La repisa de Espacio público de libros

Darwin Caris

Notas literarias desde una librería

Poner en circulación autores, estéticas, enunciaciones y discursos es una gestión vital que debe hacerse desde una librería y su alcance, hoy, es aún más significativo en el contexto en que las redes sociales cumplen la labor de extensión de muchas librerías que, durante el periodo más crudo de los encierros, pudimos existir en esa inconmensurable virtualidad.

Varios son los “imprescindibles” al momento de recomendar, que siempre es un ejercicio deliberativo y quizás sectario, pero acá van mis elegidos:

Nuestra parte de noche. Mariana Enríquez. Anagrama.

Siempre lo voy a recordar como “el libro de mi pandemia”. Me hice adicto a este librazo. Es una producción alucinante que, si no fuese por la maestría de la narrativa de la autora, ese cruce bastardo de géneros podría haber terminado en algo, quizás, olvidable. “Nuestra parte de noche” es un curioso espacio donde se cruzan la historia, la política, la violencia, lo terrorífico y el gore pop. Con este libro que tiene a su natal Argentina como telón de fondo, Enriquez arma un entramado que es un perfecto pretexto para hacer extensible el horror a cualquier territorio donde la violencia política hace su trabajo dejando una triste herencia. 

En la experiencia lectora de esta novela se condensan pasajes de rituales mágicos, las políticas del cuerpo y el azote del Sida, un brutal colonialismo en el diálogo entre los paisajes rurales y urbanos y referencias literarias que nos recuerdan que el horror siempre está presente. Creo que con “Nuestra parte de noche”, Enriquez afianza una estética con la que podemos reconocerla como voz referencial latinoamericana.

La muerte viene estilando. Andrés Montero. La Pollera.

Este trabajo de Andrés Montero fue un gozo de lectura. Para mí, plantea a la literatura como una posibilidad de rescate del relato oral y tradicional. Esa reactualización de los relatos de la ruralidad, armados y entretejidos con maestría es el sello del autor en este trabajo que puede leerse como ¿novela? ¿cuentos? y que, a medida que se avanza, coloca en tensión la línea divisoria de los géneros, articulando una lectura unitaria que es producto del oficio del autor, que enlaza personajes y tempos en esta producción.

En La muerte viene estilando encontramos las sabidurías ancestrales contenidas en relatos de abuelas perdidas en paisajes lluviosos del sur, historias de velorios, masculinidades heteronormadas de los hombres del campo, el patronaje y su presencia atávica en el campo chileno. Andrés Montero hizo un gran trabajo dado por una economía del lenguaje que actualiza los códigos para “contar” el campo.

Hay un interesante trabajo sobre los silencios y lo no dicho que viene a ser elemento tributario de la conformación de los mundos rurales en que los personajes se mueven, siempre en un limbo entre realidad/irrealidad, entre lo fantasioso y lo inesperado que los sorprende, pero los empuja a la espesura del verdor del campo. El autor en su estrategia escritural arma una circularidad que potencia lo horroroso que se cartografía en los paisajes que envuelven y acechan a los personajes en un infierno al que parecen pertenecer.

La muerte viene estilando es un mundo aparte en el panorama de la literatura chilena actual porque entrega una cuota de escenarios mágicos posibles, si comparamos con la marea de narrativas realistas que copan la escena. Es una construcción de sentido y de rescate de las oralidades, donde el mundo rural se mueve con sus propias reglas.

Párabola del sembrador. Octavia E. Butler. Overol.

Esta emblemática novela de la autora estadounidense es un ejercicio distópico brutal. En su lectura uno se pregunta si, en realidad, sigue siendo distópica o derechamente la escenificación catastrofista pensada para un futuro ya está presente. La progresiva destrucción que nos detalla Butler ya está aquí y lidiar con ello es parte de esta narrativa donde se escenifica el desgarro de una sociedad asediada por el miedo, la violencia y la falta de agua producto de la crisis climática.

La autora, referente del llamado “feminismo negro” nos llega en esta traducción realizada por Virginia Gutiérrez y publicada por Overol y permite reconocernos en vocablos y giros idiomáticos lejos del español ibérico que, muchas veces, aleja de la lectura a los públicos.

Ocupando el registro escritural de un diario de vida y con paratextos que sitúan el desarrollo temporal de tales registros, el volumen se inicia en 2024 y culmina en un 2027 repleto de luchas fratricidas, escasez de agua, climas extremos, especies en extinción… ¿parece algo conocido, no? Este sometimiento de la humanidad “futura-presente” a las exploraciones de la autora redundan en los nudos que “amarran” toda esta experiencia de lectura: la tríada clase-sexo-poder. En sus páginas las disputas raciales, económicas y culturales son una constante en el viaje de la protagonista y quienes la acompañan, desplazados que inician una travesía que culmina en algún lugar de posibilidades más aptas para la sobrevivencia.

Parábola del sembrador reactualiza cuestiones míticas propias de la literatura clásica como el viaje de un héroe, esta vez centrada en la figura de una mujer adolescente que se perfila como profética líder de una comunidad que vaga por un territorio que se asoma al cuasi fin de la humanidad. Leerlo es recordar La carretera de Cormac McCarthy, donde se geopolitiza un escenario apocalíptico. En sus páginas no está solo la consecuencia de un capitalismo predador, sino la instalación de la sospecha constante como norma social de sobrevivencia. La narración del desmoronamiento de un país, metáfora de las posibilidades de un mega colapso se contrarresta con el trabajo colectivo de esta comunidad desplazada que cree en un nuevo comienzo a partir del sistema de creencias de la protagonista, heroica líder de un nuevo gregarismo.

La lectura de la novela es un ejercicio de contingencia brutal pero también de esperanza, situando a la palabra como posibilidad cierta de salvación.

Sangre como la mía. Jorge Marchant Lazcano. Tajamar editores.

Una novela que puede ser leída una y mil veces y siempre nos va a enrostrar el camino pedregoso y difícil de esa primera generación de hombres homosexuales que fueron asolados por la pandemia del VIH-Sida. Porque esta novela del chileno Jorge Marchant Lazcano es una narrativa de la extinción de la vida homosexual en manos de un virus. La representación del discurso de las élites, la manera de ser de un país, el desplazamiento de los cuerpos enfermos en busca de la ansiada libertad y de las terapias contenedoras de la enfermedad ha constituido la estética y el discurso de la literatura de Marchant Lazcano, configurando un corpus dentro de la narrativa chilena.

Premio Altazor 2007, la ficción es un trabajo consistente acerca del cambio de siglo, las maneras de organización de los primeros hombres en reconocerse gays y cómo se van configurando los discursos de exclusión que acompañan a la enfermedad en sus etapas más lúgubres. La estética del cine de los años 50, material de trabajo constante en la producción del autor es el punto de arranque de esta novela que viene a ser parte del corpus de los trabajos literarios acerca del Sida en Latinoamérica. Una novela de desplazamientos, de rupturas y sangres enfermas, pero, sobre todo, un valiente testimonio de una voz masculina que se reconoce en el otro como extensión de cuerpo, enfermedad y salvación. Un notable trabajo que, a mí parecer, es lo mejor de Marchant Lazcano.


Darwin Caris, 46 años. Periodista y Magíster en Literatura Latinoamericana. Desde el 2020 gestiona Espacio Público de Libros, una pequeña tienda de libros instalada en el barrio Parque Almagro-Matta Norte.

Darwin Caris

Dice el autor:

A través de las lecturas que he hecho voy proponiendo una curatoría para con los libros y autoras y autores que quiero tener en la librería y, desde aquí, realizar una mediación lectora a los públicos objetivos de mi oferta. Me interesan sobremanera la literatura chilena, las voces de las literaturas contemporáneas que instalan nuevas miradas y que, muchas veces, homenajean a clásicos chilenos desde las escrituras y temas que se reactualizan desde esos particulares lugares de enunciación.

Escribo crítica literaria en http://www.eldesconcierto.cl

Vivo en pareja, soy escorpión y me gusta el café, el pisco sour y comer. Leo en la cama, en el living, en la terraza y en el metro.

Libros y música, siempre son un “must”.

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