Crónica de un apoderado de mesa

Diego Riveros

Con menos de cinco horas de sueño despertamos la mayoría de lxs apoderadxs de mesa el día 19 de diciembre. La ansiedad de la noche previa a las elecciones mezclada con nuestra labor en los locales de votación hizo que llegáramos muy temprano al lugar indicado los días anteriores en los grupos de whatsapp creados para este fin, el comando digital preferido para organizar a las huestes que iríamos a defender los votos de Gabriel Boric.

Una épica guerrera alimentada por Twitter que mantuvo reticentes a algunxs para realizar la tarea: “no puedo pelear”, “soy malo para discutir sin ponerme a llorar”, “soy muy agresiva cuando me sacan los choros del canasto” eran algunas de las preocupaciones de personas sin experiencia en esta labor desconocida, temerosas de aportar desde este frente. En mi caso, con la experiencia previa de la elección del 2017 defendiendo los votos de la Bea Sánchez en un colegio en donde estaba absolutamente solo y en el plebiscito constitucional, sabía que más que un carácter aguerrido y confrontacional lo que necesita unx apoderadx de mesa es paciencia. Mucha paciencia.

Las horas pasaban. Para matar el tiempo nos paseábamos entre las mesas que resguardábamos, de aquí para allá, compartiendo memes presidenciales, tuiteos indignados por la falta de transporte público, también hicimos una vaquita para ir a comprar pancito, mortadela, queso, Coca-Cola y galletas para derrotar el hambre y la ansiedad. Pero lo que más hicimos fue contarnos historias, relatos de por qué estábamos allí.

La Ángela, apoderada general, partió con su relato: un padre asesinado en dictadura, férrea defensora de la Concerta, votó por Provoste en primera vuelta, ahora totalmente comprometida con Boric. Histórica, llevaba años en el mismo colegio haciendo la pega de apoderada. Cordial con los milicos, chistosa con los pacos, cómplice con los funcionarios municipales, directa con los encargados del Servel y odiosa con los apoderados del rechazo (y de Kast, que es lo mismo). Andaba con lentes oscuros la Ángela, no por carrete, como le dijimos el resto para molestarla, sino porque recién se le había muerto, en la noche, su gatita de 10 años. La tuvimos que dormir a mi guachita, le contaba a cada apoderado nuevo que llegaba a la mesa en la que de repente nos juntábamos a conversar un ratito. La tuvimos que dormir en la casa porque ya estaba super enfermita de leucemia, mi guacha, pero ahora está bien, descansando. Y hoy día voy a celebrar porque va a ganar el Boric, voy a llorar con mis hijos, por el triunfo y por nuestra guachita y después me voy a dormir raja, concluyó mientras el resto se mostraba más cauto con su seguridad que se asemejaba mucho a una plegaria.

El resto tenía razones tan disímiles como convergentes para estar allí: yo, por compromiso militante, como una tarea obvia y mínima para defender el proyecto colectivo, la Pepita estaba ahí por su hija, por sus hermanas, por su vieja y por todas las mujeres de Chile, la Vivi era una admiradora total de la doctora Izkia Siches, dijo que la motivó su aguante para recorrer el país, que si la doctora podía hacerlo con guagua y todo, ella podía darse la paja de estar un día entero en un colegio aunque estuviera cagada de calor. 

También estaba Don Nelson, así se presentó, como Don Nelson, un caballero con la camiseta metida dentro de los pantalones, bien peinado para el lado y con unos zapatos brillosísimos, que se acercó temprano después de votar para ofrecerse como voluntario para ganarle al Pinochet con blondor. Nos acompañó Gabriel, un apoderado que llegó desde Providencia, comuna que reunió en tiempo récord a lxs voluntarixs y que decidieron mandar al resto a comunas periféricas como San Bernardo. Si no nos hubierai dicho que venías por el Boric pasabai colado como apoderado de Kast, le dijo la Ángela y todos nos reímos, incluido él. Pero está bien, aquí cabemos todos, remató.

Y eso sentíamos, que acá podíamos ser UNO, como el número de nuestro candidato. UNO en la ansiedad de esa espera eterna encarnada en esa gente que entraba y salía a votar a goteo, que parecía la misma una y otra vez, como los memes que empezaron a saturarse en su repetición y en donde ni las galletas ni los paseos que hacíamos de vez en cuando podían ya aminorar las ganas de que los vocales gritaran que iban a cerrar las mesas en tres, dos, uno. 

Se cierraaaan las mesaaaaaas.

A ubicarse. Suerte, nos dijimos. Santiguamos en el aire a una compañera que le iba a tocar defender los votos en una mesa donde estaba la Chucky, la apoderada general de Kast que no paró en todo el día de tratar de tonta a la gente que la acompañaba y que intentó pedir una lista de personas fallecidas para borrarlas de las actas -cosa innecesaria e inexistente, como le explicó la encargada de local-, y que desconfió de todo el proceso como si hubiéramos sido nosotrxs los que alimentamos la elección de puras mentiras y conspiraciones. Me puse en la mesa asignada para mí, donde por pura intuición -y un poco de prejuicio, quizás- asumí que el presidente era votante de Kast y así fue: intentó 3 veces, contando rapidísimo las papeletas, de pasar votos de Gabriel como votos para Kast, pero me di cuenta y lo hice notar, las tres veces y luego pedí que volvieran a contar los votos, para estar seguro. Y ahí pensé, asustado, en todas las trampas que pueden hacer esas mesas tomadas por gente malintencionada con vocales inexpertos y aburridos a su lado que solo querían irse para la casa y también pensé en la importante labor de lxs apoderadxs de mesa, tarea silenciosa, poco glamorosa y bien desconocida, que pasó a ser fundamental gracias a la autogestión de las redes sociales, como casi todo lo que sucedió en segunda vuelta.

Al terminar los conteos, nos volvimos a reunir para cuadrar los datos mientras actualizábamos las páginas desde el celular para ver las primeras tendencias del Servel. Con el 15% de las mesas escrutadas nos mirábamos cómplices, como queriendo celebrar pero sin querer mufarnos, tan seguros del triunfo como preparados para la decepción. La Ángela, nuestra jefa, nos dijo que la tarea estaba hecha, que nos fuéramos para la casa a esperar un poco más de mesas escrutadas para saber cómo nos había ido. Nos sacamos una foto y nos despedimos. 

El colegio me quedaba más o menos cerca de la casa así que me fui caminando con un nudo en la garganta. Cuando estaba a punto de llegar a mi hogar actualicé la página del Servel con el treinta por ciento de las mesas escrutadas: la tendencia ya estaba clarísima, entré a mi casa, vi a mi hermano mayor con los ojos llorosos y me lancé a sus brazos a llorar de alivio. Después me metí al whatsapp de apoderadxs y escribí “Ganamos”. Ganamos, respondió el resto. Fue un gusto, dijo la Ángela. Ustedes, que son jóvenes, vayan a celebrar a la plaza, yo ahora me quiero ir a dormir, agregó, saliéndose del grupo. El resto empezó a hacer lo mismo. Nos prometimos vernos en la plaza más rato. No vi a ninguno. Y es probable que nunca más los vuelva a ver, pero compartimos algo histórico y sé que nos quedaremos en nuestras memorias, quizás olvidando nuestros nombres, nuestros chistes, nuestro nerviosismo e incluso nuestros rostros, pero no olvidaremos jamás la comunidad que construimos durante esas horas, donde por fin nos sentimos orgullosos de compartir una patria porque sabíamos que en esa patria íbamos a caber todxs. Íbamos a ser UNO.

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