El colegio, de Donald Barthelme

Traducción de Simón López Trujillo

Bueno, los niños estaban afuera, plantando árboles, porque pensamos que así aprenderían sobre el sistema de las raíces y el sentido de la responsabilidad: a cuidar las cosas y ser responsables. Se entiende. Pero todos los árboles murieron. Eran naranjos. No sé por qué pasó, solo murieron. Debe haber habido algún problema con la tierra, o quizás los productos que trajimos del vivero no eran los mejores (pusimos un reclamo a la empresa). La cosa es que había treinta niños allá afuera, cada uno con su pequeño arbolito para plantar, y, de pronto, los treinta árboles muertos y los niños mirando los palos secos. Fue deprimente. 

Ahora, esto no habría sido tan terrible si, justo unas semanas antes, no se hubieran muerto todas las serpientes. Con las serpientes… bueno, tú sabes lo que pasó con las serpientes. ¿Te acuerdas de que la caldera estuvo apagada cuatro días por la huelga? Eso tenía sentido. Les pudimos explicar el asunto a los niños a partir de la huelga: cada vez que salían de clases, sus padres les prohibían acercarse a las barricadas, arrastrándolos de la mano. Así que ellos entendían qué es una huelga, sabían lo que estaba pasando. Por eso, cuando las cosas se calmaron y encontramos muertas a las serpientes, el asunto no les afectó tanto. 

Lo del huerto, por otra parte, debe haber sido un tema de exceso de riego, y al menos así aprendimos a no regar más de la cuenta. Los niños se esforzaron mucho con el huerto y probablemente alguno debe haberles puesto a las plantas más agua de la necesaria. O quizás… no sé, no quiero pensar en malas intenciones, aunque esto fue algo que se nos vino a la cabeza. Pero solo porque esto pasó poco después de que se murieran todos los jerbos y los ratones y las salamandras. Bueno, al menos ahora los niños aprendieron a no pasear a sus mascotas dentro de bolsas plásticas. 

Y claro que nos imaginábamos que el pez tropical podía morirse, eso no fue una sorpresa. Aunque verlo retorcerse y luego flotar boca arriba en la superficie fue todo un espectáculo. En ese punto, el plan de acción consistía en reemplazarlo por otro pez tropical, no quedaba más que hacer; esto es algo que pasa todos los años, solo hay que saber seguir adelante. 

No teníamos planeado adoptar un perro. 

De hecho, según las reglas del colegio, ni siquiera está permitido hacerlo, pero un día la hija de los Murdoch encontró un perrito debajo de un camión de supermercado y tuvo miedo de que el camión lo atropellara cuando el conductor terminara de entregar sus productos. Así que lo metió en su mochila y lo trajo al colegio. Así adoptamos al perrito. Apenas lo vi pensé: «Cresta, apuesto que va a durar dos semanas». Y entonces, pasó exactamente eso. Estaba prohibido tenerlo en la sala de clases, pero anda tú a decirles a estos niños que no pueden adoptar un perrito cuando el perrito ya está delante de ellos, corriendo por la sala y moviendo la cola y guau, guau, guau. Le pusieron Edgar. Así es, igual que yo. Y se divertían mucho corriendo detrás de él y gritando: «¡Venga, Edgar! ¡Bien, Edgar!». Se mataban de la risa. Les encantaba la ambigüedad. A mí también me gustaba, la verdad. Después incluso le armaron una casita en el clóset de herramientas. No sé de qué murió. ¿De distemper, quizás? No creo que haya estado vacunado. Yo revisaba el clóset de herramientas todas las mañanas, porque sabía lo que iba a ocurrir. Le entregué el cadáver al conserje.  

Y bueno, después pasó lo del huérfano coreano que el curso adoptó mediante el programa de Ayuda a los Niños. Cada semana, los niños traían monedas y las metían en un frasco. Eso fue algo muy triste. El niño se llamaba Kim y quizás lo adoptamos demasiado tarde o no sé, la causa de muerte no estaba indicada en la carta que recibimos. Simplemente nos sugirieron que adoptáramos a otro niño, y nos mostraron algunos con historiales clínicos bien complejos, pero no nos dio el ánimo. El curso se lo tomó muy mal, empezaron (aunque nadie lo dijo explícitamente) a sentir que tal vez hay algo malo con el colegio. Pero yo no creo que haya nada malo con el colegio. He visto mejores y he visto peores. Fue solo una mala racha. De hecho, este año tuvimos una impresionante cantidad de apoderados que fallecieron. Creo que hubo dos infartos y dos suicidios, un ahogado y cuatro que murieron juntos en un accidente de tránsito. Hubo un derrame cerebral, también. Y, aparte, tuvimos una tasa de mortalidad inusualmente alta entre los adultos mayores. Quizás solo haya sido un año difícil, al menos lo parecía así hasta que, finalmente, vino la tragedia.  

Matthew Wein y Tony Mavrogordo estaban jugando en la excavación del nuevo edificio de la oficina federal, entre un montón de vigas de madera apiladas en un extremo. Ahora hay un caso judicial en curso, los padres reclaman que las vigas estaban mal apiladas. Yo ya no sé qué es cierto y qué no. Ha sido un año raro. 

Ah, y olvidé mencionar al padre de Billy Brandt, que fue apuñalado de muerte mientras luchaba en su casa con un asaltante. 

Hace poco, tuvimos una discusión en clases. Los niños me preguntaron: «¿adónde se fueron?». «¿Quiénes?», respondí. «Los árboles, la salamandra, el pez tropical, Edgar, los abuelos y las abuelas, Matthew y Tony», insistieron, «¿adónde se fueron?». Yo les dije: «no lo sé». Pero preguntaron: «¿es la muerte lo que le da sentido a la vida?» Y respondí que no, que es la vida lo que le da sentido a la vida. Pero preguntaron: «¿acaso no es la muerte, considerada como un hecho fundamental, el medio por el cual se trasciende la mundanidad del cotidiano en dirección a…».  

Respondí que sí, que tal vez.

Ellos respondieron que no les gusta. 

Les dije: «eso es algo profundo». 

Dijeron: «¡es una mierda!» 

Les dije que sí, lo es. 

Entonces preguntaron: «profe, ¿usted le haría el amor a Helen (nuestra profesora ayudante) para que podamos ver cómo se hace? Sabemos que le gusta Helen».

Es verdad que me gusta Helen, pero respondí que no. 

«Por favor, hemos escuchado hablar mucho sobre eso, pero nunca lo hemos visto». 

Respondí que me echarían del colegio y que eso es algo que nunca, o casi nunca, se muestra en público. Helen miraba por la ventana. 

Ellos insistieron: «porfa, porfa, haga el amor con Helen, necesitamos una reafirmación de valor, tenemos miedo». 

Les dije que no debían tener miedo (a pesar de que a menudo tengo miedo) y que el valor puede hallarse en todas las cosas. Helen se acercó y me dio un abrazo. Le di un beso en la frente, nos abrazamos un rato. Los niños estaban entusiasmados. Entonces golpearon a la puerta. La abrí y un pequeño jerbo entró dando unos saltitos. Los niños gritaron de alegría.

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