Negarse a dejar de escribir

Rocío Abarzúa

«Dentro del bosque es un texto sobre el costo de escribir un libro. El costo económico, sí, pero también el costo en términos de la vida propia, de la imaginación que una tiene de sí misma y de lo que sacrificas al intentar poner en palabras las experiencias que has vivido en carne propia», dice Isabel Zapata en el prólogo de este ensayo de Emily Gould. «Lo que sacrificas al intentar poner en palabras las experiencias que has vivido en carne propia» fue una frase que se me metió dentro. Tras leer este libro originalmente publicado en inglés en 2014 como parte de una antología y recién llegado a Chile de la mano de la editorial mexicana Gris tormenta, sentí que de alguna manera entendía lo que esto, esta frase, quería decir. Si bien nunca hice un esfuerzo real por escribir algo «publicable», algo como un libro, a veces fantaseo, como Gould, con vivir vidas que no son la mía. Vidas en que me imagino, al igual que ella, siendo una persona que «escribe un libro excelente cada dos años y viaja y escribe ensayos breves e impresionistas para revistas elegantes por el puro gusto, no porque lo necesite. Está soltera, o quizás tiene un glamoroso novio artista. Es hermosa, pero no profesionalmente hermosa, más bien hermosa como una mujer francesa». Una persona que puede pagar el dividendo gracias a sus libros y que cuenta con la aprobación del público sin ya necesitarla y que es consultada para opinar sobre todos los temas desde los feminismos hasta qué pantalones usar. Una persona que ella asocia a Jennifer Egan o a Laurie Colwin, pero que yo reconozco en una Rebecca Solnit o una Olivia Laing o una Zadie Smith, si bien no sé si ellas estarían de acuerdo.

Obtener todas estas cosas sin duda tiene un precio. Solnit sufrió manspaining sobre su propia obra y una puede imaginar lo que enfrentó tras publicar su ensayo Los hombres me explican cosas (Fiordo, 2019): probablemente muchos hombres le explicaran porqué era esencial seguir explicándole cosas mientras que otros declaraban que «not all men»; algunos tantos seguramente le dijeron que ella no entendía nada y otros más quizás qué otras barbaridades. Olivia Laing en La ciudad solitaria (Capitán Swing, 2017) se muestra en una de las, quizás, más grandes vulnerabilidades que vivimos los seres humanos: la soledad. Nos revela cómo tras cruzar el Atlántico para seguir a un amor, y apenas unos días después de llegar a Nueva York, su pareja termina la relación. Laing queda sola en una ciudad ajena, con una lengua que, pese a comprender, no es la misma, en la que no solo se siente sola, sino también temerosa de que otros perciban su soledad y por ende a estar sola exponencialmente, en la percepción propia y en la ajena: una extranjera. «La soledad es una experiencia que produce vergüenza, tan contraria a la supuesta manera de vivir que resulta inadmisible, como un tabú que, al confesarse, parece destinado a forzar la huida y el alejamiento del otro». Zadie Smith, por su parte, nos habla en más de uno de sus bellísimos ensayos sobre la muerte de su padre y cómo la enfrentó, cómo la enfrenta.

Estas cosas, estas experiencias traspasadas a palabras, pueden producir rabia, vergüenza, pena. También pueden tener consecuencias «reales» en el mundo. En el caso de la literatura, Solnit, Laing y Smith son autoras bestseller, autoras que han ido armando una «buena reputación literaria», y que si bien no sé si «viven» de sus libros, seguramente sí les contribuyen a mantener una economía sana. Emily Gould vivió lo opuesto. Tras vender un libro con un adelanto de 200.000 dólares y con expectativas de venta de 40.000 ejemplares de los cuales vendió apenas una quinta parte –«en esencia, esto me garantiza que nadie me volverá a pagar tanto dinero por escribir un libro»–, y tras, por este mismo libro, haber recibido críticas y reacciones negativas no solo por parte de la crítica, valga la redundancia, sino también por parte de familiares y amigos. 

«Me tomó un tiempo darme cuenta que mi libro había fracasado. Nadie me lo dijo abiertamente. Más bien, el fracaso fue ocurriendo poco a poco en el transcurso de dos años, después de los cuales fue demasiado tarde para desarrollar un plan B». En retrospectiva, nota algunas señales del fracaso que se le venía encima: por ejemplo, nos cuenta que nadie en la editorial estaba interesado en leer su libro, o que cuando ella misma declaró ser la voz de su generación ante el equipo de marketing, la miraron como si se hubiera tirado un peo. Después de la publicación de este libro Gould vivió de unas clases de yoga part time que le brindaban un ingreso marginalísimo, mientras intentaba mantener un caro departamento en Brooklyn sola y mientras su gato Raffles sufría una y otra enfermedad que le hacían desembolsar altas cantidades de dinero y mientras personas cercanas le habían quitado la palabra y mientras intentaba reinventarse y escribir algo nuevo. «Empezaba a sentirme como si me hubieran despedido del único trabajo que estaba capacitada para hacer. Eso había sucedido, de algún modo». Sentía ansiedad, tristeza, frustración. 

Y el «fracaso» de Gould no solo se manifestó en términos económicos y de reputación literaria, sino que también, como suele suceder, tuvo otras repercusiones en su vida. Quería ser madre, pero postergó este deseo. «Si bien no se me escapa lo ridículo que es querer tener un bebé cuando apenas puedes alimentar a tu gato (y a ti misma), me sentía fatal de cumplir treinta sin haber tenido un hijo», y, más tarde, en un epílogo escrito siete años después, para la edición actual: «Ahora estoy felizmente atrapada, por amor y por obligación. Incluso si alguien me ofreciera pasar un mes lejos de mi familia, probablemente diría que no. Mis hijos aún son tan pequeños que sin duda me perdería algunos cambios importantes en sus cuerpos y en sus vidas. (…) ¿Cómo podría perderme un día de eso? La posibilidad de habérmelo perdido por completo me enloquece». ¿Qué se hace por mientras? ¿Qué se siente depender materialmente de tu pareja, con quien no puedes tener hijos porque no les alcanza la plata, porque estás enfocada en enmendar a pulso tu carrera laboral, precisamente, en parte, para que les alcance? ¿Qué se siente vivir escribiendo con el miedo a que esto nunca ocurra, a «habérselo perdido por completo»? 

Emily Gould nos habla de una dualidad: de la parálisis que puede generar un «fracaso» en la escritura, de la dificultad de vivir con sus «consecuencias», económicas y vitales, pero, a la vez, de la imposibilidad de dejar la escritura de lado. De que «ella», la Escritura, sea y conforme y constituya a aquella otra persona que mueve los dedos en el teclado. De comerse el costo de escribir, como sea que venga, confiando. Como bien dice la contratapa, el problema a resolver es lograr «conciliar la realidad y el deseo a través de las palabras».

Si bien por momentos intenta dedicarse a hacer otra cosa, como a impartir las clases de yoga, por ejemplo, Gould no logra abandonar la Escritura, que es como un fantasma que la ronda. Las decisiones que toma, a fin de cuentas, la orientan hacia el objetivo de salir del pozo en que terminó, y de hacerlo escribiendo una nueva obra, un nuevo libro. Hacia un vivir no ya de la Escritura, sino con ella, de hacer lo necesario para obtener esos tiempos y espacios tan vitales para mantenerla cerca. En el epílogo nos cuenta que, tras publicar Dentro del bosque, eventualmente montó un proyecto editorial, Emily Books, que perduró varios años. También que por un tiempo dio clases de literatura creativa en Columbia. Pareciera decirnos: aunque lo mío no sea vivir de la Escritura, quiero estar cerca de ella. Nos muestra una ambición profunda por aferrársele, por vivir de o con o mediante o el adverbio que sea, para con ella. De todas formas, por la presente obra, sabemos que Gould siguió escribiendo y publicando. 

Emily Gould, autora de Dentro del bosque.

Escribir da miedo. Sacarse fuera y plantarse en el mundo con una cosa que ya no soy yo, pero que igual soy o fui o seré, en parte, yo, da miedo. Escribir algo malo nos parece un fallo más personal que profesional, porque la obra es producto de una intimidad tan profunda que puede ser difícil no confundirse. Cuando Keith, su pareja, la alcanza en una cabaña en las afueras de la ciudad a la que se va a recluir para concentrarse en la nueva escritura, Gould reflexiona: «que él estuviera cerca podría hacer que me diera cuenta de que todo lo que había estado escribiendo era terrible. (Cuando regresé a Nueva York me di cuenta de que mucho de ello lo era, pero no importaba: el borrador existía y por lo tanto podía ser corregido hasta no ser terrible». Aquí el miedo al texto fallido, sí, pero también el entusiasmo por trabajarlo, la esperanza de mejorarlo, el fantasma encarnándola. «Para estar completamente a salvo tendría que dejar de escribir», nos dice Zapata en el prólogo y Gould se niega a dejar de escribir.

Sobre And The Heart Says Whatever (2010), el libro fracaso del que habla la autora en este ensayo, ella admite que «algunas personas, en su mayoría mujeres jóvenes, recibieron el libro de la manera en que yo [ella] había soñado». ¿No es eso valioso? En el epílogo encargado para la presente edición, Gould admite avergonzarse de gran parte de lo que narra en Dentro del bosque, también. Entonces, como ella misma menciona, ¿no es cierto también que «escribir un libro siempre sea un error»? Zapata, una vez más, en el prólogo: «Se trata solamente de decir que los libros fracasan, incluso los libros que parecen nacidos para el éxito. Incluso los que son gestados con amor y hasta con talento».
Gould, y también Solnit, Laing y Smith son autoras que han construido su voz desde una intimidad profunda, dejando de lado miedos, vergüenzas, ansiedades y rabias, exponiéndose a los ojos, a las lenguas del mundo. La vulnerabilidad que trasmiten sus textos es aquello que las constituye como escritoras, y es esa vulnerabilidad la que las ilumina. Como lectora, es un placer leerlas intentando poner en palabras las experiencias que han vivido en carne propia. Es un placer compartirlas, sentir su compañía. Desde el punto de vista de la escritura, sin embargo, Dentro del bosque (me) deja más preguntas que respuestas: ¿Cuál es el costo de escribir un libro? Y también: ¿Por qué escribir? «¿Se escribe para contar una historia o para satisfacer un anhelo? ¿Se publica solo por un afán de reconocimiento?» Adentro de estas preguntas hay otras y otras y otras que se adentran en espirales infinitos. Lo que queda, de Gould y de Zapata, esta dupla poderosa que Gris tormenta unió en traducción, prólogo y epílogo, todas piezas que se complementan bien y se sostienen mutuamente, es que la Escritura es un misterio, es que la Escritura es «bella y terrible», es que confiamos en la Escritura, en que nos dedicamos a la Escritura porque no podemos dejar de hacerlo.

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