Grindermanías

Juan Pablo Sutherland

En Grindermanía, del sexo urbano al sexo virtual, ingresamos a un mundo
subterráneo que seduce. Ligues callejeros producidos por un cruce de miradas,
orgías de treinta y seis horas o sexo químico concertado por una app. Todo lo
que imaginas. Todo al alcance de todxs. Este necesario libro narra de forma
íntima y erudita la trama histórica que antecede a esa realidad. Reflexiona y
conceptualiza cómo nuestras pulsiones han mutado de forma radical las
últimas décadas debido a las redes sociales. También opera como la
autobiografía oblicua de uno de los escritores e intelectuales más alucinantes
del panorama chileno, que desde su temprano activismo LGTBIQ+, ha
construido una obra-trinchera brillante que difumina géneros y moralismos.

Berlin Calling

Llegué a Berlín en noviembre del 2017, en pleno invierno, bajo un frío polar horrible. Volvía luego de veintiséis años, cuando –coincidentemente, a mis veintiséis– recorrí Europa buscando financiamiento para el naciente movimiento homosexual en Chile. Aquel viaje fue un año antes de publicar Ángeles negros, mi primer libro. Recuerdo que el Muro de Berlín había caído cinco años atrás y se notaba el ambiente de relajo y algarabía en el mundo gay. En dos semanas recorrí todos los antros sexuales con pm, junto a un activista chileno-australiano que había vivido en Sídney toda su vida debido al exilio de su familia tras el golpe, y que se integró al activismo marica con la esperanza del Chile de los noventa. 

Esta vez, volvía solo, los mismos veintiséis años después, por una pasantía breve de investigación doctoral en el Instituto Iberoamericano de Literatura de Berlín. En esas semanas esperaba continuar mis dos investigaciones, la oficial y la otra: mi archivo corporal como bitácora de viaje, es decir, bucear por el mundo Grindr en Berlín. Conocía la ruta del cruising de ese Berlín poscaída, sentía curiosidad por cómo habían evolucionado las rutas del deseo tras tanto tiempo. W, un chileno-alemán, ex alumno de C, mi expareja y su profesor en la escuela de Teatro de la Chile, me recibió en su departamento. Yo le decía Chewbacca, apodo que le lancé apenas lo conocí en Santiago. Es gigante, mide casi dos metros, mezcla de rubio y vikingo, pelo largo y barba, como esa peluda bestia amigable de La guerra de las galaxias. W o Chewbacca estaba feliz por mi llegada a Berlín y prometía muchas rutas y fiestas. Yo intuía que algo haríamos y que esos días todo sería intenso y acelerado.

Mi rutina de esas semanas: cruzar la ciudad desde la vieja Berlín a la nueva, la occidental, para pasar horas investigando a dandis-maricas-yonkis latinoamericanos de los años treinta y luego volver al departamento cruzando la puerta de Brandemburgo hacia la Alexanderplatz. Una tarde en la sala de lectura, algo aburrido de mi búsqueda documental en el primer piso del Instituto, entré a Grindr por inercia en una jornada lluviosa. Comencé a ubicar a los más cercanos usuarios en los alrededores del Instituto. En ese trance estaba, cuando, recibí el intempestivo sonido de la notificación. Olvidé silenciar la app y casi salté al escuchar el pequeño sonido en medio de una sala plagada de silencio erudito concentrado. Compartía espacio al menos con seis investigadores repartidos en diferentes puntos de la sala, miré rapaz a todxs disimulando, y solo uno se dio cuenta del carácter del sonido. Me miró y se río. Me reí y continué, como si nada. Leí el mensaje, alemán, apliqué el traductor: al cierre del Instituto nos vemos afuera. No pregunté nada. Cerré la app y volví al siglo xix: dandis, yonkis y maricas latinoamericanos. 

Detalle interior del libro.

A la salida, me esperaba un tipo altísimo, delgado y abrigado como montañista. Su pinta no era la clásica de un pasante joven de investigación doctoral o posdoctoral (tipos de lentes, ropa relajada, pero de moda, mucha distinción cultural y con caras de concentrados y serios, una lata). Al acercarme, un relajado ¡hi! y comenzamos a caminar. A los segundos pensé ¿qué puedo decirle en mi básico inglés de viaje? Lo habitual de sexo porno era mi reportorio más conocido: that was good, slower, harder, give it to me, you like that? I am going to cum, spit, I love your butt, I love the way you feel inside of me, bite me, yeah, yeah, yeah! / keep going! Lick my asshole, ¿can you go down on me? / can you use your mouth?. La lista porno en inglés divagaba. De improviso se rio y me dijo: 

–No es el mejor lugar para abrir Grindr. 

–Qué alivio escucharte, entiendo (armaba en mi cabeza una frase entretenida en inglés, pero salieron otras que pensé y no dije). 

–Aprendí español en Nicaragua. 

–Ah, bien, ¿y qué haces en el Instituto? 

–Lo mismo que tú, mirando Grindr cuando me aburro de mi investigación jaja. 

–Bueno, me pillaste, no pensé que respondería alguien de la sala, todos se veían muy serios, aunque el más fuera del rango eres tú. 

–¿Tienes lugar? 

–No puedo llegar con gente, llegué ayer de Barcelona. 

–Ah, ¿quieres ir conmigo?, vivo solo en un pequeño apartamento por Hornstrasse, la zona Friedrichshain-Kreuzberg y ahí te podría preguntar más por tu investigación. 

–Jaja, ¿por mi investigación? vamos. 

Debería decir que mi entrada a Grindr en Berlín fue pausada, con sexo casi a la antigua, donde se toma una copa y se pregunta por el otro, quizás protocolo que no estaba esperando de este raro y simpático investigador suizo, que vivió su niñez y adolescencia en la Nicaragua revolucionaria de los años ochenta con sus padres, unos profesores de literatura de la Universidad de Humboldt. Con Herbert tuvimos sexo bueno, rico, pero parecía una cita, no un encuentro casual. Ni siquiera hubo droga, apenas un poco de marihuana y conversar sobre lo que investigábamos. Luego de esa noche, más amorosa que sexual, no lo vi más a pese a que nos dimos todas las señas. 

Detalle interior del libro.

Quizá mi expectativa del primer encuentro, estuvo mediada por el lugar en que nos encontramos. Ese registro o territorio nos obligaba a simular una relación con el otro, a hacernos los lindos, diría yo. No lo conocí en el baño público o en el parque al lado de la casa de verano Bertolt Brecht, donde sí tuve la posibilidad de hacer cruising apenas merodeé, facilitado por Grindr. A veces tenemos una expectativa que cae desvanecida frente a cualquier acontecimiento. Fue una buena noche en una zona de Berlín que no conocía, más hípster y a la moda y muy cara, por cierto, lejos de la arquitectura dinosauria de la rda donde estaba alojando, un barrio lleno de plazas con las esfinges de Lenin y Marx petrificadas por el paso del tiempo y su ruina. Me gustaba ese abandono que resistía espectral frente a la otra parte de la ciudad. Un día creí ver al escritor Antonio Skármeta en un departamento que funcionaba como clínica dental en el primer piso del edificio. Incluso lo espié unos segundos al pasar a mi departamento de alojado. Mi sensación en ese momento: había entrado en un bucle de tiempo y estaba en los años setenta. Estoy seguro de que en un mundo paralelo Skármeta nunca volvió a Chile y se dedicó a la ortodoncia apoyando a migrantes arrancados de las dictaduras en América Latina. 

Luego de esa inicial llegada, recorrí con Chewbacca los lugares que me habían dateado amigos. KitKat Club era uno de ellos, disco muy particular donde había que someterse a que te dejaran fuera o fueses afortunadamente elegido, discreción que administraban los anfitriones con rudeza, procedimiento que molestaba al límite. Descubrí esa mala costumbre alemana: escanearte si podías entrar al local o no. Era como estar a cada rato saliendo y entrando de la comunidad europea. ¿Eres de aquí? Lo particular de KikKat fue que una vez admitido, te debías sacar la ropa, es decir toda la parte de arriba, chaqueta, polera, camisa, y quedarte solo con jeans. La idea me gustó luego de mucho rato, mi cuerpo expuesto –algo perturbado– se aclimató y fui igual a la batalla. La disco ostentaba una famosa piscina como lugar de juerga, pero yo tenía frio y un pequeño sobre doblado de speed que me había llevado Chewbacca. Una semana antes había enganchado con un tipo por Grindr en la zona de Alexanderplazt. Luego del sexo en un parque cercano, nos motivamos para vernos de nuevo. Pensaba que ese protocolo mío escapaba al promedio de la aplicación. Es decir, tener sexo y no verse más.

En Chile, no recuerdo la experiencia de volver a ver a la gente luego de una orgia en Bellas Artes, Bellavista, Barrio Yungay o Barrio Brasil. El chico del parque apareció a la salida del baño industrial de KitKat, nos reconocimos, volvimos al baño, en una cabina esnifamos speed, algunos besos, agarrones de culo y paquete. De fondo mi tema favorito de Paul Kalkbrenner, parte del soundtrack de Berlin Calling. Quería salir a bailar, pero estaba caliente, el speed había subido, aunque no era la sensación de la coca, más bien era el ritmo acelerado, lo quería todo, y pensaba de repente en mis escritores maricas-yonkis-latinoamericanos de los años treinta, mientras recorría el cuerpo de Pedro, un chico alemán muy alzado y con mucha cultura leather, que al contactarme por Grindr una semana antes se veía más rudo de lo que era. La pinta juega mucho, pensé. Quería bailar, pero estaba hot, entremedio, no hablábamos nada, solo manoseo y la música electrónica de mi mayor dios. En el bolsillo mi celular vibraba, y Paul Kalkbrenner enloquecía en la pista y no pesqué (seguro era Chewbacca). 

El speed, en mi caso, era la puerta a un día eterno, bailar, bailar hasta el cierre del local y luego el after de turno. El sexo sin tiempo límite, sin hambre, sin sueño, el paraíso que desbarata tu mundo normalizado, vivir el éxtasis del cuerpo, mirar a los otros como una tribu, el sonido como ondas que penetran al cuerpo en capas, capa uno: sentir la vibración en la piel, capa dos: seguir la corriente como ritmos reiterados y luego discontinuos, voyerear con el chico que te calienta, sin parar, bailar como danza de apareamiento, intensificar el movimiento, mirar a todxs lo que te atraen en la pista, coquetear con el mundo, no pensar, aunque las imágenes en el curso de la noche son pequeñas memorias que quedan integradas en tu chip diario, perdido en la nube, casi sin capacidad para ampliar más archivos, la trama del sonido como una onda eléctrica, repetitiva, que sube y baja, secuencia planicie, sonidos metálicos y luego arriba, arriba y ahí gritamos todxs, atávicamente. 

Esa noche se transformó en día y terminé en un after con un chico ucraniano que me vendió speed en un antro de música electrónica. El tipo medía más de dos metros, pero con cara de pendejo. Terminamos en el baño negociando, pedí rebaja, mientras alguien golpeaba la puerta metálica y gritaba en alemán que saliéramos. O eso creí entender fonéticamente, por los tonos amenazantes de su volumen. Al chico Grindr lo había perdido durante la noche, no recuerdo dónde, y por la ventana del baño mientras negociaba el speed con el ucraniano, se veía el río Spree al inicio de su jornada fluvial, que suena similar al speed. Quedé loco con eso: 

Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / 

Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / 

Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / 

Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed / Spree-Speed /

Lo único que recuerdo después son destellos. Yo en el metro con una pinta de camello (yonqui) que te la encargo, y unos turcos controladores de tickets. Había comprado veinte tickets, pero al revisar mis bolsillos, encontré tres paquetes de speed que casi cayeron en medio de la muchedumbre de la U Heinrich-Heine-Straße que iba a trabajar a las siete de la mañana. Tenía los boletos, pero además estaba cargadísimo de speed y al mirarme en el reflejo de la puerta de vidro, mi pinta era muy nocturna y yonqui. Andaba alumbrándome solo. Los tipos se aproximaron como abejas a la piel y pidieron los tickets. Se los entregué, pero se dieron cuenta de mi subidón y comenzaron a exigir pasaporte, cedula y entendí que mis tickets estaban sin validar. De ahí vino la multa, aunque sabían que tenía los tickets, pero estaba jodido. Ochenta euros perdidos por unos turcos cargándose al sudaca, eso sí que es relación sur-sur. Nunca quisieron validar mi intención de no defraudar al transporte público alemán. Tras esa noche-día, todos los encuentros posteriores con Grindr fueron en casa de latinos o alemanes cerca del departamento donde alojaba, a una cuadra de la casa de veraneo de Bertolt Brecht que, en algún momento, cuando el marxismo estuvo más cerca, se encontraba lejos del centro. Ahora era parte de la ciudad y en ese parque costaba ligar. Grindr me dio la posibilidad de llegar a casas, aunque extrañaba el pasto. Soy de la vieja escuela y más aún, esperaba ligar en medio del pequeño bosque viendo la casa de veraneo del dramaturgo alemán.

Detalle interior del libro.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: