La despedida.
Encuentros con George Trakl

Ludwig von Ficker, Georg Trakl & otros
Trad. Ignacio Reichhardt

A COMIENZOS DE NOVIEMBRE DE 1914, Ludwig Wittgenstein visitó el hospital de la guarnición de Cracovia para encontrarse con Georg Trakl, quien estaba internado desde octubre en la sección de enfermos mentales y de los nervios. Pero Wittgenstein llegó tarde: Trakl había muerto unos días atrás.

Su amigo y editor, Ludwig von Ficker, lo había visitado el mes anterior para conocer su estado, animarlo y realizar las gestiones necesarias para que continuara su recuperación en su casa.

En La despedida –el texto que le da nombre a este libro–, Von Ficker describe de una manera precisa y conmovedora ese último encuentro con su querido amigo, el impacto de la guerra sobre Georg Trakl, su sufrimiento, su derrumbe.

En 1926, un tiempo después de la repatriación del cuerpo de Georg Trakl desde Polonia, Ludwig von Ficker reunió en un libro una serie de textos acerca de Trakl y su poesía, bajo el título Recuerdos de Georg Trakl.

De esa publicación de Der Brenner proviene la mayoría de los testimonios seleccionados y traducidos por Ignacio Reichhardt para este libro, que incluye también una entrevista a Friedrich Trakl acerca de la infancia de su hermano Georg. Además, esta edición presenta nuevas traducciones de 22 poemas de Trakl.

Esos poemas, los relatos y las impresiones de esos intelectuales y escritores que conocieron a Trakl nos acercan a su obra y al entorno cultural que lo rodeaba, poco antes de que Europa se encontrara, frente a frente, con el espanto de la guerra.

George Trakl

La despedida. Encuentros con Georg Trakl

Autores: Ludwig von Ficker, Georg Trakl & otros.

Traductor: Ignacio Reichhardt

1ª edición: marzo 2021

N° de páginas: 164

Dimensiones: 14 x 21 cm.

ISBN: 978-956-09615-0-1

Ignacio Reichhardt

Georg Trakl. Un recuerdo

Joseph Georg Oberkofler

Georg Trakl… El recuerdo me trae de vuelta la imagen de un hombre alto, fornido y fuerte, con rasgos profundamente surcados en el rostro. Nos encontramos el año en que comenzó la Primera Guerra Mundial. Él, el caminante en la penumbra, había encontrado aquí, en la ciudad del Eno, compañía espiritual y refugio humano. Compañía espiritual en el Der Brenner de Ludwig von Ficker, promotor de fuerzas de ruptura en busca de nuevas formas, que no podían reconocer algo válido exclusivamente en lo antiguo; este círculo, congregado alrededor de nuevos valores, encontró una brutal confirmación externa de la catastrófica destrucción del viejo orden provocada por la guerra mundial en el mundo entero. Ludwig von Ficker también le ofrecía refugio humano, pues Georg Trakl se apartaba desde lo más profundo de su ser de todos los peligros y las pequeñas diligencias cotidianas, que le eran completamente ajenos, y en los cuales tiene que ponerse a prueba todo aquel que quiere ser dueño de una subsistencia segura.

Todo esto sucedía en Der Brenner, donde tuve mi primer encuentro con Georg Trakl.

Un domingo de invierno del año previo a la guerra, Ludwig von Ficker, quien frecuentemente invitaba a su casa a la gente relacionada con Der Brenner, nos invitó a Georg Trakl y a mí –cuando yo todavía me dedicaba por completo al estudio del Derecho en la Universidad de Innsbruck– a Igls, situada en una colina sobre Innsbruck, a su hogar –una casa típica de esa zona, con forma de castillo, un tanto alejada de la ciudad– para tomar la merienda. Por aquel entonces Georg Trakl estaba en la cúspide de su creación, mientras que yo poco a poco comenzaba a entrever las fuentes de las cuales surgirían mis poemas posteriores. Que quede anotado que para mí es un honor el haber estado en compañía de Trakl en aquella velada en la casa de Ludwig von Ficker.

Pobre es lo que aún puedo visualizar de aquel tiempo. La velada –en la que Trakl recitó un poema[i] y en la que yo tuve un sugestivo intercambio de ideas con el anfitrión y otros invitados– transcurrió cuando la tarde había caído hacía un buen rato sobre un día de invierno, cuyo cielo estaba cubierto por el cálido viento de los Alpes, aquel mensajero del sur que frecuentemente oprime la ciudad del Eno y su montaña de media altura situada hacia el sur en medio de nieve y hielo, cuando ya se presiente la llegada de la primavera. Al llegar la hora de irnos, ya bien entrada la noche, Trakl me invitó a sentarme en su trineo, que había llevado consigo sabiendo perfectamente que no iba a haber ningún otro vehículo disponible. Cansado del día lleno de acontecimientos y al mismo tiempo agradecido, acepté la invitación de Trakl con gusto, pues mi camino de regreso estaba lejos. Por aquel entonces yo vivía en la Villa Blanka, cerca del Weiherburg, en el valle del Eno, pero en el lado opuesto de Igls, concretamente en el barrio de Mühlau, que por entonces todavía era un municipio independiente.

El día de este recuerdo Georg Trakl ya había atravesado dicho camino, que conduce desde la realidad a aquel ilimitado reino del letargo[ii] que encontramos una y otra vez en muchos de sus poemas. Sin embargo, iba firme y erguido; subió al trineo, en el que yo ya me había sentado, y saltó a la parte delantera, seguro, cuando el vehículo ya había tomado impulso hacia el valle en medio de la empinada pendiente del camino, sobre nieve pisoteada y hielo liso. La calle, por entonces todavía sin pavimento ni recantones, conducía por estrechas curvas hacia la ciudad, a la izquierda, por pendientes abismales y bosques sombríos que se hacían cada vez más vastos.

Fue un viaje en trineo que aún hoy me es inolvidable. Georg Trakl iba callado, parecía estar sumido en su entorno y haber olvidado a su acompañante. No era un trineo lo que nos llevaba; era un proyectil que iba a toda velocidad sobre nieve y hielo, despreciando todos los peligros. Hacía mucho tiempo que no tenía más remedio que confiar, como cuando, sin pensarlo dos veces, acepté la invitación de viajar con Georg Trakl. Si el trineo se hubiera descarriado, las consecuencias hubieran sido graves. ¡Pero cómo sabía conducir! Ni antes ni después en mi vida me encontré con tal arte. Con una seguridad mortal obligaba al camino al silbante, casi sobrecargado trineo que, sin embargo, iba a toda velocidad, pasando por troncos, piedras y grava. Pasada esa saliente de roca llamada Gluirsch-Eck, el año siguiente –también en un viaje en trineo–, una joven mujer y madre perdió la vida; por ello todavía hoy hay en ese lugar una piadosa placa conmemorativa. No soy capaz de decir nada más sobre cómo Georg Trakl dominaba ese peligroso lugar, en el que por instantes parecíamos volar. Solo permanece en mi memoria su silenciosa, casi lúdica manera de conducir, en la que se mantuvo tenaz todo el tiempo; era como si su voluntad, que parecía la de un sonámbulo, hubiera sido la que contenía el vehículo. Muy pocos de sus gestos y movimientos, opuestos a todo tipo de técnica que en estos días se ofrece al espectador en los torneos deportivos, permanecieron en mi memoria. Georg Trakl no intentó, ni por asomo, frenar el vertiginoso viaje del trineo, no antes de haber alcanzado la inclinación del valle del Eno, allí donde se arqueaba sobre el Sill un puente muy controvertido durante las batallas de independencia.[iii] Los pocos encuentros que después tuve con Trakl no me acercaron tanto a él como aquel viaje en trineo. La guerra mundial pronto lo llamó a las armas. Tomé prestada una carta de aquel tiempo en la que él recuerda el viaje en trineo; nunca más llegó a mis manos.[iv] La vida de Georg Trakl se extinguió el primer año de la guerra.

Cuando hoy, una década después, visito su tumba en el cementerio de Mühlau –ahí encontró, gracias al esfuerzo de Ludwig von Ficker, su última morada– vuelvo a recordar aquel viaje en trineo. Ahora, que ha empezado a atardecer, casi creo reconocer en él una singular imagen del destino de Georg Trakl. ¿No voló también su vida hacia abajo, como en la penumbra del cálido viento de los Alpes, incontenible, sin obstáculo alguno para alcanzar la meta?


[i]     Según el diario de Karl Röck, el encuentro tuvo lugar el 2 de noviembre. El poema que recitó Trakl fue la Canción de Kaspar Hauser.

[ii]                 La palabra es Verdämmern, que tiene el sentido de estar en algo sin ningún control sobre lo que en ello se desarrolla, como ocurre en la duermevela.

[iii]    Se refiere al Brennerpass (Paso del Brennero), que une Tirol con la provincia autónoma de Bolzano, en el norte de Italia, uno de los escenarios de la guerra entre Austria y el Reino de Baviera.

[iv]    No existe una mención a este viaje en trineo en ninguna de las cartas de Trakl que se han conservado.

Algunos poemas de George Trakl

Canto del retraído

A Karl Borromäus Heinrich

Todo armonía es el vuelo de las aves. Los verdes bosques

se han reunido al atardecer en chozas apacibles;

los cristalinos prados del corzo.

Algo oscuro apacigua el susurro del arroyo, las sombras húmedas

y las flores del verano, que bellas resuenan en el viento.

Ya llega el crepúsculo a la frente del pensativo.

Y reluce una lamparilla en su corazón, el bien,

y la paz de la cena; pues el pan y el vino han sido consagrados

por las manos de Dios, y desde ojos nocturnos y en calma

te observa el hermano, que así descansa del arduo peregrinaje.

Oh, morar en el animado azul de la noche.

Lleno de amor también estrecha el silencio las sombras de los mayores en la habitación,

los martirios púrpuras, lamento de una gran estirpe,

que ahora muere piadosa en el nieto solitario.

Pues siempre despierta más radiante de los negros minutos de la locura

el paciente en el portal petrificado

y poderosos lo envuelven el fresco azul y el luminoso declinar del otoño,

la casa tranquila y las leyendas del bosque,

medida y ley y los senderos lunares del retraído.

Suburbio en el viento de los Alpes

Abandonado y marrón yace el lugar al atardecer,

atravesado por un viento de un hedor espantoso.

El retumbar de un tren desde el arco del puente,

y gorriones revolotean sobre arbustos y cercas.

Chozas agazapadas, caminos sin orden ni concierto,

movimiento y caos en jardines.

A veces se hincha un aullido desde una vaga conmoción,

en un grupo de niños vuela rojo un vestido.

Enamorado chilla en la basura un coro de ratones,

y mujeres llevan vísceras en cestos,

una asquerosa procesión llena de sarna e inmundicia

que vienen del crepúsculo.

Y de pronto un canal escupe sangre mantecosa,

desde el matadero al río apacible, hacia abajo.

Los vientos de los Alpes colorean las marchitas plantas vivaces

y lentamente se desliza el rojo en el raudal.

Un susurro que muere ahogado en un sueño turbio.

Desde la acequia van surgiendo formas que lúdicas se mecen,

tal vez recuerdos de una vida pasada

que emergen y se hunden con los cálidos vientos.

Desde nubes aparecen avenidas que relucen tenues,

llenas de hermosos carros e intrépidos jinetes.

Entonces se ve también un barco embistiendo un escollo

y a veces mezquitas pintadas de rosa.

Canción de Kaspar Hauser

Para Bessie Loos

Él realmente amaba el sol, que purpúreo descendía por la colina,

los caminos del bosque, la negra ave canora

y la alegría del verdor.

Serio era su morar a la sombra del árbol

y puro su semblante.

Dios le habló a su corazón como una suave llama:

¡Oh, humano!

En calma encontraron sus pasos la ciudad al atardecer;

el oscuro lamento de su boca:

Quiero convertirme en jinete.

Sin embargo lo seguían arbusto y animal,

la casa y el jardín crepuscular de hombres blancos,

y su asesino lo buscaba.

Primavera y verano y bello el otoño

del justo, su paso silencioso

a lo largo de las oscuras habitaciones de hombres que soñaban.

Por las noches permanecía solo con su estrella.

Vio caer nieve en el ramaje deshojado

y la sombra del asesino en el vestíbulo crepuscular.

Plateada cayó al suelo la cabeza del no nacido.

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