Las vacas sagradas de los círculos poéticos no se acabarán jamás

Judith Holofernes

Parece que lo peor que te puede pasar a los quince años es que te guste la poesía y que entres a un círculo literario sin haber conocido antes a mujeres poetas, sobre todo si lo más erótico que llegó a tus manos fue El niño que enloqueció de amor y tu experiencia sexual la aprendiste leyendo la Ventanita Sentimental o los folletines de Vida Afectiva y Sexual de La Cuarta. Entrar a un grupo de poetas viejos cuando tienes entre quince y veinte años es como caer en un nido de buitres. Nadie estará dispuesto a rescatarte tampoco. Porque si alguien se interpone en el camino lujurioso del “el bardo”, ese alguien puede ir olvidándose de cualquier reconocimiento literario, incluso de cualquier beca de creación o beneficio estatal donde ellos son jurados. 

Los escenarios casi siempre son los mismos: pueblos chicos donde todos se conocen. Es imposible ir a un evento sin ver las mismas caras, ni escuchar las mismas preguntas o los mismos reclamos. Un grupo muy cerrado donde todos se sienten poderosos porque leyeron algún libro complicado, ganaron algún premio famoso o hacen clase en alguna universidad. Parten mirándote en menos para que te sientas afortunada de ser validada por ellos, fingen escuchar tus poemas, te dan sugerencias, te enseñan nuevas lecturas, intentan amaestrarte para que los admires. Luego vienen los espacios de confianza. Basta una invitación a algún acto cultural que devenga en curadera para que se tienda la trampa. Si no tomas a la par no eres poeta como ellos, si no compartes la bohemia no eres poeta como ellos. Algunos son más discretos y van de a poco halagándote, te dicen frases bonitas, citas de algún escritor o escritora que te guste, insisten en lo hermosa que eres, en lo especial que eres por tus gustos singulares que son como una prueba de tu inteligencia. Otros son simplemente caras de raja y se te tiran encima. Aunque los más peligrosos son los que ocupan ambas estrategias. 

Ellos son todos amigos, ninguno habla mal de otro si lo tiene enfrente, todos se estrechan las manos y se hacen favores. Quizás sus obras no sean las mejores e incluso tengan una mala opinión de lo último que escribió su colega, pero siempre se pasan el dato a si hay una fiesta donde se necesiten artistas o una charla donde falten ponentes. Aunque se hayan descuerado, pueden hacerse prólogos entre sí si a cambio obtienen un beneficio. Ese beneficio por supuesto es la posteridad. Es ser nombrados en alguna entrevista, mencionados como referentes, como maestros, hasta como próceres de los derechos humanos si es necesario. Total, qué sabe el resto de lo que ocurre puertas adentro y si se sabe algo la justificación es que son “poetas”, así que qué más esperas, es tu culpa por ir a meterte ahí. Que no te engañe esa recepción tan cálida que te hicieron después de que te acercaste la primera vez, también son misóginos sin tapujos. Ninguna poeta es tan digna de ser elogiada. Ni la que tiene un puesto importante y les presta ropa cuando necesitan hacer sus presentaciones, ni la que ha vivido como artista a la par con ellos. Las dos escriben mal, las dos han obtenido su prestigio porque se acostaron con alguien, las dos son motivo de burla descarnada por pitucas o por borrachas. No hay cómo darles en el gusto. 

Ah, pero pobre de que ellos necesiten algo, ahí vuelven a ser las musas, las presentadoras prolíficas, las compañeras, las amigas de toda la vida. 

En esa parte del juego entras tú, niña-adolescente-joven, te dicen que eres diferente, que tú sí tienes talento y un futuro prometedor, especialmente si permaneces al alero de ellos. Tú no tienes nada que envidiarle a la poeta que ha sacado varios libros, porque sus libros son todos malos, ni a la poeta que dirige una editorial porque algo sucio habrá hecho para estar ahí. Tú crecerás a su lado, con lo que aprendiste de ellos y ese será tu pase al éxito, al reconocimiento que compartirás en su compañía. Sin embargo, lo más importante es que jamás los olvides: si ganas un premio, si te publican en alguna revista de renombre, si te entrevistan en la prensa local, tienes que decir quién te enseñó lo que sabes. 

Jamás te darás cuenta de que en realidad te están aguachando para abusarte. En cualquier parte, en el momento menos esperado tendrás su boca sobre la tuya, su mano sobre tu trasero o su brazo rodeando tu cintura. Sólo te percatarás de ello cuando sea evidente y te sientas incómoda. O cuando alguien te avise que el poeta anda diciendo que te acostaste con él, que eres su mujer, aunque entre ustedes no haya pasado nada más que un saludo. Tus opciones se reducirán a dos. Sonríes y te haces la tonta, porque en verdad quieres seguir aprendiendo y leyendo, o te exilias. El exilio no tiene vuelta. Les paras el carro, les sacas en cara el abuso, ahora los puedes funar, pero eso significa que nunca más recibirás una invitación a una antología, nunca más serás la copresentadora de la última publicación de tal, nunca más estarás en el grupo de artistas que se manifiestan unidos contra la injusticia.  

Quedarás proscrita para siempre del ambiente poético de tu pueblo, sólo serás una anécdota. Ya no serás la “poeta joven” sino la tipa loca que escribía mal, más encima.

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