«Please, sweetheart, say NO to literature»:
Entrevista a Mariana Sández

Rocío Abarzúa

Una casa llena de gente (Cía. Naviera Ilimitada, 2019) es la primera novela de la escritora y gestora cultural argentina Mariana Sández. Publicado con gran éxito en su Argentina natal, el libro llegó a Chile en noviembre de 2019 y en estos dos años ha ido cosechando lectores atentos. Algunas familias normales, su primer libro de relatos, fue originalmente publicado en 2016, pero se reeditó de la mano de Naviera en 2020 y llegó a Chile en 2021. Esta edición extendida incluye dos nuevos relatos asociados a Leila, la protagonista de Una casa llena de gente, y un posfacio de la autora. 

Detalle portada de Algunas familias normales.

Leila forma parte de una amplia genealogía de personajes literarios obsesionados, a su vez, con la literatura, que para el lector entusiasta son también, de alguna manera, familia. A mí me pasó esto al leerla: me emparenté con ella. Pero Sández también nos habla de la familia del mundo real, esa que está sujeta a la convivencia y a expectativas, experiencias y memorias propias y ajenas. Esa que para uno nunca es verdaderamente normal. Esa de la que escapamos, muchas veces, refugiándonos en los libros. 

De esta manera, los temas en la obra de Sández se retroalimentan en un loop infinito lleno de esquinas y recovecos por explorar. Ella misma lo hace, en contenido y forma, invitándonos a seguirle el juego y a buscar nuestras propias interpretaciones y lecturas.

Rocío: Uno de los grandes temas en Una casa llena de gente y los relatos nuevos de Algunas familias normales es la literatura. La literatura como un espacio que se habita, como espacio de juego y también de transformación. Como lectora y amante de la literatura es muy lindo leer personajes que viven ese mismo amor y obsesión literaria, como es el caso de Leila. ¿Nos puedes hablar un poco de cómo surge Una casa llena de gente, si la pensaste desde un principio como una obra sobre la literatura (así como también es una obra sobre la familia, sobre la convivencia, sobre la muerte), o si fue algo que se fue dando a medida que escribías?

Mariana: La verdad es que se fue dando a medida que escribía. Tenía el disparador principal, la rivalidad entre dos mujeres que se admiran, se quieren, son muy amigas, pero son muy diferentes, como una especie de némesis la una de la otra, que también es una cosa muy típica entre las mujeres, quererse y a la vez odiarse, envidiarse, en fin. Las mujeres en general somos intensas para los afectos, muy sinceras, frontales. Tenía esa imagen, y por otro lado la de una nena muy curiosa y una vecindad. Después se me fueron entrelazando unas cosas con otras y esa es la magia de la literatura. ¿Cómo ocurre? Sinceramente, no sé. Va pasando y cualquier cosa que ocurre cerca de uno quizás viene a influir sin que lo hayas premeditado.

R: Como una caja negra…

M: Exacto, sí. Un día aparece una cosa, otro día otra, y así, y es la parte que yo encuentro más disfrutable. Disfruto las sorpresas. En este caso me imaginaba una mujer que en un edificio miraba hacia la casa de la otra y le envidiaba algo: el jardín, el marido, la hija, algo. Esa misma envidia le producía atracción y de ahí empezaba a gestarse la relación entre ellas. Al mismo tiempo, la nena del piso de abajo se iba enterando de la vida de los vecinos de arriba por ruidos: no por ver, sino por oír. Y como es una nena muy curiosa, empieza a atar cabos: si los tacones hoy son más fuertes, si se pegó un portazo, si en un grito se dijo tal palabra… Lo que uno interpreta cuando no tiene una visión completa de las cosas, sino a medias, o ni siquiera a medias. Eso me encanta, la idea de cómo unos interpretamos a otros y somos interpretados por otros solo a partir de sugerencias, de datos muy chiquitos.

R: Sí, totalmente. Siguiendo en la línea de las preguntas relacionadas a la literatura, quería hablar de algo que se toca en la novela, pero también en El sueño de Leila, el último cuento de Algunas familias normales, que es la literatura como “enfermedad” o como causa de ella. Granny, madre de Leila y principal exponente de esta idea, llega a decir: “please, sweetheart, say NO to literature”, realmente convencida de que el exceso de ficción y la falta de realidad le hizo mal a Leila. Y la misma Leila se pregunta si no enfermó a causa de lo que ella considera un fracaso, al no publicar sus escritos. Sin embargo, en el relato esto toma un giro más lúdico y si cabe decirlo, pese a repetir la palabra muchas veces, literario. ¿Puedes hablarnos más de esta relación? ¿Puede ser la literatura algo que se padece?

M: Puede ser una especie de camino de no retorno. Que es lo que me parece que ve Granny en su hija: es como si la hubiera perdido a un monstruo, como si se la hubieran tragado, a pesar de todo y a pesar de los esfuerzos que ella como madre hizo para que eso no ocurriera y su hija fuera “normal”. Y sí, tal vez es mi visión de lo que ocurre con la literatura. Supongo que pasa con otras artes y otros temas, cuando a alguien le gusta mucho algo. Yo puedo hablar de la literatura porque es lo que a mi me tragó y sí que con Leila tengo eso en común. Otras muchas cosas no. No sé si llamarlo enfermedad, pero por ahí la palabra es obsesión: es algo sin lo que no puedes vivir, no puedes parar de pensar en eso, consume una parte importante de tus días y, por lo tanto, de tu vida, y afecta tu relación con los demás. Hay quien lleva muy bien la convivencia así, lo entiende, lo respeta, lo valora, lo comparta o no, pero hay gente que no lo entiende o no lo digiere, ya que ese ser tan sumido en otro mundo es alguien que está un poco desdoblado. Como dice Vila-Matas, que a mí me gusta mucho, la literatura es un planeta paralelo. Y es eso: es vivir a dos aguas, es vivir un poco escindido, estoy, pero siempre calculando, como hace Leila, cuántos decilitros de literatura se está llevando esto de la vida real. Como si uno tuviera un cómputo mental: en este rato podría haber leído tantas páginas, escrito tantas otras… En ese sentido es una especie de “enfermedad” u obsesión y puedo decir que es real el síntoma, no es falso (risas).

R: Sí, yo también lo entiendo. Me pasó justo este fin de semana que estaba con amigas en la playa y estábamos todas leyendo. En un momento una me dijo: “bueno, ¡pero es que tú lees todo el tiempo! Estás hablando con alguien y estás leyendo, estás en la fila y estás leyendo…” Y yo pensé: “sí, bueno, para mí es normal…” (risas)

M: (Risas). Claro. Sí, hay gente que lo puede tomar como antipatía, como indiferencia social… A mí también me pasaba cuando estaba empezando la facultad que a veces iba a la casa de alguien y luego de un rato me aburría de estar con gente, entonces me recluía y me ponía a leer. Pero la gente ya se había acostumbrado y no se lo tomaban a mal.  

R: Claro, totalmente. Bueno, otro tema que se desprende en parte de la literatura en tu obra es la memoria. Leila, en parte, registra para conservar. En un minuto reflexiona sobre su afán de reunir material, tanto gráfico como escrito, para conservar las vivencias, los recuerdos, mientras que presenta a Fernando, su marido, como alguien cuya “filosofía es que debe conservarse lo que queda en la memoria, en la humana, no en discos artificiales; se hace una selección natural de lo que importa, el resto es relleno, hojarasca, derroche de información y de espacio”. Sin duda estas dos miradas se retroalimentan. Hacia el final, Charo, hija de Leila y Fernando, reflexiona: “El asunto es cómo se determina qué de todo es ficción, hasta dónde llega y qué no lo es. ¿Cuál es la percepción o el punto de vista que vale? ¿Cómo distinguir un recuerdo de una impresión de recuerdo? ¿Cómo discriminar una memoria de la construcción de una memoria? ¿Existe alguna evidencia concreta para delimitarlo?” ¿Cómo ves tú la memoria? ¿Cuál es el rol de la literatura, o de la ficción, en ella?

M: Yo la veo como todos esos personajes, coincido con todos esos puntos de vista. Mucho tiempo fui como Leila, de más grande me volví más como Fernando y también creo firmemente que no existe algo como el contenido de la memoria. Si la memoria fuera una caja, un cofre, nosotros lo vamos completando con material, pero ese material nunca es objetivo, neutro… Es más bien algo que está manoseado, sucio, que lo hemos pasado por muchísimos lugares de nuestra psiquis y nuestros afectos. Por ejemplo, si mi hermano y yo nos ponemos a repasar cosas del pasado, probablemente podamos analizar un mismo hecho de maneras completamente diferentes, aunque estuvimos los dos ahí al mismo tiempo.

R: Sí, uno asume que otros con quienes compartiste algo recuerdan las cosas más o menos de manera similar, pero en tu novela muestras, al presentar las diversas voces de distintos personajes narrando un determinado recuerdo, que no necesariamente es así. La gente puede acordarse de las cosas de formas absolutamente distintas y cómo lo hace tiene muchísimo que ver con cada uno.

M: Totalmente. Conocí una persona que decía algo muy gracioso, que le pasaba a ella con su hermana. Una decía: “a mi madre nunca le gustaron los dulces” y la otra respondía: “esa será tu madre, porque a la mía le encantaban” (risas). Realmente es así… Para mí eso es la memoria. Como alguien me preguntó en una nota si la memoria fija o adultera, y yo dije que adultera a la vez que fija y fija a la vez que adultera. Todo el tiempo está ese juego, nunca se queda quieto.

R: Claro, exactamente. Que interesante. Quizás por eso es tan conmovedor cuando surge una memoria colectiva de grandes momentos. Por ejemplo, acá hace poco tuvimos aniversario del plebiscito por la nueva constitución y ver cómo todos, o muchos, lo recuerdan como algo lindo es emocionante. Seguramente porque es muy raro que eso pase… Bueno, otra cosa que me llamó mucho la atención fue la incorporación de la astrología tanto en la novela como en uno de tus cuentos, Luna en Nueva York. Esta le da un cuerpo concreto al “hubiera”, a lo que podría haber sido, o a cómo ciertas cosas están determinadas por fuerzas superiores. En un momento Gloria, vecina y amiga de Leila, menciona que a la astrología hay que tomarla en serio, que en la literatura sí, se pueden crear ficciones, pero la astrología no es ninguna ficción, contraponiendo un poco los dos conceptos. ¿Nos puedes hablar más de esto?

M: Siempre me despertó curiosidad la astrología, me hubiera gustado estudiarla más profesionalmente, más allá de que después crea absolutamente en ello o no. Me gusta por eso también como un juego, un desafío mental. Justamente tú lo relacionas muy bien con el “hubiera” que es lo que se plantea Leila en un momento: “qué hubiera pasado si yo en lugar de nacer a las 10 AM hubiera nacido a las 10 PM, o si en vez de nacer en Buenos Aires hubiera nacido en Cuba”. Y no se lo está preguntando en cuanto a idiosincrasia, sociedad, cultura, política, sino en cuanto a “cómo me hubieran determinado los astros”, como habría incidido un cambio que a simple vista parece insignificante dentro todo el recorrido de una vida. Los astros, por llamarlo de alguna manera, pero que en realidad es cómo se fue construyendo una identidad, porque cualquier cosa que tú modifiques en la evolución de los hechos te cambia todo el dominó que va cayendo para adelante, ¿no? 

También me atrae mucho la psicología y a veces me intereso por la astrología desde ese punto de vista. Cómo la combinación de una serie de aspectos puede dar cuenta de una cierta personalidad. Por ejemplo, yo tengo un montón de planetas en la casa de los libros, la editorial y los viajes; ese tipo de cosas me llaman mucho la atención. Más como curiosidad que por poder afirmar que sé exactamente cómo funciona.

R: Claro. A mí me llamo la atención porque lo primero que leí sobre astrología fue un fragmento en que Leila le adjudica a Charo su exceso de sensibilidad a su ascendente en cáncer y yo también tengo ascendente en cáncer, así que me sentí inmediatamente identificada (risas).

M: (Risas). Claro dicen que la gente de cáncer es muy sensible y tiene facilidad para el llanto. Bueno, me encantan esas cosas porque me parece que son más colores en una paleta para la personalidad y los personajes. Pero lo tomo como un juego, algo lúdico, y algo de lo que me encantaría saber más.

R: Sí, a mi me encantó encontrarme con eso. Me divirtió mucho. Después, otra pregunta que tengo tiene que ver con lo que mencionas en el posfacio de Alguna familias normales, que en los cuentos te interesa hablar de la convivencia y de lo que sucede cuando se conjugan grupos aleatorios de personas: familias, vecinos, compañeros de oficina, miembros de una comunidad. Es interesante que todos o muchos parecen desear algo distinto de lo que les tocó: ¿crees que en cierta forma todos somos anormales? ¿Qué es en realidad la normalidad? ¿Podríamos hablar quizá de una idealización de la norma, del “deber ser”?

M: Sí, lo veo así, como una aspiración social colectiva, todos la tenemos, debemos tenerla, porque nos ordena de algún modo hacia algo, determina por ejemplo que los crímenes son aberrantes, que hay hechos intolerables, sirve para discriminar. Pero al mismo tiempo lo veo como una entelequia, una falsedad, técnicamente no existe nada que sea normal. Al revés: todos somos normales porque no somos normales, me parece, la anormalidad es lo normal. Y eso es porque necesitamos las palabras para explicarlo, pero me parece un concepto vacío que de alguna manera nos ordena, nos organiza como colectivo, aunque también lleva a complicaciones, a conflictos, a falsos ideales, en planos donde se impone por ejemplo que lo normal sea la delgadez o que la gente tenga todo el pelo y no un poco de pelo. En fin, lo que tenemos estereotipado como sociedad. Las cosas son lo que son y cada uno es específicamente uno, desde el primer minuto en el que nace, o antes, quizás desde el momento en el que eres concebido, porque ya que te toque un cierto padre o madre, o dos padres o dos madres, o nacer en un cierto lugar o tiempo, toda esa combinación te hace único… A partir de ese momento tu vida ya empezó a tomar una forma. Entonces me parece que en realidad lo normal es eso: que tú seas tú en el punto de encrucijada que te tocó y esa es tu normalidad, no es otra.

R: Sí, a mí me hace mucho sentido lo que dices. Especialmente ahora en tiempos de COVID, o acá en Chile, post estallido social: volver a la normalidad, pero qué normalidad, quizás habría que pensarlo como algo que construimos todos colectivamente, cada uno desde, como dices tú, su encrucijada tiempo-espacio… 

M: Y que además tiene tanto que ver con el lenguaje. En realidad, es porque necesitamos nombrarlo, entonces una vez que necesitas nombrarlo, ya le calzaste una etiqueta, porque a esa palabra se le adhiere un significado, y ese significado se asocia a una u otra cosa. No sé, me parece también que todo el prototipo social es indisociable del lenguaje.

R: Sí, tienes razón. Por último, para ir cerrando, quería preguntarte si estás trabajando en algo actualmente; si nos puedes hablar de proyectos futuros.

M: Sí, estoy trabajando en algo. Es la continuación de Una casa llena de gente, con el personaje de Charo y los demás porque obviamente Leila ya no. Así que bien, contenta con eso, y bueno, tengo otros proyectos en la cabeza, pero de momento estoy más volcada a este.

Mariana Sández (Buenos Aires, 1973) es escritora y gestora cultural. Se licenció en Letras en Buenos Aires, realizó estudios en Literatura Inglesa en Manchester y la maestría de Teoría Literaria y Literaturas Comparadas en Barcelona. Dirige el departamento de Literatura de Amigos del Bellas Artes, como antes lo hizo para Malba y otras instituciones culturales. Colabora con notas para el suplemento Ideas del diario La Nación y revista Ñ del diario Clarín. Publicó el libro de entrevistas y ensayo El cine de Manuel. Un recorrido sobre la obra de Manuel Antín (2010), la novela Una casa llena de gente (Cía. Naviera Ilimitada, 2019) y el libro de cuentos Algunas familias normales (2016), reeditado en 2020 por Cía. Naviera Ilimitada. Vive en Madrid.

Ficha técnica:

Una casa llena de gente de Mariana Sández

Editado por Cía. Naviera Ilimitada (2020)

ISBN: 9789874682772

PVP: 14.000

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