«Cuando una escritura se encumbra, logra decirnos la realidad de una manera en que no la habíamos presentido»: Entrevista a Diego Alfaro Palma

Rocío Abarzúa

El Diego Alfaro Palma narrador es aquí también protagonista. En los ensayos recopilados en Trabajos voluntarios (Aparte, 2021), nos habla la labor de veinte poetas chilenos –aquellas labores y personajes que atrapan su ojo, que lo invitan a sumergirse y escribir–, enmarcándola en la multiplicidad de roles y oficios que se dan en el mundo de la poesía latinoamericana. En sus palabras: «…nos inscribimos, desde esa precariedad, en ella y sólo en ella pueden darse esas miles de variables que poseen los trabajos voluntarios de la poesía, porque no basta únicamente con escribirla y leerla: editar, traducir, reseñar, educar, coordinar, vender, distribuir, ensayar, son verbos en infinitivo que dan cuenta de esa variable enorme que existe en el oficio, y que en la poesía latinoamericana es casi una ley».

Desde Vicente Huidobro y Nicanor Parra hasta Elvira Hernández, Cecilia Vicuña y Soledad Fariña, acompañamos el ojo de Diego en estas aventuras poéticas. Y el cuerpo, porque además de posicionarse de manera crítica a medida que revisa cada poema, cada libro, cada poeta, se posiciona también él literalmente en el primer y en el último capítulo, en que se ensaya a sí mismo, hablándonos de su experiencia, del por qué de la «fuerza incontrolable» que es este libro. Diego es también un hombre de los mil trabajos: uno que como tallerista encontró comunidad en personas de toda Latinoamérica reunidas en torno a la poesía chilena, uno que vivió como librero la experiencia de atender en Chile y en Argentina, uno que como poeta y reseñista escribió para medios transversales a territorios nacionales, uno que como lector se volvió loco leyendo a ciertos autores y no pudo quedarse sin escribir sobre ellos. Uno que promueve la literatura y la poesía no solo con sus escritos, sino también con sus acciones.

Leer a Diego es perderse en Latinoamérica y perderse en la poesía. Un perderse con gustito, como salir a caminar por un campo de mandarinas una tarde soleada, o explorar un cerro con tranquilidad cuando sabes que no te va a pillar la noche, o tomarse una que otra cerveza demás mientras charlas con un amigo en un diálogo que es un pozo, pero uno de luz. Vuelves cansado, colorado, pero con las palabras de un amigo resonando en el cuerpo, con el sabor del sol y el viento y las ramas en la cara, y con ello, más sabio.

Rocío: El concepto de trabajos voluntarios alude a la precariedad del trabajo artístico, a una necesidad, pero a la vez también a un motor interno, llamémosle pasión o curiosidad o cariño, que lleva a las personas que se mueven en la literatura a explorar distintos oficios dentro, y a veces fuera, de la misma. A la vez, en dirección inversa, hay quienes ya con un oficio o profesión ingresan a las letras. Muchos de los protagonistas de estos ensayos se dedican a otra cosa además de escribir. Imagino que pasa algo similar con otras artes. Pero es complejo, porque por un lado es muy precario y por otro hay una riqueza indudable en esta cualidad, en el moverse entre distintas zonas, que también lleva mucho a lo colaborativo, a hacer comunidad. Quería hablar un poco sobre esto, que puede ser problemático, contradictorio.

Diego: Claro, tiene una doble cara. Si uno lo mira desde el punto de vista de la precariedad laboral, es pesado. Si una persona quiere vivir de hacer literatura, de estar en el mundo literario, tiene que hacer los mil trabajos… Si el mundo de la narrativa ya es precario, el de la poesía lo es más aún. Muchos de estas labores son mal pagadas o definitivamente no son pagas. Pero por otro lado está el entusiasmo de volcarse a la literatura, hablar de ella, hacer libros, impulsarlos, y esa fuerza es muchas veces incontrolable. Entonces la realidad material de llegar a fin de mes choca con la realidad de querer escribir determinados libros o desarrollar determinadas escrituras. Yo también llevé esto un poco al extremo en mi forma de vivir: era librero, reseñista, traductor, editor, tallerista y en un momento hacía todo esto a la vez que colaboraba en revistas de manera voluntaria. No sé si uno llega a contener o a dirigir esas fuerzas como para llegar a un equilibro, pero en algún momento la pasión por algo, seas poeta, escritora, carpintero o enfermera, hace que uno dedique muchas más horas, a ponerle más energía y más fuerza. Ahora, sí hay una crítica en el libro relativa a que muchos trabajos en la poesía no son valorizados.

En cuanto a lo colaborativo, está bueno el ejemplo de El Corno Emplumado, revista latinoamericana que circulaba el continente en los sesenta y setenta y que era hecha a pulso. Ahí no existían fondos concursables que entregara algún estado, entonces la visión de quienes la dirigían, entre ellos Margaret Randall, era interesante, porque entendían que, aunque era una revista de poesía, si iba a tener continuidad debía autosustentarse. El impulso [creativo] debía de ser constante y equilibrar fuerzas con la realidad material de la revista y sus colaboradores.

R: ¿Y hoy ves alguna iniciativa que sea similar? Algo que te haga decir: de aquí puede salir algo bacán.

D: Hay un montón de iniciativas. Hay páginas más institucionales, como el Periódico de Poesía de la UNAM, que encuentro que es la raja, porque están sacando cosas todo el tiempo y son de muy buen nivel, llaman a escritoras y escritores muy buenos a escribir. También otras revistas que están circulando ahora: Origami, Oropel, Rapallo, Latitud Leteo, Vallejo & Co. Una que me interesa mucho es la argentina Hablar de poesía que tiene artículos de lujo. Siempre ha habido revistas buenas y me gustan sobre todo las que concentran voces de distintos lados.

R: Súper. Las siguientes preguntas tienen que ver con la relación entre la poesía y lo político, de la cual hablas en varios de los ensayos. Acá quiero concentrarme en dos: el ensayo sobre Enrique Lihn y el ensayo sobre Elvira Hernández. En primer lugar, respecto de Lihn, hablas sobre el compromiso político y sobre la libertad de expresión en la creación literaria, en particular enmarcándolo en tiempos de convulsión social y política, como los que vivió él y como los que vivimos nosotros estos últimos años. De acá la pregunta: ¿cuál crees que es el rol de la poesía en momentos de crisis social y política? 

D: Yo creo que no tiene ninguna función, porque la poesía es un arte que convoca…

R: Pero quizás esa es su función… No digo que deba tenerla, pero sí hace algo…

D: Claro, hace algo, pero ese algo es meramente plantarse ahí mismo y convocar a través de lo que dice. Pero no creo que debiera de tomar un papel, por ejemplo, panfletario. Pienso por ejemplo en poetas que leyeron para la campaña de Boric: fueron a leer sus poemas que podían ser más cercanos a la crisis política o a lo que ha ocurrido últimamente, pero no creo que nadie le haya escrito un poema directamente a él [Boric] .

La poesía lo que finalmente hace, o lo que yo creo que hace, es hacer decir al lenguaje cosas que el lenguaje no conoce. Lo lleva a un determinado lugar que el lenguaje, por ahí, no ha explorado, uno en el que no se ha sentido cómodo o no reconoce. Entonces cuando la poeta o el poeta crean una manera de hablar, dirigen la palabra hacia ese lugar y por ahí piensan y desarrollan el lenguaje del futuro. Como cuando uno va de paseo y siempre hay un amigo que va más adelante caminando: ese amigo podría ser la poesía. Pienso, por ejemplo, en Whitman. Whitman hacía unos poemas que él consideraba políticos y que iban a generar una nueva forma de comunicar para una nueva nación. Y quizás en ese momento no se le observó así, pero hoy lo miramos a distancia y, claro, generó una voz de América, una forma de entender el territorio. Con Gabriela Mistral sucede lo mismo. Tiene que pasar una cantidad de tiempo, o sea, la poesía es un arte para el futuro. Como decía Eduardo Anguita, «la nariz es el futuro», la poesía es el futuro.

R: Bacán. Estoy muy de acuerdo con lo que dices. Siguiendo en lo político, en el ensayo sobre Elvira Hernández escribiste sobre la bandera de Chile como analogía de la mujer chilena, la mujer latinoamericana, y me pareció fascinante. Cito: «A pesar de su situación, la bandera sostiene su nobleza, enjuta contra los avatares de la economía, es una mujer cualquiera de latinoamerica impedida de comunicarse, de tener un papel a mano para decir estoy aquí y significo algo completamente distinto a lo que dicen de mí, tengo una vida cívica, vivo en un silencio que es resistencia: “la bandera de Chile es extranjera en su propio país”. Metáfora de la mujer, de la poeta, símbolo archirreconocible, pero jamás conocido en su integridad, no es menor que este poema que apunta a los emblemas de la dictadura no pierda la vigencia ni la vibración de su energía primera.» Al leerte, percibo que tú planteas la escritura de mujeres y hombres a la par, algo que no siempre es fácil de encontrar. No sé si esto es una pregunta o no, pero, además de entrar en esta cita, quería hablar de las mujeres en la poesía.

D: La labor de las mujeres en la poesía es tan fundamental como la labor de todes en la poesía. Mis maestras son, efectivamente, maestras. Por ejemplo, Cecilia Casanova: su poesía era la de una mujer de hoy. Ella escribió una poesía en los años sesenta de una mujer que no existía en los sesenta, que era libre, que podía juzgar a los hombres, que podía reírse de las situaciones, que ironizaba lo que fuera…

R: Claro. También quería profundizar un poco en esto que dices de «estoy aquí y significo algo completamente distinto a lo que dicen de mí», que ocurre mucho acá, se intenta definir mucho a las mujeres en general o a ciertas mujeres en particular versus lo que ellas mismas son o expresan en su labor. A la misma Elvira Hernández, por ejemplo. Es como si hubiera un problema de identidad, un conflicto entre lo que se es y lo que se dice que soy.

D: Creo que eso tiene más que ver con el modo en que funciona el libre mercado y la sociedad neoliberal, es decir, encasillando por etiquetas a los productos. De ahí que todos los fenómenos culturales terminen, también, siendo etiquetados. Entonces, claro, Elvira Hernández podría ser para muchos una poeta que no entra en el discurso feminista, porque incluso pone ese punto en cuestión. Pero si uno se pone a leer seriamente La Bandera de Chile se va a encontrar con que la bandera es la bandera, es femenina, y hay muy pocas lecturas de eso, que es algo que a mí me llamó mucho la atención. Aquí no solo se está criticando el ícono, el símbolo del Estado de Chile, o incluso de lo Latinoamericano, sino también la situación de la mujer en un momento de crisis, en donde no puede hablar: esa situación de sometimiento es la que la mujer ha vivido siempre, pero se exacerba aún más en un momento político dictatorial.

Hoy me parece muy sano que muchas escritoras estén tomando la relevancia que siempre debieron haber tenido, en parte por el trabajo previo de otras muchas. Pero el sistema poético chileno, o cómo funciona la tradición chilena, es machista, y quizás no va a dejar de serlo por un buen tiempo.

R: Sí. Me encantó esta lectura que hiciste de La Bandera de Chile, me parece muy valiosa. Quiero continuar con una cita del capítulo en que hablas de Cecilia Casanova: «Pero la poesía es poesía en cualquier parte y ahí no hay géneros ni clasificaciones, cuando una escritura se encumbra logra decirnos la realidad de una manera en que no la habíamos presentido.» Algo así como que todo puede ser poesía. Pero esto no quita que en distintas epocas se desarrollen distintos estilos o distintas formas de hacerla. En el ensayo sobre Parra citas un poema de él sobre Huidobro en que dice: «¿Qué sería de Chile sin Huidobro? todos estaríamos escribiendo sonetos / Odas elementales / gemidos» En base a eso quería preguntarte hacia dónde crees que va la poesía chilena hoy.

D: Yo creo que como la realidad se ha vuelto más incierta, las y los lectores, o la realidad misma, están más cerca de la poesía, porque la poesía funciona con la incertidumbre. Cuando fue el estallido social, uno veía en la calle poemas de Elvira Hernández o de Pablo de Rokha, esténciles con la cara de Nicanor Parra, esa frase «Uribe tenía la razón». También chicos reunidos recitando a Gonzalo Millán o a Cecilia Vicuña. Creo que, de determinada manera, la poesía vino a interpelar la situación, y no solamente a nivel generacional: todo fue puesto en crisis. ¿Y cuál es la única manera de hablar en un momento así? Bueno, a través del arte. Y una de las manifestaciones artísticas que estuvo presente fue la poesía. 

No sé si sé para dónde va la poesía, pero creo que si la poesía no cuestiona estas instancias de crisis, de desaparición, es muy difícil que pueda llegar a sobrevivir, porque, como hablábamos antes, la poesía justamente trabaja con el futuro. Y hoy nuestro presente es bastante delicado, no solo en lo político, también en lo ambiental, en las manifestaciones de violencia. Si la poesía no logra fusionar distintos discursos, no va a poder comunicarse, no va a poder llevar el lenguaje a otro lado, y eso puede resultar en un “acomodo”, que es lo que a mí me da miedo de los grandes fenómenos editoriales: hacer una poesía liviana y que se pueda vender como autoayuda o cajas de aspirina. Por un lado, está bien que aliviane y no haya siempre pesadumbre, pero cuando la poesía deja de ser crítica, deja de interpelar, siento que hay algo que está dejando de cumplir y ahí entramos en una situación digna de observar.

R: La última pregunta tiene que ver con un tema que tocas a lo largo de todo el libro, que es la geografía versus la identidad. En la introducción dices: «La poesía chilena poco tenía que ver con lo chileno, sino que más bien tiene que ver con una escritura realizada por gente nacida en un territorio, que lo piensa, lo sufre, lo recorre, pero que funciona con códigos universales.» En el ensayo final, mi favorito, hablas un poco sobre lo chileno, lo argentino, los puentes que se tienden entre ambos países y también con lo latinoamericano. Quería hablar un poco sobre esto y también preguntarte, porque aquí solo se reúnen ensayos sobre poetas chilenos, qué poetas latinoamericanos te habría gustado incluir.

D: ¡Un montón! Tengo un montón de ensayos y reseñas que he escrito, pero cuando Rolo Martínez, el editor de Aparte, me dijo que hiciéramos el libro, era una ensalada de textos. Entonces decidimos limitarnos al territorio chileno y Gaspar Peñaloza fue fundamental en esa revisión. [De los poetas latinoamericano] me gustaría escribir más sobre Marosa Di Giorgo, que la encuentro fenomenal, es una de mis poetas favoritas, por su sensibilidad de la materia, de las plantas, cómo se mueven. Otro sería Arnaldo Calveyra, que es un poeta argentino que me encanta también, que es de la pasividad, del campo, pero también muy mental. Me encantaría escribir de Antonio Cisneros, o de Rafa Espinosa, de quien ya he escrito algunas cosas, de Amanda Berenguer, poeta uruguaya, de Rafael Cadenas, poeta venezolano, de los nadaístas colombianos, o de la poesía venezolana actual… Hay mucho y eso es lo entretenido. Y hay un mundo que no ha sido muy explorado acá que es la poesía brasileña. Quizás un desafío para más adelante sería un libro sobre lo latinoamericano para atraer esa experiencia, para no sentirnos tan lejos.

Vuelvo a una frase a la que siempre vuelvo, que es de un pintor, Fernando de Szyszlo, que decía que en América Latina, la cultura y el arte siempre han estado un paso más adelante que la política. Y que son lo único que finalmente nos une. Creo que, si empezamos a tender esos puentes, quizás algún día eso podría resonar en una unión social o política o en algún tipo de integración. Quizás la poesía está llamada a tirar esa red al futuro, pero sin esperar nada, porque la poesía nunca espera nada. Y justamente, hay mucha gente haciendo trabajos voluntarios en torno a eso, acá en Chile, en este momento.

Ficha técnica:

Trabajos voluntarios de Diego Alfaro Palma

Editado por Aparte (2021)

ISBN: 9789566054306

PVP: 10.000

226 pp.

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