Memorias de un perdido

Diego Rivera

La meta es el olvido.
Yo he llegado primero
.
“Un poeta menor”, J. L. Borges

Martín observa el amanecer desde la ventana. Ve cómo el sol comienza a aparecer tímidamente, cortés con el cielo y con las nubes. Siempre se despierta a las cinco de la mañana, sin excepción. A veces, cuando la cortina está abajo, se resigna a mirarla. Se ha dado cuenta que el diseño es curioso: tiene rombos pequeños y unidos entre sí que forman flores más grandes que, a su vez, forman otra figura geométrica irreconocible y aún más grande. La cortina está polvorosa y con manchas verdes de la pintura con que su padre pintó la pieza. Él detesta esas cortinas. Ha hecho todo lo posible para decírselo a su madre, pero ella siempre lo malinterpreta: sube o baja la cortina en vez de sacarla. No puede hacer mucho más. En su mente se ve como aquel a quien el Lenguaje abandonó y dejó tirado en una soledad austera, que aún ni se percata de él. 

Al lado de la ventana, hay un reloj de pared con números romanos, que murió hace unos meses, exactamente a las 04:12. Martín recuerda a la perfección ese día: desde su cama, contemplaba el cielo apagado de estrellas. Sus padres y su hermana estaban acostados y en la calle había unos muchachos peleando, supuso que con botellas por el ruido de la quebrazón de vidrios. El sonido de las agujas del reloj lo acompañaban en el silencio, uno que rara vez era interrumpido por alguna persona. No tardó demasiado en darse cuenta cuando el reloj cesó. Inmediatamente concentró su mirada en él, para sentirse más solitario que antes. Ni las personas que peleaban afuera ni el cielo completamente oscuro le asustaban ya. La muerte de su reloj lo entristeció lo suficiente como para ignorar lo demás, pues ahora, el silencio parecía ser perpetuo para él, sentenciando la íntima soledad que el sonido del tic-tac, a ratos, parecía acallar. Ahora estaba del todo solo, sin una melodía capciosa que lo acompañara. Pero aceptó ese inconveniente sin irritarse, sin lamentarlo, sin expresar ninguna emoción. Se durmió al rato, con unas leves lágrimas en sus ojos, unas que desaparecieron con el calor de la pieza, y que Martín nunca conoció.

Son las nueve de la mañana y su madre le lleva el desayuno. Siempre come lo mismo: puré de lo que sea. Su madre nunca lo saluda y rara vez le dirige la mirada. Hay un clima raro entre ellos, incomodado por el olvido de uno y la aceptación de otra. Una vez termina de comerse la papilla, entra su padre y lo levanta, con mucho esfuerzo, en brazos para sentarlo en la silla de ruedas. Su padre lo lleva al baño, lo ayuda en su aseo. A él, a pesar de que lo estima, hay veces en que no lo reconoce, como si fuese un extraño, pero esto ya le da igual, después de todo, es un hombre bueno que lo ayuda. 

Al terminar, su padre lo regresa a la cama, que ya ha sido ordenada por su madre. Se queda acostado todo el día. Ve el gigante sol esparcir las nubes. Pasan pájaros y, de vez en cuando, aviones. Se imagina historias con la forma de las nubes. Por ejemplo, con una nube con forma de flor imagina ser una rosa que es regada por las lluvias, hasta que, en un momento, el floreal jardín en el que se encuentra se convierte en un desierto, amarillo y caluroso. Antes de morir de sed, aparecen dos sombras, que lo riegan y evitan que muera. La historia se le olvida cuando observa otra nube, esta parece un planeta. Se imagina que es el planeta, repleto de personas que viven en él, que beben de sus aguas, que juegan en sus tierras y que respiran de su oxígeno. A pesar de la inmensa compañía que tiene, se siente solo. Ningún otro planeta está cerca, nadie como él en los alrededores del infinito espacio. Nuevamente la historia se le olvida…

Entre tantas historias que imaginó, su madre vuelve a la pieza, pues ya es hora de almorzar. Martín no la ha visto desde la mañana. Ella nuevamente le da comida, de a poco, porque a su cuerpo le cuesta tragar el más mínimo alimento. Durante todo ese proceso, ella nunca se atreve a mirarlo, a pesar de que él la vea constantemente para intentar descifrar su indudable inseguridad. Al terminar, se retira sin decir nada. Martín se queda nuevamente solo, admira el hermoso cielo, con su reloj muerto a unos centímetros de la ventana. 

Siempre escucha, a eso de las 14:30, a sus padres y hermana hablar. Conversan sobre la cotidianeidad de la familia; si acaso regaron las plantas o le dieron comer al perro, pero nunca escucha su nombre en esas entrañables charlas. Eso no le provoca ningún sentimiento molesto, pues en el fondo de su corazón, algo le hace entender que aquello es normal. Decide intentar dormirse con las palabras que brotan de su familia, acaso para no soñar con la soledad, acaso para engañarla durante unas horas. 

Mientras duerme, entra la madre con unas pilas en la mano. Toma el reloj de la pared, devolviéndolo a la vida. Al rato, Martín comienza nuevamente a escuchar el sonido de los punteros desfasados, los que ya iban por las 04:32. Es difícil comprender lo que soñaba Martín momentos antes. En su sueño parecía ser otra persona, con un rostro irreconocible y con una novia maravillosa, a quien no le podía ver la cara ni escuchar su voz. Aun así, la logró comprender de otras formas. La amó con tal intensidad que intentó olvidar que era un sueño. Se aferraba con total desesperación a su amada, a su trabajo, a su vida en aquel sueño. No quería volver a ser Martín, el hombre postrado en una cama, que ve un cielo del que jamás será parte. Deseaba quedarse junto a su amada, reírse junto a ella mientras escuchaban en la radio “Another love” de Tom Odell, su tema favorito, y comían postres de distintos sabores, acompañados de un té cargado y sin azúcar. Pero pronto iba a despertar y, a sabiendas de aquello, se lo dijo a su amada, rogándole que se marchase con él, por egoísta que hubiese sonado. Sin embargo, ella no comprendió más que a un hombre que lloraba entre balbuceos, y que de pronto se fragmentó y desapareció de su vista, quedando sola, en un sueño que jamás volvería a ser visitado, ni por Martín, ni por nadie. 

Al despertar del todo, escucha las manecillas que se mueven sutilmente. Sus ojos están mojados y se niegan a mirar el cielo, a tal punto que desea que la cortina estuviese bajada. Entre rabia y una chocante tristeza, explota con un jadeo que le incomoda al respirar, pero que también lo libera del peso que ignora día a día. Sus gritos forman palabras de la infinita necesidad de liberarse, pero nadie puede comprenderlas, más allá de concebirlas como onomatopeyas salvajes que provocarían pánico para el que escuchara. Grita durante varios minutos, sin detenerse. El reloj de su pieza ahora marca las 04:38 y Martín no parece querer cesar su inefable grito. Nadie en la casa lo escucha, pues todos están fuera. La hermana se encuentra en el colegio, presta atención a la clase de historia, mientras sus padres están en el supermercado, pues hacen las compras del mes, las que siempre resultan ser demorosas y molestas.

Nadie alcanza a escuchar al tullido. Sus gritos no son lo suficientemente impactantes como para alarmar al vecino más cercano. El reloj no parece calmar su soledad, a pesar de que está consciente de que ha vuelto a la vida. Ahora, para Martín, el reloj resulta ser una sustancia más en su inmensa soledad, incapaz de amenizar las solitarias horas que lo azotan una y otra vez. Entre tantos gritos que crujen de sus cuerdas, sale, como pequeñas gotas de un grifo arruinado, sangre que ensucia poco a poco las sábanas blancas. 

Los padres de Martín, luego de llenar dos carritos de comida, se disponen a regresar a su hogar. La calzada está medianamente vacía, pero los semáforos resultan ser las únicas inconveniencias que retrasan su llegada. En una frecuencia radial, que rara vez el padre pone, suena una canción. Por el ritmo, es pop alternativo. En principio, y entre tanta charla, ninguno de los dos presta atención a la letra, hasta que llegan al semáforo que más se demora en cambiar a verde. La canción va por el minuto y veintiséis segundos. El piano, que armoniza, cautiva con su lentitud. La letra dice: “on another love, another love, all my tears have been used up…”. Ambos hablan de cosas triviales, en el momento que la madre escucha con atención la radio. La observa algo turbada, como incapacitada para continuar con la conversación. Se da cuenta que la radio apenas y tiene dos botones. Nunca antes había visto con detenimiento la radio, después de todo, jamás la había usado, pero en ese momento se percata de todas sus cualidades; el color gris, los botones negros, la pantalla táctil que permite ver la frecuencia sintonizada. Todos los detalles inadvertidos desde siempre ahora son evidentes, en tan solo seis segundos, a causa de la apodíctica canción. La madre intenta cambiar la frecuencia, pero no sabe cómo. Por la angustia, comienza a golpear con sus dedos la pantalla de la radio. El padre se asusta debido a la repentina reacción de su amada. Intenta sosegarla, pero la luz verde ya está en circulación. El padre intenta conversar con la madre, pero esta no hace caso, se dedica netamente a cambiar la frecuencia y falla por completo. El padre quiere hacerlo por ella, pero le corre su mano, histérica e intolerante a cualquier intromisión. La canción ya va por los dos minutos y cinco segundos, y ahora el piano suena más explosivo, acompañado de una batería que sigue el compás y con la voz quebrada del cantante, como al borde del llanto: And if somebody hurts you I wanna fight, but my hands been broken one too many times. I use my voice I’II be so damn rude, words they always win but I know I’II lose. And I´d sing a song that I´d be just ours but I sang them all to another heart. La madre se impacienta todavía más y golpea con el puño la radio, dejando la pantalla rota y sus nudillos lastimados. Debido a la catártica escena, el padre tiene que detenerse al borde de la pista para apagar por completo la radio. El tema por fin se detiene, pero la madre sigue dándole golpes, hasta que es frenada, con pánico, por su amado. La palanca de cambios está roseada por la sangre de la madre y el silencio dentro del coche es incómodo por las agitadas respiraciones de ambos. Los autos pasan con velocidad por al lado de ellos. Se quedan inmóviles durante un largo periodo. Observan el paisaje repleto de edificios y áreas verdes. Desde allí, apenas faltan tres minutos de camino para llegar a su hogar.

Luego de calmarse, la madre le pide a su esposo echar a andar el auto. Durante los tres minutos faltantes, ambos se quedan en silencio. Escuchan el motor del coche y los otros vehículos que pasan por el costado. Llegan finalmente a la casa y desde la entrada oyen algo particular, un ruido que parece venir de adentro. Al abrir la puerta, el silencio es destrozado por los gritos de Martín. La madre suelta las bolsas y sube con velocidad las escaleras. Lo ve postrado, con la boca ensangrentada y las sábanas manchadas tanto de sangre como de orina. El grito ya no resulta ser claro, sino que este es disfónico y horripilante. La madre no se atreve a acercarse a su hijo, no por asco o algo parecido, sino que por miedo; uno rotundo y que había intentado olvidar hace tiempo. Inmediatamente sube el padre, que nota enseguida la incapacidad de su amante. Va con prisa caótica a frenar a su hijo. Lo toma del cuello, cuidadosamente, y hace que lo mire para comenzar a relajarlo con sus palabras. Martín sigue inquieto, pero reacciona al ver el rostro de su padre. No lo reconoce, pero a la vez sabe que es aquel que lo ayuda en sus quehaceres. Su padre lo toma en brazos y baja con él al comedor, para dejarlo sentado en el sofá. La madre lleva la silla de ruedas al primer piso. Martín, a pesar de estar más sosegado, no detiene el llanto. Mientras el padre intenta llamar a la ambulancia, la madre está destrozada, pero sin lágrimas en su rostro, como si, tiempo atrás, hubiese llorado tanto que ya no le quedasen más llantos que consumir. Martín, en el sofá, se da cuenta, entre lloriqueos, que tiene un cristal frente a él. El espejo no es tan grande, está roto en una esquina y sucio de tanto que ha sido tocado. Han pasado unos años, tal vez diez, desde que no se ve en un espejo, ha olvidado, incluso, la existencia de estos. El llanto se detiene cuando percata su figura reflejada. Se observa, tranquilamente, mientras sus padres hablan con el hospital. Se ve ahí, destrozado, con una barba gruesa que recién parece salir, con su pelo canoso y desordenado y con sus arrugas marcadas y profundas. Con los 180 grados que tiene de visión, logra ver tan solo al padre, y se percataba que se ve como él; igual de viejo, igual de hombre, igual, pero distinto. 

No logra entender la situación en la que se encuentra: con la garganta dañada y el pijama orinado. Pero se glorifica en un espejo sucio, se fija en sus pestañas diminutas, para luego rodear sus mejillas caídas hasta llegar a perfilar sus ojos grisáceos con sus labios resecos y pálidos. En él ve otra vida, una que no sería ansiada por ninguna persona en particular, pues casi todos en el mundo ya la tienen. En esa vida, luce más joven; con pestañas aladas y labios rosado. Se da la mano con alguien que dejó de ser su amada hace mucho tiempo. Ríen de pequeñeces, aquellas que hacen feliz a cualquiera. Caminan por una avenida inmensamente infinita, rodeada de parejas igual de enamoradas que ellos. Pasan miles y miles de baldosas, hasta que, en un momento, se empiezan a alejar del lente que los proyecta hasta que esta se va a negras. Inmediatamente después, su consciencia vuelve al espejo, en donde está un viejo irreconocible, que lo mira tal como Martín lo miraría a él. Hacen los mismos gestos de desagrado, a la par que olvidan furtivamente cualquier huella imprecisa que indique algún pasado cercano, hasta que nuevamente, su reflejo se le olvida. 

La madre observa con atención a su hijo. Hace ya varios minutos que la herida en sus nudillos no significa problema alguno, debido a que sus receptores de dolor están bloqueados por otro dolor más allá del físico. Mientras su amado se comunica con el hospital, ella nota a un perdido conocerse en el espejo; que lleva sus ojos a cada rincón del cristal y analiza cada partícula que le muestra. Puede identificar una mueca, distintiva e involuntaria. Ella piensa que es una sonrisa. Ella quiere pensar que es una sonrisa, solo por esas esperanzas que te otorga la incertidumbre, que aprieta la realidad impía para seducirte con la infinita posibilidad que, por inmensa que sea, nunca llega a ocurrir. La madre quiere llorar, pero su cuerpo se lo niega; le rechaza el castigo de ver a esa persona y echarse a llorar como si aquello fuese un dolor recién nacido. Sus cuencas están secas, pero su pulso es pesado, bombardea su pecho y hace que respirar sea un trabajo difícil. Ansía lanzarse hacia él, abrazarlo con furia para ver si recuerda, pero de qué serviría eso, ¿acaso para condenarlo aún más? A ella no le queda ninguna opción más que ser su madre y a Martín ninguna esperanza más que ser su hijo.

Después de un rato, el padre termina de hablar con el hospital. Martín, quien todavía observa con recelo a aquel viejo del espejo, es tomado por su padre, quien lo sienta nuevamente en la silla de ruedas y lo lleva a la puerta donde esperarían a los enfermeros. Por fin vuelve a ser el niño adolescente de hace diez años, aun cuando tristemente su amada lo mire con el corazón roto, pues anhela, a veces, volver a cantar la canción que sonó en la radio de ella y en el sueño de él, mientras comen postres de distintos sabores y toman té cargado y sin azúcar. 


Diego Rivera, 19 años, cursa Pedagogía en Lenguaje y Filosofía. Vive en la ciudad de Vallenar y escribe desde los 16 años, impulsado por un molesto aburrimiento.

Instagram: @saed.edd

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