El pedrusco (Parte I)

James Baldwin
Trad. Franco Urra Cabezas

Al otro lado de su calle, en un terreno vacío entre dos casas, se erigía el pedrusco. Era un lugar extraño para encontrar una masa natural de rocas sobresaliendo desde el suelo, y alguien, probablemente tía Florence, les había contado alguna vez que la pila estaba ahí y que no era posible quitarla porque, sin ella, los vagones del tren subterráneo saldrían volando, matando a toda la gente. Esta explicación, aludiendo a un misterio natural relacionado con la superficie y el centro de la tierra, era demasiado interesante como para cuestionarla, y además, investía al pedrusco de una importancia tan misteriosa, que Roy sentía que era su derecho, por no decir su deber, jugar allí. 

A otros niños se les veía ahí cada tarde después del colegio, al igual que durante todo el sábado y el domingo. Peleaban en el pedrusco. De paso firme, peligrosos y temerarios, se precipitaban los unos a los otros y forcejeaban en las alturas, a veces desapareciendo por el otro lado en una confusión de polvo y gritos y pies ondeando verticalmente. 

Es un milagro que no se maten decía su madre, mirando a veces desde la escalera de incendio. Ustedes, chicos, aléjense de ahí, ¿me oyeron? Aunque dijera “chicos”, miraba a Roy, en el lugar que ocupaba junto a John en la escalera de incendio. —El buen Señor sabe— continuaba —que no quiero que lleguen a la casa sangrando como cerdos cada día que Él nos manda—. Roy se movía impacientemente y seguía mirando hacia la calle, como si en esta contemplación de alguna manera le fueran a salir alas. John no decía nada. En realidad a él no le habían hablado: tenía miedo del pedrusco y de los chicos que jugaban allí.

Cada sábado por la mañana, Roy y John se sentaban en la escalera de incendio y miraban hacia la calle prohibida ahí abajo. A veces su madre se sentaba en la habitación detrás de ellos, cosiendo, o vistiendo a su hermana menor, o amamantando al bebé, Paul. El sol caía frente a ellos y a la escalera de incendio con una gran e indiferente benevolencia; abajo, hombres y mujeres, niños y niñas, pecadores todos, deambulaban; a veces uno de los miembros de la iglesia pasaba, los veía y saludaba. Entonces, por el instante en que saludaban de vuelta decorosamente, se sentían intimidados. Veían al santo, hombre o mujer, hasta que él o ella desapareciera de vista. El andar de uno de los redimidos les hizo considerar, sin importar cuán perdida su mirada, la maldad de la calle, su propia maldad latente por estar sentados donde estaban; los hizo pensar en su padre, que llegaba temprano los sábados, y que pronto estaría doblando por esta esquina y entrando por el vestíbulo oscuro debajo de ellos. 

Pero hasta que él no llegara para terminar con su libertad, permanecían sentados, mirando hacia afuera con anhelo.  Al final de la calle más cercana a su casa se hallaba el puente que cruzaba el río Harlem y que llevaba a la ciudad llamada el Bronx, que era donde vivía la tía Florence. Sin embargo, cuando la veían venir, no era desde el puente sino que desde el lado contrario a la calle. Esto ella lo explicaba (según ellos, de manera poco convincente) diciendo que había tomado el metro, sin deseos de caminar, y que, además, no vivía en esa parte del Bronx. Sabiendo que el Bronx estaba al otro lado del río, nunca creían en su historia, pero, adoptando hacia ella la actitud de su padre, suponían que acababa de marcharse de un lugar pecaminoso que no se atrevía a mencionar, como por ejemplo, un cine. 

Durante el verano los niños nadaban en el río, zambulléndose desde el muelle de madera, o vadeando desde la orilla repleta de basura. Una vez, un chico llamado Richard se ahogó. Su madre no sabía dónde estaba; había incluso ido a visitar la casa de Roy y John para preguntar si es que se encontraba ahí. Luego, en la tarde, a las seis en punto, escucharon a una mujer gritar y llorar, y corrieron hacia la ventana a mirar. Por la calle venía la mujer, la madre de Richard, gritando, su cara alzada hacia el cielo y lágrimas corriendo por sus mejillas. Otra mujer caminaba a su lado, intentando calmarla y tratando de hacerla callar. Junto a ellas caminaba un hombre, el padre de Richard, con su cuerpo en brazos. Había dos policías blancos caminando por la canaleta, dando la impresión de no saber qué hacer. Richard y su padre estaban mojados y el cuerpo de Richard yacía en sus brazos como un bebé de algodón. El grito de la mujer inundaba toda la calle; los autos se detenían y las personas que iban dentro se quedaban mirando; la gente abría sus ventanas y miraban hacia afuera, y, corriendo, atravesaban sus puertas para pararse en la canaleta a observar. Luego, la pequeña procesión desapareció adentro de la casa que se erguía al lado de la roca. Y luego, “¡Señor, Señor, Señor!”, exclamó Elizabeth, y cerró la puerta de un golpe.  

Un sábado, una hora antes de que su padre llegara a casa, Roy tuvo un accidente en el pedrusco y tuvieron que traerlo a la casa, mientras gritaba. Él y John estaban sentados en la escalera de incendio. Su madre había entrado a la cocina para tomar el té con la hermana McCandless. En un rato, Roy se aburrió y se sentó al lado de John en silencio, impaciente, y John empezó a dibujar en su cuaderno un anuncio publicitario que incluía una nueva locomotora eléctrica. Algunos amigos de Roy pasaron debajo de la escalera de emergencia y lo llamaron. Roy comenzó a inquietarse, gritándoles entre los barrotes. Luego se hizo el silencio. John alzó la vista. Roy se quedó mirándolo.

Voy a bajar le dijo.


Más te vale quedarte donde estás, niño. Ya sabes que mamá no quiere que bajes.


Volveré pronto. Ni siquiera va a saber que me fui, a menos que tú vayas y le digas. 


No tengo que decirle. ¿Qué va a evitar que venga y mire por la ventana?


Está conversando dijo Roy. Entró a la casa.


¡Pero papá llegará pronto!


Volveré antes de eso. ¿Por qué tienes que estar asustado todo el tiempo? Ya estaba adentro de la casa, y, apoyado en el alféizar, se volteó para prometer impacientemente: Volveré en cinco minutos.

John lo miró de mala gana mientras, cuidadosamente, abría el cerrojo de la puerta y desaparecía. Un rato después, lo vio en la vereda junto a sus amigos. No se atrevió a ir donde su madre y decirle que Roy había bajado de la escalera de incendio porque prácticamente había prometido no hacerlo. Comenzó a gritar: ¡Recuerda, tienes cinco minutos! Pero uno de los amigos de Roy estaba mirando hacia la escalera de incendio. John bajó la mirada hacia su texto escolar y volvió a concentrarse en el problema de la locomotora.  

Cuando volvió a alzar la mirada, no sabía cuánto tiempo había pasado, pero una pelea entre dos pandillas había comenzado en el pedrusco. Decenas de chicos peleaban bajo un sol hostil. Trepaban por las rocas y luchaban mano a mano. Sus zapatillas rasgadas deslizándose sobre la roca resbaladiza. Y llenaban el aire soleado con maldiciones y gritos de júbilo. También llenaban el aire con armas al voleo: piedras, palos, latas, basura, cualquier cosa que pudiera recogerse del suelo y lanzarse. John miraba en una especie de asombro ausente hasta que recordó que Roy seguía abajo, y que él era uno de los chicos en el pedrusco. Entonces, sintió miedo. No podía ver a su hermano entre las figuras bajo el sol. Se paró apoyándose en la baranda de la escalera de incendio. En ese momento apareció Roy desde el otro lado de las rocas. John vio que su polera estaba rota y que se estaba riendo. Se movió hasta alcanzar la parte más alta de la roca. Luego, algo, una lata vacía, voló por los aires y lo impactó en la frente, justo sobre el ojo. De inmediato, un lado de la cara de Roy se llenó de sangre, luego cayó y rodó sobre su cara hacia abajo. Entonces, por un momento no hubo ningún movimiento, ningún sonido; el sol, detenido, caía sobre la calle, la vereda y sobre los chicos, también detenidos. Alguien gritó o alzó la voz. Los niños empezaron a correr por la calle, hacia el puente. La figura en el suelo, habiendo recuperado el aliento y sentido su propia sangre, empezó a gritar. John exclamó: ¡Mamá, mamá! Y corrió hacia adentro. 

Sin inquietarse, sin inquietarse jadeaba la hermana McCandless mientras se precipitaban por las escaleras oscuras, angostas y tambaleantes. Sin inquietarse, no hay niño vivo que no haya recibido sus golpes de vez en cuando. ¡Señor! Se apresuraron hacia el sol. Un hombre había recogido a Roy y ahora caminaba hacia ellos. Uno o dos niños estaban sentados, silenciosos, en las escaleras de entrada de su casa; a cada lado de la calle había un grupo de chicos mirando. 

No está herido de gravedad dijo el hombre. Si lo estuviera, no estaría haciendo todo este ruido.

Elizabeth, temblando, se acercó a tomar a Roy, pero la hermana McCandless, más grande, más calmada, lo agarró de los brazos del hombre y se lo echó al hombro como si alguna vez hubiese acarreado un saco de algodón. Que Dios te bendiga le dijo al hombre que Dios te bendiga hijo mío. Roy seguía gritando. Elizabeth se paró junto a la hermana McCandless a mirar su cara ensangrentada. 

Es sólo una herida superficial siguió diciendo el hombre un simple rasguño en la piel, eso es todo. Se estaban moviendo por la vereda, hacia la casa. John, ya no asustado por las miradas de los niños, miraba hacia la esquina para ver si su padre estaba a la vista. 

Ya arriba, calmaron los llantos de Roy. Limpiaron la sangre para encontrar, justo sobre la ceja izquierda, la cicatriz abultada y superficial.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: