Por las ramas:
Leer a cuentagotas

Evelyn Erlij

Los libros y las putas pueden llevarse a la cama, dice Walter Benjamin en Dirección única, y mientras intento leer algunos de sus textos —compilados en una cuidada reedición de Ediciones UDP traducida por Juan de Sola—, pienso que en esa frase hay más entusiasmo que otra cosa: en mi velador hay una pila de libros que no he podido terminar porque basta con que los abra para caer como mosca arriba de las sábanas. Los libros pueden llevarse a la cama, pero el sueño hace lo propio con mis ganas de leer, así que por ahora me conformo con ver los títulos: Unas fotografías, de Carlos Altamirano (UDP), Ex libris: confesiones de una lectora, de Anne Fadiman (Alfabeto), Insomnio, de Marina Benjamin (Chai Editora), y La lírica está muerta, del argentino Ezequiel Zaidenwerg (Cástor y Pólux). Esa torre me recuerda una frase que aparece en un libro hermoso —titulado justamente Leer y dormir (Minúscula) que dice que los libros nunca han sido sólo para leerlos. También son la promesa del futuro.

Desde que me convertí en madre, tengo cerca textos fragmentarios, diarios o poemarios, porque he aprendido que la concentración y el tiempo se desdoblan, se entrecortan y adoptan ritmos extraños. Haciendo dormir a mi hijo, sentada en un taxi o esperando unas papas cocidas leí In vitro, un ensayo maravilloso de la escritora mexicana Isabel Zapata —editado por Almadía— sobre la maternidad deseada y no alcanzada, sobre cómo los muertos reviven cuando se da a luz, sobre el miedo como único lenguaje posible para una madre. Me hizo pensar en una cita de Adrienne Rich: “Estoy cada vez más convencida de que sólo el deseo de compartir una experiencia privada, y muchas veces dolorosa, puede capacitar a las mujeres para crear una descripción colectiva del mundo que será verdaderamente nuestro”. 

La familia —y sus historias de amor fallidas— es un asunto al que le he dado vueltas desde que empecé a ver Succession, la serie de HBO sobre el derrumbe de un imperio mediático. La gracia no está tanto en que los guionistas echan mano a todos los dramas familiares arquetípicos posibles —Abraham, Isaac, Electra, Edipo, blablá—, sino en su estructura: hace mucho tiempo que no veía una serie con giros tan elegantes e inteligentes. También es una buena lección de humildad para ciertos magnates de medios —de acá y allá— con exceso de confianza en sus criterios oxidados. 

Para traiciones y líos de plata también está la vida real, así que cuando tengo ganas de chacota veo la serie inglesa The Thick of It (o lo que sea de Armando Iannucci) o alguna de las películas absurdas de Quentin Dupieux (recomiendo en especial Le daim), el cineasta que me convenció de que a los franceses les resulta la comedia. 

Tomo prestado este verso de Matías Méndez, poeta argentinx, para resumir un poco estas noches: “mi vida es obra del insomnio”, escribe en La lucidez (Hexágono), el poemario que estoy leyendo a cuentagotas cuando la cabeza no me deja dormir. No se me ocurre un mejor título para su libro: en sus poemas hay una claridad y una sensibilidad conmovedoras; hay muchas lecturas y una delicadeza entrañable. Leo cuando puedo y no tanto cuando quiero, y este libro y varios más que me acompañan en las madrugadas me obligan a refutar a Proust: el tiempo perdido no existe.

Evelyn Erlij es periodista y editora. Actualmente edita la revista cultural Palabra Pública, de la Universidad de Chile.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s