Desde el árbol

Israel Nicasio

Aarón se sacude en el piso. Todos los señores que han venido a recoger a sus hijos a esta hora se acercan a ver qué sucede. Su madre llora. Su padre pregunta qué pasó. Yo los veo desde el árbol. Estoy encima de todos ellos y nadie me habla. Tal vez no han notado mi presencia; muchos adultos tienen la extraña costumbre de no mirar a su alrededor. “El niño convulsiona”, dice uno de los señores. “¡Necesitamos un médico!”, grita con desesperación. Todos han rodeado al niño que está en el piso, tal vez lo hacen para darle fuerza como pasa en algunas caricaturas. Yo los miro. No sé qué quiere decir que alguien convulsione, pero lo creo grave. Susana y Fernanda se han alejado en silencio, ellas siempre se van de aquí sin avisar; creo que sus padres las esperan en algún sitio cercano. Son las tres de la tarde, mi reloj lo dice; nunca falla, se ajusta solo cuando el satélite lo requiere.

Hace algunas horas, mientras elegíamos el lugar en donde la comida, la espera de la hora de salida y los juegos nos parecerían agradables, Susana y yo pensamos cómo decirle a la profesora que no queríamos estar allí. Cuando tuvimos todo planeado, me acerqué y le dije a Miss Olivares, porque así le gusta ser llamada, que prefería regresar a mi casa, que quería llamar a mis padres porque me sentía mal del estómago, que mi madre podía ir por mí si se lo pedíamos. No me hizo caso. “Otro día horrible”, dijimos casi al mismo tiempo Susana y yo. Nos quedó claro que tendríamos que soportar golpes, empujones y groserías, por parte de los niños que solo piensan en conquistar al mundo desde un jardín. 

Lo único que pude llevar para jugar fue un tablero de ajedrez y una pelota muy pequeña. Fernanda se decidió por el tablero, así que le estuve enseñando cómo se movía cada pieza; sin embargo, el paquete estaba incompleto: hacía falta una de las torres negras, el alfil del mismo color y un peón blanco. De todas formas, jugamos hasta que nos aburrimos. Susana nos miraba en silencio, tenía la atención de un gato cuando planea atacar. Después de eso, participamos en las competencias del día. 

Susana y Fernanda nunca comen. Les ofrecí uvas y agua, pero me dijeron que no tenían hambre. Ellas, según lo que han dicho todos los días, estaban siguiendo el plan alimenticio de sus padres, que consiste en no consumir alimentos hasta las cuatro de la tarde, “ayuno”, se llama. Lo pienso como una palabra fea; no entiendo cómo puede alguien sentirse bien por no comer cuando se tiene hambre, ¿cómo se puede ser feliz por no hacerle caso al estómago? Yo no sé cómo lograr eso. Lo he intentado, pero llevar chocolates o gomitas en mi mochila me hace fracasar. A cada rato debo comer un dulce, un pedazo de sándwich o tomar agua. Ellas solo me miran sin pedir alimento. Por eso están así de flacas. 

El viernes pasado, mi padre me llevó por quinta vez a consulta médica. No me había querido tomar las gotas que me enviaron y por eso discutimos todo el fin de semana anterior. Terminé aceptando, porque dicen que es por mi bien. En el hospital me hicieron preguntas y anotaron cosas en unas hojas con muchos cuadros. Los exámenes que me realizaron fueron muy incómodos: esos aparatos en mi cabeza y las agujas para hacer las tomas de sangre me causaron miedo. No quería estar ahí. Nadie me explicaba por qué tenía que pasarme algo así. Al final la doctora, que se llama “Psicóloga”, me pidió hacer unos dibujos en hojas blancas. Sé su nombre porque así se presentó cuando nos conocimos. “Hola, yo soy La Psicóloga”, me dijo. Es un nombre feo, pero al final es suyo; ella lo presume todo el tiempo, va por el hospital saludando a todos y en varias ocasiones he escuchado cuando la llaman así, “La Psicóloga”. En el dibujo retraté el árbol al que siempre me subo y a mis dos únicas amigas, pero creo que Psicóloga se enojó porque Fernanda tenía el cabello morado. Me hizo muchas preguntas sobre ella. Le conté lo poco que sé: me acompañan durante la comida, platicamos todo el día y tratamos de tranquilizarnos mientras esperamos la hora de salida del curso. Desde ese día, Psicóloga pidió a mis padres un poco de más atención. Ha hecho llamadas a la casa para ver cómo voy con el tratamiento. Todo eso es aburrido. También es incómodo, dijo ser mi amiga, pero contó a mis padres todos los detalles de lo que yo le compartí. Los amigos no cuentan secretos, me sentí muy mal por eso. 

Hoy, durante el desayuno, mi madre y yo hablamos un poco sobre un posible cambio de escuela. Mientras me servía cereal, intentó acercarse con una sonrisa falsa. Ella casi nunca sonríe y cuando lo hace su cara es menos dura. Quiso saber cómo me sentía o si tenía algún problema en las clases y, al final, después de muchas respuestas negativas, me compartió su plan. “Ya no me importa si lo hacen”, le respondí. “Llevas muchos días intentando decírmelo y hablando con papá de ello en secreto”, continúo. “Solo quiero que me dejen comer tranquilo y que me permitan colorear cuando yo lo deseo”, le explico. Mamá me mira de una forma muy extraña. Me pregunta por algunos de mis compañeros de clase: Christopher, Raúl y Josué. Hasta antes de las visitas al hospital, ellos también eran mis amigos. Intento no responder, no quiero que se enoje. “¿Qué ha pasado con ellos?, ¿los invitarás a la casa algún día?, ¿puedo conocerlos, cuando las clases inicien, si no te cambiamos?”, pregunta mamá. No sé cómo explicarle que dejé de hablarles. 

Hace poco más de dos meses, antes de salir de vacaciones, mientras todos estaban en clase de gimnasia, Christopher mató un ratón. Ni a Raúl, ni a mí nos dan miedo esos animales, pero a Josué sí. Sabíamos, por lo que la maestra nos contó, que el pelo de los gatos, los ratones y los perros, le causaban problemas en la piel a nuestro amigo. Alergias, dijo la profesora. Todos en la escuela tenemos de esas, pensé. Yo no puedo comer cacahuates, me da mucha comezón en todo el cuerpo. Laura no puede consumir duraznos, pero le gustan demasiado; ya nos ha hecho correr al servicio médico porque no es capaz de controlarse si ve uno. A Ximena le hace daño el agua de las albercas y la luz solar, por eso siempre está cubierta con gafas, en ocasiones debe portar un sombrero que casi la cubre por completo. 

Raúl pensó que sería gracioso espantar a Josué. Metió el animal muerto en un sándwich, porque era demasiado pequeño, lo envolvió muy bien y se lo dio como regalo. Josué, que es un glotón, tomó el sándwich y lo mordió sin revisarlo. “Sabe muy feo; la carne está dura”, dijo. Nosotros nos moríamos de ganas de decirle lo que sucedía. Nos miró con un gesto raro; parecía tener asco, pero también tenía cara de pregunta. Dio otra mordida y volvió a hablar, “esto está duro, ¿por qué sabe así?, ¿qué le pusieron?”. Yo tenía ganas de reírme, porque alcancé a ver la comida molida en su boca, pero también quería decirle que había algo muy desagradable. Mientras veía cómo intentaba masticar lo que tenía dentro de la boca, pensé en lo asqueroso de comerse un animal así. Después de un rato, Josué desenvolvió el alimento para revisarlo; miró fijamente lo que tenía entre las manos. Al principio pareció no tener claro lo que sucedía. Después de unos segundos nos miró con una cara de terror y empezó a gritar.  Nosotros intentamos contener la risa. Josué gritó tan fuerte y lloró tanto que tuve miedo. Lo más feo fue saber que él, con la mordida que le dio al sándwich, logró arrancarle la cabeza al ratón muerto. 

Mientras la directora hablaba con nosotros, algunos niños se acercaban a la mesa donde estaba el pan con el animal muerto. “Decapitado, está decapitado”, dijo una de las niñas más inteligentes de la clase; todos nos alteramos cuando ella lo dijo. ¿Qué significa eso?, me pregunté. Raúl fue castigado de inmediato, porque él ofreció el sándwich; sin embargo, decidió acusarnos también, no le parecía justo ser el único culpable cuando el plan lo hicimos entre los tres. Josué fue llevado de emergencia al servicio médico. No lo volvimos a ver en la escuela. Ese día no me castigaron, porque no hice nada en realidad, solo observé, pero me dijeron que eso era igual de malo que haber participado directamente. A pesar de que todos gritamos y nos asustamos cuando vimos al ratón, yo supe el significado de decapitado hasta que llegué a mi casa para revisar uno de los diccionarios del librero. Me costó trabajo encontrarla, pero seguí los consejos de mi padre: busqué la letra con la que iniciaba “decapitado”, como no entendí la explicación, le pedí a papá que me explicara y dijo que así se dice cuando a una persona o un animal se le corta la cabeza.

Hoy, la competencia de atletismo pasó sin gracia. De los cinco niños que corrimos, yo quedé en tercer lugar. No me gusta correr, pero soy veloz y eso me ha salvado de muchas golpizas aquí. El primer lugar se lo llevó Aarón. Él siempre me molesta. Cuando dijeron el nombre del ganador, celebró como si se hubiera sacado la lotería, todos los días hace lo mismo; ya es aburrido verlo. Sin embargo, al saber que los últimos lugares fueron sus hermanos, se acercó a mí y me pateó. También me dijo que yo era un maricón y que había ganado por suerte. Me tiró al piso, se burló de mí mientras me lanzaba tierra a la cara. Suerte sería no estar aquí, me dije. Suerte sería haberme enfermado por la mañana y no tener que ver a todos estos niños que me odian sin razón alguna. Suerte sería que él desapareciera de mi vista para siempre o que se comiera un ratón muerto. 

La mamá de Aarón llora. Dice que no es posible que su hijo esté así. Dice que es un castigo de Dios, porque ella no es una mala madre, asegura que siempre ha sido buena con todos los niños y los padres que vienen a diario por aquí. No es cierto. Ella miente, es una mujer muy grosera. También es chismosa. Por su culpa mis padres se pelearon hace unos días. Ella dijo que mi mamá estaba interesada en su esposo y por eso era tan amable con él. Pero mi madre es así con todo el mundo, tiene que sonreír como las personas adultas que vienen aquí por nosotros cada tarde. Mi padre se enojó y no habló con mamá hasta que se hizo de noche. Los escuché discutir en casa. Mamá lloró hasta quedarse dormida. 

Susana me ha dicho que debería ser más fuerte. Aunque ella me intenta defender, los niños la ignoran. También a Fernanda le pasa así. Nadie les habla. Tal vez por eso me siento cómodo con ellas. La semana pasada jugamos a enterrar unos muñecos en el punto más alejado de este jardín, el que está ya casi donde se levanta la reja que da a la calle. Hace rato los buscamos y no los pudimos encontrar. Habíamos dejado pistas y marcas por todos lados para saber dónde quedaron, pero no dimos con ellos. Fernanda se puso triste, lloró; dijo que uno de los muñecos había sido regalo de su mamá y que no podía regresar a casa sin él. Yo me sentí triste y traté de hacer hoyos por todos lados para encontrarlo, pero no pude. Tuvimos que regresar al árbol con las manos vacías. Yo siempre subo con facilidad hasta la rama donde pasamos el día. Susana logró calmar a su hermana. Prometieron no decir nada sobre el juguete perdido, así no las regañarían.  

Bajo del árbol. El médico llega, se acerca hasta Aaron y lo revisa. Después habla con los adultos. Según lo que alcanzo a escuchar, dicen que Aarón se pondrá bien, pero deben llevarlo al hospital de inmediato; alguien dice que es necesario llamar una ambulancia. No sé cuánto tiempo pasa. Su padre lo levanta en brazos y él apenas puede moverse. Le hablan. No responde. La mamá de Aarón me mira, me pregunta qué sucedió. Yo le digo que fue Susana la que lo empujó. La señora pide que busquen a la niña. Todos preguntan por Susana, le gritan por todos lados, ella no aparece. Mi padre se aproxima, me sacude y quiere que le diga qué fue lo que hice. Yo lloro. Le digo que fue Susana, que Aarón nos estuvo molestando todo el día, también le muestro mi ropa sucia porque él me llenó de tierra, le digo que nos siguió hasta el árbol y se subió sin que nosotros se lo permitiéramos. 

Papá me toma de la mano; me jala con fuerza mientras caminamos hacia el auto. Cuando llegamos al vehículo, me pide que lo espere, me dice que no me mueva y que más me vale hacerle caso; el tono de su voz me da miedo. Él mira a todos lados, piensa un poco. Está nervioso; lo sé porque sus ojos parecen querer decir algo. Se escucha la sirena de una ambulancia acercándose. 


Israel Nicasio (Ciudad de México, 1987). Licenciado en Filosofía. Estudiante del Diplomado en Creación literaria del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Estudiante del Diplomado en Análisis y control de la corrupción a nivel subnacional en el COLMEX. Profesor en Secretaría de Educación Pública. Actualmente escribe cuento y poesía. Parte de su trabajo literario se encuentra publicado en UNIVERSITARIA, revista de la UAEM; La colmena, revista de difusión cultural de la UAEM; Revista Monolito; Teresa Magazine; Hysteria! Revista; Revista Cronopio; Deslinde, revista de la UANL.

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