Si las cosas fuesen como son o lo que se conjura cuando nombramos

Gabriela Alburquenque

Si las cosas fuesen como son, de Gabriela Escobar Dobrzalovski, es una novela que, como expone el texto de contratapa de la primera edición, trabaja una prosa «atenta a lo mínimo, mezcla ráfagas de recuerdos con imágenes del día a día, mientras [la protagonista] pasa las tardes cortando flores para hacer cigarrillos».

Reconocida con el Premio Juan Carlos Onetti el 2021, la novela, publicada en Chile por Ediciones Overol, se instala en el mesón de la autoficción, género fronterizo que Vicent Colonna describe en 1989 como una “ficcionalización de la experiencia vivida”. No obstante, es como lo trabaja Ana Casas en su artículo “El simulacro del yo: la autoficción en la narrativa actual”, como se hace presente aquí: como una estrategia, un «hibridismo que admite todas las gradaciones», algo que «propone, entre otras cosas, instaurar una relación nueva del escritor con la verdad. Y lo hace tomando prestada de la novela toda clase de recursos y estrategias: lo que importa, pues, no es tanto el relato histórico o factual de los hechos, sino la manera (novelesca) de narrar esos hechos»». 

Al experimentar literariamente a partir de la propia vida, Escobar Dobrzalovski se la juega por formatos que aparentemente están fuera de la literatura, pero una vez dentro, despliegan su potencial literario: diarios de la playa e instrucciones para dibujar el plano de una casa, desplazarse, pensar. Ambas, escrituras paralelas a la narración de la historia que sirven para complementarla. Gesto similar al de Alejandra Costamagna en El sistema del tacto (Anagrama, 2019), novela en la que además de la narración de la historia de Ania y su tío Agustín, se presentan formatos que completan el residuo y la fisura de las historias del libro: el manual del inmigrante italiano y los apuntes de los cursos de dactilografía.

En el caso de Si las cosas fuesen como son, la primera persona se abre a la segunda en las instrucciones que interrumpen a la primera, y el juego entre la protagonista del relato y lo que se registra de la historia mientras la narración ocurre se introduce gracias a los diarios de playa, las anotaciones del territorio, los residuos de la investigación genealógica de Gabriela. Ahí, personajes como Nelly, esa antepasado que toda familia tiene «encerrado en un cuarto por macroencefálico, puto o telepático. Un antepasado que quisieron borrar del mapa, que vuelve a nacer generación por medio», aparecen en medio del territorio, parados al centro de la casa, de los planos que Escobar Dobrzalovski traza en la novela a medida que la historia avanza.

La historia, que inicia luego de una ruptura amorosa, es el resultado del regreso al nudo materno. Entramos a la narración como Gabriela entra a lo que implica el reencuentro con la vida junto a sus hermanos y su madre, la Tumbona, y sin el padre. La premisa de la historia conjura de inmediato un nombre, un apodo que al mismo tiempo que engloba la visión de los hijos sobre la madre, marca la presencia del personaje en el relato:

«Fuimos niños en una casa muy chica y el pasillo no daba para dos cuerpos, ella pasaba golpeándote, su cadera contra tu hombro, a veces gritando permiso, rato después de haberte tumbado. Mi madre máquina no pide permiso. No usa explicaciones. Tumba, tira, demuele. No dialoga. Cuando no te explican nada, lo que falta se inventa, y la historia familiar se convierte en una cabeza anónima esperándote atrás de un vidrio empañado».

Son los espacios tomados por la Tumbona los que se disputan aquí, lo sabemos a medida que la narración avanza, y en un gesto de resistencia por parte de la protagonista, los espacios materiales y abstractos se conjuran cuando se nombran, se resisten a la toma del cuerpo de la madre en la enunciación de la palabra que hace ella y no su madre: «Papá es una mala palabra. Mamá lo decidió así. Tengo nueve años y aprendo rápido. Papá es un conjuro que no hay que nombrar».

Gabriela Escobar Dobrzalovski, autora de Si las cosas fuesen como son.

La maternidad se deshace a lo largo del relato como una de las pocas resoluciones que la protagonista tiene sobre su vida, pero quizás no, porque el espacio a la duda, a la incertidumbre, aunque poco presente en la novela por algo así como una urgencia por nombrar, se abre al final incluso respecto de la madre:

«¿Y si mi madre es buena y es que tengo los ojos podridos? Descubrir algo así sería despertarme de la parte honda del océano, sin saber cómo llegué hasta ahí. Ese es uno de mis miedos, despertar de una estupidez que creí toda la vida, encontrar en mi cama un gigante, un extraño que conozca mi casa, que siempre haya estado ahí. Y que la extraña, la extranjera, sea yo. Descubrir que mi madre siempre fue buena».

Fuera del nudo materno, aunque como parte de lo que implica volver a él, sabemos que la protagonista, además, vive una ruptura amorosa reciente y está dispuesta a tener una relación sexoafectiva que contiene un pacto de infidelidad con una de las nuevas vecinas a las que conoce cuando se mudan con su familia a una casa cerca del mar. La inestabilidad de cara a la vida producto del quiebre con su vida anterior para volver a una más atrás y no ir a una más adelante, así, se entremezcla con la necesidad de rastrear un registro común con la madre ahora que se revisitan los pasajes de esa antigua convivencia: «Qué hizo la madre de la madre de mi madre para que la madre de mi madre haya hecho lo que hizo y mi madre haya sido la que fue y sea la que es».

En su origen, sin embargo, la familia tiene otro nudo: el del exilio y la desterritorialización, el desarraigo, un nudo trenzado por capas de resistencia a un incendio, resistencia a las cenizas que se devuelven en la garganta porque después de las llamas todo es fuego: «Mi bisabuela, la que escapó antes, dirá en su adultez, cada día, que siente fuego en la garganta». La historia del pueblo de su familia es la historia del incendio de Jedwabne, en Polonia de 1736. Tras el suceso, la bisabuela junto a su padre y hermana llegan a América del Sur para lanzar sus raíces allí, desde donde Gabriela escribe: «En ese fuego murió parte de mi familia, los abuelos de la Tumbona. Pulverizados. En la madrugada, el calor baja y solo queda una masa de cuerpos irreconocibles. El fuego los vuelve iguales. Se llora una pila de carbón que podría ser tanto un mueble como tu hermana. Todo es polvo».

«Digo familia como digo desplazamiento de vértebra. Si escribo la historia en fragmentos es porque así me la contaron. Mi familia es un caleidoscopio detonado, nadie quiere agacharse a juntar los pedazos (…) Nuestro árbol genealógico flota, sin raíz, en un estanque de saliva. La madre de la madre de mi madre, pienso en esa torre de madres y cae como un dominó, imposible de ordenar:

Como si nadie quisiera estos apellidos.

Como si los nombres perdieran letras.

Como si las cosas fuesen como son».

Si las cosas fuesen como son es una novela que es también un diario de anotaciones y además el plano de una casa que se indica, dibuja y borra una y otra vez mientras la historia ocurre. Una novela en la que las olas traen preguntas del pasado, en la que el mar es capaz de disolver las capas del tiempo sobre el presente, en la que los oídos se pierden en Polonia, en el mar, en cualquier lado menos en el cuerpo:

«En mi familia, el oído no es una parte del cuerpo. O sí, pero no funciona. Mis tres tíos –dos tíos y una tía– son sordos de nacimiento. La cuarta hermana es mi madre, la única que oye.

Los sordos tienen la boca en las manos. Dibujan las palabras en el aire, cada palabra tiene un gesto propio. Mis tíos tenían permitido usar el lenguaje de señas dentro de su casa. Afuera, sus padres se los tenían prohibido, en la calle quedaban incomunicados. Si hablaban con las manos los vecinos señalarían. Vergüenza. Ya los alemanes nos habían marcado y diezmado: se supone que la guerra terminó, pero la invisibilidad siguió siendo la estrategia obsoleta de salvación».

Una novela en la que se muere por no ser nadie y la playa es capaz de despejar la muerte:

«Me voy a la playa a despejar la muerte y a la vuelta enjuago el barro con la manguera del jardín. El agua helada primero enfría la imaginación. Se activa el recuerdo de todas las veces que me enojé. Dendrita, axón, punta del dedo contra la gota, camilla fría. El chorro contra el suelo. Revienta. Interpongo mi cuerpo: pecho, omóplato izquierdo y derecho. La malla se me pega al cuerpo, huye del agua, se vuelve pesada, gruesa. Con una mano estiro el escote, soy una tela áspera. En la boca el agua es un postre salado, en los oídos un martillo. Mi malla está tan gastada que se puso traslúcida, como si fuese una planta sedienta hecha en un laboratorio no deja de tragar líquido. Me siento antigua, pesada. Cuanta más agua absorbe la prenda más siglos tengo encima, litros de siglo que voy a escurrir al sol».

Una novela que, sin ir más lejos, es muy parecida a la vida cuando el amor en la casa es sinónimo de daño.   

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