Afectos del futuro: Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio, de Andrea Chapela

Rocío Abarzúa

Esta es una obra de ficción. Aún así, dado el infinito número de mundos posibles, debe ser real en uno de ellos. Y si una historia que ocurre en un infinito número de mundos posibles es real en uno de ellos, entonces debe ser real en todos ellos. Así que quizás no es tan ficcional como pensamos
Neil Gaiman

Estoy viendo una serie coreana que se trata de una app que te avisa con una alarma si alguien en un radio de diez metros a tu alrededor está enamorado de ti. La comencé a ver por el actor principal y no por el argumento, y sin embargo es esto último, la forma en que toca la intersección entre tecnología y relaciones humanas, lo que ha llamado mi atención y que también me recordó Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio (Almadía, 2020), de Andrea Chapela, libro del cual hace tiempo quería escribir, pero no sabía muy bien cómo.

No he leído mucha ciencia ficción y tal vez eso hace que mi marco de referencia sea pobre. No es que no me guste, al contrario; sencillamente la he ido aplazando. Aún así, si lo que busca la ciencia ficción, así como toda literatura, a mi juicio, es hacer una lectura crítica del aquí y el ahora, Chapela me puso en ese lugar. 

Al leer Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio, como al ver la serie coreana y como un tiempo atrás me ocurrió al ver Black Mirror, lo que me sorprendió fue observar cómo un posible futuro podría parecerse tanto al presente siendo en otros aspectos tan distinto. Los aspectos distintos, claro, son los técnicos: la tecnología y su rol mediador de las relaciones humanas. Aún con eso, con su potencial transformador, revolucionario, utópico o destructivo, aquello que media, pese a dar la ilusión de ser más flexible, se muestra un poco más rígido: en mundos en que la vida es infinita, en que no envejecemos, en que podemos vivir vía realidad virtual, viajar en el espacio, predecir situaciones, convivir con hologramas, o poner filtros a nuestra realidad, aún allí persisten nuestra ansia de compañía, nuestras desilusiones amorosas, nuestro miedo a la muerte, nuestra infinita esperanza, nuestra inseguridad, nuestra posesividad, nuestros celos, nuestra ternura, nuestro cariño, nuestra nostalgia.

Los cuentos que abren y cierran el libro son cuentos de amor. En el primero, “90% Real”, una desilusión amorosa en una Ciudad de México oculta tras un lente que la hace lucir más hermosa, sin grafitis, sin vagabundos, sin basura. Pero este lente puede tener fallas o glitchs y en ese porcentaje de error pueden aparecer recuerdos o fantasías en la realidad percibida. Gatos verdes, sí, pero también el auto de tu ex estacionado afuera de tu casa, o él mismo sentado en una banca que solían compartir. En el último, “En proceso”, una transferencia de conciencia que realiza otra Andrea Chapela, protagonista y no autora, una que vivió dos veces y va por la tercera sin saber si lo logra y ¿por qué? Para reencontrarse con el amor que no pudo disfrutar en ninguna de las dos vidas anteriores. «¿Algo tan cargado, con tantos recuerdos puede solo retomarse? ¿Es retomar o es recomenzar? Cuando una interacción está tan cargada, tan usada, tan pasada por el tiempo, ¿puede usarse de base para reconstruir?». El romance vive en el futuro de Andrea Chapela, la escritora.

El romance vive y no solo en la forma en que lo conocemos mejor, que es a través de las relaciones monógamas. Lo que me llevó, a fin de cuentas, a abrir este libro, fue el haber leído “Anillos de borromeo”, el cuento de Chapela por el cual fue seleccionada como una de las autoras prometedoras de su generación en nuestra lengua por la revista GRANTA, en el cual somos testigos de la relación de tres amigos que se gustan, en un Madrid en que las olas de calor obligan a los ciudadanos a encerrarse en sótanos por días para protegerse del sol y de las altas temperaturas. 

No estoy queriendo decir que el amor romántico y sus representaciones sean lo más importante del mundo, pero quizás sí lo son las de los afectos y sus configuraciones. O lo son para mí. Esa fue mi puerta de entrada a la escritura de Chapela, pero al llegar al segundo cuento de la colección me removió otra cosa: comencé a percibir una postura política que se asomaba entre las oraciones, entre las palabras, entre las letras, en los silencios. Una postura que se va afianzando a medida que avanzas en la lectura de los demás relatos. Feminismo, sí, justicia social, también, incluso justicia ambiental. Y dignidad. ¿Cómo, la dignidad no era una obsesión de la joven izquierda chilena? 

En “Ahora lo sientes” seguimos la historia de un niño rico, de padres poderosos, que con dieciocho años decide compartir un video íntimo de su expareja, una compañera de colegio, después de que ella termina la relación. Gabriel. Ella, tras enterarse de que todo el colegio, sus profesores, sus padres y familiares habían visto el video, entra en una crisis que la lleva a sufrir un grave accidente en auto. El papá de Gabriel, un empresario y político importante, llama a una agencia privada que se encarga de arreglar este tipo de asuntos para que la investigación no inculpe al hijo. La agencia envía a una especialista, Rivera, a hacer el trabajo, que consiste en cambiar la intencionalidad del adolescente: recorrer sus recuerdos y modificar su sentir al respecto de ellos, que él mismo termine creyendo que todo el asunto fue un accidente. ¿Por qué la intencionalidad? Porque eso es lo que en ese futuro se juzga: ahí meter las cosas debajo de la alfombra cobra un significado nuevo, aumentado, en donde la alfombra es la propia memoria.

«De nuevo el momento cuando Gabriel le muestra el video. Y otro tirón. Gabriel quiere que el Rana lo descargue porque sabe que lo compartirá. Quiere herirla. Se lo merece –¡No!– Rebobina. Niño tonto, ¿ella no le importa? Tira de los recuerdos, tómalos con fuerza, redirígelos. El Rana comienza a descargar el video, Gabriel reacciona muy lento, la queja se queda estancada en su garganta, no sale. Es un accidente. No está pensando y cualquiera que mire estos recuerdos sabrá que no quería herirla, ni humillarla. ¿Dónde está la culpa? De nuevo, un tirón –No. Tira de la confusión, del dolor, de la traición, entierra toda satisfacción. Él no quería lastimarla, pero le dolía tanto y –Sí, allí, arrepentimiento, un poco, en lo profundo, unas trazas, pero se pueden usar. Agárralas, desenróllalas. Apenas son suficientes para cubrir los siguientes segundos. No importa, si él no lo siente, los sentimientos pueden venir de otro lugar. Zafa la ira, empuja a Gabriel fuera, introduce arrepentimiento. Con eso se pueden sacar otros sentimientos. La echa de menos, ese es el verdadero núcleo. No es enfado cuando se ríe y dice “Ya se arrepentirá de dejarme”, lo dice porque la va a extrañar, porque esas cosas se dicen cuando algo te duele, ¿no? Tantos sentimientos encontrados, es comprensible que haya un momento de confusión. Entonces se comete el error, el accidente. El Rana envía el video a un compañero. Pero eso no importa, Gabriel es quien importa. Siente ¿satisfacción? No, no puede creer lo que acaba de hacer. Trata de detenerlo. Siente pánico, como el que sintió horas más tarde. Preocupación. (Nota: modificar el historial para que parezca que trató de detener el mensaje)».      

En “El último día de mercado” se narra un día de la amistad de dos niñas que viven en el mismo lugar, pero no son hermanas ni parientes: Luisa es hija de los dueños de casa y Tina es hija de la nana. Tina lleva un aro que es un dispositivo de control: si no obedece a los amos, se genera una descarga eléctrica. Su amiga también es su jefa, aunque sea por extensión y no por decisión propia. Van al mercado en busca de unas tortillas, pero en realidad la intención de Tina es encontrar un sitio en donde remover ilegalmente el aro chip. Pienso en el relato “Oh, sí” de Tillie Olsen, en que también son condiciones estructurales las que generan un quiebre afectivo entre dos adolescentes. Hay, en Olsen y aquí, también algo que es difícil de articular en cuanto a la complejidad de las relaciones amistosas entre mujeres, especialmente en la adolescencia, una cierta oscuridad que acompaña al cariño, una intensidad que es una moneda que gira y no sabemos de qué lado va a caer. En este relato Chapela nos habla de la opresión de manera delicada y brutal, y también muy llanamente.

En “La persona que busca no está disponible” somos testigos de la muerte de una madre en un mundo en que la gente ya no se muere. Los avances médicos son tales que todo se puede prevenir, todo se puede sanar. ¿Cómo pensar en la muerte cuando la muerte ya no existe? La madre se hace la loca con los controles médicos porque quiere morir con dignidad. La hija llega a verla a tiempo de hacer algo, pero respeta, aún sin entenderla, la decisión de su madre. 

Andrea Chapela da un paso más allá en la exploración de los afectos y los posiciona, mediante la ciencia ficción, en unas condiciones estructurales que dan a entender una postura política. Con una imaginación increíble es capaz de inventar mundos posibles, de hacer palabras nuevas, de mostrarnos que las preguntas humanas siguen siendo las mismas de siempre, que el amor y la muerte nos constituyen irremediablemente, aún cuando el amor y la muerte ya no existan, o al menos no como los conocemos hoy. Estos relatos no narran un panorama general, sino que se valen de la experiencia particular de personajes tan diversos como complejos para darnos indicios de un mundo. La lectura se abre y sale del libro: para mí fue imposible no seguir dándole vueltas después de cerrarlo. Los relatos son inquietantes, movilizan.

En la serie coreana, que ya avancé bastante, la gente ya no se dice te amo porque la alarma de la app es la nueva forma de hacerlo, hay grupos organizados que se oponen a su uso y protestan, la empresa desarrolladora es un poco mafiosa e increíblemente poderosa, hay quienes se suicidan porque la alarma nunca les suena. Como en este libro de relatos, se abre el abanico de consecuencias de cosas que en un principio pueden parecer poco relevantes, como una aplicación de celular. Es como en El efecto mariposa

El mundo ya cambió, todo el tiempo está cambiando: somos nosotros quienes vamos un poco tarde. Leer a Andrea Chapela es acordarse de esto y dar unos brincos o trotar un ratito antes de seguir caminando; es salir del modo avión en el que tan frecuentemente nos sumergimos por pura inercia. 

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