Perderlo todo

Lorena Amaro

Jorge Díaz ha escrito este libro con palabras fulgurantes y extrañas.  Astrocitos, neuroglias, cicatrices gliales o moléculas como Cadaverina y Putrescina —esas dos que imagina como «dos hermanas travestis, atrevidas, malhabladas e insidiosas»—, cabalgan a sus anchas en un carrusel en que el blanquísimo laboratorio científico va vistiendo luces de colores, y las batas inmaculadas de los científicos son arrancadas para mostrar los cuerpos, en el agitado apuro de torcer la mirada, enchuecar la perspectiva, contagiar con estas palabras la literatura, y a la ciencia, contagiarla de sentimiento, saliva, dolor. Pero en su calesita, Jorge no pone las palabras nada más para hacer lo que hoy triunfa como “divulgación científica”, sino que para emanciparnos la lágrima, como titula su libro anterior. Para remecernos con sus observaciones de lo humano y lo no humano. Para decirnos que existen cuerpos «de género extraviado»; que «el mundo no es un gimnasio, los cuerpos no son elásticos, los cuerpos son plásticos. Es decir, exhiben el historial de su transformación»; que «hay que saber mirar el pasado porque no toda subversión partió hoy y el ojo, a veces, es engañador»; que «la memoria es la selección del tiempo pasado en el presente de un cuerpo que subsiste acéfalo. La memoria está en el cuerpo». Jorge Díaz, biólogue transfeminista, nos ofrece estas frases para que las pongamos en el microscopio y las observemos, pero no con la luz de abajo, como se observan las placas con células muertas, sino desde arriba, una mirada invertida sobre los tejidos vivos, que es la metáfora que surte de energía y fuerza a todas las otras metáforas de este libro, preñado de literatura y ciencia. 

Sin embargo, es una frase simple, una frase que podríamos oír en cualquier lugar y circunstancia, la que queda resonando en mi lectura: «A veces siento / que puedo perderlo todo». Probablemente solo quien no ha tenido prácticamente nada entienda lo que es perderlo todo. La historia que se va construyendo en estas crónicas es la de alguien así, alguien que sin aspavientos tiene además la capacidad de reconocer ese miedo en la mirada castigada de otres. Que es capaz de reconocerlo en el drama de Chile. En el dolor de los pequeños logros y de las vidas mínimas sobre las que escribiera José Santos González Vera con mirada ya un poco bizca. Y no es que se trate aquí de una periferia: Jorge Díaz captura en sus viñetas las experiencias de una gran mayoría popular. Los suspiros de las viejas y los viejos, su olvido triste, la soberbia de los médicos, el sofoco del encierro en cuarentena, las rutinas repetidas en las calles céntricas y en las líneas del metro. Pero el ojo de Díaz no sólo registra; también imagina, imagina rabiosamente y hace suyo el barroquismo disidente y derrochador que, antes de él, amasaron Néstor Perlongher y María Moreno, Copi y Lemebel. Y narra una infancia en que el niño “terroncito de azúcar”, epígono del niño “de la alita rota” de Pedro Lemebel y heredero proleta del “niño de lluvia” de Benjamín Subercaseaux, sueña con hacerse monja. Y narra, también, la experiencia adulta del científico que sueña con «un club transformista celular donde las moléculas son  cantantes y sus estructuras de locomoción, los accesorios que toda drag queen necesita».

El libro está organizado en nueve secciones donde aparecen historias, pensamientos, poemas e incluso un pie de página que es solo eso: un pie de página (sobre los pies de página). Cada una de estas secciones es antecedida de un epígrafe emancipador, donde susurran las voces inspiradoras de Suely Rolnik, Lynn Margulis, Camila Sosa Villada, María Moreno y otras subversivas de la lengua, de la filosofía, de la literatura, de la calle y del sexo. Jorge lo sabe: «Importa con qué ideas pensamos otras ideas, con qué textos escribimos otros textos». Y traza su propia genealogía, que no es solo filosófica y escritural. No en vano escoge esta cita de María Moreno: «La autografía viene más de otras que de la propia vida». Esas otras vidas que el autor elige para construir subjetividad son desgarradas como una canción de Juan Gabriel, ese cantante que a su pequeño protagonista el abuelo le permite escuchar, pero no ver. 

Comienza la mirada ladeada, de costado, furtiva, chueca. Ver, observar, aprender, ¿desde dónde hacerlo? El lugar que se va perfilando en esta suerte de despedazada novela de formación es el de alguien que proviene de la clase trabajadora y cuyo activismo disidente se levanta en el cruce de la clase, la heteronorma, la racialización, la homofobia, la misoginia. «Ser disidente sexual –sostiene Díaz- es una posición crítica frente a la heterosexualidad, no es una identidad». Esta posición crítica se torna rebelión insolente, que ríe y llora. «El sodomita es todo aquel que se vuelve insurrecto a la higiene de la nación», escribe, y se pregunta quiénes son lxs virus, qué cuerpos, qué memorias e intensidades descartadas de la cuadrícula neoliberal. Y siente, claro, a veces, que es capaz de perderlo todo en esa frágil estabilidad que le es permitida y que está siempre puesta en duda por la amenaza patriarcal.

Microscopio invertido es, también, y como en los libros que más me gustan, una larga reflexión sobre el misterio de la escritura. En tanto ser científica feminista es resistirse a los “empujones” de la academia y a la idea de «una ciencia pura o una naturaleza inmune que tenga que buscarse para poder leer los códigos de lo biológico, alejándonos de la investigación de lo artístico y lo social», escribir es gozar de una práctica que no es definitiva, «porque el pensamiento cambia, la letra se edita  constantemente, no hay texto final: aprendemos de los borradores». Una escritura disidente que busca los «pequeños cortocircuitos», los «pestañeos del ojo torcido» que permiten exiliarse en el microscopio invertido, para desde allí alzar la voz: «Tenemos que mirar las células desde las barricadas, tenemos que entender los procesos, los textos y la constitución desde otra óptica, menos domesticada y abierta al mundo  en todas sus formas. La biología es una narración que siempre necesita lectores que cambien su modo de leerla». 

Me gusta que Jorge piense la escritura como un espacio de incomodidad y luchas, no solo porque desmenuza las jerarquías que trazan el espacio hipócritamente sanitizado del laboratorio, sino también porque reconoce hábilmente las mentiras de un campo cultural clasista y conservador, donde es peligroso observarnos y sobre todo decirnos a nosotres mismes. ¿Se puede decir todo y no perderlo todo? Jorge imagina el cuaderno de laboratorio de Marie Curie, donde ella, la científica laureada pero también marginada, escribió «una vida,  mezclada con experimentos, protocolos, resultados, cartas de amor y escándalos». Microscopio invertido es su propio cuaderno de laboratorio, donde puede reflexionar sobre moléculas, células, imágenes de laboratorio desechadas por la ciencia normalizadora. Y también, esto es fundamental, izar la bandera del ecologismo y explicar por qué «no es la familia el núcleo fundamental de la sociedad sino la biodiversidad», como debiera constar, dice, en la nueva constitución. 

«El delantal blanco no es ingenuo, es una prenda cargada de ideología», propone el autor, dando una modulación plástica al “testigo modesto”, ese sujeto de la ciencia que Donna Haraway, otra de sus referentes, desenmascara en tanto hombre, blanco y europeo, y cuya “modestia”, su aparente neutralidad, su desaparición detrás del instrumental científico, no es sino la forma en que compra su enorme poder. 

Ojalá hubiese más científicas como Jorge Díaz para cuidarnos, científicas acurrucadas en el entretecho de un departamento demasiado pequeño, imagen que nos propone para hablarnos de su infancia. «Como los blocks eran de tres pisos y nosotros vivíamos en el último, teníamos el privilegio del entretecho. Pensaba cuál sería el entretecho de nuestro vecino que vívía abajo o imaginaba abriendo una puertecta en su cielo instalando cachureos en nuestro comedor». Un milagro que existiera algo allí, entre las habitaciones y el tejado y que Díaz se subiera al entretecho, donde «se generaba un microclima, una ecología para escapar». El entretecho como un lugar improbable y peligroso a la vez. También, si sabes moverte y eres flexible, un lugar acogedor. Subirse allí —un entretecho, ni siquiera un ático— debió exigir plasticidad y una forma especial de valentía. Pienso que debiera existir una palabra para eso que solo de niños se nos ofrece, la experiencia de permanecer agazapado en un lugar insólito, un territorio nuevo a pesar de la pobreza, donde todo se puede sentir de otra manera. Pienso que el entretecho, ese pequeño, precario pero también rico inconsciente chileno, es también una imagen apropiada para la escritura de Díaz. Y que mientras se permanezca habitando plenamente ese lugar mental, ese desliz de la realidad o doblez del pensamiento, quizás podamos conjurar el peligro de pensar diferente y el miedo a perderlo todo.

Microscopio invertido

Jorge Díaz

Los libros del cardo, 2022

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