Ensanchar pampa y lengua; Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara

Diego Leiva Quilabrán

Los hermanos sean unidos
Porque esa es la ley primera
Tengan unión verdadera
En cualquier tiempo que sea
Porque si entre ellos pelean
Los devoran los de ajuera.

Estos versos corresponden a uno de los pasajes más reconocidos del Martín Fierro de José Hernández —específicamente de La vuelta, publicada en 1879—. La impostada voz del que ha sido el gaucho literario más importante de la literatura —junto con Juan Moreira— sigue resonando hasta el día de hoy como un signo inexpugnable de la argentinidad, instalado, convencional y tensionado, la síntesis imposible —parafraseando al historiador Ezequiel Adamovsky— de una identidad nacional-popular.

En Las aventuras de la China Iron (Random House, 2017), Gabriela Cabezón Cámara remonta el río de la literatura argentina hasta alcanzar una de sus principales fuentes: el imaginario de la pampa gauchesca, con su Tierra Adentro, el gaucho, el fortín y el malón. Todo aquello que confluía en el escenario que para Domingo Faustino Sarmiento representaba el retraso y la más radical falta de estímulos civilizatorios, en la China Iron encuentra la forma de la promesa. Retomando el “uso de la voz del gaucho” que según la académica Josefina Ludmer definía en parte importante el género gauchesco, esta novela neo-gauchesca del siglo XXI —o gauchesca massmediada o wéstern gaucho o road novel o todo esto junto en el mejor sentido— reescribe la deriva gaucha desde una contraparte olvidada.

Sería redundante volver a volver a volver y a seguir volviendo a la pregunta por el monolítico sujeto que calificaba como “ciudadano” y, por tanto, como “hermano” digno y con el que había que unirse de acuerdo a la oligarquía liberal del siglo XIX. El Martín Fierro es prolífico en sociabilidad masculina y reduce a su china a una mención al paso que la vincula más con la propiedad que con el esbozo de una subjetividad —o al menos, un simbolismo más profundo—: «Tuve en mi pago en un tiempo / hijos, hacienda y mujer».

Así las cosas, Cabezón Cámara decide darle a la otrora china de Fierro su propio nombre, su propia compañera de viaje y, más aun, su propio viaje tierra adentro, en el que alcanzará una suerte de tierra prometida para el desarrollo de una civilización. La exchina, Josephine Star Iron y Elizabeth, la inglesa colorada que va en busca de su marido al interior del territorio indígena y para instalar su hacienda, comenzarán a amarrarse entre sí en el momento de las presentaciones. La inauguración de la identidad plena de La China es el momento mismo en que comienza a desdoblarse la narrativa para abrirse hacia una dirección nueva: 

“Yo Elizabeth”, dijo ella muchas veces y en algún momento lo aprendí, Elizabeth, Liz, Eli, Elizabeta, Elisa, “Liz”, me cortó Liz, y así quedamos. “¿Y nombre vos?”, me preguntó en ese español tan pobrecito que tenía entonces. “La China”, contesté; “that’s not a name”, me dijo Liz. “China”, me emperré y tenía razón, así me llamaba él [Fierro] cuando solía, cantó luego, irse “en brazos del amor a dormir como la gente”. Y también cuando quería la comida o las nombachas o que le cebara un mate o lo que fuera. Yo era la China. Liz me dijo que ahí donde yo vivía toda hembra era una china pero además tenía un nombre. Yo no. No entendí en ese momento su emoción, por qué se le mojaron los ojitos celestes casi blancos, me dijo eso podemos arreglarlo, en qué lengua me lo habrá dicho, cómo fue que entendí, y empezó a caminar alrededor con Estreya [el perro] saltándole a los pies, dio otra vuelta y volvió a mirarme a la cara: “¿Vos querés llamarte Josefina?”. Me gustó: la China Josefina desafina, la China desafina no cocina, la China Josefina es china fina, la China Josefina arremolina. La China Josefina estaba bien. Chine Josephine Iron, me nombró, decidiendo que, a falta de otro, bien estaría que usara el nombre de la bestia mi marido; yo dije que quería llevar más bien el nombre de Estreya, China Josephine Star Iron (p.22).

Luego del nuevo bautizo, Josephine Star Iron aborda la carreta y empieza su novela de formación, que es también de aprendizaje y desaprendizaje, no lineal, sino de capas que se superponen, entrelazando el género, la raza y la clase. Empieza también su road novel, la de una Thelma y una Louise que ya no huyen, sino que buscan instalarse en un destino que rehúye no por imposible, sino por ser una sustancia mutable. Empiezan, por último, su wéstern, su experiencia de frontera, donde los brazos de la ley son borrosos y acampa el peligro. El paso de la categoría a la individualidad abre la posibilidad de la experiencia, marcada por el descubrimiento del deseo. Desde el punto de vista de la construcción del relato, en definitiva, es un popurrí que relee y reescribe la razón gauchesca desde el pastiche, pero que puede, perfectamente, decantar interpretativamente en una visión actualizada de lo nacional-popular.

En el camino, balbucearán el idioma de la otra, explorarán su deseo lésbico —aunque luego solo será el deseo, así, a secas, sin más, lo que las descubrirá— y encontrarán una nueva forma de habitar la pampa, con nuevos nombres y una lengua ampliada que fluye al ritmo del Paraná  Entre tanto, se harán acompañar por el gaucho desertor Rosario, que las acompañará arriando ganado y contando sus propias desventuras, llegarán al fortín comandado por José Hernández, oirán de él la historia de Martín Fierro y la supuesta denuncia de sus versos robados por el coronel. 

Más allá de la trama, el ritmo y sus cambios de Las aventuras de la China Iron es una experiencia en sí misma. Dividida en tres secciones, “El desierto”, “El fortín” y “Tierra Adentro”, cada una de ellas supone una parte del arco formativo de Josephine: primero la expansión del mapa, la posibilidad de un “más allá de la tapera” en que era “la china de Fierro”; luego, la atestiguación de un proyecto para dominarlo y reducirlo a unidad contable vía explotación; finalmente, el encuentro con un nuevo régimen de conocimiento, por fuera de lo ya conocido y ofrecido.

Más allá de estar en desacuerdo o no con la utopía ecológica, mestiza y de sexualidad fluida que se abre hacia el fin de la novela —a mí mismo no podría parecerme más idealista, aunque consignarlo acá no haga este juicio más relevante para este comentario—, es en ese momento de la narración en que puede advertirse completamente un nuevo ritmo. El intercambio cruzado inglés-español y español-inglés se cruza con una nueva posibilidad. Junto al río Paraná, en las tolderías indígenas, el lenguaje y la percepción de la realidad se armonizan para procesar una experiencia que fluye a través del “Nosotros” ampliado en el que caben gringos, gauchos desertores, indígenas, mestizos, la tierra completa con su flora y su fauna. Los conocimientos logran transmitirse de manera que las palabras fluyen sin ser macarrónicas ni disonantes. La habilidad con la que la autora logra montar el lenguaje para cruzar las voces y, con ellas, los saberes y lenguas, es algo para admirar:

Nadaron desnudos y desde el lado del continente jugamos un campeonato de bolear hachas para voltear los árboles que tuvimos que tirar para hacer balsas: nos fuimos haciendo del agua así, haciéndonos también de la madera. Oscar estuvo entre los que nadaron: sabían de las canoas, pero no sabían nada de las balsas los de los selk’nam. Entendieron la idea enseguida, ah, wampos, dijeron e hicieron balsas pretty much better than ours, darlink, le explicaba a Liz. […] Aprendieron haciendo y lo que sigui´fueron las wampo-rukas: vivimos en casas que se sotienen en el agua, las amarramos con poderosas sogas hechas de cuero, no hay marea que nos inunde, subimos Nosotros con el agua cada vez que sube el río y bajamos cuando baja.

Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara, repito, ahora para cerrar, es una narración que remonta el río de la literatura argentina hasta el corazón de su canon. Navegando sus recovecos, sus puntos ciegos y habitando lo no contado, hilvana el lenguaje y la experiencia para comunicar una suerte de continente oscuro e iluminarlo. Al concluir la lectura, Josephine Star Iron, ya autonombrada Tararira, nos ha contado en primera persona el par de veces que volvió a nacer, la pampa que atravesó, el río que está remontando y su liviana existencia deseante en el seno de una comunidad imaginada ¿y futura?. «Así viajamos», concluye. Y ese “así” cobra el valor de un nuevo intento.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: