Una cartografía rota: Ruptugrafía, de Álex Bay

Maximiliano Díaz

El siguiente texto corresponde a la presentación del libro por el poeta Maximiliano Díaz en abril del 2022.

La presencia del fuego es lo que sugiere la portada de Ruptugrafía, de Álex Bay. Una llama tosca que, como un eco, se expande hasta llenar la tapa completa. El fuego me parece una buena manera de abordar este libro: convulso, incapaz de moldearse y aún más importante: crece conforme lo dejamos estar. No quiero parecer azaroso, ni tampoco una persona que utiliza adjetivos para verse generosa en la presentación de un libro, así que me tomaré, si me permiten, la molestia de diseccionar los motivos que, como lector, encuentro en ese pequeño fuego contenido que es Ruptugrafía.

La publicación se divide en dos partes: la primera, «Oficio permanente», se abre ante sus lectores como una posibilidad abierta. El primer poema, “Sueño en la calle Exposición”, se posiciona con rapidez y claras intenciones, dentro del tipo de poesía que prefiere relatar antes que enunciar una afección. Aquí, un hablante narra cómo, borracho y cansado, no logra congeniar con los tiempos de una ciudad áspera. Una sensación que se vuelve palpable cuando, en el punto máximo de su curadera, choca mientras intenta alcanzar una micro. Ruptugrafía, desde el principio, abre una puerta para que la forma sensible de pensar en el mundo penetre en el poema, sin la necesidad de utilizar un lenguaje árido o de dibujar una manera particular de reconocer los espacios comunes: lo que vemos es lo que hay. La materia poética está en el detenimiento y la observación. 

A continuación, los poemas se convierten en vasos comunicantes entre el caos generado en la ciudad que el hablante construido por Bay denuncia enrabiado, en medio de una búsqueda interior que queda inmediatamente disminuida frente al paisaje urbano: esa “selva de asbesto” implacable, donde pasamos de las habitaciones a un plano general. Abrimos cajones, caminamos a orillas del río, damos de comer a las palomas, sentimos cómo los perros rompen el silencio en rutas abandonadas, sin nombre, del conurbano. 

Sin embargo, el paisaje no resulta estático. A pesar de sus construcciones, de la presión del hormigón armado sobre las veredas, Bay comprende y retrata más de una ciudad. Espacios que se vuelven dinámicos y pasan con velocidad de un palpable lamento a una ensoñación: cambiar el agua estancada por una generosa porción de mar, sentarse a cantar, con los amigos, frente a una ventana, como una manera de sortear la locura. 

Desafortunadamente, la burocracia, las instituciones, la institucionalidad misma, es inapelable. El mundo de «Oficio permanente» es el de su poema “Tentación”: personas que cruzan la ciudad como ekekos escuchando el bip constante de las micros, ex milicos sentados cerca de nosotros en la mesa de un bar en el que nos hemos detenido a calmar la sed y las ansias de estar en otro lugar. Apostamos, con la delicadeza del ajedrez y el instinto de los caballos, por estrategias que puedan ayudarnos a muñequear, aunque sea un poco, el juego. Sin embargo, como el mismo Bay sentencia: “el tiempo de las dudas no se acaba”. 

Por lo mismo, «Oficio permanente» es mucho más que un paisaje urbano, aunque al principio, si nos disponemos de manera superficial y lejana a leerlo, puede que sea así. A pesar de ello, una ciudad no es solo una maraña de pequeñas miserias, animales, basura y madrugadas indistinguibles. Bay se preocupa de conectar los puntos y de encontrar en este accidentado esquema la fuente de una tristeza que parece primordial. 

Por otro lado, la segunda parte del libro, titulada «Ruptugrafía», parece pasar del paisaje urbano al íntimo. Aquí, el ánimo ha pasado de estar herido a devastado. Se logra percibir, en estos poemas, que todo sigue sucediendo en el mismo espacio de la ciudad. Sin embargo, algo ha ocurrido: el misterio de la fuente de la sensibilidad poética se revela. Lo primero es un pasado lleno de heridas: enunciaciones de un tiempo en el que, al parecer, se vivía con relativa calma, pero que no aparece en los textos con nostalgia, sino más bien como un relato o una ensoñación. Lo que se ha perdido no puede ser recuperado y la memoria es tramposa, pues nos devuelve a esas épocas con el cizañero sentimiento de pérdida. 

Maximiliano Díaz

En este mundo, que podría incluso presumirse como posapocalíptico, Bay vaga entre calles llenas de animales muertos, basureros colapsados de comida mientras las personas mueren de hambre y grandes edificios que siguen conteniendo a inescrupulosos millonarios. La única manera de mostrar descontento sigue siendo asomar la cabeza por los vidrios con una olla y una cuchara para meter algo de bulla, pero en este herido trozo de tierra parece que ya no hay posibilidad de que alguien escuche reclamos.

Al contrario de lo que propone Millán en su libro La ciudad, aquí la ciudad no se abre, sino que se cierra. Está contenida, sitiada. Es una enorme fractura que se apuntala constantemente con el fin de que no logre aliviarse. Es al final de este paseo que sucede, entre escenarios misteriosos, cruzados por una particular sensibilidad que parece decir siempre usted primero, que dentro de su descontento halla una especie de esperanza refundadora donde podemos encontrar el sentido de la ruptugrafía: una cartografía que se ha roto. Un pacto social quebrado, un lugar mutilado que soñamos con sanar.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: