Por las ramas:
De cabeza y corazón

Vicente Undurraga

Estoy leyendo ¿Hay alguien ahí?, los ensayos de Peter Orner, se le da muy bien mezclar ideas con memorias personales y no le faltan ironía narrativa y velocidad. Son un buen contraste además para otra cosa que leo en estos días, los tratados de Meister Eckhart, de quien retengo este pensamiento desafiante: “Has de saber que en esta vida nunca hombre alguno se ha desasido de sí mismo sin haber descubierto que debe desasirse más aún”. 

Menos circunstancialmente, he estado leyendo mucho, en los últimos años, la gran poesía latinoamericana. Es una fuente infinita de asombros al alcance de la lengua. En Perú, en Nicaragua, en Cuba, en Argentina, en Bolivia, en Venezuela hay poetas alucinantes, voces en las que el castellano crece. Ahora mismo estoy metido de cabeza en Roque Dalton. De cabeza y corazón, como corresponde. Lo leí por primera vez hace casi veinte años y me sigue pareciendo tan vital y novedoso como entonces, o más. Fue un poeta concernido y conversador, preocupado de darle voz a su tiempo y a la vez de recoger las voces de su tiempo. 

Nada lo hizo a medias. Escribió unas 700 páginas de poesía en 39 años. No es ajeno a los extravíos, por supuesto, pero es luminoso en muchos de sus poemas, iluminado derechamente en los más altos. Adquirió compromisos fervientes con la revolución y con la literatura y supo salir no sólo airoso sino glorioso de ese callejón para tantos sin salida. Claro que le costó la vida. Pero lo que quedó, sus poemas, resisten todo porque están gobernados no por el compromiso político, que los atraviesa pero no los perfora, sino por la búsqueda siempre abierta del conocimiento, la comprensión y, si cabe, la alegría (“La alegría es también revolucionaria, camaradas”, escribió). Su fugarse de toda estrechez implicó para su vida lo que Horacio Castellanos Moya, el gran entendedor de su figura, ha llamado “la tragedia del hereje”, que consistió “en ser asesinado no por el enemigo ni por la ortodoxia, sino por sus propios compañeros de herejía”, los cabecillas del salvadoreño Ejército Revolucionario del Pueblo. 

Dalton –uno de los tres poetas de la que considero la Gran Tríada de la Poesía Centroamericana, junto a Eunice Odio y Carlos Martínez Rivas– fue de algún modo, por encima de todo compromiso y convicción y quizás incluso a su pesar, un gran desasido, un huidor de los acomodos y las cerrazones, por eso sus poemas, construidos con la habilidad de un gato montés, tienen la sospecha y la risa en el centro (la “carcajada subversiva”, diría Castellanos Moya) al mismo tiempo –y esta es una de sus grandes gracias– que la esperanza, la ternura, la apertura al misterio y el vuelo lírico. Comparto este temprano poema suyo que me parece una belleza total: 

El nahual

Triste estoy     mis ojos

se extravían sin lágrimas ya

agazapados huyéndole al sol

bajo el mate oscuro

Cuando de niño me llevó al monte el hechicero

para escoger un nahual que protegiera mi paso por el mundo

ningún animal quiso llegar para adoptarme

ni la chiltota     fruta que vuela

ni la danta     silenciosa sombra de los ríos

ni el pezote

ni la urraca

ni el jabalí

Y ahora he crecido     mi corazón

palpita bajo la piel fuertemente

hora siento que es ya de tener hijos –cogollos de la carne–

mi piel apetece con fiebre temblorosa los cauces de la mujer

por ello he venido aquí a esta soledad

y he agotado mis músculos saltando

furiosamente corriendo como un loco

invocando entre resoplidos el sueño

No querría por nahual al cantil o al lagarto

a la lenta tortuga sagrada o clase alguna de culebra

Bello soy y nobles conservo para los dioses

el rostro y el corazón

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