Sobre Lago Esquirla, de Mariela Malhue

Catalina Ríos
Catalina Ríos

Mi relación con la escritura se ha ido intensificando y enmarañando mucho durante los últimos diez años. Cada vez se van tensando más las estructuras que sostienen este quehacer, y encontrar refugio en textos como “Lago Esquirla” se siente como una contención que atraviesa la rigidez de la página, una mano que se me tiende y abre posibilidades para pensar en ella desde otro espacio.

Podría empezar a divagar, perderme alabando la técnica o la sutileza con que son abordados ciertos temas a lo largo de los poemas, profundizar en interpretaciones que probablemente arranquen del texto y tengan sentido bajo un mapa enorme de referencias y citas innecesarias en este contexto. Prefiero hablar de sensaciones, del momento íntimo en el que se transforma la conexión con un texto literario, ese aniquilamiento que deja una primera lectura al confrontarse con poemas como los de “Lago Esquirla”.

Mariela Malhue

Imprimo las hojas del texto que me envió Mariela en la impresora del trabajo. Se tranca y debo permanecer atenta al momento de que comience a funcionar para que las hojas no salgan disparadas. El trabajo casi no me deja tiempo para leer, pese a que trabajo con libros. Tener esta tarea es un alivio. Me siento en el escritorio y comienzo la lectura, una lectura que desde los primeros versos me pone estado de alerta: “En cualquier sitio/ puedo sentarme y guardar silencio/ ordenarle a mi cuerpo/ permanecer quieto/ hasta que las palabras/ dejen de ser palabras/ o una imagen pase a ser parte/ de ese conjunto de cosas/ que nadie ha pensado/ ni va a pensar”.

Subrayo y escribo con letra grande y desparramada algunas notas. Me recibe de frentón uno de esos poemas a los que debo volver de inmediato, leer y releer hasta terminar memorizándolo. Hay algo encriptado, un mensaje que siento que no percibo completamente, encerrado en los diez versos que inician “Lago Esquirla”. Hay algo que no se puede nombrar, algo que no se ha pensado. Como si efectivamente las palabras dejasen de ser palabras y fueran calma, el silencio luego de un ruido intenso y persistente.

No suelto las hojas y leo de corrido todos los textos. Luego hago lo mismo una segunda, una tercera vez. A la cuarta tomo el lápiz, interpelada por el texto que anunciaba “alguien toma un lápiz” y, luego, “busca un nombre y funda su imagen”. Entonces es como si mi pulso vibrara en la misma sintonía y la escritura de Mariela me guiase en el cuestionamiento, latente en mí, de las limitaciones del lenguaje. Armo preguntas, dejo anotaciones. El poema se extiende y de él nacen miles de posibilidades: “la dirección de las palabras se otorga en un campo vacío”.

Emerge constantemente la imposibilidad del decir, un cuerpo que se resiste a la palabra, una boca que traba el habla, pero también la idea de esa obstrucción como el motor del decir y de poner las cosas en marcha: “un anhelo permanece aun cuando el cuerpo se detiene/ el enjambre radica en el sentido que buscamos para darle movimiento a la espera”.

Hay ruido de cosas, torbellinos y confusión. También la sensación del temor que se lo lleva todo, posándose con su abundancia de dudas en el estremecimiento del cuerpo: “sitúa el temor/ su copiosidad”. Pese a la obstrucción la boca siempre encuentra su manera de decir, romper las cuerdas del miedo y las barreras que pone el cuerpo. La lectura empieza entonces a llegarme como con una emocionalidad desatada, me golpea el poema como “el llanto en un sitio inadecuado”.

Uno de mis textos favoritos dice: “una madre y un padre envejecen juntos/ sus movimientos se vuelven lentos/ se reiteran las pausas dentro del habla/ hay cierta valentía en respetar el tiempo sin cuestionarlo/ hacerle un lugar a lo ilegible/ sonreirle al transcurso/ sin preguntar/ las instrucciones de una trama”.

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