El pedrusco (Parte II)

James Baldwin
Trad. Franco Urra Cabezas

Señor, ten piedad murmuró Elizabeth unos centímetros más y hubiese sido su ojo. Y miró el reloj con temor.

Es la verdad dijo la hermana McCandless, ocupada con los vendajes y el yodo.

¿En qué momento bajó? preguntó finalmente su madre.

La hermana McCandless ahora estaba sentada en el sillón, abanicándose al borde del sofá donde Roy yacía tendido, vendado y en silencio. Dio una pausa momentánea para mirar fijamente a John que estaba cerca de la ventana, agarrando el anuncio del periódico y el dibujo que había hecho.

Estábamos sentados en la escalera de incendio dijo. Unos niños que lo conocían lo llamaron.


—¿Cuándo?

—Dijo que volvería en cinco minutos.

—¿Por qué no me dijiste que estaba abajo?

Miró sus manos, que sujetaban su cuaderno, y no respondió.

—Niño— dijo la hermana McCandless, —¿no oíste que te habló tu madre?


Miró a su madre. Volvió a repetir.

—Dijo que volvería en cinco minutos.

—Dijo que volvería en cinco minutos— dijo la hermana McCandless con desdén. —No me mires como si no supieras la respuesta correcta. Tú eres el hombre de la casa, se supone que tú tienes que cuidar a tus hermanos pequeños y a tu hermana. Se supone que no deberías dejar que se escapen y que casi los maten. Pero espero— añadió, levantándose de la silla y dejando caer el abanico de cartón— que tu papá te haga decir la verdad. Tu mamá es demasiado suave contigo.

John no la miró a ella, sino al abanico que yacía en el asiento rojo y hundido donde ella se había sentado. El abanico que promocionaba una pomada para el pelo, mostraba a una mujer morena y a su bebé, ambos con el pelo reluciente, sonriendo con felicidad. 

—Cariño— dijo la hermana McCandless —ya debo ir partiendo. Quizás pase por aquí durante la noche. ¿Supongo que no vas a ir al Oficio de Tarry hoy?

El Oficio de Tarry era el grupo de oración que se hacía en la iglesia cada sábado en la noche, para reforzar a los creyentes y preparar a la iglesia para el advenimiento del Espíritu Santo el domingo.

—No lo creo— dijo Elizabeth. Se paró. Ella y la hermana McCandless se dieron un beso en la mejilla. —Pero asegúrate de recordarme en tus oraciones.

—Lo haré, sin duda alguna—. Hizo una pausa, con su mano en el pomo de la puerta, miró a Roy y se rio. —Pobre hombrecito— dijo. —De seguro va a estar feliz de sentarse en la escalera de incendio ahora.

Elizabeth se rio con ella.

Seguramente le servirá de lección. ¿No crees —preguntó nerviosamente, sonriendo aún— que vaya a conservar esa cicatriz, o sí?

Señor, no dijo la hermana McCandlessno es nada más que un rasguño. Yo creo, hermana Grimes, que usted es peor que una niña. Un par de semanas más y no verá ninguna cicatriz. No, siga con las labores de la casa, querida, y agradézcale al Señor que no fue nada peor. Abrió la puerta; oyeron el ruido de pasos en las escaleras. Supongo que ese será el reverendo dijo la hermana McCandless, plácidamente. Apuesto a que se va a armar la grande.

—Quizás sea Florence— dijo Elizabeth. —A veces llega por aquí como a esta hora—. Se pararon en la entrada, mirando, mientras que los pasos se acercaban al rellano allá abajo y comenzaban de nuevo a subir hacia su piso. —No— dijo entonces Elizabeth —esos no son sus pasos. Es Gabriel. 

—Bueno, me iré marchando— dijo la hermana McCandless —y prepararé su mente un poco—. Apretó la mano de Elizabeth mientras hablaba, y se dirigió al vestíbulo, dejando tras de ella la puerta un tanto entreabierta. Elizabeth se devolvió lentamente a la habitación. Roy no se movía ni abría sus ojos, pero ella sabía que no estaba durmiendo, quería atrasar hasta el último momento posible cualquier intercambio con su padre. John dejó su periódico y su cuaderno en la mesa, se paró y se apoyó en ella mirando a Elizabeth.

— No fue mi culpa— dijo —no pude evitar que bajara.

—No— dijo ella —no tienes nada de qué preocuparte. Solo dile la verdad a tu padre.

La observó detenidamente, y ella se giró hacia la ventana, mirando a la calle. ¿Qué estaba diciendo la hermana McCandless? Entonces, desde su habitación, oyó el débil gemido de Delilah y, frunciendo el ceño, se giró a mirar la habitación y la puerta, aún abierta. Sabía que John la estaba mirando. Delilah siguió gimiendo. Con rabia, Elizabeth pensó, “esa niña ya está muy grande para eso”, pero temía que Delilah pudiera despertar a Paul, y se apresuró hacia la habitación. Intentó hacer dormir a Delilah nuevamente. En ese momento, oyó que la puerta de enfrente se abría y se cerraba demasiado fuerte. Delilah alzó su voz y con un suspiro exasperado Elizabeth levantó a la niña. Su niña y la de Gabriel, sus niños y los de Gabriel: Roy, Delilah, Paul. Solo John no llevaba su apellido, un extraño, el testimonio viviente e inalterable de los días pecaminosos de su madre.

—¿Qué pasó?— exigió Gabriel. Se erguía, enorme, en el centro del salón, con su lonchera negra colgándole de la mano, mirando hacia el sofá donde yacía Roy. John se paró delante de él. A Elizabeth le pareció que estaba justo abajo de Gabriel, bajo su puño, bajo su pesado zapato. El niño miraba al hombre con fascinación y temor cuando era niña había visto a los conejos quedarse igual de paralizados ante el perro que ladraba. Pasó por delante de Gabriel y se apresuró hacia el sofá, sintiendo en sus brazos el peso de Delilah como si fuera el peso de un escudo, y se paró delante de Roy, diciendo:

—No hay por qué enojarse, Gabriel. Este niño se escabulló hacia la calle mientras yo estaba de espaldas y terminó un poco lastimado. Ahora está bien.

Roy, como confirmando, abrió sus ojos y miró a su padre con seriedad. Gabriel dejó caer su lonchera con un estrépito y se arrodilló junto al sofá.


—¿Cómo te sientes, hijo? Cuéntale a tu papá, ¿qué pasó?

Roy abrió su boca para hablar, y entonces, volviendo a entrar en pánico, comenzó a llorar. Su padre lo sujetó del hombro.

—No quieres llorar. Eres el hombrecito de papá. Dime qué fue lo que pasó. 

—Salió a la calle— dijo Elizabeth —donde no tenía nada que hacer, y se metió en una pelea con esos niños malos en el pedrusco. Eso fue lo que pasó. Es un milagro que no haya sido peor.

Gabriel la miró.

—¿No puedes dejar que el niño responda por su cuenta?

Ignorándolo, prosiguió, con mayor cuidado.

—Se hizo un corte en la frente, pero no es para preocuparse.

—¿Llamaste a un doctor? ¿Cómo sabes que no es para preocuparse?

—¿Acaso tienes dinero para andar botándolo en doctores? No, no llamé a ningún doctor. No hay nada malo con mis ojos como para que no pueda distinguir si es algo grave o no. Fue un susto más que nada, y deberías pedirle a Dios que el chico haya aprendido la lección.

—Tienes harto que decir ahora— dijo Gabriel —pero yo voy a decir algunas cosas en un minuto más. Voy a querer saber, cuando ocurrió todo esto, qué estabas haciendo con tus ojos—. Se giró hacia Roy, que se había tumbado sollozando en voz baja, con sus ojos muy abiertos, el cuerpo rígido, y que ahora, al sentir el tacto de su padre, recordó la altura, la piedra afilada y resbalosa bajo sus pies, el sol, la explosión del sol, su caída hacia la oscuridad y su sangre salada. Gritando, dio un salto hacia atrás mientras su padre le tocaba la frente. —Quieto, quieto— canturreaba su padre, temblando —quieto. No llores. Papá no te va a lastimar, sólo quiere ver esta venda, ver qué le hicieron a su hombrecito—. Pero Roy seguía gritando y no se quedaba quieto, y Gabriel no se atrevía a sacarle la venda por miedo a lastimarlo. Enfurecido, miró a Elizabeth.

—¿Puedes dejar a esa chica en el piso y ayudarme con este niño? John, toma a tu hermana pequeña. No me miren como si ninguno de ustedes estuviera en su sano juicio.

John tomó a Delilah y se sentó con ella en el sillón. Su madre se inclinó sobre Roy y lo abrazó, mientras que su padre, con calmamientras Roy seguía gritando levantó la venda y miró la herida. Los sollozos de Roy comenzaron a amainar. Gabriel volvió a ponerle la venda. 

—Ahora ves— dijo Elizabeth —que no está ni cerca de estar muerto.

—Seguramente no se debe a ti que no esté muerto—. Él y Elizabeth se miraron por un momento en silencio. —Por poco pierde un ojo. Claro, su ojo no es tan grande como el tuyo, así que supongo que no te importa mucho—. La cara de Elizabeth se endureció; él sonrió. —Señor, ten piedad— dijo —¿crees que algún día aprenderás a hacer lo correcto? ¿Dónde estabas cuando pasó todo esto? ¿Quién le dio permiso para bajar?.

—Nadie le dio permiso para bajar, simplemente bajó. Tiene una cabeza igual a la de su padre, prefiere romperse antes que doblegarse. Yo estaba en la cocina.

—¿Dónde estaba Johnnie?

—Estaba aquí.

—¿Dónde?

—Estaba en la escalera de incendio.

—¿No sabía que Roy había bajado?


—Supongo.

—¿Qué quieres decir, “supongo”? No tiene tus ojos grandes por nada, ¿verdad?— Miró a John. —Niño, ¿viste bajar a tu hermano?

—Gabriel, no tiene sentido culpar a Johnnie. Sabes muy bien que si tú ya tienes problemas haciendo que Roy se comporte, no va a escuchar a su hermano. Con suerte me escucha a mí.

—¿Cómo es que no le dijiste a tu mamá que Roy estaba abajo?

John no decía nada, mirando la frazada que cubría a Delilah.

—Niño, ¿me escuchas? ¿Quieres que te pegue con el cinturón?

—No vas a hacer eso— dijo Elizabeth. —No vas a pegarle con el cinturón a este niño, hoy no. Tú eres el único culpable de que Roy esté echado en el sillón. Tú, porque lo has malcriado haciéndole creer que puede hacer lo que quiera y salirse con la suya. Yo estoy aquí para decirte que esa no es forma de criar a un niño. No le rezas al Señor para que te ayude a ser mejor de lo que has sido hasta ahora. Vas a derramar lágrimas amargas pensando en porqué el Señor no se llevó su alma hoy. 

Estaba temblando. Sin ser vista, se dirigió hacia John y tomó a Delilah de sus brazos. Miró de nuevo a Gabriel, que se había parado cerca del sofá, observándola. Y vio en su cara no sólo furia, sino que también un odio profundo, insoportable en su falta de personalidad. Los ojos de Gabriel se avivaron, inmóviles, ciegos de maldad Elizabeth sintió, al igual que el tirón bajo sus pies, el deseo de Gabriel de ser testigo de su perdición. Nuevamente, como si fuera una conciliación, movió a la niña en sus brazos. Con esto los ojos de él cambiaron, miró a Elizabeth, la madre de sus hijos, la ayudante que le dio el Señor. Entonces, los ojos de ella se nublaron, se movió para salir de la habitación, su pie dio una patada a la lonchera que yacía en el suelo.

—John— dijo —sé un buen muchacho y recoge la lonchera de tu padre.

Detrás de ella, escuchó el movimiento repentino de John al pararse del sofá, el rasguño y el tintineo de la lonchera al recogerla, inclinando su cabeza negra cerca del dedo pulgar del pesado zapato de su padre.

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