«En Pelusa Baby tuve la voluntad de buscar la risa»: Entrevista con Constanza Gutiérrez, autora de Pelusa Baby

Jorge Núñez Riquelme

En 2013, la escritora argentina Gabriela Bejerman escribió un texto sobre la antología “Junta de vecinas”, libro que reúne relatos de narradoras chilenas contemporáneas, entre las que se encuentran las escritoras Alejandra Costamagna, Nona Fernández, Andrea Jeftanovic, Leo Marcazzolo, Andrea Maturana, Carolina Melys, Lina Meruane, María José Navia, Patricia Poblete Alday, Eugenia Prado Bassi, Cynthia Rimsky, Monica Rios, María Paz Rodríguez, Francisca Solar, María Jose Viera-Gallo, Lyuba Yez, todas ellas antalogadas por la escritora y editora Claudia Apablaza. En “Un espacio de asfixia” Berjamn alude a una carencia de humor, desenfado y soltura en las escrituras producidas por mujeres en Chile, señalando que, en general:

«Se muestran vidas oscuras, marcadas por el sufrimiento, por la imposibilidad de soltarse y ser libre. Las jóvenes mujeres representadas son víctimas del desamor. Las ancianas, víctimas de largos sufrimientos. Las niñas, víctimas de la incomprensión, la escasez de afecto, el abandono”, y luego finaliza comentando “¿Dónde late el deseo? ¿Dónde late la vitalidad? ¿Dónde habrá lugar para el juego, la risa? Habrá que inventar ese espacio de respiración donde los límites dejen de oprimir, donde los roles dejen de contraer». 

Comparto la apreciación de Bejerman. Qué duda cabe que el humor en la narrativa universal (en términos masivos y genéricos) tiene poca presencia. En la literatura chilena (salvo algunas excepciones) esta tendencia se incrementa en relación a nuestros vecinos de Argentina. Es algo que traspasa las generaciones. Y quizá pueda ser porque el humor presenta un riesgo mayor, un riesgo de que pueda no ser entendido, o peor, ser entendido y no generar ninguna pisca de gracia. Es probable que una cuestión enjuiciadora o las garras del monstruo del Festival de Viña hayan aminorado las posibilidades de escribir y hacer humor con desenfado y soltura en nuestro país. Una cosa es que una novela o un volumen de cuentos tenga algunos pasajes graciosos, y otra muy distinta, que el libro en cuestión tenga al humor por protagonista.

Ese fue el riesgo que tomó Constanza Gutiérrez (Castro, 1990) con su libro de cuentos Pelusa Baby, que compila 19 cuentos de diferentes extensiones y temáticas. El primer cuento, “La colonia tolstiana”, es una suerte de manifiesto, una toma de posición o un aviso a los signos con los cuales Gutiérrez trabaja en el libro: guiños a la cultura pop (con la frase “Atrévete a enfrentar salvaje y plenamente el milagro de vivir”, de la canción Romance te puedo dar, ending de Dragon Ball) reescritura y apropiación de clásicos, y el oficio de la escritura (que se manifiesta en el diálogo que tiene la protagonista con Augusto D’Halmar y Fernando Santiván).

Gutiérrez tiene soltura y libertad. No titubea y es capaz de hacer y crear mundos extraños y particulares. Si el humor falocéntrico pareciera ser para algunas personas una cuestión obvia, “Copiando a Gogol” puede servir para ejemplificar lo contrario, pues el cuento narra la historia de un hombre chileno que pierde su miembro –qué más obvio y gráfico que eso– para que luego el hecho, el acontecimiento que da pie a la historia irrisoria de un hombre ya sin su pene, entabla una conversación con él, sobretodo, como una metáfora que indaga en la fragilidad masculina. Con diálogos delirantes, el cuento cierra con un deseo: ojalá ser Ben Stiller.

“El reglamento del club”, por su parte, es un cuento breve, audaz y franco. Ahonda en grandes certezas de la vida, en una complicidad tácita que se puede crear en algunas relaciones entre amigas, un reflejo de lo que significa la vida actual: una letanía al compromiso. Una complicidad en la que Gutiérrez señala que «La monogamia nos acomoda. Preferimos mentir». Además, utiliza el concepto Contacto de Emergencia como la categoría de hombres y/o mujeres que son presas de sexo sin compromiso (o con límites dentro de un mismo y nuevo compromiso), cariño sin ataduras ni obligaciones, porque tal como indica el reglamento «todo y pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar».

Hay una levedad intencionada en esta propuesta de libros y un intento de desacralizar la escritura o su oficio, o una clara intención en donde el lenguaje directo y efectista podría generar mayor cercanía y complicidad con quien lea estos cuentos. Una levedad como una capa constante que permea estos cuentos tan singulares. Como ya fue nombrado, la reescritura de clásicos no pareciera ser un homenaje serio, sino más bien un material más para apropiarse. En “Copiando a Gogol” escribe «que Gógol me perdone: me parece muy larga, así que planeo contarla rápidamente», acaso como un intento de manchar una escultura: todo es material de libre uso.

1.- Tu primer cuento es una suerte de posición de lo que significa ser escritora en Chile. Me gustaría que pudieras ahondar en la idea de lo que significa ejercer este oficio, con sus pro y contras.

Te puedo contar de mi propia experiencia, porque sé que hay distintas maneras de vivir de la escritura. Hay algunas de nosotras en las redacciones de los diarios, cumpliendo un horario de oficina, y otras siendo reporteras; algunas son guionistas de teleseries; otras profesoras y, otras, editoras. Yo trabajo corrigiendo textos para editoriales y a veces adaptándolos para un público para el que no fueron creados originalmente o traduciéndolos del inglés. Cualquier cosa con palabras escritas, en realidad. Tiene a favor que puedo hacerlo desde mi casa y que yo misma distribuyo mi tiempo, etcétera, y como contra la incertidumbre que vive cualquier persona que boletea: unos meses más trabajo, otros menos. 

2.- ¿Qué opinas sobre la apreciación de Gabriela Bejerman (a partir de la antología “Junta de vecinas)? Claramente, tus cuentos se alejan de la idea que ella comenta.

Es curiosa la posición en la que me pones, porque me estás pidiendo que juzgue una apreciación de otra persona, y además que lo haga en público, que no me parece la manera más bonita de introducirme a una persona, pero ya que estamos, aquí voy: yo creo que tiene razón, cómo no va a tenerla, si es su percepción y se basa en lo que ella ha leído de literatura escrita por mujeres de Chile y también en, yo qué sé, su biografía… está cimentada en las cosas en las que cimentamos nuestras opiniones todas las personas. 

Me pregunté qué textos escritos por chilenas me han hecho reír y pensé al tiro: La bandera de Chile, de Elvira Hernández. Me reí mucho, todo el rato. ¡Cuando dice “a la bandera chilena la mandan a la punta de su mástil”! Y después debajo ondea el texto y dice algo como que desde ahí flamea o no sé, “y por eso se la respeta”, ondeando, jajaja. Después me acordé de un libro que leí hace poco, Ambiente familiar, de Maivo Suárez, que tiene un cuento sobre infidelidades que se llama “Fiestas patrias” con el que me reí mucho, tiene muchos giros y cada uno es más gracioso que el otro. El final te deja en ascuas, pero muerta de la risa. Y del cuento “Qué vergüenza”, de Paulina Flores, que tiene un final tragicómico. Se sienten muchas emociones con ese final y una de ellas es risa. Y del poemario Curvatura del ánimo, de Daniela Escobar, ese también es muy chistoso. “Tomo una pera, le saco el palito, ¿con qué letra del abecedario coincide este desgarro?”. Bueno, fin de las enumeraciones: la cosa es que yo sí veo la vitalidad en nuestra escritura. Percibo el latido del deseo.  Pero es que yo soy chilena, debe ser que tengo una manera parecida de estar. Lo que pensé finalmente es que quizás nuestra manera de contar sea cadenciosa, no estridente. No sé. Pero eso no quita que Gabriela Bejerman también tenga razón cuando dice lo que dice, porque encima yo ni leí la antología que ella estaba reseñando cuando dijo eso. 

3.- En el cuento “Lovefool” también aparece esta suerte de manifiesto al humor, y escribes: «Mi risa, que no tiene materia y de la que no puede esconderse, decidió dejarlo descansar y volver a mí. Después del remojo, mi cuerpo volvía a ser un buen hogar para ella. Yo la dejé entrar y ahora la tengo aquí conmigo, de otra forma no podría escribir nada». Pareciera que para ti, el humor resulta una cuestión fundamental, y no tan solo una capa en tus textos
.

En Pelusa Baby tuve la voluntad de buscar la risa, otras veces he escrito cuentos que no buscan todo el tiempo ser graciosos, como Incompetentes, que tiene humor, pero no es una comedia precisamente, o en la mayoría de los cuentos Terriers, en realidad. 

4.- Algunos de sus cuentos son muy breves, y otros muy extensos. Uno podría pensar que estás repensando la forma del cuento.

Busco maneras distintas de contar mis historias, me entretiene, y eso hace que varíen en extensión, pero no creo que sea yo la que esté repensando la forma del cuento o haciendo algo nuevo porque hay un montón de gente que escribe o escribió cuentos largos y cortos sin distinción. Kafka tiene La Metamorfosis y también La Partida, que es un cuento de un párrafo. La continuidad de los parques de Cortázar tiene dos. A la deriva de Quiroga también es cortito… yo que sé. Lydia Davis tiene cuentos de tres páginas y de tres líneas. Y bueno, hasta en la vida real es así, ¿o no? A veces las personas nos enfrentamos a problemas que se resuelven rápido y con pocas vueltas y otras a otros que tardamos mucho en solucionar, con un montón de inconvenientes entremedio.

5.- Según Diamela Eltit, estamos viviendo un momento de biologización de la literatura (más enfocada en los sexos de quienes escriben más que en una cuestión literaria) ¿Qué piensas al respecto?

Asumiendo que se refiere a la distinción que se hace de “literatura de hombres” y “literatura de mujeres”, la verdad es que no sé si se haga más ahora que hace cuarenta años. Pero si es que es tal como percibe Diamela, y estamos viviendo un momento crítico de la biologización de la literatura, peor para nosotras. Rechazo esa distinción binaria, suena como si “La Literatura” fuese la de los hombres y lo que escribimos las mujeres fuese una versión de la literatura. 

6.- En relación a tu obra, ¿cómo has cambiado tu registro de escritura? ¿Con qué relacionas estos cambios? Uno podría decir, que desde tu primer libro, has asumido cada vez más riesgos.

Es que soy una persona, voy cambiando. Como mi escritura es un reflejo de mi pensamiento, naturalmente va creciendo conmigo y con mis lecturas: acepta más cosas, se permite hablar de otras, cambia de intereses.

7.- ¿Cuál es tu relación con la crítica?

Creo que la respuesta nuevamente sería: “soy una persona”. Una común y corriente: las buenas críticas me dan alegría y las malas pica, pero las dos cosas se me olvidan al poco rato. Después de todo, solo es prensa. Alguna vez me he quedado con algo que creo que me puede servir, pero no pasa mucho tampoco porque este es mi propio camino y, para bien o para mal, voy a mi ritmo.

8.- Además de escritora, eres traductora. ¿Cuántas libertades te tomas a la hora de realizar ese oficio? ¿Estás traduciendo algo?

No diría que me tomo libertades, intento ser precisa transmitiendo una idea ajena en la medida en que mis limitaciones lo permiten. Esas limitaciones puedes ser mías propias, como mi vocabulario o mi entendimiento, u otras propias de la experiencia humana, como la época en la que vivo, distinta a veces de la de las autoras que traduzco. Y sí, estoy traduciendo un libro ahora mismo: Orlando, de Virginia Woolf.

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