Selección natural

Fernando Galicia

Despiertas antes del amanecer. Un ritmo de trinos e insectos te anuncia el inicio de un nuevo día. Lavas tu cara. El frío contacto del agua termina de reanimarte, te vistes sin demora y abandonas el jacal que hasta anoche fue el hogar de una familia de nativos. Al salir, percibes el vaho afrutado que ya comienza a invadir el aire. A esa hora el claroscuro esconde el origen de los rugidos que aún alcanzas a escuchar. Reúnes a tus hombres y das las indicaciones de la misión. No hay diferencia con los demás ataques. Tu objetivo es el miedo. La muerte. Antes de salir hacia la aldea sentenciada ordenas que le prendan fuego a la choza donde pasaste la noche.

Parten. La luz de la madrugada es como una neblina que apenas te deja ver el contorno difuminado de las cosas. Calculas que serán cuatro horas y media de trayecto. La marcha es lenta en los caminos asediados por la vorágine de la selva. Tu vehículo avanza cauteloso por los senderos que apenas sobreviven a su feracidad. En más de una ocasión tienes que hacer descender a tu gente para que la camioneta pueda cruzar un puente o librar un tramo enlodado del camino. Nadie en el grupo habla. De pie en la parte trasera de la camioneta, con sus rabiosos fusiles en mano, tus soldados solo contemplan la inmensidad de la jungla. Los observas. Te asombra lo poco que distingue a tus hombres de los guerrilleros que combates. Debajo de los uniformes o el pasamontañas encuentras el mismo tono arcilloso. La misma oscuridad en sus ojos. Imaginas que entre ellos habrá conocidos o hasta familiares. Su especie muestra una proclividad casi instintiva por el silencio. Una cualidad que has descubierto ventajosa en un lugar como aquel. Ese mutismo ha sido su forma de adaptarse a la vida en la selva. En cambio, tú no has dejado de sentirte extraño. Vulnerable. Pero recuerdas tus días en la Academia y no permites detenerte en esta idea. Tu objetivo está claro. Lo cumplirás y pasarás a la siguiente misión. Las siguientes barras y después, tu primera estrella.

Consultas tu reloj de pulsera. Pronosticas que al mediodía el trabajo habrá acabado. Al pensar esto quisieras no recordar, pero es inevitable. No puedes apartar de tu mente los lamentos de los torturados, el llanto de los niños. Los cadáveres. La sangre cubre tu vista y vuelves a experimentar la excitación del ataque. Tus arterias se expanden por todo tu cuerpo. Dices no tener remordimientos, pero, aun así, hay noches en las que no puedes conciliar el sueño. El rostro de aquel prisionero aparece frente a ti. Sus ojos te observan desde la noche y desde algún lugar de tu memoria. Sus pupilas impenetrables son un recuerdo mucho más poderoso que todos sus gritos de dolor reunidos. Con ningún otro te has ensañado como con él. Tal vez esa sea la razón de que sus palabras regresen a ti cada noche. Las repasas como si en realidad significaran algo, como si no fueran tan solo el consuelo de un terco guerrero que en el fondo se sabe derrotado. Repites su sinsentido en tu cabeza: “Nunca ganarás… La tierra es nuestra madre… Ahora regreso a ella… A nuestra madre, nuestra madre”.  Repites este delirante mantra y así pasas las horas en insomne batalla contra una nube de mosquitos.

Buscas aclarar tu mente y te concentras en el camino. Ahí los árboles surgen uno tan cerca del otro que te es difícil no imaginar que son uno solo. Un muro vivo de una verde fortaleza. Las lianas del bejuco cuelgan de las ramazones de caoba y tejen un techo que impide a la luz llegar a la tierra cubierta de musgo. El camino de terracería apenas se logra abrir paso entre tanto verde, entre tanta vida. Tú sabes que la guerrilla se aprovecha de tal abundancia. Es por eso que a veces los aviones de tu ejército hacen llover fuego del cielo. Queman troncos, destruyen las casas de los nativos y hacen huir a los rebeldes monte arriba. De las entrañas del bosque surgen parvadas de guacamayas mientras los animales huyen en estampida del incendio.

Vuelves a mirar tu reloj. Ya ha pasado una hora sobre el tiempo previsto y aún no llegas a tu destino. De pronto la camioneta se detiene y uno de tus hombres te dice que no pueden continuar. Que un par de ceibas han caído y bloquean el camino. Automáticamente maldices a los guerrilleros. Miras tu ubicación con el satélite y al observar la poca distancia que te separa del objetivo decides seguir el camino a pie. Escoges internarte en la vegetación para evitar a algún centinela insurgente y tomar al poblado por sorpresa.

Todos bajan y te siguen entre la maleza. El perfume de la vainilla silvestre cubre la atmósfera. El aire es casi líquido y la bóveda vegetal impide la entrada de los rayos del sol. Los haces de luz que logran penetrar la madeja te recuerdan el interior de oscuras y lejanas catedrales. Cada cierta distancia ves aparecer los destellos de orquídeas y mariposas como si se tratara de fulgurantes veladoras.

Marcas el curso. Con el machete cortas hojas y lianas mientras avanzas; tus botas pisan musgos y quiebran algunas ramas. Quisieras no tener que dejar un rastro, pero hierbas ponzoñosas cubren todo el terreno. El suelo está plagado de una alfombra de hojas semipodridas que acallan tus pasos. Y debajo de esa capa sabes que también hay vida. Milpiés gigantes, falsas tarántulas y otros inéditos insectos se escabullen entre tus botas. A tu lado sobre la tierra, una interminable caravana de hormigas arrieras avanza en dirección contraria.

Cada tanto escuchas las voces de algunos animales. Sin que lo puedas evitar los aullidos de los saraguatos te recuerdan los gritos de tus víctimas. Quisieras callarlos, disparar contra ellos, pero no logras ubicarlos. Ocultos entre los troncos de cacao y capulín, protegidos por ellos, parecen seguirte y aullar para ti. Después de un largo tiempo los chillidos se detienen, pero pájaros de colores sin nombre impiden con su canto el retorno del silencio.

Mientras avanzas buscas cualquier señal de los guerrilleros. Piensas en sus torpes estrategias. De alguna forma te intrigan. No comprendes su obstinación. Te parece absurda la fuerza con la que luchan por una causa de antemano perdida. Tu ejército los aplastará; sabes que solo es cuestión de tiempo. Y, aun así, ellos se arrojan contra tus balas y resisten todos los tormentos que les aplicas. En tu interior les agradeces. Te han brindado un triunfo fácil para añadir a tu carrera. Si pudieras, sentirías algo de lástima cuando abandonas sus tasajos moribundos a la voracidad de las fieras.

No te agrada tener que caminar en medio de la selva. Es territorio hostil. El enemigo conoce mejor que nadie esas tierras y aprovecha todas sus ventajas. En más de una ocasión han sorprendido a tus soldados en burdas emboscadas beneficiándose de la protección que les ofrece el monte y sus habitantes. Por eso te crees burlado por los nativos. Sabes que ocultan a los rebeldes, que ellos son hijos de las mujeres del lugar. Por eso no tienes remordimientos. Esto es la guerra, te dices. Morir o matar, no queda de otra. Cuando frente a toda una aldea le exiges al anciano más viejo que te diga dónde se esconde la guerrilla, ya intuyes que no contestará. Y con una rabia que sube desde el vientre hasta tu cabeza lo empiezas a golpear hasta dejarlo tirado en el piso. Gritas y amenazas a todos los demás. Pero ninguno habla. Es entonces cuando ya no eres humano y disparas en la cabeza de cada uno de los hombres que tus soldados colocaron de rodillas. Escuchas los gritos de las ancianas, los chillidos de los niños –los aullidos de los monos–. Tu ira crece aún más. Das la orden y tus hombres toman a las mujeres, y ya sin importarles si confesarán algo, las tiran al piso y comienzan a golpearlas y a rasgar sus ropas. Ellas luchan por pocos minutos, pero al final sus cuerpos cubiertos de sangre ya no pueden resistirse. Después de un par de horas, el hedor de los cadáveres incinerados se eleva sobre el claro de la aldea hasta perderse en el aire.

Ya son más de cuarenta minutos de caminata y empiezas a dudar del aparato con el que te has guiado. Sin embargo, sigues caminando, cada vez más a prisa, cada vez más nervioso. El camino se cierra y las lianas y ramas que antes se encontraban muy arriba de tu cabeza ahora te impiden el paso. Tomas el machete y con un golpe las haces caer al suelo. Pero es inútil. Apenas un metro adelante la vegetación es aún más densa. Tus hombres se empiezan a rezagar y tú, nervioso y fastidiado, los regañas con mudas señas. La humedad transforma la tierra en lodo. La vuelve un barro fino y espeso que se adhiere a tus botas y vuelve pesado cualquier avance. Pero sabes que no se pueden permitir un descanso, no en medio de aquel bosque. Tienen que andar en perpetuo estado de alerta. Observando el suelo. Pero necesitan también vigilar los bejucos y las tupidas frondas de los chicozapotes. Notas que la jungla rebulle de una violencia arrasadora. Todos sus habitantes se encuentran en competencia por sobrevivir. Los árboles gobiernan el monte, pero incluso ellos son dominados por las omnipresentes enredaderas. Comprendes que la selva contiene en sí misma una batalla aún más violenta que la tuya. Y la vida se te revela como una madre cruel y generosa. A lo lejos resurge el rugido de un jaguar. Piensas en dar media vuelta y regresar. Pero de pronto oyes la llamada inquietante de un pájaro. Más que un llamado es un grito. Más que un grito, es un canto claro, casi humano. No estás seguro de su origen. Sabes que la guerrilla se comunica imitando esos sonidos, pero tu poca experiencia no te permite distinguir un trino real de su réplica. Tus reflejos entran en alerta. Sientes una extraña sensación en el pecho, algo que reconoces como peligro.

Y comienzas a sofocarte. Al rodear un vado fangoso respiras un perfume enervante que te causa un breve mareo. Una hoja afilada lastima tu rostro. Pruebas el sabor de tu sangre. Y a pesar de agitar el machete te cuesta mucho trabajo avanzar entre tanto árbol, entre tanta vida. Empiezas a ver el respirar de la selva. Intuyes que es el calor. Que las lianas que destruyes y parecen renacer, en realidad se contraen de forma involuntaria. Te repites que la vida de la selva nunca deja espacio sin invadir. Una corriente metálica recorre tu piel. Sientes movimiento alrededor y pones tu dedo sobre el gatillo. Con una señal ordenas que todos preparen sus armas. Crees reconocer los ojos fosforescentes de un guerrillero escondidos entre los helechos y lianas que cuelgan de una ceiba majestuosa. Y abres fuego. Tus soldados te imitan por un par de segundos. Después del ruido de metralla, un denso silencio con aroma a pólvora cubre la selva. Un silencio mucho más temible que los sonidos que te habían perturbado. Un par de gritos rompen la quietud y dos de tus hombres caen al piso como si fueran arrastrados por algo que sale de la tierra. Otros vuelven a disparar y los demás huyen y rompen la formación de marcha. Notas movimiento en la copa de un árbol. Piensas en un par de insurgentes escondidos en las ramas altas y también haces fuego. Un soldado a tu espalda empieza a correr. “Son los monos, son los monos”, grita fuera de sí. Volteas y no logras ver nada. En ese momento suena algo como una explosión y otro de los tuyos suelta un quejido y tú puedes ver cómo cae al piso y en lo que antes era su pierna solo encuentras un trozo de carne desgarrada como por colmillos. De repente la atmósfera se desborda con todos sus rumores. Agudizas tus sentidos y crees reconocer los cautelosos pasos de un jaguar acercarse hasta tu ubicación. Sientes a decenas de monos moverse por las ramazones de los amates, capulines y castaños. Los graznidos de las guacamayas te impiden entender los delirantes gritos de tus hombres. A la distancia oyes el bramido de tapires apresados por las panteras. Por tus venas avanza una glacial estampida de adrenalina. Sin pensar en lo que haces empiezas a correr. Solo quieres salir de esa selva. Volver a la superficie. Escapar. Pero las hojas de esos árboles te estorban. Sus ramas se extienden como si quisieran alcanzarte. Sin ver hacia dónde, agitas el machete. Tu instinto busca la forma de salir de ahí. Encuentras una especie de sendero que como un milagro se abre entre dos filas de cañabrava. Vuelves a emprender la carrera. Pero apenas a un par de metros de ahí tus piernas pierden el piso. Caes en un húmedo y profundo pozo. Buscas levantarte y descubres rocas, insectos y fango a tu alrededor. Con tu pierna derecha intentas ponerte de pie. Pero solo logras hundirte más en la trampa. Por un instante, mientras el pánico trepa por tu espalda, el silencio conquista la selva. Y antes de que el sonido del respirar de la jungla vuelva a cubrirlo todo con gruñidos y aúllos, murmuras una estéril plegaria hacia tu dios. Presientes que todo ha terminado. Agazapado en un rincón, con tu inútil fusil en mano, apenas te queda la esperanza de que las sigilosas pisadas que escuchas acercarse en la superficie sean las de alguno de tus soldados.


Fernando Galicia. DF, 1988. Le interesa la narrativa y el ensayo. Es editor fundador de La Hoja de Arena. Exinmunólogo. Escribe sobre comida en comeren.mx
Instagram: @nandoestuamigo / Twitter: @nandoestuamigo

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