¿Por qué, a nosotrxs, la tierra?

Gabriela Alburquenque

Vuelvo otra vez. Pregunto.
Tal vez ese silencio dice algo,
es una inmensa letra
 que nos nombra y contiene
en su aire profundo.

Tal vez la muerte detrás de esa sonrisa
sea amor, un gigantesco amor
en cuyo centro ardemos.
Tal vez el otro lado existe
y es también la mirada
y todo esto es lo otro
y aquello esto
y somos una forma que cambia con la luz
hasta ser sólo luz, sólo sombra.

Blanca Varela, “Máscara de algún Dios” en Canto Villano.

En Cometierra (Sigilo, 2019) los cuerpos desaparecen. Por eso la protagonista dice que no quiere tener hijas, porque desde que descubre que puede ver lo que la tierra tiene para mostrar, sabe que lo que muestra la tierra no es más que eso: cuerpos que desaparecen y dejan de ser visibles para todxs: «–Yo quería también quedar embarazada alguna vez. Tener una nena. Una piba así, como ustedes» le dice la profesora, la Seño Ana, a Cometierra en un sueño y ella responde: «–Yo ni loca. Desaparecen».

La historia nos la han contado, la hemos leído o visto. Una jovencita vidente que por efectos de la naturaleza, algo más allá o más acá de este mundo, tiene una habilidad que sobrepasa este plano para acceder a información imposible de percibir de este lado. Una escena rural, en la que personas que buscan a alguien acuden a ella para pedir auxilio. Un don que se vuelve un rumor, un rumor que se vuelve una leyenda, una leyenda que se vuelve el último recurso posible. Aunque no se trata del arte de la adivinanza como lo conocemos, eso nos debe quedar claro, porque la historia nos la han contado, pero no como Dolores Reyes: «Adivinar era algo raro, como creer que podría acertar el número de la quiniela. Nada que ver con cerrar los ojos y estar frente a un cuerpo desnudo sobre la tierra». O sea, ver.

Lo que hace Cometierra no es ejercer el arte de la adivinación, sino de la visión que entrega la tierra una vez que se entra en contacto con ella, que se come. La escucha de la tierra, siguiendo al libro, inicia en la boca y termina en los ojos, de ahí el apodo de la protagonista, de ahí la desaparición del nombre propio. La tierra dice, entonces, a través de imágenes, y lo que le habla a la protagonista son escenas vívidas, trozos de vidas, de muertes, que gracias a la prosa de Reyes y la voz de una protagonista con la verdad atravesada en la garganta, nos conmueve y sumerge, también a las lectoras, en la tierra: «Acaricié la tierra, cerré el puño y levanté en mi mano la llave que abría la puerta por la que se habían ido María y tantas chicas, ellas sí hijas queridas de la carne de otra mujer. Levanté la tierra, tragué, tragué más, tragué mucho para que nacieran los ojos nuevos y pudiera ver».

Sin embargo, el de Cometierra como el de Casandra, es un don que debe ser castigado. Luego de la muerte de su madre, siendo apenas una niña y con las respuestas que le dio la tierra sobre el suceso todavía en la boca, Cometierra es obligada por su familia a dejar de comer tierra. Le reprochan que es un hábito asqueroso, que le cobró amigas en el colegio y le da mala fama a ella y su familia: «Antes tragaba por mí, por la bronca, porque les molestaba y les daba vergüenza. Decían que la tierra es sucia, que se me iba a hinchar la panza como a un sapo (…) Después empecé a comer tierra por otros que querían hablar. Otros, que ya se fueron».

El castigo, entonces, no es que le dejen de creer, como ocurre en el mito, a Cometierra le niegan la acción antes de que siquiera alcance su potencia. Pero el hábito está más allá de ella, del poder sobre su propio cuerpo, porque no se da ni cuenta y ya anda comiendo tierra, queriendo hacer hablar a la tierra, siendo necesitada por los que no pueden decir más y empujada por las necesidades propias, económicas en su mayoría, pero sobre todo de lxs desconocidxs a lxs que ayuda, del amor. Por eso, a pesar del compromiso con su familia, cuando desaparece su profesora en la escuela decide volver a preguntarle a la tierra, volver a ver. Y cuando ve:

«Era la seño Ana, la cara así, como me la acordaba yo, pero no como cuando estaba en la escuela. Yo la había dibujado como la tierra me la mostró: desnuda, con las piernas abiertas y un poco dobladas para los costados, que hacían parecer su cuerpo más chico, como si fuera una ranita. Y las manos atrás, atadas contra uno de los postes del galpón donde unas letras pintadas decían “Corralón Panda”

–¿En qué mierda pensabas para comer tierra delante de toda la escuela? –me dijo después mi tía en casa, antes de darme un sopapo.

Cuando al día siguiente encontraron el cuerpo de la seño Ana en el terreno del Corralón Panda, la tía se fue. Ni Walter ni yo supimos nunca más de ella».

Con un formato lineal que está constituido por una serie de subrelatos de personas a las que Cometierra ayuda, casos que resuelve para bien o para mal gracias a la tierra, el primer libro de Dolores Reyes abraza la urgencia de ser leído a la par de las denuncias constantes, recientes y de ayer en materia de violencia de género y sexual. Cada cuerpo desaparecidx, en el texto, cuenta con una historia que podemos homologar a la realidad de muchas y muchos cuerpos que habitan el mundo de cara a la desprotección y la invisibilidad que no la tierra, sino el sistema y todas sus estructuras, despliegan sobre ellxs.  

Dolores Reyes, en esta novela, escribe el lenguaje que la tierra tiene que decir con relación a esos cuerpos que son arrastrados a ella cuando no les queda ninguna posibilidad de dignidad. La dignificación de estos cuerpos, el ritual del entierro y la aparición de lo oculto, cobra especial significado de cara al poder de la palabra, de la enunciación sobre el trayecto y destino de esos cuerpos invisibles que se quieren mantener a ras de suelo, fuera del campo de lo visible. A diferencia de Casandra, a Cometierra le creen porque los cuerpos que se esconden son encontrados, porque la tierra por la que camina es la misma que nos tira los pies a nosotrxs y porque la visibilidad de la palabra, en Cometierra, es su verdadera habilidad. A ella la credibilidad no le es negada, sino todo lo contrario. «Nombrar es el comienzo (…) Quiero pensar que nuestras voces se unen en un aquelarre que es una protesta y es también un exorcismo», escribe Fernanda Trías hacia el final de su ensayo “En nombre propio”. Entonces, Dolores Reyes, nombra.

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