Una mano que ingresa una vela que ilumina una habitación a oscuras de una casa de provincia: acerca del primer libro de poesía de Víctor Ibarra B.

Julieta Marchant

Voy a comenzar esta lectura con una frase que me fastidia cada vez y toda vez que la escucho en una presentación de un libro y que sin embargo me es imposible obviar hoy: cuando conocí (esta es la parte que me fastidia) a Víctor, nuestro encuentro fue, en realidad, un desencuentro. Podría decir que incluso fue objeto de discordia. Me fastidia la fase porque el anecdotario y su banalidad obstaculizan algo que Víctor –y yo detrás de él– deseamos: el pensamiento. Probablemente yo de manera más caótica y él de modo más responsable. Pero el deseo, sin ninguna duda, provocó que esa discordia fuera, de hecho, un pensamiento. Primero sobre cómo habitar el mismo mundo sin sacarnos los pelos entre nosotros, luego cómo aprender a comunicarnos y, finalmente, cómo oír lo que el otro tenía para decir. En esta década trabajando juntos –porque para nosotros todo es trabajo y es ahí donde nos encontramos– hemos vivido momentos donde yo soy la poeta y él el filósofo (y no podemos olvidar la antigua discordia entre la poesía y la filosofía), otros donde yo soy la estudiante de filosofía y él mi maestro y, paralelo a ello, otros en los que él es el poeta y yo la profesora que lo acompaña en un proceso creativo para escribir, por ejemplo, el libro que presentamos hoy. Desconozco cuántos de ustedes conservan relaciones de esta naturaleza o incluso si estas relaciones son posibles: la discordia entre Víctor y yo, con los años, se ha vuelto una carta amorosa que escribimos a cuatro manos cuando pensamos en conjunto la escritura, las posibilidades del lenguaje, las palabras que podemos o no podemos decir cuando hablamos sobre filosofía y las que queremos decir cuando escribimos poemas. ¿No es acaso la discordia un terreno fértil para el pensamiento? 

Víctor Ibarra B., autor de Casa agrietada en pasaje de provincia.

Me imagino diciéndole esto a él: Víctor, ¿no es acaso la discordia un terreno fértil? Víctor, qué hago con la discordia que implica «explicar» un libro de poesía, cuando tú mismo me explicaste que, según Hegel, la explicación es siempre otra cosa, un sucedáneo de lo explicado. Víctor, ¿te acuerdas cuando te dije que entendía lo de la explicación respecto del poema y cité esto de Bernstein: «El problema obvio es que el poema explicado de / cualquier otro modo no es el poema»? Víctor, ¿cómo crees que podamos hablar de poemas conservando el poema? Lo cierto es que Víctor es una mano que abre la puerta cuando estamos en la absoluta oscuridad y esa mano ingresa una lámpara, una lumbre, una vela. Lo escucho respirar en la penumbra, probablemente inquieto porque tiene una pregunta en la punta de la lengua, y con los años pudimos hacer de la discordia un amor. No solo entre Víctor y yo, sino también entre Víctor y Víctor. 

La pregunta que anda revoloteando en la lengua es cómo aproximarse a la muerte mediante las palabras o cómo hacer duelo en ese hábitat incómodo que es el lenguaje. Y para ello Víctor halló en el trayecto de la escritura dos maneras: por un lado, escribir mediante imágenes breves, concentradas, que fueran puntas o alfileres de la experiencia y, por otro, escribir prosaicamente, desde un yo más bien distanciado y reflexivo, que parece emular el ritmo del pensamiento cuando aún es posible, o cuando al fin ha sido posible, pensar el dolor. En principio esos dos registros –que aunque «hablaban» de lo mismo no decían lo mismo en absoluto– construyeron partes de un libro, cajones de la cómoda incómoda que signa toda escritura que se topa con su límite: nuestra propia finitud. O, más doloroso aún, la finitud de quienes amamos. O, en este caso, la finitud del abuelo y su casita de provincia como un horizonte de la memoria.

Así, por ejemplo, para ilustrar el primer registro:

los depósitos de barro

alivian la visión 

del humo

tomo los palillos

casa agrietada en pasaje de provincia

lamento disimulado por la lluvia

película de barro en la retina

cubre el ojo

quema

la opacidad me protege

Así, por ejemplo, para ilustrar el segundo registro:

El adonis empuja la súplica al llanto por la quebradura al grito. Inscripción en lápida, faltas ortográficas en un epitafio que nadie corrigió porque el mundo perdió suelo y no queda, no, fuerza en la palabra, todo lenguaje pierde su vigor, los números su capacidad de medir.

El gesto de mantener esas partes separadas probablemente se vinculaba a encontrar una regla que, no obstante, sabemos que resulta imposible: a pesar de las costumbres, del modo de hacer duelo, de los ritos adecuados para ese duelo, de la instancia social que significa aprender a dejar partir a alguien, cada duelo signa un cada vez, incomprensible e incapturable, como una flecha que nos llega no se sabe de dónde a no sé qué miembro del cuerpo y que podemos palpar en tinieblas, ignorantes de si arrancarla será un alivio o una hemorragia. Hubo, entonces, que hundirse. Una manera de hundimiento fue cruzar esos registros, en vez de mantenerlos incomunicados, dejar que se contaminaran entre sí y que el contagio hiciera lo propio. Lo propio que es dejar que las palabras colisionen mientras cerramos los ojos y las oímos atropellarse. Y ese fue el minuto en que la discordia entre Víctor y Víctor se volvió la carta amorosa que hoy leemos y que se titula Casa agrietada en pasaje de provincia. La discordia entre alguien que está padeciendo un duelo y alguien que está intentando elaborar ese duelo; la discordia, extremando el argumento, entre el poeta y el filósofo. Y el intervalo en que cada uno de esos registros puede calar al otro me parece posible gracias a la entrada de la mano. Ya había dicho que Víctor es una mano que ingresa una lámpara, una lumbre, una vela; y no quisiera que esto se volviera una mera retórica. Es decir, quisiera explicarme contra todo pronóstico. 

En Velar la imagen, Paz López, refiriéndose a la figuras de la pietà, escribe: «El que va a morir, el que muere, no pudiendo ya recordar, reaparecerá bajo la forma fantasmal de la memoria de los demás». En la pietà quien muere es acogido por el otro, es cargado por las manos del otro, asistido en su finitud por la compasión y el afecto. Se me aparece la figura de las manos porque con las manos cavamos –cavamos en la tierra para enterrar a quien ya no está y le hacemos espacio al derecho del entierro a quien no puede reclamar su derecho, cavamos en el lenguaje para escribir, la pluma es una pala, diría Seamus Heaney, no vivimos ni morimos sino cavando–, pero también porque las manos reciben y abrazan el cuerpo del ausente. Si la escritura es una tumba que sostiene todas las ausencias que cargamos y las manos escriben, son ellas las que velan la presencia de la falta. «Teniendo a la muerte demasiado cerca, no renuncia sin embargo a pensar en ella al punto de introducirla a la continuidad de la vida, y velar porque la ausencia no termine de desaparecer en la tierra», escribe Paz López. Y, aunque este texto no es acerca del poema de Víctor, es como si lo fuera: no renunciar a pensar la muerte e introducirla en la vida. Piensa prosaicamente, en el registro dos, como ya indiqué, pero, al cruzarse el registro dos con el uno, aparece un registro tres –o un entredós–, que es cuando uno y dos se estrellan y se precipitan y estamos pensando-sintiendo o sintiendo-pensando la muerte. 

Cómo ingresan las manos al poema es lo curioso y lo que vela esa muerte a la manera de una vida. Las manos no ingresan simplemente diciendo «manos», es decir, no las vemos por una indicación del significante, sino que las visualizamos, se nos aparecen, por su actividad. A lo largo de todo el poema, el yo se las ve con una madeja –¿la madeja que es la escritura?, ¿la madeja que es escribir recordando?, ¿la madeja que es el corazón de quien sufre una pérdida?, ¿la madeja que es el cuerpo del ausente?–. «Mi mano / desliza el punto / talega», escribe Víctor, en la primera página del poema. De ahí en más tenemos conocimiento de que las manos están administrando una materia. Esto es: las manos viven. Las manos, en el fondo, sobrevivieron la muerte del otro, las manos son deudos y están en una sobrevida. A lo ancho del poema todos estos versos, que apunto acá como testigo de la actividad de esas manos: «deshago el punto / no borro / trama / peina / corta / hila», «tomo los palillos», «tuerzo la fibra / el cambio de color ahíla un número inmenso / derrame / hasta el límite oscuro de mi madeja», «el hilván se estría / dejo caer», «la madeja / disimulo que es grito / aguanto la respiración», «tirante el ovillo», «enhebro / y vuelvo a punzar la trama darle a mi abuelo las formas que faltaron en su boca para despedirse». 

«Si hay un imperativo de la piedad, o mejor dicho, si hay en ella una esencial solicitud, es que nadie muera sin amor –sin tener quien lo entierre, es decir, lo proteja, lo guarde– para después», escribe Pablo Oyarzun, citado por Paz López, citada ahora por mí que leo a Víctor a quien también cito y quien me ha citado para que lea con ustedes este libro. Estas manos escribieron de la muerte y se encontraron en la conmoción que genera la finitud. Víctor es una mano que ingresa una vela que ilumina una habitación a oscuras de una casa de provincia porque su escritura constela la muerte con la vida; porque mientras un cuerpo se agusana, mientras las termitas desuellan huesos descalcificados, mientras las flores salen de las cuencas de los ojos, mientras el brazo se apolilla y las lápidas conservan erráticamente epitafios que honran a quienes amamos y que ahora solo podemos traer vía memoria, estas manos sostienen el cuerpo de quien se retira y ya no puede recordar. Estas manos entierran, protegen y guardan para que quien muere no lo haga sin amor. Regreso a este verso: «y vuelvo a punzar la trama darle a mi abuelo las formas que faltaron en su boca para despedirse». Esta escritura es un acto de fe: le dispensa la madeja al otro, se la pone en la boca acaso para que diga cuando decir ha dejado de ser posible. Dice y no dice el abuelo, le salen flores y hebras, le entran bichos y tierra, microorganismos le devoran los miembros, se riegan las plantas y el agua hace florecer la tumba del tumbado que retumba en la letra. Pero, sobre todo, las manos urden y contienen. Las manos acarician con piedad. Las manos, porque viven, no dejan de amar. 

Julieta Marchant, poeta y editora.

Julieta Marchant (1985) es codirectora de los sellos Cuadro de Tiza Ediciones y Editorial Bisturí 10. Ha publicado, entre otros, El nacimiento de la hebra (2015), Reclamar el derecho a decirlo todo (2017) y En el lugar de la mano el ímpetu de un río (2020).

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