicidad?

Escribir lo leído puede ser pensado como una manera de retener una escena o un conjunto de escenas que transcurren en el amplio espacio de una escenografía de la letra. Pero, desde otra perspectiva, implica abrir, desde la lectura, un telón de escritura que ponga y disponga de un espacio propio para producir el efecto lector. Desde mi perspectiva, lo más importante, lo realmente crucial, es permitir que la novela siga abierta para promover otras escrituras y otras.

Diamela Eltit, escritora.

Dile que no estoy de Alejandra Costamagna es una novela, por decirlo de alguna manera, territorializada. Se constituye a través de viajes geográficos que van y vienen, siempre en un camino de ida y vuelta. El protagonista recorre una misma ruta, una y otra vez, infatigable, rememorando. La repetición no implica el despliegue del paisaje. o los pormenores particulares que definen la extensión territorial que media entre Santiago-Calbuco- sino que remite básicamente a espacios interiores, a desplazamientos domésticos que transcurren en sitios simétricos, gemelares. Esa geografía vital, mucho más angosta que la geografía real, parece una proyección síquica del protagonista que se funda también en la repetición de sus escenas, una y otra, para señalar una forma de cautiverio de sí, ejercido con rigurosidad sistemática  y que alude a una forma compleja y necesaria del particular goce frío que lo habita.

El protagonista, Lautaro Palma, establece su vida o ha establecido su vida entre Calbuco y Santiago. De esa manera mantiene vigente su pasado para cursar su presente. Una vida recortada, ultra lateral. Un tiempo marcado y demarcado por la constante o incesante prohibición de lo que se permite.

Me parece necesario arriesgarme a señalar que es la melancolía la que atraviesa y designa a la novela. Ya Sigmund Freud se refirió de manera explícita a este estado en su texto clásico: “Duelo y Melancolía”. En su histórico ensayo examina la melancolía como la pérdida del objeto amado, ya real, ya simbólico que produce el vaciamiento libidinal del yo ante la pérdida. Un yo que se elabora a sí mismo en una situación vital enteramente disminuida, infravalorada, despojada de deseo. Ese yo que, de manera incesante, interroga su falla, la constatación permanente de su ineficacia e impotencia, es lo que Freud detalló en su ensayo para hablar de la pérdida libidinal: “una acuciante franqueza que se complace en el desmantelamiento de sí mismo”. Esa conceptualización, ese estado, desde mi perspectiva, es lo que habita a Lautaro Palma. Lo que quiero enfatizar es que está invadido por la melancolía y esa melancolía, a su vez, nutre la novela, la organiza, la detalla, la esgrime, la consolida. La melancolía previene toda forma de explosión y más bien alude a una resta, a un constante “no” ante la posible expansión del mundo. A la negación de pertenecer. A la inexistencia de una vida comunitaria.

Me resulta coherente leer el texto literario desde la melancolía. Para enmarcar la lectura, entre el conjunto de signos que porta la novela, quiero detenerme en una escena lateral que me parece fundamental para pensar la oclusión del personaje, su límite o su limitación. Durante la lectura, me resultó crucial su rechazo o miedo al ascensor. Lautaro Palma se prohíbe usar el ascensor. Lo que me parece importante, junto con considerar la realidad más específica y cotidiana de la maquinaria, es pensar en el nombre: “ascensor” en su sentido más simbólico. El nombre, ya lo sabemos bien, según la estructura gramatical, es el sustantivo, entonces, siguiendo la ruta del nombre, vale decir considerando lo sustantivo del sustantivo, es posible asegurar que el personaje se prohíbe cualquier ascenso de sí, rehúye los sonidos y el riesgo, teme a una velocidad que lo alejaría de la distancia y la lentitud tras las que cobija cada uno de sus actos. El ruido del ascenso y los riesgos que conlleva, no se lo permite o no se lo puede permitir porque está preso de una velocidad mínima que, sin embargo, le requiere un gran esfuerzo: subir por una escalera, peldaño a peldaño, entregado al gasto de sí, a consumirse en un esfuerzo solitario renunciando a las tecnologías, a los soportes vitales, a cualquier actualidad.

El tiempo parece suspendido o más bien opera como un contexto débil, sin texto que lo garantice. Leyendo los signos históricos, que más bien funcionan como pistas, se puede inferir el fin de siglo: 1990-1994, años en que se inicia la transición a la democracia o, desde otra perspectiva, marcan el fin de la dictadura chilena. Pero, el protagonista parece ajeno a todo movimiento social y la única política que lo mueve o lo conmueve se funda y se cursa en su vocación a desagregarse.

Desde esta perspectiva, lo que la novela va a relevar son “las vidas mínimas” ocupando el título del escritor González Vera. Me refiero a un conjunto acotado o muy acotado de vidas atadas a un espacio en cierto modo claustrofóbico, cruzados por la tensión, donde se cursan los encuentros que inevitablemente van a generar desencuentros. Se podría pensar en el padre de Lautaro, Miguel Palma, como un sujeto desajustado, también sumido en un conjunto de desaciertos que lo vuelven improductivo. O detenerse en la muerte de la madre, Oriana. O centrarse en la cercanía y distancia con el piano, o pensar en Daniela o Claudina. Sin embargo, en esta narración, el protagonista es fuerte para resistir las penurias familiares y aun la traición paterna, porque precisamente cada uno de los elementos más que producir melancolía (que ya está operando en un pliegue indeterminado de origen difuso) la justifican, la profundizan. En ese sentido y siguiendo el trazado abierto por Freud, me parece que la melancolía opera como una condición y como enigma. Y aun la sutil ventana que abre la novela hacia una inclinación de Lautaro Palma hacia la colegiala, lo que apuntaría a una trasgresión, no termina de  consolidarse porque el deseo carece de movimientos o se trata de la imposibilidad de movimiento porque ese deseo no logra atravesar su propio umbral.

La novela Dile que no estoy de Alejandra Costamagna, apunta exactamente a lo que su título indica, a la imposibilidad del encuentro, a la evasión de sí mismo de su protagonista, a la voluntad de no ser. Se trata de una empresa literaria difícil y lograda. Se enfrenta a la épica de entrar a un territorio donde la acción o la aventura de la aventura radica en la excelencia de su escritura y su permanente coherencia.  

Pascuala y Alejandra Costamagna, créditos a David Ponce.


*Este texto fue escrito para la presentación del libro el 3 de mayo del 2021.

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