Cuando la intimidad se ha quemado: Llegarán suaves Lluvias, antología de Sara Teasdale 

Clarice de la Cruz

Bésame antes de que pase el mediodía, 
aquí a la sombra de la ceiba escóndeme 
del gran buitre negro que vuela en círculos sobre el cielo. 
Sara Teasdale, En un jardín cubano. 

Leer a Sara Teasdale, poeta oriunda del Misuri del siglo XIX, es pulular una belleza que se sabe efímera; el dolor de la contemplación muta como un espejismo y ahí, en la radicalización profunda de la experiencia vital del amor, sus palabras son capaces de asumir su fracaso como acción, como hecho. El mismo poema que da título a esta antología, «Llegarán suaves Lluvias» (DscnTxt Editores, 2018), de subtítulo entre paréntesis (Tiempo de Guerra), perpetúa su carácter de vida: «y nadie sabrá de la guerra, / nadie se preocupará al fin cuando haya concluido». Lo que hila a la poeta a través del canto, de la armonía de la palabra ante el caos moderno, es visibilizar una forma ulterior del alma humana, donde incluso ese estado mismo del ser supera a la divinidad en compasión y decisión, como dice en «El Santuario»: “con tranquila honestidad, mientra me hago más sabia / podría mirar con ojos graves y compasivos incluso a Dios”. Es entonces cuando la naturaleza ya no se decanta en un apocalipsis, sino en una capacidad de aguantar lo indómito e impredecible. 

La desolación del libro incurre en una esperanza ciega, taciturna de la vida. Aquí la muerte juega un rol importante. Porque cuando la vida incurre en la muerte, “pretender pensar más allá de la representación es un olvido de lenguaje, del origen del lenguaje, e incluso de la vida en el origen del lenguaje”, decía Derrida. Es en esta idea filosófica donde la poeta procura que la voz verbalice lo que ve. El lenguaje se convierte en profunda nostalgia, en plena contemplación del limbo que existe entre el paradigma Vida/Muerte, y la sensación es insoportable. La poética de Teasdale es onírica, terriblemente real; una gran metáfora de lo que sería la experiencia de vivir, si pudiese definirse de alguna forma. Su metafísica poética vela por la nulidad del mundo, aquello oculto del lenguaje, enmascarado en una cualidad. «Crepúsculo», poema páramo de “Anochecer de la Luna”, termina por señalar al espectro: “al ver que la tierra se oscureció y quedó en silencio, / roció con luz las praderas del mar”. 

*

Quizá, en la visión de Teasdale, el amor es imposible. El alarido deambula por sus versos como la Llorona. Hay una otredad indeterminada, que no existe. Su propia infinitud.

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