La esposa de Wilkinson, de Mary Sinclair

Traducción de Viviana Saavedra Arévalo

Me llamó la atención que al buscar información sobre May Sinclair (1863-1946), ésta fuera descrita en más de una ocasión como una de las escritoras modernistas olvidadas. Habiendo escrito en la misma época de aclamados escritores modernistas como Ezra Pound, Henry James, Robert Frost, su nombre no suele aparecer en el canon –posterior– de la época. Sin embargo, Sinclair fue una escritora respetada por la crítica en su propio tiempo, una novelista popular y talentosa, como lo demostró con su bildungsroman femenino Mary Olivier (1919). Fue la primera crítica en usar el término stream-of-consciousness para describir la técnica literaria conocida en español como monólogo interior. En el olvido, sin embargo, se suele atribuir la creación del término a su amigo Henry James (y fue justamente días después de que leí su biografía que el profesor de mi clase de literatura inglesa modernista nos menciona que James fue el primer escritor en usar aquel término). 

Críticos literarios se refieren al periodo entre 1890 y 1914 como la época de oro de los cuentos cortos británicos, y May Sinclair es parte de aquella celebrada generación. 


La esposa de Wilkinson de May Sinclair

I

Nadie entendía por qué se había casado con ella.

Ya se esperaba que la desgracia siguiera a Wilkinson – siempre había sido así –; pero que Wilkinson se hubiera esforzado en perseguir las desgracias (como si no tuviera suficiente) parecía realmente innecesario. 

Porque de parte de la mujer no había habido persecución alguna. La esposa de Wilkinson disfrutaba del atributo de sus defectos, y se revelaba siempre con una reticencia formidable. Se sabía que Wilkinson había prevalecido después de una austera lucha. Su apariencia era suficiente para refutar cualquier teoría de fascinación profana o de encanto desastroso.

La esposa de Wilkinson no era agraciada. Tenía una figura insignificante, un rostro pequeño y cuadrado, cabello incoloro peinado con dificultad hasta la nuca, ojos sin pestañas que protegieran de su fija mirada, una boca que se detenía como por un freno imaginario, una piel amarillenta tan estirada por sus mejillas que las venas rojas aparecían estancadas; y como si eso fuera poco, la pobre mujer, una expresión fatigada y hostil la acompañaba a cualquier intento de intimidad. 

Incluso en su juventud nunca se pudo ver joven, y era años mayor que Wilkinson. No es que se notara la diferencia, porque el matrimonio había hecho lucir a Wilkinson mucho mayor de lo que era; al menos así decía la gente que lo había conocido antes de aquel desafortunado evento. 

Ni siquiera era por su inteligencia. Wilkinson tenía un gentil interés por las cosas intelectuales; su esposa parecía existir a propósito para frustrarlo. En ninguna otra parte de su vida tenía ella una influencia tan penetrante y maligna. A los cuarenta, él ya no contaba; había perdido todo su brillo y lo había reemplazado por un encanto tímido e ingenuo. Había algo en Wilkinson que soñaba o dormía, con un ojo abierto, fijo en su esposa. Por supuesto, tenía sus horas benditas en las que se liberaba de aquella mujer. A veces, en contra de sus deseos, invitaba a la gente a comer a su casa en Hampstead, para discutir sobre vestigios romanos, o sobre los trovadores, o sobre Nitzsche. Jamás pudo entender cómo era posible que su esposa no quisiera ‘entrar’, como decía él, en estos temas. Sonreía de una forma tan tenue y triste cuando hablaba sobre esto. ‘Es extraordinario’, decía, ‘lo poco que se interesa por Nietzsche’. 

La señora Norman lo encontró una vez dando vueltas por High Street, con su pasión a flor de piel. Estaba un poco ausente, un poco ruborizado; sus ojos brillaban bajo sus lentes; y su extraño rostro recién afeitado se arrugaba placenteramente. 

Le preguntó la causa de su buen humor 

‘Un hombre vendrá a cenar esta noche, para hablar un poco conmigo. Es un experto en los trovadores’ 

Y Wilkinson intentó hacer creer que aquella noche habían discutido exhaustivamente sobre los trovadores. Pero cuando la señora Norman, quien tenía una leve curiosidad por Wilkinson, le preguntó al experto en trovadores de qué habían conversado, él sonrió y dijo que había sido sobre algo – una aventura extraordinaria – que le había ocurrido a la esposa de Wilkinson. 

La gente siempre sonreía cuando hablaba de ella. Luego, uno por uno, dejaron de ir a comer con Wilkinson. El hombre que había leído a Nietzsche fue un poco irrespetuoso al respecto. Dijo que no volvería a ser amordazado por aquella mujer. Le hubiese encantado invitar a Wilkinson a cenar con él, solo si no iba con su esposa. 

De no ser por la señora Norman, los Wilkinson habrían desaparecido de la escena social. La señora Norman había agarrado a Wilkinson, y era evidente que no tenía intenciones de soltarlo. Eso, lo diría ella misma con un énfasis cautivador, no era su forma de ser. Ella veía cómo las cosas iban, socialmente, con Wilkinson, y estaba empeñada en liberarlo. 

Si alguien podía llevarlo a cabo, sería la señora Norman, era inteligente y encantadora; tenía una casa en Fitzjohn’s Avenue, donde organizaba fiestas íntimas. A los cuarenta, había preservado lo mejor de su juventud y belleza, y un ingreso insuficiente para el señor Norman, pero suficiente para ella. Como decía en su dudoso pathos, ya no tenía que complacer a nadie más que a ella. 

Si el señor Norman hubiese seguido con vida, probablemente no habría estado contento con la labor de su esposa por los Wilkinsons. Los invitaba siempre a cenar. Llegaban puntuales a sus agradables fiestas de los viernes (sus pequeñas noches), de nueve a once. Iban también a la hora del té cada domingo. La señora Norman tenía una manera maravillosa de hacer hablar a Wilkinson; mientras que Evey, su hermana soltera, se esforzaba prodigiosamente en acallar a la esposa de Wilkinson. ‘Si tan solo pudieras hacer que’, decía la señora Norman, ‘-que se interese en algo’. 

Pero Evey no lograba encender su interés en nada. Evey no sentía ninguna simpatía por la aventura misionera de su hermana. Ella veía lo que la señora Norman no podía ver – que, si forzaban a la señora Wilkinson a estar con personas que intentaban alejarse de ella, simplemente lograría que se alejaran de ellas. Sus viernes ya no eran tan concurridos ni tan encantadores como lo habían sido. Una pesada nube de insipidez parecía entrar al cuarto, acompañando a la señora Wilkinson, siempre puntual. Colgaba sobre su silla, y se esparcía lentamente, hasta que todos se encontraran bajo ella. 

Luego Evey protestó. Quería saber por qué Cornelia permitía que sus noches se arruinaran así. ‘¿Para qué invitar a la señora Wilkinson?’

‘No lo haría’, dijo Cornelia, ‘si hubiese otra manera de atraerlo’.

‘Bueno’, dijo Evey, ‘él está bien, pero me parece un precio muy alto que pagar’.

‘¿Y acaso él’, gritó Cornelia con pasión, ‘merece ser alejado de todo solo por aquel terrible error?’

Evey no dijo nada. Si Cornelia quería llegar a él de esa manera, no había nada más que decir.

Así la señora Norman continuó atrayendo a Wilkinson más y más, hasta que un domingo por la tarde, sentado junto a él en el sofá, su rostro se iluminó. Había momentos en que se olvidaba de su esposa.

Habían estado hablando de sus amados trovadores (el interés que mostraba la señora Norman era maravilloso). De repente, su ligereza y tristeza se le borraron, una flama saltó detrás de sus lentes y aquello que dormía o soñaba en Wilkinson despertó. Se encontraba en un lugar lejano con la señora Norman, en una tierra hermosa, en la Provenza del siglo trece. Un canto extraño salió de él; asustó a Evey, que estaba al otro lado de la habitación. Estaba recitando una traducción propia de una canción de amor de Provenza. 

A las primeras palabras del estribillo, su esposa, quien no había cesado de observarlo, se levantó y cruzó la habitación. Tocó sus hombros justo cuando él decía ‘Ma mie’.

‘Vamos, Peter,’ dijo, ‘es hora de irse’. 

Wilkinson se levantó sobre sus largas piernas, ‘Ma mie’, dijo, bajando la vista hacia ella; y el sueño flameante seguía en sus ojos detrás de los lentes.  

Tomó el manto que ella le ofrecía, una cosa lamentable y hasta vulgar. Él lo levantó con aires de cortesano tomando una bata real; luego se lo puso a su esposa, arreglándolo tiernamente sobre sus hombros.

La señora Norman los siguió hasta la entrada. Cuando Wilkinson se dio la vuelta en las escaleras, vio tristeza nuevamente en su mirada, y su rostro, como decía ella, se había vuelto a dormir. 

Cuando regresó con su hermana, sus propios ojos brillaban y su rostro estaba ruborizado. 

‘Oh, Evey,’ dijo, ‘¿no es hermoso?’

‘¿Qué es hermoso?’

‘Cómo se comporta el señor Wilkinson con su esposa’.

II

La señora Norman no tenía una tarea fácil. Quería salvar a Wilkinson; también quería salvar el ambiente de sus fiestas, que la esposa de Wilkinson se esforzaba en destruir. La señora Norman no entendía por qué la mujer iba, ya que no lo disfrutaba, ya que era impenetrable al encanto más íntimo y peculiar. Solo se podía suponer que lo hacía para evitar que accedieran a Wilkinson, para mantener a las otras mujeres lejos. Su mirada nunca lo soltaba.

A Evey no le causaba problemas conversar. Por supuesto, ella habría sido más sabia al principio. Habría confinado a la criatura en sus multitudes mensuales, donde, como Evey había sugerido, se habría extraviado y perdido fácilmente. Pero así mismo, lamentablemente, lo haría Wilkinson; y la idea era no perderlo. 

Evey dijo que ya estaba cansada de ser enviada a entretener a la señora Wilkinson. Se estaba comenzando a molestar al respecto. Dijo que Cornelia se estaba ocupando demasiado con el Wilkinson aquel. No le habría importado portarse mal con ella si aprobara el juego; pero la señora Wilkinson era, después de todo, ya sabes, la esposa del señor Wilkinson. 

La señora Norman lloró un poco. Le dijo a Evey que debería saber que a ella le importaba su espíritu. Pero le dio la razón en cuanto no era correcto sacrificar a la pobre Evey. Tampoco, ya que él estaba casado, estaba completamente bien preocuparse por el espíritu de Wilkinson al punto de excluir a sus otros amigos. 

Entonces, un viernes, la señora Norman, relevando al fin a su hermana, descubrió algo mientras Evey, quien era una excelente violinista, tocaba. La señora Wilkinson, después de todo, sí se interesaba en algo; era accesible a las vibraciones del arco de Evey por las cuerdas. 

Había comenzado; sus ojos se alejaron de Wilkinson y se ajustaron en la música. Había una luz en ellos, hermosa y aguda, como si su alma hubiese salido de repente de algún escondite dentro de su desagradable hogar. Su rostro se tranquilizó, su boca se relajó, sus ojos se cerraron. Se echó hacia atrás en su asiento, en paz, alejada de ellos, posiblemente pérdida. 

La señora Norman cruzó la habitación hasta donde estaba el señor Wilkinson sentado solo. Su rostro se iluminó mientras venía.

‘Es extraordinario’, dijo, ‘su amor por la música’.

La señora Norman asintió. Era realmente extraordinario, pensándolo bien. La señora Wilkinson no entendía nada sobre arte. ¿Qué significaba para ella? ¿A dónde la llevaba? Se podía ver que se transportaba, probablemente a un lugar de estupidez diplomada, de olvido consentido, donde nadie podría desafiar su derecho a entrar y quedarse. 

‘Tan reconfortante’, dijo Wilkinson, ‘hasta los nervios’.

La señora Norman le sonrió. Sentía que, bajo la protección de la música, su espíritu estaba buscando comunicarse con ella.

Wilkinson le agradeció al despedirse; el suave silencio y misterio de su actitud le intimó que había encontrado la forma.

‘Espero’, dijo ella, ‘que vengan a menudo – a menudo’

¿Podemos? ¿Podemos?’  parecía saltar de emoción – como si ya no vinieran tan a menudo. 

Verdaderamente había encontrado la forma – la forma para traerlo, la forma para pacificar a su mujer, de mandarla gentilmente a su lugar y mantenerla allí. 

Y así con la terrible mujer desechada, Wilkinson no se retraía en el cortejo de su oportunidad. Se mostró puntual al primer minuto de la hora de oro. 

Todo Hampstead estaba intensamente interesado en su progreso. Le encontraban una simplicidad conmovedora a la forma que se prestaba a la mirada simpática. Todo el mundo estaba en libertad de observar su intimidad con la señora Norman.

Duró nueve semanas. Luego, de repente, para sorpresa de la señora Norman, se detuvo. Los Wilkinson dejaron de venir a sus fiestas de los viernes. Rechazaron sus invitaciones. Su comportamiento fue tan abrupto y tan misterioso que la señora Norman sintió que algo debió haber pasado. Alguien, no tenía duda, había estado murmurando. Se enojó con Wilkinson y, al encontrarse con él accidentalmente en High Street, su actitud le hizo notar aquel resentimiento.

Timbró a Fitzjohn’s Avenue el domingo siguiente. Por primera vez, estaba sin su esposa. 

Se encontraba abatido, y penitente, tan avergonzado de sí mismo que la señora Norman lo encontró a medio camino con una precipitación de afecto.

‘¿Por qué no ha venido a vernos en todo este tiempo?’ preguntó.

La miró inestable; su actitud denotaba una extrema vergüenza.

‘Vine’ dijo, ‘con el propósito de explicar. No piense que no aprecio su bondad, pero, el hecho es, mi pobre esposa’ –(Ella sabía que esa mujer estaba detrás de todo!) – ‘ya no – no puede’.

‘Me gustaría saber qué es lo que se trae esa desdichada’ pensó la señora Norman.

La sostuvo con sus ojos melancólicos e inseguros. Parecía estar intentando acercarse a un tema íntimamente y a la vez intangiblemente doloroso. 

‘Encuentra la música – solo por ahora – un poco demasiado para ella; las vibraciones, sabe. Es extraordinario cómo le afectan. Las siente – de una manera muy desagradable – justo aquí.’ Wilkinson puso dos dedos delicados en los botones de su chaqueta. 

La señora Norman fue muy amable con él. No era un experto, el pobre, en la fabricación de excusas. Su mirada parecía implorar su perdón por los cambios por los que tuvo que pasar; deseaba ayudarlo, estar a su lado en aquella indescriptible situación.

‘Ya veo,’ dijo.

Él sonrió, en encantadora gratitud por su comprensión.

Esa sonrisa despertó el mal en ella. ¿Por qué, después de todo, debería ayudarlo?

‘¿Y es usted susceptible a la música – de la misma forma desagradable?’

‘¿Yo? Oh, no – no. Me gusta; me da un gran placer’. La miró fijamente con desconcierto y aflicción.

‘¿Entonces por qué’, dijo la señora Norman dulcemente, ‘si le da placer, debería renunciar usted mismo a eso?’

‘Querida señora Norman, debemos renunciar a tantas cosas – que nos dan placer. No se puede hacer nada.’

Meditó. ‘¿Haría algún bien…’ preguntó, ‘¿que yo llamara a la señora Wilkinson?’

Wilkinson se notaba grave. ‘Es muy amable de usted, pero – justo ahora – creo que sería más sabio no hacerlo. De verdad no se encuentra muy bien, sabe’.

El silencio de la señora Norman ni aceptó ni rechazó el absurdo pretexto. Wilkinson continuó, ayudandose lo mejor que pudo:

‘No puedo hablar de eso, pero pensé que le debía contar. Debemos dejarlo todo’.

Se reprimió. Sintió un impulso terrible de decirle directamente que ella simplemente no lo entendía; que era terrible; que no había ninguna razón para que ella tuviera que dejarlo todo.

‘Así que si no venimos,’ dijo él, ‘¿lo entenderá? Es mejor — es mejor no venir.’ Su voz la conmovió, y su corazón le gritó, ‘¡pobre Peter!’

‘Sí’, dijo, ‘entiendo’.

Por supuesto que entendió. ¡Pobre Peter! ¿Hasta eso había llegado?

‘¿No puede quedarse por una taza de té?’ dijo.

‘No, debo volver a ella’.

Se levantó. Su mano encontró la de ella. Su suave presión le hizo saber que le daba y tomaba la tristeza de la renuncia. 

Aquel invierno la señora Wilkinson cayó realmente enferma, y Wilkinson se volvió presa de un lamentable remordimiento que lo mantenía prisionero en la cama junto a su esposa. 

Siempre había sido un buen hombre; ahora se entendía que evitaba a la señora Norman porque deseaba ser lo que siempre había sido. 

III

Todos daban por sentado, consagrado por la devoción de su renuncia, que Wilkinson solo esperaba la muerte de su esposa para casarse con la señora Norman.

Y durante mucho tiempo la esposa del señor Wilkinson estuvo muriendo. Claro que no iba a fallecer rápidamente, siempre y cuando se interpusiera en su felicidad al seguir con vida.

Con su genio para frustrar y atormentar, mantenía al pobre hombre sobre ascuas con perpetuas recaídas y recuperaciones. Lo mantenía encadenado. Era siempre un prisionero al borde de la libertad. En marzo se encontraba en su lecho de muerte. En abril se le veía, convaleciente, en silla de ruedas, siendo empujada lentamente por Spaniard’s Road. Y Wilkinson caminaba junto a la silla, sus hombros torcidos, su mirada fija en el suelo, su rostro con una expresión de paciencia ilimitada.

En el verano se rindió y murió; y durante la primavera siguiente Wilkinson reanudó su relación con la señora Norman. Después de todo, había dejado un tiempo decente. 

En otoño, los amigos de la señora Norman estaban de puntillas y con el cuello estirado en expectativa. Creían que Wilkinson le pediría su mano el próximo verano, cuando terminara su primer año de viudez. Cuando el verano llegó, no había nada entre ellos que los demás no pudieran ver. Pero de ninguna manera significaba que no hubiera nada que ver. La señora Norman parecía muy segura de él. En su intensa simpatía por Wilkinson, sabía cómo responder a sus titubeos y retrasos. No podía esperar ningún paso apasionado y decisivo por parte de la destrozada criatura en la que se había convertido; estaba preparada para aceptarlo como era, con todos sus miedos humillantes y vacilaciones. Las cosas trágicas que su esposa le había hecho no se podrían deshacer en un día. 

Otro año dividía a Wilkinson de su tragedia, y aun así seguía de pie temblando en la orilla. La señora Norman comenzó a perder la paciencia. Perdió su brillante aire de desafío, y se mostró vulnerable ante la mano del tiempo. Y nada, verdaderamente nada, se oponía entre los dos, excepto la mórbida timidez de Wilkinson. Tan absurdo manifiesto era su caso que alguien (el conocedor de los trovadores, de hecho) intervino discretamente. De la forma más delicada posible, le dio entender a Wilkinson que no sería necesariamente molesto para la señora Norman si él se le acercara con – bueno, con el fin de asegurar su conjunta felicidad – felicidad que ambos habían ganado con su admirable comportamiento.

Eso era todo lo que hacía falta: un amigo de ambos partidos, con tacto, que se lo dijera a Wilkinson de una manera simple y correcta. Wilkinson despertó de su ausencia. Había una luz en sus ojos que alegró al discreto amigo, su rostro tenía una mirada de determinación repentina y viril. 

‘Iré donde ella.’ dijo, ‘ahora’.

Era una noche oscura y desagradable, fría y llena de granizo.

Wilkinson metió sus brazos en un abrigo, se puso una gorra hasta la frente, y salió a la intemperie. Llegó a zancadas hasta el salón de la señora Norman.

Cuando la señora Norman vio esa mirada en su rostro, sabía que todo estaba bien. Su juventud despertó en ella de nuevo para encontrarlo.

‘Disculpe,’ dijo Wilkinson. ‘Tenía que venir’.

‘¿Por qué no?’ dijo.

‘Es tan tarde’.

‘No es demasiado tarde para mi’.

Se sentó, aun con un aire de determinación, en la silla que ella le indicó. Ignoró, con impaciencia no disimulada, las trivialidades que usaba para suavizar la violencia de su invasión.

‘Vine,’ dijo, ‘porque tengo algo en la cabeza. Me parece que nunca le he agradecido realmente’.

‘¿Agradecerme?’

‘Por su gran amabilidad con mi esposa’.

La señora Norman apartó la mirada,

‘Le estaré siempre muy agradecido’, dijo Wilkinson. ‘Fue muy buena con ella’.

‘Oh, no, no’, se quejó.

‘Le aseguro’, insistió, ‘ella lo sintió. Pensé que le gustaría saber eso’.

‘Oh, sí’. La voz de la señora Norman se atenuó junto al hundimiento de su corazón. 

‘Ella solía decir que usted hizo más por ella – usted y su hermana, con su música maravillosa – que cualquier doctor. Usted encontró lo que la tranquilizaba. ¿Supongo que usted sabía que tan enferma estaba – todo el tiempo? Digo, antes de su última enfermedad’.

‘No creo’, dijo, ‘que lo sabía’.

Su rostro, que se había vuelto serio e iluminado. ‘¿No? Bueno, verá, ella era muy valiente. Nadie podía saberlo; ni yo me daba cuenta a veces’.

Luego le dijo que por cinco años su esposa había sufrido de una enfermedad nerviosa que la hacía sufrir extrañas agitaciones y depresiones. 

‘Luchamos en contra de eso’, dijo, ‘juntos. A pesar de todo, incluso en sus peores días, siempre era la misma para mi’.

Se hundió más en sus recuerdos.

‘Nadie sabe lo que ella era para mi. No era mucho de estar en sociedad. Entró en eso’ (su actitud daba a entender que lo había adornado) ‘para complacerme, porque pensé que le haría bien. Fue una de las cosas que intentamos’.

La señora Norman lo miraba fijamente. Miraba a través y más allá de él, y vio a un hombre extraño. Escuchaba una voz extraña que sonaba lejana, desde un lugar más allá del olvido.

‘Había momentos’, lo escuchó decir, ‘en que no podíamos salir o ver a nadie. Todo lo que queríamos era estar juntos a solas. Podíamos sentarnos, ella y yo, toda una tarde sin decir una palabra. Sabíamos lo que el otro quería decir sin decirlo. Siempre estaba seguro de ella; ella me entendía como nadie puede hacerlo’. Hizo una pausa. ‘Todo eso se terminó’.

‘Oh, no’, dijo la señora Norman, ‘no se ha terminado’.

‘Sí’. Se iluminó con una débil llama de pasión.

‘No diga eso, cuando tiene amigos que entienden’.

‘No entienden. No pueden. Y, ‘dijo Wilkinson, ‘no quiero que lo hagan’.

La señora Norman se sentó en silencio, como en presencia de algo sagrado y supremo. 

Confesó después que lo que le había atraído de Peter Wilkinson era su tremenda capacidad de devoción. Solo que (esto no lo confesó) nunca se había imaginado que se lo había otorgado a su esposa.

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