Soy su nube, su perdición:
Precoz, de Ariana Harwicz

Diego Leiva Quilabrán

Hablar de la prosa de Ariana Harwicz es hablar de una violencia, de un desborde dispuesto a carcomer cualquier lectura sustentada en la moralina. Es hablar también de cómo esa violencia, presente en el contenido de sus obras, se traslapa en una construcción del lenguaje que se desgarra de igual forma. Las oraciones o las ideas a medias se quiebran a ratos y exhiben las heridas de una voz que es interrumpida, que salta y que superpone momentos e interlocutores en un apasionado torrente. En las primeras páginas de Precoz, novela de esta autora argentina con la que Editorial Cuneta cerró su 2021, puede leerse, por ejemplo:

Una tarde también en convoy a la feria de la aldea, a apostar en las máquinas de monedas de hierro de los gitanos, a volver a apostar tirando los tarros enteros por la llanura hasta que la máquina empuja en efecto cascada los premios y saltamos entre sus caravanas. Elegimos un rayo láser de la vitrina con precios vistosos. Y después haciendo dibujos sobre el río, el láser de la entrepierna escribimos nuestros nombres en mayúscula y los rodeamos con un corazón, igual al corazón que él dibuja con esperma en mi cara. […] Un día iremos al mar, dice y me alcanza, un día al mar. El beso imposible. Recuperar la edad mental donde todo era alturas abiertas y rocosas. Edad mental de preguntas. Por qué los Alpes dan ganas de morir. Por qué el corazón se mueve y el cerebro no es liso. Edad menta del amor malsano.

En este algo extenso fragmento podemos encontrar rasgos que nos van a acompañar a través del relato que compone Harwicz, en voz de una mujer triangulada con su pareja, de quien se sugiere es amante, y su hijo, diluido entre situaciones que remiten a la infancia y experiencias que lo presentan como un adolescente casi adulto, en palabras de su madre. Ambas figuras que se acercan y superponen peligrosamente en su relato descarnado. Las frases y los párrafos se suceden con vértigo. A ratos por la falta de verbos conjugados, a ratos por una secuencia de imágenes como detonaciones sucesivas, a ratos por esas ideas no terminadas o escenas que se recortan y se montan como una experiencia craquelada de una subjetividad que se apasiona en oleadas, que se revuelve como la marea, explota y se contiene, grita y se interroga.

Sigo a mi hijo como una borracha. Un pasito adelante y un pasito atrás, se me patina alguna que otra palabrita pero el chico me entiende, me entendés no, le digo, sí, sí, entiendo todo. Le doy órdenes, vamos lávate bien los dientes, diez veces con los de abajo, diez veces con los de arriba más un cepillado a las encías así no tenés que usar aparatos, andá a ordenar los dinosaurios de tu pieza y me mira con una pena. Sigo sus pasos por toda la casa, adelante y atrás. Subo las escaleras dejando mis huellas en las suyas, y las bajo detrás de él, me cierra la puerta cuando va al baño, lo espero y lo sigo cuando va a buscar maderas y a la cocina cuando se hierve unas pastas. Soy su nube, su perdición. Me veo delante de las enredaderas bien agarradas a las rasillas de las casas ya demolidas.

La idea de ser una nube es lo suficientemente potente para introducir desde allí a esta narradora. Su relato salta de un punto a otro, se quede adherida a su hijo y luego se mire a sí misma, y quizá por eso nos quedamos con su presencia permanente, pero a la vez incompleta. Está en todas partes, siempre allí, siempre ella, siempre testigo, quedándose a medias y sin alcanzar a cerrar ni redondear un punto en el tiempo para sí, frustrada en su rol de cuidadora. Siempre en el presente verbal de su narración accidentada. Siempre buscando comprender y dominar sus dos objetos y nunca consiguiéndolo, limitándose a la entrega a la pulsión, al quiebre, a la herida, al delirio, a la fiebre, al desespero, al incesto. Hundiéndose, atrayéndolos o siendo atraída poco a poco, chocando y rodeándolos como una nube desaforada y temible.

Precoz explora lo ominoso del tiempo, el tiempo como motor de la ruina –de la casa, en el ámbito privado, pero también el avance depredador de los campos con pesticidas–, de la vejez, y también de una madurez con tintes fatales. La mujer que mutó en madre se encuentra con una pulsión que excede esa relación; el hijo que de una inadaptada manera madura, es expulsado del colegio y busca algo así como su propio camino. Señala en un momento la narradora que «cuánto mejor es tener a alguien del otro sexo, producir un hombre, alguien que será algún día más fuerte, que tendrá más habilidades, que podrá llevarte en alzas por los caminos montañosos»; «yo te voy a sacar de esto, dice con voz inofensiva [el hijo], no hablemos ahora de mi futuro, pensemos en el tuyo». Qué terrible es envejecer para la madre, qué insoportablemente seductor se vuelve su fruto maduro, qué parecidos son esos dos hombres con los que tiene contacto, qué similar la lascivia invocada por ellos y qué similar el desapego de ambos como desgarro. En Precoz, en definitiva, encontramos motivos recurrentes en la narrativa de Harwicz: la violencia, el amor malsano, las relaciones familiares, los mundos ruinosos, las existencias por fuera, la presencia de amantes y las personalidades obsesivas, en el contenido; la profunda carga poética de las imágenes, la sintaxis accidentada y el montaje como técnica estructuradora, en el plano formal. Todo resuelto en una trama que agrega paisajes institucionales, como el hospital y la escuela, con curiosas faltas de sociabilidad o con relaciones tensas –con migrantes, por ejemplo, nombrados en la medida que parecen colapsar los paisajes suburbanos, pluralizarse en otros y otros más y otros más con los que el contacto no s–. Lugares que están para resolver, que deberían apostar por la formación de sujetos, pero que no logran abordar por completo a este par de personajes –madre e hijo– que se abren y cierran el uno frente al otro, que conflictúan sus posiciones relativas de parentesco con su biología –mujer y varón– y su deseo –que liberado y afirmado los conduce al incesto–.

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