Barro y sangre

Laura Laguna

En su cabeza, el niño traía un desierto. Se decía en las noticias que conforme pasaban los años, el árido clima de su pensamiento avanzaba hacia el sur, no sin antes pasar por un centro probablemente aún más árido que engañaba a sus habitantes con un verde opaco, casi sin vida, como el de sus ojos. A temprana edad, el niño comenzó a escuchar voces dentro de su cabeza. Voces de personas sedientas, que rogaban por un mínimo de su atención. Le pedían a gritos ser escuchadas para evitar el avance de la sequía hacia el centro de su cuerpo. Las voces aullaban en todos los tonos y advertían que, de ser ignoradas, todo el cuerpo terminaría enterrado en la arena. Pero el niño no entendía lo que decían, o quizás no le tomaba la importancia suficiente. Porque, ¿qué iba a saber un niño de consecuencias? Si había algo que había aprendido, era que la cabeza podía seguir funcionando en cuanto el corazón siguiera latiendo. 

Era conocido por su cuerpo espigado y, pese a que no traía mucha grasa ni músculo, la larga columna le pesaba y se quebraba a la altura de las piernas, donde el territorio que ocupaba en el mundo se fragmentaba en mil pedazos impidiendo que los habitantes se relacionen unos con otros y necesitando barcos para unir las comunicaciones. El desierto desde este punto se veía irreal. De hecho, de tanto frío que hacía, el niño tendía a olvidarse de sus propios pies congelados. Los sentía mutilados, como si no le pertenecieran. Las personas que habitaban en ese lugar, en su mayoría, sentían lo mismo respecto a él. Observaban al niño y sabían que lo único que los unía, era ser parte de un mismo cuerpo. Solo eso. Solo la extensión de un par de largas piernas huesudas, que a su vez eran el sur de una cadera dislocada por sus propios habitantes muchísimos años atrás. La lesión ha impedido que el niño camine desde entonces, y aún así, no se le ha sido tratada con nada más que simples analgésicos y antiinflamatorios que han ido matando al arbolado que ha poblado históricamente la parte baja de su vientre. 

En su corazón, cada vez más árido por el avance del inevitable desierto, se concentraba la mayor cantidad de personas, hacinadas en un hueco rodeado de cordilleras. Las personas se apilaban una a una para poder dormir. Construían grandes colmenas donde se juntaban habitantes de todos los tamaños, colores y personalidades, ¡incluso quienes se odiaban entre sí compartían las mismas camas! Sus narices se tocaban con las de los demás, y el cielo ya no daba abasto para seguir construyendo columnas para ser habitado. La gente estaba obligada a permanecer dentro de paredes montañosas que componían el corazón del niño y lo habían perforado para poder escapar, pero abajo solo había barro y sangre. Quizás otros cuerpos, pero quién iba a tener certeza. Pocos se preocupaban de los cuerpos que no tenían cara. 

El hacinamiento era tal que las personas hacían fluir la sangre del corazón del niño a través de las venas subterráneas que habían construido en conjunto. Trenes rápidos y ruidosos llevaban información y calor y mantenían vivo al niño que seguía secándose. Las personas funcionaban en perfecta sincronía, pero el enojo acumulado enrojecía las caras, los cuerpos, las mentes, y el resto del cuerpo del niño escuchaba atentamente el temblor que predecía el derrumbe. Mi abuelo era ferroviario y me contó alguna vez que estos trenes antes se expandían por todo el cuerpo, pero poco a poco junto a la sequía fueron desapareciendo, debilitando también la columna vertebral.

Un día, las personas que habitaban su corazón tomaron forma de protesta. Los habitantes de otras zonas sabían que, si el corazón dejaba de funcionar, el niño atendería. Miraban expectantes cómo el límite de sus cuerpos se difuminaba y se transformaba en una gran masa negra y blanca que, combinada con un ruido de agua hervida, taponeaba una de las arterias principales que irrigaba al corazón del niño. Mi propio padre sufrió de un infarto el verano pasado y me explicaba que tan solo un poco de sangre que no alcance a llegar al corazón puede dejar secuelas para toda la vida. A él, por ejemplo, se le murió una parte del suyo y ante cualquier actividad, por más mínima que sea, se agita hasta perder el aliento. Esto ha hecho que deje de hacer cosas y que cada vez pase más tiempo acostado, dormido, para evitar el dolor y el cansancio. Yo pensaba en el niño secándose y la gente tapón que impedía el paso del río de sangre. Los trenes, parados. El fuego, ardiendo en el pecho. Los semáforos, rotos. La gente, rompiendo el propio hueco de tierra donde los habían mandado a morir. Yo vivía en otro lado en ese entonces, había encontrado una salida al hueco perforando la precordillera del lado este del corazón. No había sido solo yo, éramos muchos quienes por ese mismo agujero habíamos logrado escapar. Pero no todos. 

El niño pudo darse cuenta de lo que le pasaba porque a través de su ropa comenzó a sangrar. Muchos litros de sangre mancharon de rojo su camisa, debido a los tapones que le hacían doler sus arterias. Estaciones y puntos claves fueron tomados por las personas de su cuerpo: el centro del corazón del niño, donde vivía mi mamá, fue inundado en disparos por su sistema inmunológico para combatir a los habitantes. La causa del baleo fue justificada por la “presencia de patógenos” y “cuerpos infecciosos” que “debían ser eliminados”. 

La agitación dentro del corazón cesó después de un rato. Otras enfermedades invadieron al niño y su casa. La cadera seguía dislocada, el desierto seguía avanzando, los pies seguían congelados y solo eran abrigados con un paño delgado, incapaz de tapar el frío, en el que destacaba una estrella solitaria flotando en un azul turquí que falsificaba el color del cielo. Yo fui a visitar la colmena donde viví, a mis amigos y a mi familia después de lo ocurrido y pude ver las secuelas de las que me hablaba mi padre: la agitación constante, el cansancio y sobre todo la tensión de que algo podía ocurrir en cualquier momento. La noche se hizo más oscura de lo que ya era, y el peligro, muchas veces advertido por el pensamiento, hacía que los habitantes durmieran con cuchillas en las manos. Igual, hoy en día los trenes funcionan bien y las aglomeraciones son restringidas, seguramente para evitar nuevos coágulos.

Mi madre, que sigue viviendo en el centro del corazón, me dijo que si caminaba por ahí un viernes por la tarde y guardaba silencio, se podía escuchar el temblor de los trenes por debajo de la piel y que a veces, solo a veces, a través de la rejilla del alcantarillado aún se puede oír un grito de agua hervida, chillando, adolorida, como si el sonido del temblor también cambiara su forma y adoptara la de un ruido molesto, que se escapa por las venas del niño y hace que sus habitantes tapen sus oídos con los hombros. 

Laura Laguna, autora.

Laura Laguna (Santiago de Chile, 1995). Licenciada en artes escénicas de la Universidad Nacional de San Martín en Buenos Aires, especializada en acrobacia aérea. Publicó el disco de poesía musicalizada «Desencuentros» y un poemario con el mismo nombre el año 2021 junto al grupo Recaut. Es dramaturga de la obra «El día en que me voy a morir» (2021) estrenada en el marco del festival Akróasis, en Buenos Aires.

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