Cigarros chinos

Jorge Labrín

Los noticieros abrieron la mañana con el descubrimiento de un cadáver a las orillas del rio Cautín, cerca de Padre Las Casas. El suicidio era la hipótesis oficial, ya que según las pericias preliminares los cortes y moretones habían sido infligidos después de la muerte. La conclusión inicial a la que llegaron los televidentes era  que, en realidad, había sido un ajuste de cuentas típico de narcos y pandillas. ¿De qué otra forma llegaba a parar uno a las orillas de un rio? Los noticieros volvieron a referirse al tema al mediodía, sin mucho más que agregar, y a la noche ya pudieron mostrar una foto del difunto en vida. Y también, no sin esfuerzo, pronunciaron su nombre: Cho Ki-Moon, ciudadano norcoreano residente en Chile hacía dos años. La discusión que se armaba si una familia se topaba con la noticia a la hora de la once giraba en torno de si habría sido un crimen de odio —tratándose de un asiático—, o de algo que iba más allá, a zonas oscuras y desconocidas —tratándose de un norcoreano—.

Y fue en el informativo nocturno que Eduardo Montané escuchó el nombre, mientras intentaba arreglar su conexión a internet, apurado por una videollamada laboral que llegaría en una hora. Venía sufriendo caídas de señal desde hacía unos días, y si ya resultaba desagradable hablar con su jefe, mucho peor sería que lo reprendiera por los inconvenientes técnicos. 

Pero el cadáver de la tele llamó su atención. No por su condición de cadáver, sino por la de norcoreano. ¿Cada cuánto se oía hablar de uno en las noticias? ¿Cuántos de ellos habría en Chile? Chinos había millones, la mayoría en restaurantes y malls. Norcoreanos, muy pocos. Pero luego, cuando la foto apareció en pantalla, una punzada de malestar obligó a Eduardo a dejar lo que estaba haciendo. A ese hombre lo conocía, o al menos juraba haberlo visto en algún lado.

Harto de apagar y prender el router, se echó en el sillón, tratando de recordar al norcoreano ese. De todas formas, no podría conectarse a la junta.  

Imposible confundirlo con uno de los tantos chinos que, camino al trabajo, veía fuera de los restaurantes. No, esas caras se le iban fácilmente. Pero la del norcoreano le era más cercana y vívida, como si gestos y facciones de él se le hubieran quedado grabados a medias: el norcoreano riendo, el norcoreano fumando, el norcoreano con el ceño levantado y con el ceño fruncido, y todo ello rodeado de una cortina de humo. 

—Ahí está la cosa —pensó —. Lo conocí fumando y tomando. Y habré chupado mucho entonces, por eso no me acuerdo ¿Cuándo tomé por última vez? 

Recordó que había sido el viernes de la semana anterior. Esa noche supuestamente iba a juntarse con unos compañeros afuera de un pub, pero ni uno de ellos llegó; todos dieron una excusa a último minuto: que no habían dormido bien, que el bebé, que debían preparar el almuerzo para el día siguiente. Vaya uno a saber si decían la verdad. Pero como Eduardo ya estaba allí cuando le cancelaron, se resignó a tomar unas copas solo y volver temprano a casa. 

De lo que pasó dentro del pub, su memoria registraba con claridad hasta el instante en que se había tambaleado hasta la barra para pedir la enésima piscola. Luego de eso, todo se distorsionaba: unos ojos rasgados —¿del coreano?— le miraban fijamente y expresaban alegría, odio y tristeza; una sonora carcajada se confundía con un aullido de dolor y de pena; aparte, volvía a percibir el sabor a alcohol en su paladar, al igual que el vómito y los innumerables cigarros de aquella noche.

Debía esforzarse para sacar algo en claro. A pesar de que las imágenes y sensaciones en su cabeza resultaban fragmentarias y opacas, los recuerdos estaban ahí, y con seguridad había hablado con el norcoreano. Quizá hasta bebieron juntos y el hombre aquel le había dicho algo de su vida, quizás algo trivial. O no: como un relámpago, o un escalofrío, a Eduardo le llegó el recuerdo del norcoreano hablando de la muerte. No, no de la muerte: de su muerte. No recordaba palabras exactas, pero si la idea general. Quizás le habló de sus ganas de matarse, si es que lo del suicidio que contaba el noticiero resultaba verosímil; o acaso de unas graves deudas que tenía con prestamistas, si es que el ajuste de cuentas era verdadero. Lo que fuera que le hubiera dicho, chapoteaba en la mente de Eduardo, y él sentía el deber de darle una mano y sacarlo de esa ciénaga de piscola y olvido. Así él ayudaría a esclarecer la muerte del norcoreano.

Pero cansado tras escarbar con tanto esfuerzo en su memoria, le dieron ganas de fumar un cigarro. Y, cuando buscó la cajetilla en los bolsillos, se acordó: el norcoreano le había estado contando una anécdota. Sobre un barrio rojo de Europa, un travesti y bolas chinas. Hasta que un par de hombres se acercaron a la barra y le hablaron al norcoreano en otro idioma, quizás el de su país. El norcoreano sonrió, y giró la cabeza para mirar a Eduardo. Sin cambiar esa expresión infantil que le daba la borrachera, señaló al dúo de recién llegados:

—Estos hueones…    

Luego se levantó, tambaleándose, y Eduardo vio que se le caía una cajetilla en el asiento. Sí, le resultó interesante la idea de hacerse con unos cigarros tan exóticos, aunque no se acercó a recoger el botín hasta perder de vista al trio. Y si el norcoreano volvía para terminar la anécdota, le devolvería la cajetilla como todo un caballero. Pensó que quizás esos dos eran compañeros del trabajo o primos lejanos, en la entrada se pondrían al día y ya. Incluso si calculaba un tiempo extra, por si su amigo oriental iba a mear o los otros le daban mucho la lata, en media hora debería estar de vuelta en la barra. 

Pero tras más o menos una hora de beber y fumar solo, el norcoreano no apareció. Eduardo se fue, creyendo que se habría olvidado de su existencia. 

Y, ahora, recordado aquella modesta aventura, caía en la cuenta de que le había robado a un muerto. Bueno, pensó luego para calmar su sensible conciencia, tampoco es que estuviera muerto entonces, o que muriera por ello. Además, era una simple cajetilla, que debía seguir en la chaqueta que él había usado aquella noche. 

Subió las escaleras, y al entrar a la pieza y prender la luz se dio cuenta de que la ampolleta se había fundido. Con la linterna del celular encontró la chaqueta en el armario. En un bolsillo interior lo esperaba el premio. 

Era una cajetilla dorada, sin advertencias de salud. Pero fue otro detalle el que llamó la atención de Eduardo. Y es que, aunque él no pudiese diferenciar físicamente a un chino de un japonés o de un coreano, estaba seguro de que los caracteres impresos en el costado de la cajetilla no eran coreanos sino chinos. Y es que, en su trabajo, Eduardo más de una vez se había comunicado con chinos mediante esos raros programas de chat que usaban ellos. Y si bien la comunicación se desarrollaba en inglés, el menú del programa no había sido traducido —por eso convenía no alterar ninguna configuración, porque uno andaba a ciegas—. Lo cierto era que, aunque no entendiera una palabra, conocía a la perfección los caracteres chinos. 

Entonces, recordó: 

—Fui cirujano en Hong-Kong, cirujano de corazones —le había soltado aquella noche el norcoreano, que al parecer ignoraba la palabra “cardiólogo”. Hong-Kong… ¿Acaso no le había dicho que era chino? Y recordó también el sonido de un nombre, muy diferente al que dieron en las noticias. Un nombre que sonaba como “Woah”, o algo así. Las dudas brotaban violentamente, y aquel hombre por el que se había preocupado tanto hacía un rato ahora le parecía un mentiroso, un embustero, un extraño, un chino más de la calle. Pero resultó no ser chino, sino norcoreano. O al menos eso decía el informativo. Y Eduardo volvió a la pregunta que se había hecho apenas vio la noticia: ¿un norcoreano aquí en Chile? Eso que era extraño. Tan extraño como la mentira inútil respecto a su nacionalidad, y esos dos “primos” que se le habían acercado, y el inverosímil suicidio… Puestas juntas, esas cosas sugerían algo ya no solo extraño, sino también muy oscuro. Las teorías fueron tomando forma en la mente de Eduardo: el norcoreano era un espía, un terrorista, un sicario.  

Le costó abrir la cajetilla: sus torpes dedos no dejaban de tiritar. Y todo él se puso a tiritar cuando descubrió el contenido. No había cigarros, sino una fotografía tamaño carné. Retrataba a un hombre de mediana edad, vestido con terno y corbata. La dio vuelta; en el reverso tenía escrito a mano: J.R Ribeiros

Al fondo de la cajetilla encontró, en un papel cuidadosamente doblado para que cupiera en la base, más palabras escritas a mano: una era Lobos, el nombre del pub donde Eduardo y el norcoreano se conocieron. Las otras dos venían juntas: Géminis, Bulnes, decía el papel. Eduardo se puso a pensar. Géminis era un motel al que él había ido alguna que otra vez, y Bulnes era la calle en que ese motel. En el papel había también dos series de números escritos a máquina: -38.735273790873144, -72.60995989466305. 

Eduardo volvió a meter los papeles y la foto dentro de la cajetilla, como si quisiera eliminar toda evidencia de su profanación. Qué mierda: eso que él había visto debía de ser importante para alguien, o álguienes. Quizás para los mismos que se llevaron al norcoreano y lo dejaron en el río. 

Al menos tenía el nombre: J.R Ribeiros. Bajó hasta el primer piso y se puso frente al computador. Internet seguía andando lento, pero las páginas tarde o temprano cargaban. Y en una página mal cargada de LinkedIn vio el curriculum del tal Ribeiros. Era un ingeniero informático egresado de la Universidad Católica en 2012. Su experiencia se limitaba a una pasantía de medio año en una compañía telefónica de la que Eduardo nunca había oído, y de la que en vano buscó información: ni siquiera Google sabía algo de ella. 

La conexión seguía a paso de tortuga, y la foto de perfil se veía algo pixelada. Aun así, Eduardo trató de compararla con la de la cajetilla. Evidentemente, el de la foto del curriculum era un hombre mucho más joven.  

Y eso era todo. No había más rastro de Ribeiros: ni una sola mención en un portal de noticias, ni una cuenta en alguna red social, ni nada de nada. Eduardo intentó imaginar qué tipo de relación tendría con el norcoreano. Lo ignoraba, pero una relación normal —ajena a tratos turbios— a estas alturas le resultaba impensable. No los imaginaba como amigos, o como cliente y proveedor —al menos, no de productos o servicios legales—. Uno había aparecido muerto esta mañana; el otro no existía, más allá de un viejo currículum.

—Esto me supera. Tengo que contárselo a alguien o cagué. 

La comisaria quedaba a diez minutos en auto.  

Se levantó para buscar las llaves, dejando el computador encendido mientras ya se trazaba una idea de lo qué le dirían los detectives. Todo estaría bien: él se había relacionado fugazmente con el norcoreano. Y sí, tenía la cajetilla, pero no por eso lo tomarían como sospechoso. Él era apenas un testigo azaroso y lejano, un ciudadano con ansias de colaborar. Si estuviese implicado, ¿para qué iría a enseñarles la cajetilla? 

Salió apuradísimo, ni se molestó en cerrar bien la reja. Ya en el auto, el ruido del motor encendiendo no alcanzaba a opacar los latidos de su corazón. Antes de arrancar, miró por la ventanilla. Era la noche más oscura y más silenciosa que pudiera imaginarse, como si una masa negra y muda hubiese tomado el lugar del mundo.

A la mañana siguiente los noticieros informaron el descubrimiento de otro cadáver. La víctima fue encontrada en su propio auto, con el motor encendido y a metros de su propia casa. La ventanilla del conductor estaba hecha pedazos: por allí había penetrado la bala que impactó en el lado izquierdo de la cabeza. El fallecido no llevaba billetera ni celular, pero fue rápidamente identificado como Eduardo Montané.

La puerta abierta y el revuelo al interior de la casa, sumados a la posible falta de joyas y electrónicos, abrieron la hipótesis de que el crimen habría sido motivado por un robo. Sin embargo, el hecho de que sí permanecieran en la casa otros objetos de valor dio paso a la teoría de que en realidad habría sido un golpe rápido y premeditado, posiblemente una represalia por un conflicto desconocido. La Policía trabajaba sobre esas bases, sin llegar aún a una conclusión satisfactoria. 

El jefe y los amigos de Eduardo declararon que él podría haberse metido en problemas en una de sus salidas nocturnas. ¿Era bueno para el trago?, interrogaban. Sí, como todos, solían responder. Bueno, pero, ¿demasiado bueno? Digo, ¿quizá tanto como para haberse pasado a otras adicciones?, terminaba por cuestionar el detective.  Los interrogados, que no sabían muy bien cómo responder a eso, decían que todo era posible, y a falta de más testimonios, la Policía consideró la posibilidad de que Eduardo hubiera contraído deudas con narcos, aunque tampoco existían evidencias demasiado fiables de que el caso fuera ese. 

Y en ese informativo matinal otro hombre confirmó que las cosas marchaban como debían. Sentado en el amplio sillón de su lujoso apartamento de Temuco, aun sostenía entre los dedos la cajetilla de cigarrillos chinos. El hombre no fumaba, pero esa cajetilla valía para él más lo que cualquier cajetilla valdría para cualquier fumador. Con una sonrisa burlona, cambió de canal.


Jorge Labrín (Santiago, 2002). Sin estudios. Escribe cuentos ocasionalmente.

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