Eléctrico

Belén Herrera Riquelme

A la semana después me hablaste por Facebook. Me dijiste que te habías conseguido mi contacto con la Lore cuando cerraron la disco, porque yo era incapaz de pronunciar mi nombre. “Me muero, sé perfectamente quién eres”, te escribí cuando vi el mensaje. Te pregunté qué estabas haciendo, y me respondiste que estabas a punto de salir de clases. Yo tenía la tarde libre y no quería volver temprano a casa. Te invité a dar una vuelta y aceptaste.

—¿Juntémonos en el mac? Me conviene caminar pa’llá.

—Ya po’, ahí le caigo. Encontrémonos en el caballo de Botero.

—¿En el caballo de quién?

—En el caballo de metal, hueona. Ese gordo, al frente del museo.

—Jajajajaj, ya. No me retí. Nos vemos.

Esa tarde estuvimos cagades de la risa en el poco pasto que queda en el Parque Forestal. Tomando chela hasta que las sombras de los árboles desaparecieron. Me preguntaste si estaba mejor y por la causa de mi última borrachera. “¿Fue por amor?”. Te confesé que sí, pero que prefería no hablar de eso y que estaba decidida a pasar un tiempo sola. Te reíste, y dijiste “bueno, eso tendremos que verlo”, mientras arrancabas el pasto de la tierra con tus huesudos dedos.

—¡Basta! ¿Te gustaría que te tiraran el pelo así?

—Sí —respondiste—.

            Recuerdo que pusiste a la Jeannette en tu celular y que me dijiste: “Me gusta escuchar música de señora en las tardes grises”. Me pareciste tan simpático, qué pensé: quiero ser su amiga. Te conté que estaba a punto de egresar de la universidad como actriz. Te encantó, y te confesé que, si lograba titularme, sería la primera mujer profesional de mi familia. “Que bonito”, me dijiste con ternura, mientras me tomabas la mano con cariño.

—Yo igual soy el primero en ir a la universidad, pero se me ocurrió estudiar danza. Qué estúpida.

—Para nada, escogiste lo que te hace sentido, y no todes tienen ese valor.

—Ni la plata.

—Y a propósito de eso, me acordé que la directora con la que estaba trabajando estaba buscando un coreógrafo.

—Hueona, llegó mi momento.

—No te hagai ilusiones tan rápido, mira que la Lucy es una señora bien hueviada.

—Pero tú no me escuchaste. Te bajaste tus grandes lentes de sol negro, y les puse atención, por primera vez a tus verdes. Me miraste con determinación, eléctrico, y me advertiste: “Bonita, no hay señora que se me resista”.

***

Audicionaste, y quedaste, obvio. Gracias a eso, nos empezamos a ver formalmente tres veces a la semana y los sábados, sin falta. Y además, te hiciste rápidamente amigo de mi Lore. Te ganaste un lugar en su departamento y en su oscuro corazón. Me acuerdo, cuando la Lore te hizo tu primera sesión de fotos. “Esta es la señal. Te amó”, te dije mientras la Lore buscaba su cámara. Te pasé mi labial más oscuro, “el camuflavino”, y ella te paso su chaqueta de piel falsa negra preferida. Activaste tu pelo rizado con agua, te sacaste la ropa, y posaste como toda una profesional. Rápidamente te convertiste en un dueño de casa más, como si te conociéramos de toda la vida. Me fascinaba encontrarte ahí, sin previo aviso. Entrar, y verte instalado tomando té, con mi mejor amiga.

En esa época, ya habían pasado dos meses ensayando juntes. Habías agarrado confianza en la compañía de teatro, pero de todas las personas que habitaban en ese lugar, te hiciste cómplice de chistes y bromas con el peor: Damián. El músico, el punki que había llegado hace poco de una gira con su banda por Europa. Encontraba que se daba tanto color. En sí mismo era un cliché y no sabía comunicarse, si no era coqueteando. Y a mí eso me cae como patá en la güata. Pero se nos terminó metiendo en el cuerpo. Lo teníamos en los intermedios de los ensayos pechándonos tabaco, dedicándonos canciones, acompañándonos al paradero después de terminar los ensayos. “Chiquillas, prefiero acompañarlas” nos decía, “La noche está muy mala, y no me quiero imaginar lo que les puede llegar a pasar a un par de señoritas tan bonitas caminando solas, de noche, en pleno centro de Santiago”. Y a ti, te indignaba. “Cállate vo’, vieja culiá”, le gritabas mientras me agarrabas del brazo, para seguir caminando. Y a mí, me daba risa la situación, pero igual me sentía más segura cuando el Damián nos acompañaba. Y pasó el tiempo. Me empecé a reír de sus chistes, y me dejó de parecer tan cuico, y a ti te empezó a gustar. Se convirtieron rápidamente en la pareja que terminaba atracando en el baño. Fue muy chistoso ser testigo de tu actuar. Ver cómo lo acorralabas, lo invitabas a comprar cigarros, fracasabas y luego decías con rabia: “Este hueón puro que tira el poto pa’ las moras”.  

¿En qué momento se puso tenso nuestro amor? Creo que fue en la fiesta de Dante, el que actuaba de payaso en la compañía. Esa noche se me pasó la mano con la dosis de tripa que nos dio el Damián y estaba livin’ la vida loca. Te dije que estaba angustiada. Me dijiste “¡Córtala!, aprende a cuidarte sola” y te fuiste a coquetear con el dueño de casa. Me atrapé el triple. Salí al patio a tomar aire. Sentía que me derretía. Busqué una cara conocida, y vi al Damián coqueteando con una colorina. Así que preferí no molestarlo, y seguí tu consejo. Fui por un vaso de agua a la cocina, me armé un tabaco y me puse a mirar el cielo. Estaba pegada en una estrella, cuando reconocí su perfume. El punky estaba sentado a mi lado.

—¿A qué hora te aburrí’ de coquetear? —le pregunté, mientras me arrepentía en el acto—.

—A la hora que te dejí’ de dar color.

—Sale pa’ allá, Chayanne Acuenta. Vo’ no estái a mi altura.

—¿Peleaste con tu marido?

—No.

—Y, ¿por qué nos mira con odio?

Te busqué, y efectivamente nos mirabas con tus verdes incendiados. “Yo creo que esta celoso”. Me dijo. “¿Y de qué?”, le pregunté. “De que nos hagamos amigas po’”. Me dijo el patúo, mientras cruzaba la pierna. “No te hagái la mujer. No te sale”, le dije molesta.

Esa noche hablamos de teatro, de música, de que ambos teníamos papás separados, de que éramos intolerantes a la lactosa, de que yo me vestía de rosado, pero que por dentro era más emo y punk que él. Y así me di cuenta de que no éramos tan distintos, a pesar de yo vivir en Quilicura y él en Vitacura. “Cruzo la pirámide y estoy en tu cama”, me dijo risueño, enseñándome por primera vez sus margaritas. Con esa frase me pegó un balazo en la guata, y vomité.

El Damián me miraba con atención, sacó papel confort de su bolsillo, y me limpié la boca con vergüenza. Luego volvió a meter la mano en su pantalón manchado con cloro, sacó un bolsita de su billetera, y me dijo: “¿Hagamos trampa?”. Le dije que no y él hizo lo suyo. 

Se hizo de mañana, y antes de irme te busqué. Te encontré solo en el patio secreto de Dante botando humo. Estabas apoyado en la pared y me miraste como se mira cuando se espera a otra persona. Me acerqué a ti y te pedí una fumada “¿Te molesta que me vaya con el Damián?”, te pregunté. Pediste el cigarro de vuelta, fumaste y lo apagaste contra la pared de concreto. “Anda, en su casa es más aceptable que su familia lo vea despertar con una mujer, que con un hombre”.

***

No dejé de pensar en lo que dijiste durante días. Estaba nerviosa por encontrarme contigo. Llegó el día y mantuvimos distancia, pero al final del ensayo chocamos miradas y ya no tenía excusa. Me acerqué a ti y te pregunté cómo estabas. “Cansado”, respondiste. “¿Vas a ir al cumpleaños de la Lore?”, me atreví a preguntar, otra vez. “No sé, tengo un compromiso con una amiga que no veo hace tiempo”. Sentí una puñalada en la costilla, cuando dijiste “amiga”.

Ese día, antes de partir al cumple de la Lore, el Damián me preguntó qué iba hacer, y le dije que iba al cumple de una amiga.

—¿Vái sola?

—Parece que sí.

—¿Te acompaño?

—¿No será musho… compromiso?

—Pauli, somos amigues. Y no quiero que eso cambie.

***

La Lore cumplía veintisiete años, “la edad en la que muere una super estrella”, pero esa frase no le toma a una lesbiana que no deja que sus invitades fumen dentro y que pone la condición de sacarse los zapatos antes de entrar a su casa. Cuando Damián fue a la cocina a buscar hielo, la Lore me preguntó por ti. Le dije que me habías dicho que tenías un compromiso. Fue en eso cuando sonó el timbre y mi guata me avisó que eras tú.

La Lore te abrió la puerta, entraste y gritaste. ¡Feliz cumpleaños amiga!”. Traías puesta la chaqueta roja de látex, esa que te querías comprar hace tanto tiempo… Te quedaba hermosa, te veías radiante. Detrás tuyo apareció una chica de pelo corto que cargaba en sus manos una botella de pisco y otra de Cola. Recordé que ya la había visto antes, en unas fotos contigo en Instagram. Entraste con tu amiga. Y la Lore te apuntó a la terraza donde yo estaba sentada con el Damián. Cruzaron el living-comedor que a esa altura de la noche ya estaba repleto de gente. “¡Amiga tanto tiempo! ¿Estái tomando agua?”, me preguntaste con insidia y después miraste sorprendido al Damián. “¿Qué estás haciendo acá, bonita?”. Él se puso nervioso y te respondió tartamudeando: “La Pauli me invitó”. Tu amiga, ante la extraña sensación que quedó en el aire, rompió el hielo y se presentó: “Hola chiques, soy Natacha. La mejor amiga del Yerko”. Se acercó a nosotres y nos dio un beso en la mejilla. Cuando se acercó, sentí su perfume. Era dulce. Qué tierna, combina con su voz, pensé. Después de eso pasaron un par de segundos que se hicieron eternos, hasta que tu amiga de nuevo intervino. Me pidió un tabaco. La miré y, como me pareció agradable, busqué mi tabaquera en el banano que traía puesto. Cuando subí la mirada para entregárselo, vi que tú y el Damián caminaban a la cocina. 

Eran como las tres de la mañana cuando comenzó a sonar reggaetón violento de los dos mil y a Lore le dejó de importar que la gente fumara dentro. Entre el humo y la mayoría de la gente perreando en el living-comedor, se me hacía imposible ver qué hacían con el Damián. Natacha se sirvió un vaso más de piscola y me ofreció y nuevamente le dije que no.  De pronto, se escucha a todo volumen Hoy salgo pa’ la calle sin rumbo… y Natacha se para de golpe, me agarra de la mano y me dice: “Prepárate”. Entramos directo a la pista de baile y las luces estroboscópicas volvían todo difuso. Los cuerpos que danzaban a esa hora de la madrugada brillaban de sudor. Natacha se quitó su chaqueta de mezclilla, la tiró al sillón más cercano y quedó en un top rosado brillante que le quedaba maravilloso. Natacha, mientras bailaba, me contó que era bailarina como tú y que se conocían desde los quince. Me advirtió que toda la vida has sido intenso, celoso con tus amigas. Eso me dio tranquilidad y me olvidé por un rato de ti y del Damián.

Estuvimos mucho rato bailando, hasta que apareciste con el Damián, risueños ambos. Me miraste de reojo y me hiciste el gesto del “trece trece”. Te pusiste detrás de Natacha, y la tomaste por la cintura dejando claro que nadie mueve la pelvis mejor que tú. Me querías provocar. Miré a la mesa que tenía más cerca y vi una botella de pisco. La tomé y sin pensarlo me puse a chupar. Con el alcohol la pena se convierte en rabia de una. Y me puse bélica al toque. Me acerqué a ti bailando y Natacha me abrió el paso. Me intentaste besar varias veces esa noche, hasta que me agarraste la cara. Fue extraño tener tu lengua áspera dentro de mi boca. El tabaco y el alcohol se mezclaron y me tuve que arrancar al baño. Recuerdo que había una chica de pelo verde esperando entrar. Me miró y no sé qué cara le puse porque dijo: “Amiga, pasa tu primero”. Entré, me senté en la tapa del wáter y recordé los ejercicios de respiración que me habían enseñado hace poco unas amigas para controlar las ganas de vomitar y de llorar. La que llora pierde, pensé. Tocaron la puerta y grité que salía al tiro. “Soy yo, diente de leche”, gritó Damián. Le abrí y volví a sentarme rápidamente. Estar de pie era como estar parada en el tagadá. Y evidentemente, el Damián se dio cuenta de la lucha que estaba dando. Se me acercó, y me preguntó si necesitaba algo. Le dije que no, me dio un besito en la frente y se fue. Un punky también puede ser tierno, pensé. Me miré en el espejo, me arreglé el pelo y salí dispuesta a darlo todo. Caminé por el pasillo angosto que da al living-comedor con la intención de encontrarte. Quería conversar, pedirte disculpas, pero… te encontré saliendo del departamento con tu chaqueta de látex roja, mientras el Damián te esperaba afuera, dispuesto a irse contigo.

—Damian, ¡no! —grité—.

—¡Pauli! ¿Qué pasa? 

—Es que NO. Basta.

—Pauli cálmate…

—¿Ustedes de verdad creen que soy hueona?

Silencio. El dj justo paró la música. “Paulina, íbamos a comprar cigarros. ¿Qué huea pensaste?” Agaché la cabeza. Silencio. Mierda. Estoy celosa…

Luego sentí el portazo y supe que eras tú. “Puta que soy hueona… Lo voy a ir a buscar”, le dije al Damián, pero me detuvo. “Es mejor que hablen después. ¿Vamos?”. Acepté con la cabeza gacha. Temía mirarlo. Me tomó la mano y lo seguí. Buscamos nuestras cosas que estaban en la pieza de la Lore, que a esa altura de la noche estaba muerta en un sillón. Y el Damián pidió un Uber para ir a su casa. Y nos fuimos, sin despedirnos.


Belén Herrera Riquelme(Santiago, de Chile, 1995). Es Licenciada en Artes, con mención en actuación teatral, de la Universidad de Chile. Su primera dramaturgia es La reina del perreo (2017), y ha dirigido las obras: El presidente robó un banco, de Raul Riquelme, (2018,) y La Península entre tus costillas, de Cristofer Caro (2020-21). Como actriz se ha desempeñado en el medio audiovisual junto a destacados directores como: Andrés Wood, José L. Torres Leiva, Claudia Huaquimilla, entre otras. Actualmente participa como dramaturga y performer en Teatro La Histeria Colectiva, con quien estrenó Simulacro de mi muerte. Entre sus reconocimientos cuenta una mención honrosa en los Premios Literarios 2020, por su cuento «Eléctrico».

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