Vivir en el oasis: Apuntes de lectura sobre la experiencia milenial en una novela contemporánea chilena.

Cristofer Vargas Cayul

La primera novela de Javier Rodríguez (Santiago, 1989), narra en primera persona la vida de Pablo, un periodista que trabaja como asesor comunicacional para Álamos, diputado de derecha que personifica ideas conservadoras fáciles de rastrear en las personalidades políticas del contexto nacional. Rodríguez muestra con humor y patetismo los valores que sostiene la clase política a la que Álamos representa, volviendo interesante cómo en el trasfondo de la novela pueden hallarse cuestionamientos sobre temas sociales que van más allá de la experiencia identitaria de Pablo, tales como identidad de género, adopción homoparental o la presión respecto al éxito que atraviesa a sus personajes.  

En este sentido, la novela tiene una gran cuota de generacional, notándose a ratos el esfuerzo por marcar dichas huellas que brotan en el texto, a veces de manera sorpresiva, sin aportar necesariamente al desarrollo de la trama. Iconos culturales como Harry Potter, Cartoon Network o Game of thrones, aparecen mencionados y dejan una sensación de intromisión de la voz autoral al estilo publicidad pop-up de Google Chrome, con el fin de dar forma al aspecto generacional cuya intención es evidente.

Pablo encarna la figura característica del milenial inserto en un contexto de precariedad y explotación laboral, que lleva al protagonista a sentirse perdido y desdibujado, adjetivos comúnmente usados para describir la experiencia milenial en la actualidad, de la misma forma en que Jessica Araya (Melipilla, 1992) lo hace en su novela Nada muy serio (La secta, 2019), donde la autora muestra a Sofía, una universitaria recién egresada que hace una pasantía en periodismo bajo el mando de “Monstruo”, un jefe inepto, déspota y apitutado. 

Ambas novelas muestran (cada una en su particularidad) el mundo de la adultez joven de una clase media universitaria cuyas expectativas no corresponden con la experiencia angustiosa de la inserción laboral y el mandato del exitismo, donde cabe mencionar que, para el caso de Nada muy serio, el trabajo con la prosa acompaña al desarrollo temático de la personaje respecto de su condición de soledad y la experiencia de establecer vínculos amorosos en un contexto donde la categoría de sujeto es fácilmente intercambiable por la de mercancía. 

Dice Pablo: «Vivía cómodo, sí, pero sin rumbo. Mi horizonte era difuso, como estar flotando en un lago calmo, sin moverme, mientras se me arrugaba la piel. Intentaba comprender en qué momento había perdido la brújula, cuándo me había empezado a convertir en lo que siempre había renegado» (p. 98).

La figura del perdido que representa Pablo podría compararse con la del patetismo masculino de los noventa. Sin embargo, Rodríguez da a su personaje una apertura que no solo tiene que ver con la pérdida existencial en el sentido de tragedia personal como se puede leer en el sujeto fugueteano, por ejemplo, cuyo drama se traduce en una impotencia del “no poder hacer” masculino, ajeno a cualquier cuestionamiento acerca del orden del mundo en el que viven sus personajes. Si bien, Pablo es un sujeto impotente y a la deriva, a diferencia de los personajes de Fuguet, que romantiza mediáticamente la vulnerabilidad, Rodríguez integra de fondo una dimensión de clase que lleva más allá a esta figura paralizante volviéndola llamativa en términos políticos. 

Por otro lado, respecto a la construcción de masculinidad hallada en el personaje de Pablo, me quedé con la impresión de que el autor, aun cuando construye un personaje interesante por lo dicho anteriormente, se para frente al discurso de la masculinidad desarrollada como un producto de su época en un sentido moral, de manera que pareciera haber un decálogo para construir estas nuevas masculinidades literarias en 2022.

El tratamiento de Rita, por ejemplo, personaje drag queen que trabaja en el Paseo Ahumada por monedas y sueña con llegar a Rupaul’s Drag Race, deja en la lectura una sensación de no encajar, que pienso tiene que ver con este mandato moral sobre los discursos de la inclusión y la construcción de la masculinidad que plantea la novela, ya que, se nota que el personaje no termina de cuajar en términos de construcción, rozando el cliché de la transformista de fiesta, sin profundizar en las violencias cotidianas a las que son sometidas las disidencias, violencias que quizá son desconocidas para el autor. Por esta razón, hacia el final de la novela, la inclusión de Rita se percibe como utilitaria para el desarrollo personal del narrador. En este sentido, la lectura en estas partes de la novela deja un gusto a panfleto e ingenuidad que no pude pasar por alto. 

“—Oye, si yo trabajaba de analista de riesgo en una Isapre. ¿Te imaginai lo fome que es esa hueá? Y ahora soy feliz de drag. —Pero cómo ganai plata? —Bailando poh, ya te dije” p. 71

“Uf, no sabes nada. El vogue es un estilo de baile que nació, más o menos, en los ’80, con las fletas de Harlem, en Nueva York —¿Vogue como Madonna? —Sí, pero no nace de ella, si se lo robó la culiá. Apropiación cultural como le dicen ahora las siúticas” p. 67

Un ejemplo interesante acerca de cómo abordar la masculinidad desde la perspectiva hetero-cis, sin tomar voces para usarlas como contraste de lo masculino, es lo que hace Nicolás Meneses (Buin, 1992) en Panaderos (Hueders, 2018), cuyos personajes se reinventan desde el relato íntimo, sin tener necesidad de apelar a un reconocimiento externo a manera de aplauso, pensando en el efecto Bad Bunny vestido de mujer. En este sentido, los personajes de Meneses no buscan validación al mostrarse como hombres heridos y derrotados, sensación contraria que deja el personaje de Rodríguez que utiliza a Rita como una brújula moral en el sentido en que esta debe educar constantemente a Pablo sin haber ninguna razón para ello más que el interés por la transformación final del personaje por parte del autor. ¿Qué gana Rita con esta relación? ¿Qué gana Pablo? ¿Qué transformación experimentan ambos o es que la transformación es solo un ejercicio que cruza de forma unidireccional los límites del sexogénero asignado como metáfora de la transgresión de los estatutos sociales que cuestiona la ficción? 

La novela acierta en la construcción de una sensibilidad vital común, clase mediera y milenial. Como también al abordar una temática interesante respecto al tras bambalina de la política y la construcción del discurso público, elemento destacado en otras lecturas de la prensa, pero que vale la pena mencionar debido al poco tratamiento que existe de este tema en la narrativa de ficción actual, lo que, en suma, contribuye a la lectura política que se puede dar a la narración, la cuál sin duda es el punto fuerte de la novela.

Zona de promesas (2021)

Javier Rodríguez (1989)

Provincianos Editores, 159 pp. 

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