La voz de la casa: Ejercicios para vivir el confinamiento, de Rosabetty Muñoz

Verónica Zondek

Al leer los Ejercicios para vivir el confinamiento en La voz de la casa de Rosabetty Muñoz, no pude sino recordar el conjunto de Ejercicios Espirituales puestos en práctica y luego publicados por el jesuita Ignacio de Loyola en el siglo XVI. Loyola redactó esos ‘ejercicios’ con el fin de orientar a las personas en su camino hacia Dios. Los ‘ejercicios’ se ponían en práctica gracias a la meditación, la oración y el pensamiento y se realizaban en algún lugar apartado, aislado y alejado del cotidiano traqueteo. En La voz de la casa vemos que es la peste la que incita y obliga a encerrarse en las casas, dejándonos de un día para otro fuera del contacto físico con los demás. Es así como la casa (cuando se la tiene) se convierte, sin previo aviso, en el espacio obligado y único para el retiro. Es allí dentro, en ese recinto acotado, como acotadas resultan las palabras de cada uno de los ejercicios/poemas que hacen parte de este libro, en donde la poeta propone, haciéndose eco de las palabras del jesuita, meditar, orar y re-pensar nuestras vidas. A diferencia del santo, acá se propone hacer uso de actividades cotidianas, caseras, memoriosas, etc. para lograr la recuperación y el re-encantamiento con la urdimbre familiar y emocional de las personas obligadamente reunidas y recluidas, que podrán así encontrar, en este mundo doblemente íntimo, un sentido. Como todo espacio de asilo, este se significa ideal. Los ejercicios se proponen como ejemplos a emular o modelo a seguir. Es en este espacio obligado de retiro donde la poeta positiva el encierro y encuentra y ejerce un modo generoso, armonioso y gentil de vivir en y con el mundo que la rodea.

Los Ejercicios Espirituales de Loyola se llevan a cabo bajo la dirección de un “director espiritual”. En La voz de la casa, esa dirección la asume la voz narradora que reacciona en directo a y se urge con la ordenanza oficial y que, por lo mismo, transcribe a la primera página del libro. Dice la ordenanza:

Si sospecha de un brote, señale a los infectos, agrúpelos y denuncie de inmediato.

Manténgase lejos de ellos aunque  sean sus parientes

Si en el proceso fallece alguno, no permita que se acerquen sus hijos y deshágase

de los restos lo más pronto posible.

Los sanos tampoco deben relacionarse entre sí, salvo a través de las máquinas

Esta cita, surrealista y siniestra en su tono, da pie a la serie de ejercicios que componen este libro. La narradora nos indica, como antes lo hiciera Loyola, qué es lo que podríamos hacer cada día para acceder a una introspección que, a lo largo de la lectura, nos empujará a calibrar y re-barajar nuestros derroteros. Pensemos, para palpar y degustar la variedad de puntos marcados en este mantel bordado con el cotidiano redivivo y posible, en por qué el poemario marca su último hilván con un poema titulado “Porvenir” y que dice así:

El porvenir nuestro está allá atrás/ Y bien adentro.

Es decir, el libro cierra con un poema que nos induce y señala la necesidad de recordar porque eso nos abre a la opción de un futuro digno, alejado del apremio del tiempo y concentrado en lo fundamental. Luego, es interesante notar que, a modo de oposición a la ordenanza echada a circular por el gobierno piñerista a comienzos de la pandemia e insertado aquí en la primera página del libro, la poeta instala los ejercicios que harán posible la recuperación de lo humano frente a lo inhumano del poder reflejado en su edicto. Una serie de acciones como la hechura del pan, la recolección de lo que resta sobre la arena tras el retiro de la marea alta, los juegos tradicionales —con palabras, piedritas, objetos escondidos, etc.—, los quehaceres, las historias narradas en familia en torno a la mesa o la cocina, el colgado de fruta a secar sobre el calor de la cocina a leña, la memorización y recitación de poemas por los niños de la casa, etc., etc., etc., llaman a restituir el cotidiano compartido. Por lo expuesto hasta acá, me parece ineludible el que este libro cierre con el poema ya citado, porque señala en su subtexto que el re/cordar, el re/señalar, el re/vivir, el re/actuar y el re/memorar actos y marcas del pasado colectivo y/o familiar del lugar que se habita, es lo que abre a la posibilidad corporal de re/instalar en el centro del acontecer a aquellas acciones, pensamientos y emociones que nos permiten denotar y valorar nuestra pertenencia a la vida en comunidad, justo en medio de una pandemia que vino a ubicarnos en nuestra justa dimensión en caso de que el estallido no haya sido suficiente como para recordárnoslo. Estos dos últimos fenómenos, muy cercanos a la destrucción apocalíptica vaticinada por escritores, científicos, sociólogos, ecólogos, etc., resultan ser una especie de vaticinio auto-cumplido y también negado tres veces o más, tal como lo hacen todos los traidores, por ser amantes del éxito propio y ciegos al devenir común.

Hay otro pedacito del corazón de este libro que me encanta por su capacidad para urdir disciplinas. Por ejemplo, la científicamente imaginada explosión-expansión de la materia (conocida como Big-Bang) que habita el universo al que Muñoz nos invita a entrar de la mano del poema “Expansión” (p. 59). Algunos fragmentos del mismo:

Todo se aleja de todo, así fue desde el comienzo. (…)

(…)

Todo nos aleja hacia los bordes, fuera del centro amoroso de la creación. Minúsculas partículas perdidas en la expansión inicial.

Menciono estos fragmentos del poema porque es como si esta primera explosión marcara la cancha y nos condenara a vivir de estallido en estallido, conscientes de nuestro tamaño real en medio de la inmensidad del tiempo y el espacio. Como si no pudiésemos hacer otra cosa que seguir el patrón de la primera gran explosión. ¿Qué resta entonces?: pues detenernos y mirarnos como nos lo dice en el poema “Espejo” (p. 55):

Mirarse en el espejo más pequeño de la casa, o en el reflejo de un vidrio. Revisar las huellas de las distintas edades que has vivido.

Así, conocer cada una de las etapas que nos ha tocado vivir, auscultar la maravilla que esconden las pequeñas acciones a las cuales tenemos todos libre acceso (“Bebedero”, p. 64), entrar en comunicación con nuestros muertos (“Las flores”, p. 44), con los que viven junto a nosotros el encierro (“Saludo”, p. 42), meditar sobre qué nos murmuran al oído esas acciones cotidianas como las de la limpieza (“Aseo”, p. 37), recordar, traer el tesoro escondido de lo íntimo y lo familiar al ahora y aquí para darle un sentido al tiempo (“El pan”, p. 13; “Picaporte”, p. 15; “Flojero”, p. 16). Pareciera que a medida que se camina, los puntos que señalan el camino a los que estos ejercicios nos pueden llevar son cada vez más y más visibles. El paño está lleno de recovecos secretos por descubrir en el silencio al que nos entrega la lectura. El poema “Arroyo” (p. 17) ilustra este misterio a través de una acción/juego de los niños, quienes con su seriedad habitual saben mucho más de lo que imaginamos. Este poema bien podría funcionar como un ars poética secreta de la materia que leuda en este libro.

Ejercicios para vivir el confinamiento resulta ser un libro tranquilizador y armonioso en su recorrido. Se sumerge en un tiempo/espacio de lectura que vuelve a componer los huesos del curso de la vida, para que lo óseo nos recuerde las dimensiones y los alcances de nuestra pequeña biografía. Lejos de alarmar con el horror y las profecías auto-cumplidas, el libro nos introduce a un adentro íntimo que permite apañar las emociones con una envoltura de conocimiento y protección. De algún modo la respiración del texto, su ritmo, parece ser suficiente para congelar ‘el mal’. Funciona como cábala o/y también como el escapulario con su hoja de ruda y su palabra clave cosida al revés en “Hoja de ruda” (p. 12), poema que, no por nada, abre el poemario. Religión, creencias populares, recitados, todas formas que, en comunidad o soledad, consuelan y acompañan. Los poemas auscultan y van proponiendo modos de habitar los interiores tanto físicos como íntimos. Opera a la manera de un recetario antiguo pero actual que permite el buen vivir en medio de las limitaciones extremas a las que estamos expuestos. El hilo narrativo de La voz de la casa recorre y muestra todos los espacios: tanto el político como el social, el familiar, el científico y el educativo, entre otros, todos en un tono acogedor que construye y declama una forma, un modo posible de estar y ser en medio del desastre fuera de control que resultó ser el tiempo de cosido de este libro. Hay un algo acogedor y afectuoso que avanza en los subtextos que duermen entre los versos y que actúa como sostén de las palabras desplegadas, que, estoy segura, hará que muchos se detengan a pensar. El calor de lo muy propio, que es también el calor de la comunidad, puede permitir el re/encuentro con los detalles que tejen la vida y transitan de ojo en ojo. Un encantamiento, un canto para la sobrevivencia de lo familiar y conocido; un avanzar hacia un sentido; una re/significación del y los tiempos que posibilitan la construcción de un orden posible.

Y un último comentario no menor: el valor y el uso de la palabra exacta para resistir la ola que parece amenazar con ahogarnos es central en este poemario, no solo en la escritura clara y visualmente acotada en la página, sino que también porque incita a activar la memoria recitando poemas, narrando sueños, cuentos e historias populares y familiares alrededor de una mesa, nuestro fogón actual, para re/vivir juegos interpersonales, etc. (pp. 18, 14, 34, 39, 42 y otros). Este modo de hallar magia y poder suficiente en la vida para hacerle frente a la adversidad, se refleja también en la construcción formal de este poemario. Es decir, este se escribe y construye narrativamente en torno a pequeños retazos de escritura que fijan en la retina y el oído fotografías con recuerdos, observaciones y comentarios varios. Todo esto construye un álbum al cual siempre es posible recurrir en caso de necesidad para así no olvidar nunca que la esencia de los seres humanos es el estar con otros y cooperar. La vida tiene su tiempo y su gesto y este libro da cuenta de la recuperación del tiempo y del gesto de la narradora para con su comunidad. Para esto, la poeta usa un lenguaje directo y lírico que nos entrega un tempo y un contenido que punto a punto borda las migas o evidencias de un camino que ojalá no olvidemos para así ser capaces de rematar un presente continuo en el cual los pasados y lo contemporáneo urdan el paño del ser y el estar. De más está decir que este proceso no se termina con la escritura de este libro. Hay también en todo el tránsito de esta lectura, una sensualidad recatada y táctil que apaña las desazones del desamparo y que usa la coquetería vital para dejarnos presos en este mantel que, con disimulo, arropa a la memoria.

Al término y cierre de este libro circular, la poeta añade dos textos en prosa que narran dos experiencias totales de su mundo personal que, por angas o por mangas, restituyen para ella y los suyos (y por eso, también para todas y todos nosotros) una realidad y una belleza posible que hinca el diente en la fe y en la posibilidad latente de reconstruir los jirones ajados del paño con que nuestra prepotencia enfurecida intenta obviar el daño.

Verónica Zondek D.
Valdivia, mayo 2022

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