Yo le doy mi nombre

Viviana Ponce Escudero

Ayer, 21 de noviembre, se lanzó la primera novela de Viviana Ponce Escudero, investigadora especialista en literatura medieval, publicada por Ediciones Altazor.

Yo le doy mi nombre, una novela autoficcional, se presenta a través de episodios breves que van dando cuenta de la intensa relación mantenida por una década entre Doña Beatriz, una mujer que se declara feminista, defensora de la razón, la libertad y el honor, y Don Fernando un hombre que divide su tiempo entre una plantación de manzanos, su casa en la playa, su departamento en Santiago, sus viajes y las mujeres que va conociendo. 

El lector está invitado a acompañar a la protagonista en su vida diaria, sus estudios de posgrado en España, su trabajo, sus amigos, su diagnóstico de cáncer de mama, los exámenes médicos, la quimioterapia y las náuseas, en un relato intercalado con las conversaciones que mantiene a distancia con un hombre que conoció en un blog, entre chats y mensajes de audio. La historia escrita en un tono confesional y un animado sentido del humor conjuga el género epistolar y las escrituras del yo, invitándonos a acercarnos a un hombre estereotípicamente donjuanesco, y a la vez a cuestionar las preconcepciones que tenemos entorno al amor, al deseo y a la complicidad.

Viviana Ponce Escudero

Viviana Ponce Escudero (1972) es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica por la P. Universidad Católica de Valparaíso, y Doctora en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha desarrollado su investigación en torno a la presencia femenina escritural en la Edad Media, centrándose especialmente en la correspondencia privada de las religiosas de Santo Domingo el Real de Toledo (España), y en el archivo epistolar de las Carmelitas Descalzas de San José (Chile). Actualmente realiza estudios sobre derechos de las mujeres (UNED, España) y participa del proyecto radial “Cápsulas inesperadas”. El libro “Yo le doy mi nombre” publicado en 2021 por Ediciones Altazor (Viña del Mar) es su primera novela.

El libro estará disponible a partir de diciembre en las siguientes librerías de Valparaíso: Bazar literario Chincol (Cumming 94b), Librería En el blanco (Blanco 1065), Librería Universidad (PUCV), en las librerías Qué Leo de Viña del Mar, Reñaca y Concón, y en Santiago en las librerías Palmaria (Providencia) y Ulises (Lastarria).

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Yo le doy mi nombre, usted lo googlea y luego me dice qué opina de lo que ve. No es justo que no sepa con quién se va a encontrar.

Era diciembre y sábado, medio día, estaba trabajando agotada y hastiada. Tenía el teléfono sin sonido y vi el mensaje de repente. Suelo dejar el móvil sin sonido y olvidado en el bolsillo del abrigo, en el bolso, donde sea y me pasa esto, que encuentro mensajes horas después. Lo había enviado alrededor de las once de la mañana, ya eran las tres y no me decía nada más.

Raro, pensé. No solo porque Don Fernando escribiera y no llamara, sino porque no entendía qué había pasado que me estaba diciendo esto. Me puse a revisar de memoria en un segundo todo lo que habíamos estado hablando los últimos días.

¿Cómo? No entiendo. ¿Qué pasa?, le escribí rápidamente. Eso pasa doña Beatriz. Me contestó de inmediato, parece que estaba esperando mi respuesta. Yo le doy mi nombre y usted mira lo que hay de mí en la red. No alcancé a decir nada cuando apareció otro mensaje. No. Mire, no. No nos encontraremos. No puedo. Mejor seguir así. Creo que es lo mejor. Yo soy su don Fernando y usted mi doña Beatriz. Es lo mejor.

Quedé muda. Me sorprendió que escribiera y no llamara, últimamente casi hablábamos solo por teléfono o mensajes de voz. No entendía qué le estaba pasando. Es que ese derrame de contradicciones no era propio suyo, más bien, él era toda seguridad y certezas.

Mi Señora, es que debe saber quién soy. Ese es el problema. No es justo que no sepa. Insistía con sus mensajes. Tardaba en escribir, creo que escribía, borraba y volvía a escribir.

¿Pero quién es? Sabía que era chileno, mayor, veinte años más que yo mínimo, aunque a veces pensé que eran más y otras, muchos menos; sabía, también, que no se llamaba como yo lo llamaba y que su vida era (y es) más de lo que yo conocí.

En ese tiempo vivía principalmente en el sur, allí tenía, ¿o tiene?, un piso en la ciudad, en Temuco, un refugio en una playa de por ahí que nunca supe, y un campo en un pueblo con nombre de cacique, del que tampoco supe el nombre; pero sí, que disfrutaba sintiéndose patrón de fundo, por lo menos el personaje le hacía gracia. También sé que tiene un piso en Santiago, en el barrio alto, con una televisión enorme y que, en otoño, le gustaba viajar al norte a “empolvarse de sol”.

En la capital se movía en Uber. No soporto la mala educación de los taxistas, me dijo una vez; y no salía en coche, porque le agotaba el solo hecho de pensar dónde aparcar, y si tenía que dar mil vueltas para encontrar un lugar era peor, se ponía de mal humor y se devolvía furioso a su piso… Yo siempre estuve segura que era más de centros comerciales y cafés en el barrio El Golf, al que irónicamente llaman “Sanhattan”.

Conozco casi todo de él, me repetía. Tengo mil fotos que atestiguan su vida y obra, por lo menos la del personaje que me ha presentado. Nunca apareció su cara o algo que de verdad lo identificara y revelara de quién se trataba, eran solo fragmentos y los había visto y analizado detalladamente cientos de veces: cada espacio, cada sombra, cada objeto. Por eso sé que es pretencioso. No solo usa estilos rejuvenecedores, sino que le pone filtros a sus fotos, según él mismo me lo confesó una vez, porque el sol lo hace achicar los ojos y entonces, claro, esas no son sus reales arrugas, hay más, y eso no lo puede permitir. Le pedí que me enviara una foto de su cara para evaluar, pero no me escuchó y siguió hablando de cualquier otra cosa.

Le gusta combinar la ropa, usa zapatos y perfumes caros. Una vez vi que sacó una botellita pequeña de una mochila negra, Allure Chanel, me dijo que era la de viaje. Cuando le he criticado la ropa que lleva, rápidamente se cambia y me envía una foto: así, ¿mejor?, y veo sus zapatos, la alfombra de su habitación, y un pedazo del suelo del armario. 

He adorado sus relojes y cómo los combina con la ropa. Se transformaron en un fetiche. Me gusta verlos en su muñeca, tosca, pesada. Me gusta examinarlos detenidamente. Me gusta imaginar cómo los elige cada mañana. A veces los comparo entre ellos, cómo son sus agujas, el diámetro, los colores, cómo armonizan con sus camisas, (suele asomarse el borde de la manga, que casi choca con la correa del reloj) y especulo hacia dónde irá. Cuando va al campo habitualmente se viste de cuadros, mi favorita es una en tonos verdes y violetas que queda muy bien con un reloj de correa verde oscura, el mismo que usa para los viajes. Ese es mi predilecto, alguna vez se lo pedí de regalo, pero no, jamás me lo regalaría. Cuando anda por Santiago adopta el modo casual-sport y se viste con unos pantalones dockers, que suele armonizar con un reloj aviador u otro gris plateado, no recuerdo la marca, pero ambos son de colores muy metálicos, incluso, parece que las manos le cambiaran cuando los lleva. En el norte, se disfraza entero con un traje negro y rojo, porque corre en moto con unos amigos. En esos días usa un reloj negro, grande, que le ocupa casi toda la muñeca, lleno de perillas y rueditas, círculos con marcas raras que le dan toda clase de indicaciones, el tiempo, la profundidad, el viento, distancia, en fin, lo imposible.

Me gusta preguntarle qué reloj lleva cuando hablamos y, entre medio de la conversación, a veces, me envía una foto donde además veo parte del pantalón que usa y su mano grande, ancha, casi sin vellos, sobre su pierna. Me parece que los conozco casi todos. ¡Tiene miles!, le he dicho cuando veo uno distinto. Hace poco apareció con uno naranja fluorescente. Le dije que debió avisarme para ponerme gafas.

Sé que es de derecha, no es un secreto. Cuando ha sucedido algún evento político que lo  trastorna se vuelve imposible, terco, sordo, belicoso. Estos zurdos, me dice, no se dan cuenta que solo han traído pobreza. Usted mire los países gobernados por estos incapaces… Y me daba verdaderas lecciones de pasión “derechística”. En más de una ocasión me escribió auténticos manifiestos ante los que solo pude dejar caer un “cuánta devoción don…”. Yo no soy de derecha y tampoco es un secreto. Una vez me contó que sus amigos celebrarían el cumpleaños de Pinochet. Respiré lenta y profundamente tres, cuatro y hasta cinco veces… no soy yo, es otro, son sus opciones, sus decisiones… no soy yo, es otro, me repetía voluntariosamente. Le pregunté cómo participaría de la celebración, si cantándole el cumpleaños feliz al general o simplemente le interesaba la fiesta (él es fiestero, le gusta salir con los amigotes y beber como milico desterrado). O no iría, porque andar celebrando a un dictador pues… ¿Le da alergia, mi señora? –me preguntó risueño–. Ya, doña, ¡no se enronche! –y se reía a carcajadas. 

Sé que tiene una vena de caricaturista muy graciosa, solo he visto unos pocos dibujos, pero es talentoso, es el rey de la “tablet con art studio”. Una vez le pedí que me hiciera uno, pero rápidamente me dijo: no doña Beatriz, no hago mujeres, porque la caricatura es una exaltación de los rasgos y eso a las féminas no les agrada. Finalmente, quedó en hacerlo, pero no lo hizo.

Cuando está triste o agobiado habla lento, reconozco ese tono apagado, y, mientras se cuestiona todo, me repite varias veces: ¡Ay! Mi doña Beatriz, ¡Ay! Señora, y luego se despide con rapidez, como si se diera cuenta que muestra fragilidad o pensara que es demasiada claridad y pudiera ser descubierto… especulo yo libremente. Le gusta la comida casera, pero bien servida, o sea, en platos bonitos, bien presentada y con un sabor excepcional. Le gustan los deportes y viajar. Viajes no muy aventureros, él es turista de lujo. Una vez le dije que fuéramos al transmongoliano, una aventura de diez días en tren, le envié los datos, las páginas de información, todo, pero él lo haría solo si íbamos en el de lujo, por supuesto jamás sucedería. 

Cada año se hace un examen médico específico, no sé si por paranoia o por trabajo, quizás ambas. Lee bastante, sobre todo biografías, pero le cuestan los clásicos, le cuestan mucho; y le he detectado un serio desinterés al momento de leer cosas más concienzudas, como filosofía o teorías estéticas. Me ha enviado pantallazos de su biblioteca en el ipad y tiene desde San Agustín a Larsson, pero seguro no los ha leído. Alguna vez se lo dije y se ofendió de tal manera que no me habló durante varios días.

Le gustan las mujeres, todas las mujeres, y estoy absolutamente segura de que toda su vida le gustarán todas las mujeres, a pesar de sus intentos, nada voluntariosos, por parar.

Creo que debe saber con quién se va a encontrar en Santiago. No es justo de mi parte llegar con mi personaje y que usted no sepa realmente de quién se trata, siguió escribiendo

¿Qué pasa don? Vuelvo a preguntarle sonriendo, porque yo sonrío siempre, le dije graciosa, pero él no estaba para tonterías.

Nací en junio, como la Bombal y, como ella, soy una géminis total. A veces me regocijo en ello. En mi familia recayó una de las famosas “becas Pinochet” y Suecia se transformó en nuestra casa por diez años. Asistí a colegios liberales, que desataron mi cabeza y crecí en un “imperio femenino” marcado por las letras. 

He vivido y hecho lo que he querido, a pesar mío y del resto, eludiendo y asumiendo todas las responsabilidades posibles e imposibles. Soy adicta a la angustia que da el vértigo de la libertad, Palabra de Kierkegaard, amén, digo haciendo una mueca graciosa. Mi mundo se debate y se concentra entre la razón y el desajuste constante de la emoción.

Soy feminista, me resisto a pensar desde la sumisión al que el machismo nos limita, y lo declaro con todas sus letras. No debería hacer falta ni mencionarlo. Me provoca respeto y admiración el mundo femenino y, a la vez, un torbellino rabioso y aniquilador su estupidez. Soy una mujer admirada y aniquilada por la razón.

Creo, como los antiguos caballeros, en el honor. Ese honor primigenio de la honra, de la palabra empeñada, tan poco valorada y respetada hoy. He creído en él y su voz, aunque mi mundo y yo me condenara. Para salvarme, lo devolví del ostracismo al que yo misma, por miedo y consistencia, lo había desterrado y me anudé, inconsistente, a sus veleidades para vivir. Ahora, en la tacha, nos libero.

Necesito pasión para vivir, aunque sea una patología. Estoy desarraigada, este ha sido el costo del vértigo, de la pasión y del honor. Sin embargo, los beneficios explotan un mundo menos ficticio en el que seguir.

Tengo tantos temores. Tengo tantas confianzas. Un tenor italiano canta en medio de una habitación y un caballero con una rosa transforma la vida. Mis problemas empezaron con Hesse y parece que continúan con Derrida y Preciado un 14 de febrero.

Confieso que me he aferrado a la utopía del amor como “idea”, como la última esperanza de salvación, como una teórica yonki ilusa; a sabiendas, ciertamente, de que es una ilusión ficcionada por una necesidad, cuyo asidero solo puede estar y ser en el imaginario. Es el único lugar donde podría sustentarse.

Tengo cáncer de mamas. Pecho derecho. Un tumor lo ocupó completo y ahora ha parido otro. Un tumor fémina que apunta a mi cabeza.

(…)

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