Cómo sería ver y entender de nuevo a un árbol por primera vez: Kaspar Hauser, de Paul Johann Anselm von Feuervach

Enrique Paredes

Lo que leí, me doy cuenta tarde y por eso partir ahí, es medio terrible. Y en el desdoblamiento de la palabra –porque no es terrible malo– un apunte del contagio.

Quise partir con algo sobre ese día hace unos años, cuando leí en mi celular con una sorpresa más bien menor la noticia de una niña encerrada toda su vida con gallinas en un subterráneo, la niña que se creía gallina, crimen imperdonable, que por cierto hace poco vi trabajado en un poemario sobre la mesa de un puestito en una feria de libros.

El paralelismo a esa noticia siniestra es que el morbo es el contagio, no sé si contemporáneo o ineludible –la paradoja de la eterna decadencia, el típico «ahora no como antes».

En este libro, sumario crítico, reportaje, se desenrollan los detalles de uno de los primeros sino el primer caso que pasó a la notoriedad pública del inquietante fenómeno de infancia secuestrada en sótanos oscuros. Pero el punto es otro, porque no se fija tanto en el secuestro como sí en la inserción posterior a la liberación. En su lectura hay algo de curiosidad de feria, Kaspar Hauser: hijo adoptivo de un pueblito alemán, en el que apareció un día sabiendo no más que unas docenas de palabras, deformado en cuerpo, vaciado de mente.

El registro de Paul Johann Anselm von Feuervach (1775–1833) –criminalista alemán que conoció a Hauser en persona– arma un cuerpo de testimonios a su respecto. La edición de Laurel (2021) en la dirección de Andrea Palet llega con traducción de Ariel Magnus logra un lenguaje ameno, accesible, que cumple como portal desde y hacia una normalidad presente y anterior, –normalidades que al conectarse en esta intercepción, se vuelven una sola: ni vieja, ni nueva

Haciendo un giro al desajuste normativo encarnado en Hauser: para quien una escalera fuera montaña, incapaz de diferenciar sueño de vigilia, que le conversa a las estatuas, mordido por la pintura blanca que es su nieve. Kaspar Hauser, enigma –despojado de lo terrible de su historia– presentado por von Feuervach proyecta una feria de las pulgas, suerte de gabinete de curiosidades.

Su anatomía disímil, una rodilla invertida; que pese a no poder caminar más de ocho pasos al salir de su jaula se vuelve prodigio de la equitación; cuyo único conocimiento inicial del mundo eran unos caballos de madera, y así su única palabra dicha con la fonética de un loro; quien a pesar de todo, en la curva de su vida como ahijado de Núremberg mostró un talante voluntarioso por cultivarse. Eso invita al reinicio, dejá vu invertido del reconocimiento:

Cómo sería ver y entender de nuevo a un árbol por primera vez, en ese estado en que la óptica de la naturaleza es como una confusa masa de manchas coloridas. Cómo sería gestar luego una manía de higiene, y solo hallar bonito el paisaje si es mirado por un cristal rojo, todo eso después de doce años haciendo caca en una olla con una rajadura en los pantalones, sin poder ni pararse.

Ahí en esos fragmentos, reflejadas las composiciones y corrupciones, que con disposición simbiótica se extrapolan a lo personal y purgan: la infancia, el mundo interior y la vida innata, descrita en un principio como «solo comparable a la de una ostra pegada a una roca que no siente nada más que su alimento ni percibe nada más que no sea el batir eterno y uniforme del mar». ¿Doble crimen? Destrucción del minimalismo esencial, por no decir pureza. La irremediable sobrecarga adquirida, trae de vuelta lo terrible.

Un pasaje cuenta que Hauser solía decir que su cama era lo único bueno que había tenido en la vida. Para alguien que veía a los árboles literalmente crecer de tamaño al avanzar por el camino, sus hojas y frutas ahí colgadas como adornos en un árbol de navidad; que identificaba por nombre los metales solo con tocarlos, y le molestaban, tanto como dar la mano en un saludo; alguien que igual terminó llevando un anillo de oro en el dedo y estrechando manos. Para ese, quizás solo quedaría la cama.

Y no obstante la consternación, vuelvo a lo primero. Esa atracción del resto, ajustada al gusto como el mismo anillo de oro. Más allá de la fama que tuvo en vida (un panorama de domingos es lo que era Hauser para muchas personas), el favor por ese horror gustoso, basado en hechos reales, se muestra en la existencia de un subgénero –microgénero del suspenso y el terror, tal vez–, que podría argumentarse iniciado con el libro de von Feuervach, en su tono naif por pasado; continuado en diarios, más otros libros, después películas. Puedo apuntar El enigma de Gaspar Hauser de Herzog. Luego, componiendo el género junto a cientos, Le infante sauvage, de Truffaut. Incluso pienso en la película Room, integrante de esa nueva ola hollywood de “terror” de los últimos años, basada en otro caso real. La lista es larguísima, y ahí que esta lectura se vuelva considerable sino impresionante.

Los dos capítulos finales del libro son escritos por el propio Kaspar. Uno de ellos parte así: «¡A esta historia de Kaspar Hauser la quiero contar yo mismo!».

Enrique Paredes (Los Ángeles, 2000). Escribe y hace música. Ha participado en algunos talleres de poesía en Santiago, ciudad en la que vive hace nueve años. Estudia Literatura en la Universidad Diego Portales. También tiene un proyecto musical, actualmente bajo el nombre Kataro Cabrera.

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