Uno es el río

Alejandra Sofía González Celis

¿Cuándo es que el lenguaje vale la pena? Se pregunta Mario Montalbetti en esa maravilla de libro que es Sentido y ceguera del poema y que me observa desde la ruma de libros que tengo sobre el escritorio. 

Escribí sobre la carne caliente del tema me recuerda Gabriela Mistral desde una especie de altar que me construí en plena pandemia, aquí en esta pieza, donde está una primera edición de “Tala” paradita, como si fuera una persona afirmada en una plantita chica que casi no requiere agua, una vela y una cajita que tengo llena de objetos pequeños y ancianos, pedazos de memoria de mi casa, de las casas de los que vinieron antes de mí.

Escribir ahora como una bocanada, en la que se aspira este país y se devuelve una cosa otra, un escribir difícil pero también bien fácil como me decía Alejandro Zambra en un audio de whatsapp. Un respirar carraspiento, porque tengo miedo, porque tengo rabia, porque algo me arde acá adentro pero todo eso me muestra que estoy viva, que la sangre se puede agolpar en mis dedos, que las palabras aparecen como por arte de magia, porque hay que escribir, hay que decir, porque para eso esta una.

Hoy lunes 6 de diciembre del 2021 a dos semanas exactas de la próxima elección presidencial, recuerdo que en marzo de este año mi nombre salió en el listado de los seleccionados del Fondo del Libro, en su línea fomento de la lectura. Había presentado un proyecto titulado “Banda de poetas” que consistía en una escuela de poesía para niños y niñas de entre 7 y 13 años, de la comuna de Valparaíso que serían becados apoyando su participación con un monto de dinero mensual (imitando el modelo que la Fundación Neruda tiene con poetas adultos y del cual yo fui beneficiaria) y que además contaba con el trabajo de la poeta Gladys González y yo como talleristas, la visita de las poetas Alejandra del Río y María José Ferrada, las clases de música en la academia Mattria con Rosario Severín, Crishea Koyck y Emilio Ovalle como músicos excepcionales y el apoyo en la gestión de todas nuestras actividades en la amistad de Miyodzi Watanabe.

Estaba feliz y grité de emoción cuando vi mi nombre en el listado porque detrás de mi nombre estaban todas esas personas y también los colectivos feministas de creadoras cuyo trabajo y presión había logrado por primera vez este año incluir el género como un factor incidente, cuestión que estoy segura nos permitió ser uno de los proyectos ganadores y porque la cosa es así: quién ha “postulado” cualquier tipo de proyecto en este país, sabe muy bien que en gran parte la cosa se juega en eso que los jugadores llaman suerte, para qué nos vamos a mentir, de hecho en ese mismo fondo, pero en la línea de creación yo había postulado un libro de poesía de “literatura infantil” que me fue devuelto por estar “fuera de bases” indicándome que «el proyecto no corresponde a literatura infantil toda vez que la muestra corresponde a un libro de literatura juvenil; es decir la temática y las imágenes no son coherentes con el rango etéreo (sic) al que está dirigido el género infantil (0 a 12 años) cuestión que el proyecto no cumple» O sea yo no sabía lo que es literatura infantil, pero sí podía dirigir una escuela de poesía para niños y niñas.

Implementamos la “Banda de poetas”, en un principio vía Zoom ya que la pandemia no nos dejaba operar presencialmente. A los niños y niñas llegamos a través de escuelas públicas con las que yo había estado trabajando el año 2020 y también a través del trabajo que Gladys ha realizado en Valparaíso. Armamos los talleres, nos fuimos conociendo de a poquito y con conexiones que se caían, donde no podíamos escuchar a todos, con paciencia, con cariño y sobre todo con obsesión que es lo que empuja y empuja la palabra, incluso contra una materialidad que las más de las veces lo dificulta. Una palabra que aparecía en los chat, en las voces de esas niñas y niños que ponían fondos de pantalla, que se conectaban desde las cocinas de sus casas, donde escuchábamos a una mamá decir: habla más fuerte pa’ que te escuche la tía, es mi perro que está ladrando, ese es mi hermanito.

Pudimos pasar a presencial, gracias al trabajo que Sebastián Redolés hace desde cultura en el municipio y que nos permitió acceder a un espacio precioso en pleno centro de Valparaíso con salas para trabajar, pero no todos los niños podían llegar porque Valparaíso tiene muros y cocodrilos y zanjas que no es necesario construir porque están hechas de falta de plata, de horarios de adultos que no terminan nunca de trabajar, de falta de transporte público y decente donde los niños puedan moverse sin terror. Hicimos una ruta con la Miyodzi y entonces yo pasaba a buscar a cuatro niñas poetas en mi auto y me iba para calle Esmeralda aprovechando el privilegio que me da mi condición de discapacitada (al que también “postulé”) y que me permite estacionarme relativamente cerca. El viaje en auto por cierto, fue parte del taller.

Así hemos trabajado cada miércoles desde julio y hasta ahora, diciembre. Hemos leído poemas, hemos leído cuentos, hemos jugado al pillarse, a la escondida y a Marco Polo (que en mi tiempo se llamaba la gallinita ciega) tapándonos los ojos, nariz y boca con la mascarilla. Hemos hablado de nuestras vidas mientras dibujamos y escribimos (que es otra suerte de dibujo) todos y todas reunidos bajo el título de poetas. 

Porque ustedes y yo somos poetas les he dicho una y otra vez, haciendo que la repetición vaya horadando el grueso manto de denominaciones que permanentemente se nos pone encima. Entonces todo lo que hacemos aquí es poesía, porque la palabra inaugura e inventa espacios reales, porque la palabra puede poner paréntesis adentro del cual podemos ser muchas cosas, muchas otras palabras y puede también, renglón seguido,  resaltar, ocultar, transformar, porque la autoría permite hacer propia eso que es la experiencia devolviéndola a un espacio común, teñida de nuestros propios colores, porque podemos decir: ah esta soy yo, esto es lo que he visto, esto es lo que quiero decir y al mismo tiempo no decir y ser reconocidas entonces como creadoras del mundo, porque es mi mundo y es el tuyo también, hay algo ahí que hago para llegar a ti también.

¡Ah, y eso nos hace tanta falta!

Las niñas, niños y las mujeres sabemos del silencio en el que fuimos puestos, sabemos cómo resistir.

Supe del tío que comió veneno para las pulgas que menos mal que no se murió, pero muy triste debe haber estado para hacer eso (igual se supone que eso yo no lo sé, porque no me lo contaron a mí, lo escuché cuando hablaban por teléfono –me dijo la pequeña poeta), de las hojas de otoño y de una chalas que aunque no se recuerdan daban tanta felicidad a ese otro pequeño poeta, supe de las chupetas venezolanas que acá se llaman koyak y que no sabíamos porqué y que entonces tuvimos que averiguar, del cumpleaños del viento y de los invitados y que comeríamos aire tibio, supe del deseo de regalar eso que se llama portarse bien, que no se sabe muy bien qué es, pero que da tantísima alegría a los adultos que les gobiernan, supe que había que tocar la bocina en una esquina porque así el otro sabe que usted va bajando entonces así no choca, supe del miedo al fuego, de estar esperando que no salte, porque el fuego salta tía, y a veces hasta se salta una casa y llega y después no queda nada, ni la pena, supe de las ganas de quedarse, de dejar algo, que para eso trazo este lápiz sobre esta hoja, como una cicatriz en este presente que lo volverá pasado.

Supe de mí bailando, mi cuerpo entre medio de sus cuerpos, supe de sus voces en el coro que hicieron cantando un canon, porque la poesía es también un canon en que repetimos y repetimos a destiempo con unas voces que entran y otras que salen de la historia.

Supe yo, supieron sus ojos y sus manos, supieron que sabemos todo, que lo que hacemos es recordar cuando estamos juntos, que de eso se puede tratar escribir, de hacer memoria también.

Los talleres terminan ahora el 29 de diciembre. Luego estaremos editando un libro que reunirá los textos escritos en una antología y que esperamos pueda ser lanzado en el mes de abril.

¿Pero vamos a seguir con la banda de poetas el próximo año? Me preguntan las poetas chicas y los poetas pequeños. No lo sé, les digo con honestidad. ¿Van a seguir después? ¿Quizás con otros niños o podrán venir las mías de nuevo? Me pregunta una mamá. No lo sé, le digo. Este es un proyecto que fue financiado para este año 2021, yo lo volví a postular, pero no se si lo ganemos o no. Una nunca sabe.

No les digo que no sé si somos lo suficientemente buenas para los jurados, no les digo que no sé si ellas y ellos son lo suficientemente buenos, buenos niños, buenas familias, buenas poetas. No les digo que hay un candidato que no aumentará un ápice el presupuesto de cultura, que pretende fomentar a los «mecenas» que no son si no millonarios que imponen sus propios criterios culturales para poner las platas, que cree que el Estado no tiene porqué ser el responsable del desarrollo cultural de los pueblos, sino que cree que la cultura es un productito que hay que «suministrar» (las comillas son lo textual de su programa) según el aplausómetro de turno. No les digo que en realidad no me importa nada si son o no buenos y buenas poetas.

No les digo que estoy cansada, que estamos cansados de postular, como si Chile fuera una fila larga, una sala de espera, a ver si ahora sí que nos llaman, a ver si ahora sí que nos toca. Ah no, le tocó a otro.

El otro día una niñita poeta me hizo un dibujo y me dijo: bueno por si no nos vemos el próximo año, pa’ que no se olvide de mí. 

Yo no me olvido. 

Vale la pena el lenguaje, las palabras tuyas niñita pequeña, vale la pena la palabra que me diste y la que te devolví. Valen las palabras que como mariposas revolotearon en las salas de calle Esmeralda. Valen la pena las palabras de Gladys, de la Miyodzi, de la Ale del Río y la María José, las palabras hechas música de Crishea, Rosario y Emilio. Valen todas las palabras que tengo guardadas en mi cuaderno y que registraron todos estos meses de trabajo.

Vale la pena el lenguaje que distingue entre quienes creen que todo tiene un precio y entre quienes no.

Vale la pena el lenguaje que muestra la barbarie y la violencia de quienes creen que niñas y niños no son capaces de crear el mundo en el que viven y que deben ser enjaulados en sus casas en subordinación a las burbujas de sentido de sus padres devenidos en dueños.

Vale la pena el lenguaje que muestra la carne caliente de nuestros cuerpos, de nosotras las mujeres, de las disidencias, que no tenemos porqué quedarnos calladas y ordenadas esperando ser encajadas a un modelo de sociedad que no toleramos.

Vale la pena el lenguaje transfigurado en un voto.

Una rayita dibujada, una rayita dique que detenga la bota, una rayita ventana, una rayita río largo. Uno espumante, correntoso y vivo. Uno.

Alejandra Sofía González Celis

Alejandra Sofía González Celis. Poeta y trabajadora social, profesora escuela de Trabajo Social PUC, directora Banda de poetas de Valparaíso.

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