«Creo que la figura del cronista tiene que saber o decidir el ángulo que le quiere dar al relato»: Matthias Molina Osorio debuta con California INC. Una temporada en la industria de la cannabis

por Jorge Núñez Riquelme y Gabriela Alburquenque

Con una ágil crónica Matthias Molina Osorio (1990, San Bernardo) hace su debut literario. El libro California INC. Una temporada en la industria del cannabis publicado hace poco por Alquimia Ediciones se caracteriza por su prosa envolvente al retratar un Estados Unidos desconocido, no visto a plena superficie, pero que gracias a la escritura que Molina nos entrega en este libro, se transforma en una imagen profunda, gráfica y cruda de las precarias condiciones de trabajo que viven los trimmers, las personas que realizan la poda de las cosechas de cogollos de marihuana durante octubre en el país del norte de América. Lo anterior, perfectamente retratado en las fotografías en blanco y negro de Moraima Sánchez que acompañan al texto de Molina ayudan a situar a lectoras y lectores el recorrido del viaje y visualizar el paisaje, rostros y plantas de la industria de la marihuana estadounidense.  

En el comienzo del libro, Matthias Molina escribe sobre lo que gatilló el viaje a California: «La decisión no apelaba al amor incondicional que tiene la mayoría de las personas que fuman hierba y que nunca han trabajado en una granja. Fue una decisión que nació producto de una necesidad». Al contrario de la tradición de literatura roadtrip como On the road de Jack Kerouac, en donde el viaje tiene una razón creativa o de la búsqueda de placer, de autoconocimiento personal, aquí el rollo individual de la subsistencia del autor y su pareja, aparecen como cuestiones que le dan al trabajo una connotación de urgente, como ocurre con ese trabajo. No obstante, el carácter literario es notorio. Si bien el autor no esconde su precariedad, tampoco esconde su deseo de escritura, porque desde un inicio se abre a la posibilidad de escribir algo de esa experiencia: «Mori podría sacar algunas fotos y yo podría escribir alguna bitácora. Pero la experiencia pocas veces alcanza la expectativa, y por tratar de asegurarnos, ella no sacó ninguna foto, yo no escribí nada relevante más que algunas experiencias de llegada, y tampoco encontramos trabajo antes que las calles se infestaran de hippies tratando de conectar con algún granjero que los bendijese con su mano divina». Son, en el fondo, artistas precarizados que toman la decisión de subsistir de una de las industrias con más ganancias al año. 

Matthias Molina Osorio, autor de Calinfornia INC.

Matthias Molina no centra su libro en lo individual, lo vuelve colectivo. Lo hace con la incorporación de compañeras y compañeros de trabajo de diferentes países del mundo a través del diálogo y las narraciones de sus orígenes, que en arduas jornadas de trimmeo, aparecen mientras se les llenan de llagas las manos al cumplir con sus funciones diarias. Así, lo que comienza como una narración en clave personal, aunque siempre incorporando las relaciones con las y los otros, se vuelca en el valle de Covelo hacia lo colectivo, el adentro de ese pueblo, donde Molina ya no existe como un sujeto que afecte o no la realidad de esa localidad, sino todo lo contrario. Este vuelco del punto de vista es perfectamente encerrado en el relato de J. Whiplee, mujer de la comunidad Wailacki, que le –nos– cuenta respecto a esa distancia entre la comunidad y el territorio que habitan, que comparten con otras, otros, otres que muchas veces no les reconocen como habitantes o parte de ese territorio que para muchos no es más que un destino frecuente: «Vamos al supermercado y encuentras personas hablando italiano, español, hebreo, y lo peor es que nos miran con miedo, con desprecio algunas veces. Por alguna razón nos temen. Están aquí en nuestras tierras y no se hacen parte de nuestra comunidad. Lo único que quieren es el dinero de la temporada, pero no entienden el estilo de vida que nosotros tenemos”.

¿En tu libro existe tanto un relato testimonial, propio de la crónica, pero al mismo tiempo existe una fragmentación de ese relato, ¿es un freno o es una propuesta de estilo? ¿Crees en esa figura de cronista que es capaz de contarlo todo?

La fragmentación sucede por una elección de estilo. El relato testimonial después de los primeros tres capítulos, cuando comencé a escribir, no se sentía sustentable para poder realizar toda una obra. En una conversación con Guido, el editor del texto, las sospechas que me dificultaban continuar la escritura se confirmaron. El mero testimonio, para este proyecto, no funcionaba. Si continuaba con ese camino, corría el riesgo de que el texto terminara siendo un relato monótono, con buenas anécdotas pero inverosímil. Entonces, por una decisión personal, y en funcionalidad del texto, decidí cambiar la forma de escritura. Ahí fue el vuelco de tono con el que me sentí seguro para poder continuar, mezclar las anécdotas con datos investigativos dándoles trasfondo, así hacer que el lector pueda sentir con profundidad la situación en la que se encuentran los personajes. Basar el desarrollo no sólo en la percepción del narrador sosteniendo la cámara, sino pasarla a los otros personajes para que puedan contar su historia, y así llegar a un trasfondo más real y rico de sensaciones. En ese sentido, creo que la figura del cronista tiene que saber o decidir el ángulo que le quiere dar al relato, de dónde se sostiene la historia, y desde ahí poder acercar o alejar a los sujetos que están involucrados, y finalmente, poder transmitir lo que quiere.

¿Qué cronistas son tus referentes? Hay una influencia tanto de la corriente roadtrip, como también de un sentir latinoamericano. Pero a ratos, aparecen cuestiones de corte más especializado, lo que evidencia un claro trabajo de investigación, un oficio.

La verdad es que no leí a muchos cronistas para encontrar el tono que quería. Sí, leí mucho a Lemebel, también las crónicas de cementerios de Mariana Enriquez, para darle el vuelco más periodístico, algunas cosas de Oscar Contardo. En temas de roadtrip al único que leí, y que es uno de los escritores que más he querido en el último tiempo, fue a Foster Wallace, en donde me enamoré de su forma de describir situaciones y lugares. Pero la verdad es que para poder encontrar la perspectiva que quería retratar, mis lecturas se centraron en varias poesías épicas de Estados Unidos como “Paterson” de William Carlos William, “Spoon River” de Edgar Lee Masters, y “Hojas de hierba” de Walt Whitman. Siento que en esos autores se encuentra la verdadera esencia de los lugares remotos e inexplorados de América del Norte, captan la poética de las personas que ahí habitan, y leerlos fue unas de las mayores inspiraciones al escribir. De ahí, debo decir que los ensayos sobre viajes fueron también fundamentales, como “Papeles Falsos” de Valeria Luiselli, lo que me llevó a leer “Marcas de Agua” de Joseph Brosky, siendo textos que indagan en la experiencia de los viajes, que tratan de representar más lo que se siente viajar o ir a un lugar más que retratar el lugar en sí. Creo que el tema de la investigación y el oficio, también se lo puedo atribuir al gran Lemebel, que en una entrevista dice que cuando ganó su primer premio literario, y vio que podía hacer de su escritura una carrera, se empezó a tomar en serio la literatura. Esta idea se la copio, cuando de chiripazo gané un fondo del libro, la mirada que tenía sobre la escritura cambió. Creo que el oficio de la escritura viene desde ahí, de cuando ves el primer atisbo monetario, la cosa se pone más seria. 

Hablas con una soltura de cuestiones que la gente del campo cultural literario no acostumbra abordar. Plata, ambiciones, cuestiones previas a la concepción de un libro. ¿Eso es algo que te parece fundamental, importante? ¿Lo habías notado?

La plata, en el relato, es parte de la narrativa. Es como si fuera un personaje más. Creo que la ambición es algo que habita en todos los que van a esos lugares a trabajar por temporadas, y es lo que los hace tan vulnerables a la locura. Me refiero a secuelas mentales reales. Es que nadie va al norte de California a trabajar en la marihuana por lo bonito que es el paisaje. Claro que es hermoso, claro que es basto y nuevo y misterioso, pero nadie va allá para sacarse fotos. Eso viene después. La mayoría de quienes van a esos trabajos son artistas de distintas partes del mundo, donde el oficio cultural es escaso, y deben sacrificar su tiempo de creación para poder ganar plata. Lo extraño, es que en este lugar que está tan lleno de artistas el arte también es escaso, y ahí se cae en la contradicción. Porque la gente, con la plata, se termina olvidando de que eran artistas antes, y muchas veces su oficio artístico, sus talentos, mueren ahí. Es algo que también pasa en la urbe, el trabajo termina matando lo que es el oficio artístico por la necesidad que todo el mundo tiene de vivir. La idea del artista muerto de hambre no funciona si no tienes a alguien que te mantenga, y es finalmente eso, una idea que no es pragmática en el mundo en el que vivimos. Pero eso me pasaba ahí, siento que la gente decía que era músico, o pintor, o no sé qué, pero la última vez que tocaron algo fue cinco años antes cuando aún no estaban atrapados en esa máquina que es la industria, lo cual es lamentable. Y creo que también es la razón por la cual todo el mundo termina tan harto de estar ahí. 

Al inicio del libro cuentas que parte del interés de viajar a California y trabajar una temporada en la industria del cannabis era cultivar, nutrir, cosechar tu propia escritura. ¿Cuánto de lo escrito fue mientras trabajabas como trimmer y cuánto del texto fue escrito posterior a la experiencia? ¿Este libro cierra, en parte, ese viaje por fin o abre la puerta a nuevos viajes, nuevas experiencias, nuevas historias?

La primera vez que fui no escribí casi nada más que anotaciones sobre el lugar, algunas ideas, experiencias, pero la verdad es que esas primeras impresiones se me quedaron plasmadas en la retina. La primera vez fue muy chocante, como son la mayoría de las primeras veces, y esas imágenes fueron imposibles de olvidar. Todavía recuerdo muchos de los diálogos que tuve con las personas cuando llegué, aunque después no los volviera a ver ni tampoco quedaran plasmadas en el texto.

 El libro completo fue escrito después del viaje, mucho después, cuando la idea de volver a trabajar en California ya estaba cerrada. En el transcurso sólo anotaba cosas, algunas imágenes, algunas frases que me parecían importantes e inconstruibles. Tenía otro proyecto en curso las veces que iba para allá, otra idea libro que era más personal y que pude terminar, y no quería empezar a escribir esta experiencia hasta haber terminado la otra idea, por una cuestión de maña, como de avanzar una cosa a la vez. 

Y si, este libro cierra la experiencia de ese viaje y eso me encanta. Poder haber sacado algo de una experiencia en donde jamás las personas sacan algo positivo más que un valor monetario. De todas formas, personalmente, la escritura vivencial es algo que he hecho desde ya un tiempo y creo que es lo que seguiré haciendo en los próximos proyectos

Algo evidente en este libro, sin dudas, es la exposición de un yo que atraviesa situaciones al límite, donde su identidad, su vida, corre peligro. A ratos, esa exposición muestra fragilidad, a ratos fortaleza. El trabajo sobre la identidad, en la crónica, es algo que en Chile conocemos muy bien gracias a Pedro Lemebel, a quien mencionabas antes. Desde ahí, ¿encuentras en la crónica un formato con el que es posible atravesar estos puentes entre mundo textual y mundo íntimo?

Como dije antes, a Lemebel, para poder escribir esta crónica y otros textos de crónica literaria anteriores, lo leí mucho. Leí todo lo que encontré de él. Sobre todo, por la rítmica. Para poder encontrar una forma de escritura que sea lo suficientemente descriptiva, y a la vez íntima. Fui desde su novela, hasta sus crónicas más duras, e incluso sus entrevistas con el libro que sacó Alquimia hace unos años. En Lemebel encontré una forma de escritura demasiado particular, y una forma de ver el mundo, los detalles, que creo que se parece a Capote, pero a la chilena, en esa sensibilidad que puede encontrar en los detalles más nimios toda la importancia del encuentro. Creo que eso es el punto fundamental de la crónica, poder encontrar esos detalles, porque esos detalles que son del ojo personal de quien escribe, nadie más los ve, y le dan una forma al relato mucho más potente. Creo que el cronista o quien escriba una crónica literaria tiene que saber confiar mucho en su memoria, a la vez que, en esos detalles personales, que finalmente pueden ser cualquier cosa, pero que no deben ser comunes, porque ahí la gracia se pierde.

Uno de los asuntos, quizás el más constante a lo largo del libro, tiene relación con los efectos de la legalización de la marihuana en California, su funcionamiento como una industria que es parte de un sistema en el que todas y todos estamos inmersos, que sí o sí tiene relación directa con personas dependientes a ella, por los motivos que sean. Con miras al proceso constituyente que vivimos en el país, ¿cuál es tu opinión en materia cannábica, a propósito también del 420 recién pasado?

Mi posición en cuanto a la legalidad de la marihuana es bastante clara aunque sea impopular; creo que hay que tener cuidado cuando se habla de legalización. Creo que existe mucha ingenuidad al hablar del tema por parte de los fanáticos, porque muchas veces no se entiende que la legalización de un producto tan popular, y con porcentajes de venta tan alto, llaman a una industria, y que la industria muchas veces no es positiva para las comunidades, ni el medio ambiente. Existen muchos tipos distintos de legalización del cannabis en los países, muchos modelos, y creo que el de California no sería una buena copia, tampoco el de Colorado, aunque sí creo que en Uruguay tienen un modelo bastante aceptable y funcional para la comunidad. Lo que pasa es que con la industrialización del cannabis se abre el mercado para que las grandes empresas puedan tener un monopolio del producto, y yo no creo que esa es la forma que un país como Chile necesita, sobre todo en estos momentos de crisis hídrica, también con una crisis delictual tremenda. Creo que es importante saber diferenciar entre legalización y despenalización de cultivo, donde la segunda me parece la correcta. Que los ciudadanos comunes puedan crear clubes, puedan cultivar sin miedo cantidades adecuadas, que haya dispensarios legales donde sus dueños no tengan que vivir en la ilegalidad. Pero la industria, a partir de la legalización, es brutal para las personas, sobre todo para los lugares periféricos. Así que hay que ser cuidadoso. 

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