En la raíz de todo está mi madre

Pascuala Atania Orellana

Desde hace varias semanas comencé a leer El Club de la Pelea. Creí que me demoraría dos días en terminarlo, pero el peso de la cotidianidad me detuvo en la página donde el protagonista empieza a escribir haikús. Tal vez yo igual debería hacerlo. Aprovechar esta lluvia y estos días fríos para hacer lo que el resto: ir a sentarme a un café, pedir un té con canela, beberlo mirando la calle como si nada y como si todo. Quise retomar la costumbre de escribir en mi diario aunque, desde que X no viene, eso también se fue a la mierda. Mis días se repiten como programación de radio AM. Los lunes siempre almuerzo legumbres y los viernes voy a un restaurante que queda a la vuelta de mi casa a comer comida peruana. Me siento como los viejos que están cansados de vivir y esperan la muerte sentados en sus camas. Se duchan, se perfuman, dan una vuelta a la manzana. Aquí no tengo con quien agarrarme a combos, hasta yo misma soy una entelequia. Alguien más está pensando que existo y ese alguien me detesta. 

He estado tan lenta para leer que decidí sacar un libro de cada repisa de la biblioteca, los amontoné en mi velador e insisto en repetirme que debo bajarle peldaños a esa montaña antes de que termine el semestre. Hice eso en febrero, ya estamos en abril. Sigue ahí, casi intacta. Me graduaré como experta en urdir planes inútiles, poemas inútiles, reseñas inútiles, tesis inútiles. Con la música ha sido parecido. Recuerdo que J decía que intentaba escuchar un disco nuevo todas las semanas. Le copié y fracasé. Partí con Pink Moon de Nick Drake, pero terminé colocando de fondo los episodios de Amigas y Rivales, las estrellas también caen. Definitivamente soy un absoluto desastre. 

Me resisto a vivir diez años más así. Me resisto a vivir, de hecho. 

Despertar me derrumba. Abrir los ojos y ver que es de día es desolador. Demoledoramente triste. Prefiero permanecer en vela toda la noche para no desilusionarme en la mañana. Esa batalla es otro fracaso, para variar. Cuando me invitan a leer mis poemas en los actos culturales, siempre bromeo con que no publicaré nunca, pero que cuando me suicide, alguna amiga o amigo tomará mis textos y los pasará por alguna editorial al estilo Rodrigo Lira. A quien desee hacer eso, que queme todo y mejor tome en cuenta estas líneas. Soy más decente describiendo que construyendo imágenes patéticas en verso libre. Prefiero el llanto a las metáforas. Al menos aquí puedo quejarme con tranquilidad por mi desgarro. 

Tener insomnio no es tan terrible si no debes cumplir un horario de oficina, se lo aprendí a Mario Levrero. F se quedó dormido sin cortar la llamada, con el televisor prendido, además. Es otra forma de compañía. Si le miro el lado positivo, estando despierta puedo controlar el bruxismo. Aún quedan unos restitos de flúor que me puso el dentista cuando fui a media tarde. Me gusta imaginar que la luz prendida del dormitorio hará que ella venga a decirme “hasta qué horas”, como antes. Que pondrá su cara de vieja mañosa y pasará al baño por efecto de la hidroclorotiazida. Me daba risa cuando pensaba que yo estaba durmiendo, así que no tiraba la cadena para no meter bolina. Qué sentirá ahora que está muerta. A veces pienso en su cuerpo en descomposición, en la oscuridad del sepulcro, en el hedor que debe haber dentro del ataúd. 

Me duele. Me duele físicamente.

Evito a toda costa ir al cementerio. Es una responsabilidad de adulta a la que jamás me voy a acostumbrar. Comprar flores que se marchitarán a los tres días, limpiar la lápida, fingir que estoy rezando, hablar como si ella estuviera oyéndome. Una burda pantomima a la que me niego por completo. La penúltima vez que fui tarareé “siempre he sido una dama, pero soy una perra en la cama” todo el rato mientras le pasaba un trapo al mármol. Ella no está ahí, mis peores pensamientos son irrelevantes en ese lugar. Se fue para siempre y se siente como si no pudiera venir a buscarme jamás. Antes de enterrarla, ya había asumido su partida. Me dejó ese sábado por la mañana cuando me confundió con mi mamá. Sin embargo, la escuché llamarme cuando las enfermeras la bañaron al hospitalizarla. Me consuela imaginar que murió creyendo que yo era quien la cuidaba hasta el final.

Tampoco hablo de mis sentimientos durante esa semana. A menudo recuerdo lo rápido que los sepultureros metieron el ataúd en el nicho, F apretó mis manos y me dijo “van a sellarlo”. Debe haber creído que me desmayaría porque me abrazó o a lo mejor lo hizo para contener su propia tristeza. Les hice un gesto a los trabajadores y ellos comenzaron a cubrirlo con tablas y cemento. He ido a varios funerales y nunca me había fijado en ese detalle, la entrada al descanso eterno está hecha de escombros. Después tuve que encargar la lápida. Ni siquiera pensé demasiado en lo que le iba a escribir. 

“En la raíz de todo está mi madre”.

Es un verso de un poema de Elvira Hernández, pero no creo que a María Teresa Adriasola le moleste que me haya apropiado de él. Si algún día la poeta vuelve a este pueblo, la puedo llevar a esa tumba para que lo vea. Se dará cuenta de que puse mi nombre igual que Lemebel puso el suyo cuando pasó por lo mismo. Soy un plagio con patas. El dolor es poco creativo, es un cliché y a todos nos golpea de la misma manera. 

Cuando agarro fuerzas y visito sus restos, llevo flores como si fuera millonaria. Claveles, rosas, girasoles, siemprevivas, ilusiones, crisantemos. La casera me da ramitas verdes para adornar y me pregunta si voy a necesitar escoba y bidones. Cree que voy a un mausoleo. No me quedo por más de media hora, aunque siempre saco una foto para acordarme de la fecha y de cómo combiné los colores. Varias veces llegué con flores mientras estaba viva. Le gustaban, se sorprendía. Me mandaba a llenar un frasco con agua, de esos donde se hacen las conservas y las ponía en alto para que no las botara la gata. Una amiga le mandó una rosa por encomienda para un día de las madres, con una tarjeta donde le agradecía por haberme criado. Ni siquiera con mis regalos la vi tan emocionada. Repito, qué sentirá ahora que está muerta. 

Le doy una mirada a los títulos que tengo en el velador antes de darme por vencida. Memorias de Adriano, Nuestra parte de noche, Homenaje a Cataluña, Pájaros en la boca y otros cuentos, Delta de Venus, Una noche en el paraíso. Ella siempre les decía a las vecinas que se sentía sola porque cuando estábamos en el living yo me sentaba a leer a su lado y no le hablaba. 

Ahora soy yo la que está materialmente sola. 

Mañana intentaré seguir escribiendo la tesis, iré al restaurante a comer salmón a la huancaina con chicha de maíz morado. Me fumaré un cigarro al estilo Marla Singer, me quemaré la mano con ácido, iniciaré una pelea para perderla, romperé la primera regla y les contaré a todos sobre El Club de la Pelea. Probablemente salude al caballero que da vuelta a la manzana y que le tira un diente de pan francés a mi perro, sin mi permiso. 

Al anochecer me sentaré en la cama. Quizás tenga suerte y venga la muerte de una vez por todas.  

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