El greco de Gazpar Peñaloza

Diego Alfaro Palma

Hace algunos años, Gaspar me dijo que «estaba escribiendo algo». En el universo de las y los escritores, cuando uno de ellos «está escribiendo algo» eso puede significar dos cosas: o está completamente perdido y no quiere aceptarlo, o está en un campo de experimentación sumamente vasto. En el caso de Gaspar sé que estuvo un largo periodo tras ese «algo» complejo y movedizo, como quien atraviesa un enorme océano y encontrara entre medio un enjambre de islas, cientos de lenguas y pueblos desconocidos, vislumbrar cambios de rutas repentinos, sobrellevar tormentas. 

La nave de Gaspar no tenía por océano uno pacífico; por puerto destino, un muelle sombrío y poblado de fantasmas, el paso del tiempo había ennegrecido sus maderas hasta quitarles su antiguo esplendor. De esos lugares, para muchos es difícil hablar, sin embargo quien escriba sabe que no hay sitios cómodos ni encantadores: el proceso de escribir es ante todo el de oír y enlazar, el de la ansiedad y la búsqueda, recorrer y cien veces recorrer. El Greco es justamente eso, una indagación en una zona oscura que aquí tiene varios nombres: la historia de la resistencia chilena durante la dictadura, la historia de una familia, la historia de un país cuarenta años después de un fatídico golpe de estado, la historia tras las huellas de los antepasados. 

El Greco arriba en un muelle fantasma rodeado por un pueblo fantasma, en donde, como en la Comala de Pedro Páramo, hay voces que hablan en cada recodo. Está Magdalena y sus encuentros con hombres con submundos, su confidencias de amor con idas y venidas; está Pancho, el consejero, una especie de Virgilio que analiza cada fragmento, cada dato de la búsqueda; El Greco, con su infancia campesina y luego sus eternas andanzas entre la militancia y el desencanto; el Rolo, mi favorito, un ex miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que aún da vuelta a la cuadra con desconfianza; está el narrador que va de Valparaíso a Buenos Aires, de Curiñanco a Neltume, atando cabos, entrevistando, leyendo, tomando notas, escribiendo cartas a padres que ya no están; está el padre que ya no está, un personaje sacado de una novela picaresca, un notable encantador de serpientes; está el poeta Bruno Serrano, antiguo miembro del Frente, que deja a su paso un par de dibujos incomprensibles.

Este libro pudo haber tenido 1.500 páginas, pero quedó en 117. Citando a Juan Rulfo, «es un ejercicio de eliminación», en donde sólo queda lo sustancial. Y para mí esa sustancia es el tiempo, que es uno solo y muchos a la vez: el tiempo de la madre y el tiempo del padre, el tiempo de los amigos, el tiempo de la revolución y el tiempo del levantamiento, el tiempo de los abuelos y el tiempo de quienes se esconden temerosos del paso del tiempo. Así la cuestión es preguntarse cuál es la validez de un esfuerzo, de un sacrificio, del entregarse por una causa. ¿Podemos volver a encarnar esa intensidad? ¿Somos unos descreídos o unos hipócritas? ¿Cómo nacieron esas motivaciones para que un joven lo deje todo y tome un fusil para defender lo que cree es un futuro posible? 

Octavio Paz dijo una vez -basándose en sus lecturas de León Trotsky- que la revolución es la interrupción del tiempo histórico, una fisura. Es algo que suena romántico y delicado, si uno piensa qué significa agarrar la vida y ponerla a disposición de la guerrilla. Vivir la vida peligrosa, morir por ideas cuando hoy ya nadie quiere ni morir ni vivir por alguna razón de peso. Gaspar está en cada página interpelando ese punto, como si de alguna forma nuestra época hubiera también extinguido el animal salvaje de la aventura, el todo o nada, la transformación del ser humano. Cuando escribe esto, afuera de su ventana un pueblo se levanta y golpea sus cacerolas cansado de años de abusos. En cada levantamiento resuenan las vidas interrumpidas de otros levantamientos, en cada escritura que indaga en la heridas colectivas e individuales le espera ese mar, encabritado, un muelle inestable, un pueblo detenido. El Greco es esa aventura, a barlovento.

Y disculpen que para cerrar cuente una anécdota personal. Era 11 de septiembre de 2013 y yo trabajaba en una librería de Palermo, Buenos Aires. Dejé sonando en el equipo canciones de Víctor Jara. De pronto, entró un mujer, dio unas vueltas, se detuvo, lloraba. Me acerqué. «¿Le pasa algo, la puedo ayudar?». «Es la canción», me respondió. «La escuchaba con mi pareja en esa época. Nos impactó mucho lo que ocurrió en Chile. Él militaba contra la dictadura. Un día se lo llevaron y nunca más apareció. Éramos muy jóvenes. Disculpá, pero me da una pena… pasé años en la clandestinidad recordando esta canción y luego tratando de reconstruirme».De ese tipo afecto estamos hablando cuando leemos El Greco.

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