Everybody: A book about freedom

Olivia Laing
Trad. Rocío Abarzúa

La máquina de liberación 
(Fragmento)

No fue hasta el año sin esperanza que fue el 2016 que regresé a [Wilhelm] Reich. A lo largo de los años previos el cuerpo se había convertido en un campo de batalla una vez más. Dos cuestiones en particular habían llegado a un punto crítico: la crisis de refugiados y el movimiento Black Lives Matter. Los refugiados viajaban a Europa en botes con fugas desde regiones que habían sido gráficamente destruidas y otras personas expresaban la convicción de que eran parásitos y ladrones, seguida por la esperanza de que se ahogaran. Aquellos que lograron cruzar el Mediterráneo fueron encerrados en campos de los cuales potencialmente podrían nunca escapar. La presencia de estos cuerpos desesperados fue utilizada por la extrema derecha para ganar poder en Europa, mientras que en el Reino Unido fueron usados en el alarmismo xenofóbico que fue la campaña del Brexit.

Mientras tanto en Estados Unidos el movimiento Black Lives Matter había emergido en 2013 como respuesta a la absolución del homicida de Trayvon Martin, un adolescente negro que no iba armado, asesinado por un hombre blanco. Durante los años siguientes, Black Lives Matter protestó el continuo asesinato de hombres, mujeres y niños afroamericanos por la policía: matados por vender cigarros, por jugar con una pistola de juguete, al momento de sacar una licencia de conducir, mientras dormían en sus camas. Las marchas y protestas que ocurrieron en Ferguson, Los Ángeles, Nueva York, Oakland, Baltimore y a lo largo y ancho de la nación parecían ir a generar un cambio, pero el 8 de noviembre de 2016 suficientes personas votaron por Donald Trump, un apenas disimulado supremacista blanco que se convirtió en el 45° Presidente de Estados Unidos.

Las viejas malas noticias de diferencias entre los cuerpos estaban en todas partes nuevamente. Palabras y frases que habrían sido impensables una década antes eran articuladas por diarios y políticos en países que, hasta hacía poco, parecían bastiones de la democracia liberal. El derecho al aborto fue disminuido o revocado en varios estados estadounidenses, incluso a la vez que se aseguraba en Irlanda. En Chechenia hombres homosexuales fueron metidos en campos de concentración en lo que eufemísticamente se describió como ‘barrido profiláctico’. Los derechos a amar, a migrar, a reunirse a protestar, a reproducirse o a rehusar reproducirse se estaban volviendo tan ferozmente disputados como lo habían sido en el propio tiempo de Reich.

Comenzaba a parecer como si los grandes movimientos de liberación del siglo XX estuvieran fallando, las victorias del feminismo, la liberación gay y el movimiento de derechos civiles derrocadas una a una, asumiendo que alguna vez hubieran sido aseguradas. Yo había crecido dentro de algunas de esas luchas, pero jamás se me habría ocurrido que su doloroso y lento progreso podría revertirse tan rápidamente. Lo que todas compartían era el deseo de transformar el cuerpo desde un objeto de estigma y vergüenza hacia una fuente de solidaridad y fuerza, capaz de demandar y lograr cambio.

Este siempre había sido el tema de Reich y mientras mi propia época se volvía más problemática me atormentaba el sentido de que había algo vital no explotado en su obra. Sus ideas se sentían como cápsulas del tiempo, medio enterradas en la historia, pero aún zumbando con vida. Yo quería desenterrarlas, rastrear su legado a la luz parpadeante del siglo XXI. Lo que Reich quería comprender era el cuerpo en sí mismo: por qué es tan difícil de habitar, por qué podrías querer escapar de él o someterlo, por qué continúa siendo una fuente desnuda de poder, aún ahora. Estas eran preguntas que me obsesionaban a mí también, informando distintas fases de mi vida.

La pseudociencia de su teoría del orgón me horrorizaba, pero estaba comenzando a preguntarme si no había también algo que aprender de su caída. A lo largo de su carrera él luchó por la emancipación corporal y aún así terminó en una celda de prisión, desarmado por la paranoia, un final no poco común en las personas involucradas en movimientos por la libertad. Yo sentía que su compleja vida formaba un patrón que podía ser en sí mismo iluminador. ¿Por qué su trabajo se había descarriado tan catastróficamente, y, qué nos dice eso de las luchas más grandes en las cuales él jugó un rol tan dinámico y ardiente? Sus fracasos se sentían igual de importantes de comprender que sus ideas obviamente más fértiles en este nuevo momento de crisis.

Resultó que la influencia de Reich era mucho más sustancial que lo que yo había pensado en la década de los noventa. Fue él quién acuñó los términos ‘política sexual’ [sexual politics] y ‘la revolución sexual’ [the sexual revolution], aunque lo que él había esperado estaba más cerca de la caída del capitalismo patriarcal que del amor libre animado por las pastillas anticonceptivas de los sesenta. Según Andrea Dworkin, una de las muchas feministas que se basó en su trabajo, él era ‘el más optimista de los liberacionistas sexuales, el único entre los hombres en aborrecer la violación realmente’. James Baldwin había leído a Reich y también lo había hecho Susan Sontag. Incluso tuvo una segunda vida en la cultura pop. La canción ‘Cloudbusting’ de Kate Bush inmortaliza su larga batalla legal sobre el acumulador de orgón, su insistente estribillo –‘I just know that something good is going to happen’– transportando la cautivadora atmósfera utópica de sus ideas.

Aunque estaba fascinada por su vida, que está trazada en una biografía inquietante y brillante, Adventures in the Orgasmatron (2011) de Christopher Turner, lo que me parecía más emocionante de Reich era la forma en que funcionaba como un conector, uniendo distintos aspectos del cuerpo, desde la enfermedad al sexo, desde las protestas a las prisiones. Eran estas regiones resonantes las que quería explorar, así que lo tomé como un guía, trazando un curso a través del siglo XX para poder comprender las fuerzas que aún hoy dan forma y limitan la libertad corporal. En el camino encontré muchos otros pensadores, activistas y artistas; algunos que se basaron directamente en su trabajo y otros que llegaron a los mismos lugares recorriendo rutas diferentes.

Reich me llevó primero a la enfermedad, la experiencia que nos hace más forzosamente conscientes de nuestra naturaleza corporal, las formas en las cuales somos tanto permeables como mortales, una revelación que el brote de Covid-19 pronto haría caer forzosamente alrededor del mundo. Una de las teorías más controversiales de Reich es que la enfermedad es significativa. Esta fue la crítica que le hizo Sontag en La enfermedad y sus metáforas (1980) y aún así, mientras más averiguaba sobre su propia experiencia con el cáncer de mama, más parecía que la realidad de la enfermedad en nuestras vidas es mucho más personal y complicada que lo que ella habría estado dispuesta a admitir por escrito. Como ella expresó en su diario de hospitalización: ‘Mi cuerpo está hablando más fuerte, más claro que lo que yo jamás podría.’

Yo no estaba de acuerdo con Reich en que el orgasmo podía hacer caer el patriarcado o detener el fascismo (como Baldwin agriamente expresó en un ensayo sobre Reich, ‘las personas con quienes yo había sido criado tenían orgasmos todo el tiempo y aún así se cortaban entre ellos con navajas las noches de sábado’), pero su trabajo sobre el sexo me llevó al Berlín de la República de Weimar, la cuna del movimiento de liberación sexual moderno, cuyos numerosos logros parecen cada día menos seguros. Aunque Reich ponía una enorme fe en las posibilidades liberadoras del sexo, la libertad sexual no es un asunto tan sencillo como a veces nos gustaría pensar, ya que comparte un límite con la violencia y la violación. Pensar sobre estos aspectos menos cómodos del sexo me llevó a la artista cubanoamericana Ana Mendieta, a la feminista radical Andrea Dworkin y al Marqués de Sade, quienes entre ellos han mapeado una de las más difíciles regiones de la experiencia corporal, donde el placer se intersecta y es usurpado por el dolor.

Si bien las teorías de los años más tardíos de Reich fueron con frecuencia bizarras, su batalla con la Administración de Medicamentos y Alimentos de los Estados Unidos [FDA] y su posterior encarcelamiento claramente no estaban no relacionados con los temas a los cuales se aferró durante su vida. ¿Qué significa la libertad? ¿Para quién es? ¿Qué roles juega el Estado en su preservación o reducción? ¿Puede ser alcanzada al afirmar los derechos sobre el cuerpo o, como la artista Agnes Martin creía, al negar el cuerpo del todo? La máquina de liberación de Reich puede no haber curado el cáncer o el resfriado común, pero sí sirvió para exponer un sistema de control y castigo que era invisible hasta que pasas a transgredirlo de alguna manera.

Su encarcelamiento en USP Lewisburg me llevó a considerar la paradójica historia del movimiento de reforma penitenciaria, encontrando las ideas radicales de Malcolm X y Bayard Rustin. Estas, a su vez, abrieron la esfera del activismo político y la protesta, la lucha corporal por un mundo mejor. Aquí me encontré con el pintor Philip Guston, quien documentó las caricaturescas y grotescas figuras de aquellos que intentan limitar la libertad, así como con la cantante y activista Nina Simone que pasó su vida intentando articular cómo se sentiría ser libre, el máximo sueño Reichiano.

Como todas estas personas, Reich quería un mundo mejor, y más aún, creía que era posible. Pensaba que lo emocional y lo político impactaban continuamente en el cuerpo humano real y también creía que ambas esferas podían reorganizarse y mejorarse, que el Edén podía ser recuperado incluso en esta coyuntura tardía. El cuerpo libre: qué hermosa idea. A pesar de lo que a él le pasó, y a pesar de lo que le estaba sucediendo a los movimientos en los que él participaba, yo todavía podía sentir ese optimismo vibrando a través de las décadas: que nuestros cuerpos están llenos de poder, y, es más, que ese poder no es a pesar de sino debido a sus vulnerabilidades manifiestas.

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