Presentación de Paraíso canalla, de Francisco Mouat

Marcela Aguilar

La primera vez que hablé con Pancho Mouat fue a propósito de un viaje. Yo había estado en Japón y traía un montón de ideas de artículos que podía escribir para la Revista del Domingo. Se las comenté a Pancho, que era el editor, y por supuesto que eligió la historia más rara: la de un argentino que se había convertido en luchador de sumo. Después de eso nos acostumbramos a tomar un cafecito casi todos los días: la conversación usualmente versaba sobre gente y situaciones curiosas que encontrábamos en la vida, en la prensa y en los libros. Así me enteré de su obsesión por el empampado Riquelme y así también llegamos al cuento de Aldo Poy y el gol más largo del mundo. Pancho solía escribir una primera versión como crónica para la revista, pero eso no lo dejaba tranquilo, sino que seguía rumiando las historias y los personajes por meses, años y, me doy cuenta ahora, por décadas.

Para alguien como yo, que no comenzaba a escribir mis textos periodísticos cuando ya quería librarme de ellos, siempre ha sido sorprendente la manera que tiene Mouat de cultivar sus historias, retomándolas y rehaciéndolas cada cierto tiempo, sin soltarlas nunca, como si cada personaje lo acompañara y como si disfrutara de esa compañía.

Estoy aquí, entonces, para dar testimonio de que «El gol más largo del mundo» es una vieja obsesión de Mouat, y que ya en su primera versión era tan demente como en esta novela llamada Paraíso canalla, que quien sabe si será la versión definitiva.

La primera vez que leí Paraíso canalla me detuve en las reflexiones que anclan los libros de Pancho Mouat y que quedan resonando mucho después de la lectura. Desde la primera página, cuando descubre que «casi no nos dimos cuenta, y esos amigos indestructibles (los de la infancia) perdieron sus nombres, se esfumaron de nuestros días y nuestras noches, salieron disparados como ráfagas de metralleta hacia otra galaxia». O hacia el final, cuando cuenta el ritual que tenía su padre con sus compañeros de curso: juntarse una vez al año los que siguieran vivos, hasta que no quedase más que uno. «Siempre soñé que ese último veterano de guerra vivo fuera mi padre», dice el narrador. Hay ahí resonancias de ese capítulo bellísimo sobre la relación con el padre en El empampado Riquelme. La muerte, el olvido, son preocupaciones que recuerdan a Tres viajes, Chilenos de raza, Algunos adioses y tantas otras crónicas que Mouat ha publicado en revistas y reescrito para libros como Escala técnica, también publicado en Overol.
Por todo esto, me había quedado con la idea de que Paraíso canalla era más bien un libro melancólico hasta hace unos días, cuando volví a leerlo para escribir, por fin, esta presentación. Sola en mi casa, me reí a carcajadas de las historias ridículas que transitan por este libro, como el secuestro del viejo Casale para llevarlo como amuleto a un partido clave para los canallas, o el elogioso obituario que se ganó Mouat cuando lo declararon muerto antes de tiempo. La OCAL, su museo de piezas absurdas, sus exámenes de admisión, su gran lama, sus rituales y su odio parido a los leprosos, parecen salidos de una imaginación perturbada, pero son tan reales como el campeonato de lanzamiento de enanos, el teniente Bello, el dueño de la luna y tantas otras historias que Mouat ha detectado con ojo de conocedor y recopilado con la paciencia, el cuidado y el placer del coleccionista. Por eso cada cierto tiempo Mouat las recupera, las pule y vuelve a exhibirlas en su propio museo de curiosidades. Como diría su querida poeta Wislawa Szymborska, no sé si Mouat ama a la humanidad, pero le gusta mucho la gente. Le gusta, sobre todo, acercarse lo suficiente para descubrir, como diría Caetano Veloso, que nadie es normal de cerca. Y le gusta dejar abierta siempre la posibilidad de no saber, de no conocer realmente porque, tal como a Antonio Tabucchi, le repele la pretensión de certeza. En ese espacio de lo incierto, de lo inverosímil, de lo extravagante y lo obsesivo se mueve este Paraíso canalla, lleno de grietas por donde se cuela la luz.

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