La sombra no repara en las especies:
sobre Teoría del polen, de Victoria Ramírez

Emilio Gordillo

Cuando los ojos de Franco se tornaron verdes, buscó la sombra de unas ligustrinas para echarse a esperar su propia muerte. Yo, que tenía diez años, lo observé y me fui a jugar a la pelota. No sé si acariciarlo sea un falso recuerdo. Intuía que no lo encontraría al volver. Tardé todo el día y cuando no lo vi bajo las ligustrinas, asumí silenciosamente que ya no estaba entre nosotros. En mi recuerdo siempre pareció importar solo el gato, Franco; a pesar de ello, la ligustrina, siempre en segundo plano, acompañándolo con su sombra, acapara mi atención más y más con el paso de los años. Hoy, el gato y la ligustrina son un solo ser vivo.

Encontré esta imagen leyendo Teoría del polen, el libro de Victoria Ramírez que ensaya acercamientos al reino plantae, explorando formas de escritura que cuestionan su propio lugar, mirada y lenguaje humano, apostando por cosmopolíticas alternativas, en un intento por saltar sobre ese abismo especulativo que consiste en escribir con otras especies, y no sobre ellas.

Las artes de vivir en un planeta herido requieren este tipo de acciones-escrituras. También el cuestionamiento de los modos humanos de aproximación a las experiencias compartidas con otras especies, así como la construcción de conocimientos que emergen de estas relaciones. Teoría del polen se suma a una serie de escrituras que intentan habitar tiempos no humanos, incluso “fracasando”. Son acercamientos que recurren más al arte del aficionado que al experimento del científico moderno, gestos y acciones que, así como la dispersión del polen, buscan la continuidad de la vida, expandiéndose y habitando en condiciones precarias. El lenguaje de Teoría del polen explora esta búsqueda considerando la forma y el contenido como un solo conjunto. 

Victoria Ramírez

Articulado en tres partes (inflorescencia, polinización y fecundación), en este libro se colabora con la rebelión contra el destino más vehemente y obstinada que refería Maurice Maerterlinck en La inteligencia de las flores. Los movimientos de lenguaje humano parecen emular los ciclos del reino plantae frente a sus amenazas latentes y, así, no pocas veces, entre una y otra página, el micromundo vegetal da paso a objetos y situaciones cotidianas humanas que, al encontrarnos de salida del verdor, nos parecen de lo más extrañas. Es un mérito de este libro. Perdernos por momentos, con lenguaje humano, en una experiencia sensible que, al salir del libro y ver a nuestro alrededor, nos da signos de extrañeza respecto a las “normalidades” que habitamos.

La escritura de Victoria Ramírez es humilde y consciente de los procesos y los ciclos, por eso su mirada es sutil y logra casi siempre diluirse en los microtiempos observados con una capacidad no pocas veces conmovedora, poniendo incluso a su propia mirada fuera de foco. Mirada que conoce sus límites, los expone y  explora con un gran deseo de naturalidad pero, sobre todo, con una presencia que cede su lugar o lo dispone como un mero elemento más de los ecosistemas. Por eso mismo este no es un libro lleno de revelaciones, las verdades solo aparecen aisladamente y tienen, más que nada, las formas de la vida elemental, ascendiendo y descendiendo entre flujos y diásporas. Por lo mismo, este libro difícilmente será un faro rector, como ha pasado con Walden y su apropiación por la comunidad de la literatura, al punto de convertirlo en fetiche de un asunto planetario que, en vez de lumbreras, clama por intentos de colaboración, por anonimatos, lecturas y acercamientos más parecidos a los de este libro: a su ejercicio especulativo de experiencias y miradas conectadas. Este gesto, este ánimo, se parece más a la colaboración vital que emerge en muchos de sus versos.

La nature´s writting se desarrolló con plenitud desde hace ya varias décadas en EEUU. Una pregunta que surge al leer este libro es por qué estas formas de escritura han tardado tanto entre las clases medias latinoamericanas. ¿Será que se le delegaron por inercia a las comunidades indígenas y sus potencialidades orales? La maravilla de The falling sky de Davi Kopenawa fue editada por la academia estadounidense y, que yo sepa, no existe una edición en español. ¿Será que escribir así, más desapropiadamente, con afán colaborativo y planetario no implicaba pases directos a la cultura letrada, sus poderes y financiamientos? Sea como sea, este libro resulta valioso en el presente, y se puede leer en relación a obras como Quebrada de la no casualmente olvidada Guadalupe Santa Cruz, o varios poemas de Gabriela Mistral que, al ser revisitados, permiten lecturas renovadas y enriquecedoras sobre estos fenómenos a la luz del presente. Y si pensamos en escrituras del norte, también se emparenta sin querer con las búsquedas de Mónica Nepote, Maricela Guerrero o Adriana Salazar Vélez.

Si bien Teoría del polen es un libro político, su estrategia está centrada en la observación y el cuidado. Su despliegue no apunta a la denuncia o a la demanda contra Estados, empresarios y millonarios, tan común por estos territorios y que, por lo demás, o suele quedar en denuncia y rabia liberada o al servicio de los marcos jurídicos humanos que ya nos han decepcionado bastante. Toda semilla que cae junto al árbol está destinada a la miseria y la muerte. El peor enemigo de una semilla es el tronco paterno. Este libro busca sus formas de diseminación, y abre caminos; nos cuestiona respecto a qué es el tiempo humano y cómo se diferencia del de otras especies y, sobre todo, cómo comenzar a acercarnos y desaprender todo lo que nos ha estropeado tanta mirada y percepción moderna naturalizada que, en buena medida, nos ha traído hasta este momento planetario inédito. 

Emilio Gordillo

Sabemos que son cien empresas y muchas menos familias las que han lucrado en escalas nunca antes vistas con esta destrucción que despliega Teoría del polen. Sabemos que si la política humana no se ajusta a la política de Gaia, la humanidad tiene sus días contados. ¿Qué hacer ante estas situaciones? Seguir con el problema, diría Donna Haraway. Actuar. El lenguaje también puede actuar, Austin siempre lo supo, y textos como este abren caminos, preguntas y posibilidades para explorar los modos de colaborar con otras especies. Esto también es política, es cuidado y es responsabilidad, así como también un proceso de desandar el núcleo de nuestra educación zombie de ya más de cuarenta años.

Veintidós años después de la muerte de Franco, el gato con el que crecí, volví a topar a un gato moribundo, esta vez en el jardín de Edgar Aleixandre, que vive en la comunidad purépecha de Santa Fe de la Laguna, en Michoacán. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que no sabía, que no era su gato. Había llegado a morir en la casa de mis anfitriones y tenía la misma expresión de Franco, de fruta descompuesta, como escribe Victoria Ramírez. Esa vez me acerqué, lo acompañé, lo fotografié porque no quería olvidarlo. No recuerdo qué dosel nos guareció, qué sombra de qué copas de árboles nos cobijaron en ese momento triste salido de otro tiempo. Ahora, diez años después de este suceso, me pregunto por qué no reparé en las plantas que nos dieron su sombra; pienso si las encontraré en esas fotografías impresas que tal vez aún existen.Dicen que quienes no conocen los árboles y plantas no saben realmente dónde habitan. Este libro busca romper estos descariños y se suma a varios libros latinoamericanos que, además de ser literatura, se dedican a ser otra cosa: a hacer. Libros que acompañan. Libros que son un dosel, la sombra que proyectan las copas de los árboles y que ayuda a la continuidad de la vida, no única y exclusivamente para los humanos.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s