La salvaje perspectiva, de Nicolás Letelier Saelzer

Kurt Folch
Presentación de Kurt Folch a «La salvaje perspectiva», de Nicolás Letelier
Kurt Folch, poeta.

La salvaje perspectiva es un libro extraño. Tiene un título extraño. A primera vista puede parecer una imagen complicada. Cada palabra podemos situarla claramente, pero en mapas de sentido y connotaciones muy distantes. De “salvaje” se desprenden los instintos, una fuerza primitiva, indomable, violenta. Por su parte, la “perspectiva” es una manera de ubicar la representación del objeto tal como aparece en el plano. Es decir, la palabra nos lleva al mundo cristalino de la geometría, del arte e ideas abstractas. El libro, además, se compone de cuatro poemas, cuatro momentos, espacios y voces formando un collage o panóptico de elementos que parecieran no tener relación evidente entre sí. Sin embargo, para estas voces hay un fondo común: la unidad que ofrece una “salvaje perspectiva” tal como podemos entenderla tras la lectura. Porque cada uno de los poemas es la mirada o perspectiva que busca y registra la belleza en el flujo de instantes en que se mezclan, sin mayor jerarquía: el presente, la memoria y la imaginación. Obviamente este tipo de observador encontrará belleza en cualquier tipo de experiencia porque le es imposible no verla. El primer poema “Drunk as in a morning sunrise” abre el volumen en un registro sincopado, moderno, jazzero; una sucesión de momentos, precisados a medias, vagamente familiares. Llama la atención de inmediato la afirmación «Han encontrado una forma de matarme». No sabemos si se trata de una amenaza de violencia cruda y pura, o un comentario irónico refiriéndose a cierta debilidad o delicadeza de espíritu que haría morir al hablante de una impresión estética, morir ante un ejemplo de belleza conmovedora. La belleza puede ser un intensificador de la proximidad de la muerte. Como sea, la desesperación del primer hablante parece ser la del que corre con la muerte pegada a su sombra para terminar exclamando por fin «y la línea es/ un conjunto de partes/ en el todo/ y el espanto». A reglón seguido el libro gira en una dirección completamente inesperada. Surge Cornelius Agrippa, figura emblemática del sabio y místico renacentista, encarnación del ideal del hombre en busca del conocimiento que ve posible adquirir una verdad que supera a la propia razón y que permite leer el libro de la naturaleza. Con Agrippa se nos ofrecen imágenes establece una relación con el mundo y los fenómenos libre de la desesperación y confusión del primer hablante. Si aquel encarna la amenaza de la muerte, este segmento comienza con una imagen, que sin negarla, apela, en cambio, a la vida y la salud «Debemos alimentarnos con miel y vinos claros». La escritura no constituye el registro angustioso del paso caótico del tiempo y el hablante parece mantenerse en el presente de imágenes esenciales del cuerpo vivo y su relación con el mundo material, los alimentos, la luz, los ritos, la lectura e interpretación de la naturaleza, el conocimiento, la armonía entre cadáveres y almas, la “razón de la naturaleza”, los cuerpos celestes, la unidad, el pecado, el juicio y la adivinación. Para Agrippa la belleza contiene una clave espiritual porque la armonía es espiritual, pues, dice un poema, nace del sonido que es una voz que nace del soplo, que es respiración del espíritu. Y es por esto, por el espíritu, suponemos, que Agrippa concluye que la belleza radica en el observador, en la mirada, en la perspectiva personal: «el ojo transforma el color en belleza» para finalizar señalando que «al apretar el gatillo/ el espíritu de la presa/ ya no está ahí/ de sus ojos /se ha mudado/ la mirada/ al espíritu del cazador». La mirada salvaje, la mirada del cazador, la belleza que él o ella deposita en la presa, vuelve a ella, pero como un elemento exógeno y distinto al cazador y la presa. El resultado puede ser una nueva y tercera mutación del hablante. Iter Criminis (camino del delito) aquí el hablante parece sernos más cercano, comprendemos mejor el espacio que habita y con quién. La respiración no tiene la desesperación del comienzo, ni el tono oracular de Agrippa. Cada poema es una suerte de ekphrasis de momentos rutinarios, lentos, descritos con la densidad de un lirismo que, sin llegar al ser barroco, tiende a una sofisticación irónica  (poema IV). La mirada sabe que está transformando las cosas en belleza, pero al hacerlo los anillos de la muerte se aproximan. Creo que el poema VI en esta sección nos da una clave general para el libro, leemos: 

«La Batalla de San Romano es más que el tríptico mutilado de un hecho que sucede ahora entre los escorzos y el movimiento gris de las lanzas».

Nicolás Letelier, escritor.

Lo que se empeña en dejar meridianamente claro esta mirada salvaje o esta mirada violenta y primitiva, es que la belleza aparece ahí, en la batalla. El mundo se manifiesta donde el cuerpo vivo se manifiesta, como contacto de los fenómenos configurando una imagen triple, pero mutilada en dibujos y el movimiento. La belleza no es otra cosa que material particulado, gris, un fondo neutro e impreciso en el que de pronto algo destaca, algo brilla y tiene filo, puntas de lanza, el sol, el centro de Santiago, el cambio de guardia, un cuadro de Ucello.

Finalmente el libro cierra con una suerte de regreso a un hablante desquiciado, aunque distinto al primero. Esta vez con “Berhof as in a morning sunrise” la melancolía es de un Hitler en su mansión de la montaña satisfecho por el trabajo de los obreros con la carpintería de la propiedad. La belleza no exime ni redime ni deja fuera a nadie, así sea un delirante, un sabio renacentista, un hombre del centro de Santiago, o un fuhrer alemán. También la belleza es fascista tal como lo es el lenguaje. Pero estos son solo apuntes porque el libro no ofrece mayores referencias. O un mapa que permita unir sus referencias de acuerdo a plan maestro. Afortunadamente. La forma de morir es un collage, la belleza de los fragmentos es una luz refractada. El logro de La salvaje perspectiva es mantener el equilibrio caminando sobre cuatro cuerdas flojas. Un ejercicio que destaca dentro de nuestra poesía que tiende al registro documental testimonial etnográfico. La salvaje perspectiva confirma la presencia o la resistencia de un ángulo de observación distinto. Hay una opción clara por el fragmento, los quiebres sintácticos, rítmicos y de sentido. Pero estos quiebres se producen espaciadamente y cada se mantiene por una cantidad de tiempo lo que logra atenuar el primer momento después de cada interrupción y nuevo comienzo proyectando cada nueva respiración, soplo, y vida. Nicolas Letelier no opera con excesiva violencia, o si lo hace luego modula esa descarga con imágenes y ritmos más amplios e incluso elegantes. Finalmente, algo que me parece un logro particular es que la fragmentación, detallada, que se expresa aquí con toda precisión no revelan un rostro definido. Los cuatro sujetos de estos poemas constituyen una identidad esquiva. Casi sin rasgos, puede ser nuestro reflejo, una transferencia, desde otra dimensión.


*Este texto fue escrito para la presentación del libro en mayo del 2021.

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