Tajo, de Gabriela Albornoz

Pascuala (Atania) Orellana

Este texto fue escrito para el día de la presentación y lanzamiento del libro el pasado 20 de noviembre.

A modo de introducción:

La era está abortando un corazón

y de ese acto emancipatorio

nacemos nosotras, ellas, ustedes,

también esos que no leen nada

(y se creen mucho)

que no son ningún alivio para nadie,

ni siquiera para Rodrigo Lira.

Viven solo para sacarse fotos con escritores famosos

arrastrando la cultura como un corazón anémico

como feto extirpado de una guitarra fome.

Esa gente sí habría conocido a Cortázar  

llegarían en procesión a París

a besarle los pies, adularle el talento

a hacerle preguntas desubicadas

(Bolaño los habría echado cagando

o bien sacaría provecho y se hubiese reído).

Esa gente nos habría dejado en éste páramo

pariendo cabros chicos, negros y feos,

con la ilusión de algún evento, una lectura,

una charla poca,

¿quién te dijo que la vida es augurio de buena suerte?

¿quién sabe si con la muerte se libraron de pelmazos?

Quédate tranquila, que estaríamos en las mismas

mejor vamos a rezar una cancioncita,

le digo a Gabriela,

y ella me abre un libro.

Lo primero que debo aclarar es que nada de lo que diga acá será “objetivo”. O sea, qué esperan de alguien que se refiere a Gaby como «la flor más hermosa de los jardines del mundo» o «la mejor poeta de mi generación». Eso último es un chiste entre nosotras, Bolaño le decía así a Papasquiaro y yo comencé a decirle así a la Gaby desde que se le empezaron a mojar los libros sin explicación. Lo que no quita que no haya verdad en la frase. Gaby siempre ha sido una gran poeta, la conocí siendo una gran poeta hace muchos años. ¿Quieren saber lo que es la sororidad? Este sentimiento de dicha al saberla reconocida en los círculos literarios, al verla escribiendo, mediando y leyendo. Tener en mis manos su primer libro es una satisfacción para ambas. Una de las dos iba a vivir de la literatura, tenías que ser tú. 

Sé que ustedes quieren que les hable de Tajo, pero me gusta darle contexto a mis discursos. Aunque más que discurso, esto parecerá una declaración de amor y admiración. Pienso que, aparte del cariño entre nosotras, Gaby me pidió que presentara su poemario por dos razones. La primera es que nos consolidamos juntas como lectoras infatigables (ambas leímos los siete tomos de En busca del tiempo perdido casi a la par, una detrás de la otra, a la gente le alucina ese dato) y la segunda es que reconozco su voz poética en cualquier parte. No soy experta en crítica literaria ni en estudios de poesía latinoamericana, pero sé perfectamente cuándo un verso fue escrito por ella. Es una especie de «a mí no me engañan, eso lo escribió la Gaby» que habla mejor de ella que de mis destrezas. Quizás tiene algo que ver también con ese juego que me enseñaste de abrir las piernas en el puente Varoli cuando pasaban los camiones. 

Leí Tajo y la vi desbordada en sus palabras, en su imaginario que es tan propio. Tajo se parece mucho a ese poema del lechero que me leíste una de esas tantas noches que compartimos en mi casa. El pasado de provincia vive en nosotras, lo sabes, pero tú lo transformas en belleza. Tus zapatos de charol tranqueando donde el lechero para que te rellene el jarrito es la misma pulsión de los botones pegados como dar un beso, del silencio en viernes santo (la Mama contaba que ni siquiera se usaban los cubiertos para no meter boche), de tus saltos de astronauta entre los tesoros de un basural. Quién cose un botón a la chomba en estos tiempos, a quién le van a  tirar el empacho, quién le da sal al Tué Tué para que no la maldiga. Pucha que nos asustamos ese día, Gabriela y al leerte me di cuenta de que en realidad le robaste sus secretos. 

Tu poesía es tu identidad, es hermosa, delicada y cruda como tú. Mientras mis poemas eran un panfleto, tus poemas eran la menarquia, una niña que se convertía en señorita y que ahora tenía que arrancar de los demonios. Siempre has hablado de las mujeres, mucho antes de que el feminismo fuera el comodín de los períodos elector ales. «Hay una mujer rojinegra en un paradero, que lee el segundo sexo en la micro», «hay una mujer que corta gargantas con una lata de jurel». Ese poema lo leíste el 2014, en la biblioteca de Linares. Tanto te quiero que no se me olvida lo que escribes, me aprendo tus poemas como si fueran canciones. 

Me enseñaste a ponerle atención al lenguaje de mi mama, me contaste sobre tu mamá, las muchas cosas que ellas tenían en común. Ese idioma español-chileno que parece desvanecerse, pero que tú rescatas en tu estilo. Te leo y me encuentro, encuentro a las mujeres que nos han criado, a las mujeres literarias y reales que han pasado por nuestra vida marcándonos como al comienzo de una cuaresma. 

Gabriela Albornoz (izquierda) y Pascuala Orellana (al lado)

Oiga que hicimos buena yunta, parienta. Las dos comiendo fruta desde el árbol y sin lavarla, las dos paridas por la provincia, con abuelas que cuecen pan en hornos de tarro  y mamás que lavan ajeno. Criadas en las cocinas con piso de tierra y trenza de ajo. 

Pero es a ti a quien le queda rica la comida.

Escapar del derecho te hizo florecer, de eso no hay duda. Gaby escribió su mandala como aprendió de su querido Julio Cortázar y a las editoras de Vísceras no les quedó otra que rendirse ante sus colores, aromas y sabores. Había pensado terminar con algo así como “Instrucciones para presentar Tajo”, pero me faltó tu mediación de lectura primero, me faltó esa Gaby profesora que enciende antorchas a plena luz buscando el conocimiento donde sea. 

Mi Gaby, supieras lo orgullosa que estoy de ti y lo mucho que te quiero. Sí lo sabes, de la misma forma en que estás segura de que me he aguantado las lágrimas desde que empecé a escribir, mi adorada hermanita de letras.

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